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sábado, 31 de marzo de 2007

La Biografía. Un poema de Thomas Merton.


Oh, leed los versos de los cargados azotes
Y lo que está escrito en sus terribles advertencias:
«La Sangre resbala por los muros de la ciudad de Cambridge.
Tan inútil como las aguas del angosto río.
Mientras el garito y la callejuela se juegan Su vestidura.»
Aunque mi vida está escrita en el Cuerpo de Cristo como un mapa,
Los clavos han impreso en aquellas manos abiertas
Más que los abstractos nombres de los pecados,
Más que los países y las ciudades:
Los nombres de las calles, los números de las casas,
El recuento de los días y las noches
En que yo Lo he asesinado en cada plaza y calle.
Lanza y espina, y azote y clavo
Han más que hecho Su carne mi crónica,
Mis jornadas, más que mordido Sus sangrantes pies.
Cristo, desde mi cuna, yo sabía que Tú estabas donde quiera,
Y aunque pecaba caminaba en Tí y sabía que Tú eras mi mundo:
Tú eras mi Francia y mi Inglaterra,
Mis mares y mi América:
Tú eras mi vida y aire y sin embargo no te confesaba.
¡Oh! Cuando yo te amaba, aun cuando yo te odiaba,
Amándote y no obstante rechazándote en todas las glorias de tu Universo,
Era Tu carne viva lo que rasgaba y pisoteaba, no el aire y la tierra:
No es que tú nos sientas en las cosas creadas,
Sino que el saberte a Tí en ellas hacía de cada pecado un sacrilegio
Y cada acto de concupiscencia se convertía en una profanación.
Te vejaba y deshonraba a Tí como en tu Eucaristía.
Y, con todo, por cada herida Tú me despojabas de un crimen,
Y, como cada golpe era pagado con Sangre,
Tú me pagabas cada gran pecado con más grandes gracias.
Pues aun cuando te mataba Tú te convertías en un ladrón mayor
Que los que te rodeaban,
Hurtándome mis pecados para Tu vida moribunda,
Robándome aun de mi muerte.
¿Dónde, en qué cruz mi agonía vendrá...?
No te lo pregunto:
Porque está escrita y consumada aquí, en cada crucifijo, en cada altar,
Es mi historia que se ahoga y es olvidada
En Tus cinco Jardanes abiertos,
Es Tu voz la que grita mi Consumatum est.
Si en Tu cruz, Tu vida y Tu muerte y las mías son una,
El amor me enseña a leer en Tí el resto de una nueva historia.
Yo hago retroceder mis días hasta otra infancia,
Cambiando, al caminar, Nueva York y Cuba por Tu Galilea,
Y Cambridge por Tu Nazareth
Hasta llegar de nuevo a mi principio,
Y encontrar un pesebre, estrella y paja,
Una pareja de animales, unos hombres sencillos,
Y así aprender que yo nací, No ya en Francia, sino en Belén.

La Verdadera Santidad.



“La verdadera santidad no consiste en tratar de vivir sin las criaturas. Consiste en usar las cosas buenas de la vida para hacer la voluntad de Dios. Consiste en usar la creación de Dios de tal modo que todo lo que tocamos y veamos y usemos y amemos dé nueva gloria a Dios. Ser un santo significa pasar por el mundo recogiendo frutos para el cielo de todos los árboles y cosechando la gloria de Dios en todos los campos. El santo es el que está en contacto con Dios de todos los modos posibles, en todas las direcciones posibles. Está unido con Dios en las profundidades de su propio ser. Ve y toca a Dios en todo y en todos los que le rodean. A donde quiera que va, el mundo vibra y resuena (aunque en silencio) con las profundas armonías puras de la gloria de Dios”. (Tiempos de Celebración, 142)

jueves, 29 de marzo de 2007

Bautismo y Conversión en Thomas Merton (1).




Estas páginas intentan un acercamiento al proceso de conversión que Thomas Merton experimentó, de modo que podamos aprovecharnos de su experiencia, y recibir luz para entender nuestro propio camino cristiano. Para este propósito, seguiremos lo que él propio Merton narra en su autobiografía, “La Montana de los Siete Círculos”.

Merton y Aldous Huxley

Comenzaremos leyendo sobre el encuentro de Thomas Merton con un libro de Aldous Huxley (“Ende and Jeans”), como parte de su proceso de conversión. Fue en noviembre de 1937, cuando su amigo Lax le habló de este libro y Merton corrió a comprarlo. Lo leyó y escribió luego un artículo sobre él. Merton había leído antes a Huxley, cuando tenía 16 o 17 años, y “había construido una filosofía extraña y superficial basada en todas las novelas que estaba leyendo” (187). Ahora Huxley había cambiado y Merton también; Huxley predicaba ahora el misticismo, luego de leer amplia, profunda e inteligentemente todo tipo de literatura mística cristiana y oriental. Así proponía la práctica de la oración y el ascetismo, asegurando que la experiencia de lo sobrenatural era posible, y reafirmando el dominio de nuestra inteligencia y voluntad. Merton por ese entonces sacó provecho de aquella lectura: “El efecto más importante del libro en mí fue hacerme empezar el saqueo de la biblioteca de la universidad en busca de libros de misticismo oriental”. (189). En ese entonces no entendió mucho de aquellas lecturas, pero seguramente dejaron la semilla de su futuro interés por las experiencias religiosas del oriente.

A Misa por primera vez.

Otro acontecimiento que narra Thomas Merton en esta parte de su autobiografía es su decisión de asistir a misa por vez primera. (pág. 208)

“Cada semana, cuando llegaba el domingo, sentía un deseo creciente de quedarme en la ciudad para ir a alguna iglesia.”

“Un fuerte impulso empezaba a afirmarse y me sentía arrastrado mucho más imperativamente a la Iglesia católica. Por último, la tendencia se hizo tan fuerte que no pude resistirla. Visité a mi muchacha y le dije que no iba a salir ese fin de semana, que había resuelto ir a misa por primera vez en mi vida.”

Evocar a partir de mi propia experiencia lo que significó asistir a una misa, participar de la liturgia de la iglesia por primera vez; como veíamos aquellos ritos, oraciones y gestos; qué impresión dejó en mí aquella primera misa en Manzanillo. Esa misma impresión la vivió Merton, y constituyó una experiencia inolvidable, por eso dedica varias páginas de su autobiografía a describir los sentimientos de aquel día. (Pág.208-213)

Elementos que llaman mi atención:

1- Su estado de ánimo; sus sentimientos y emociones interiores.
2- Todo lo que le rodea participa de su estado anímico: la naturaleza, la ciudad, los edificios. Su capacidad para detenerse y percibir la realidad es mayor.
3- Se asombra de encontrar la iglesia llena y no solo de personas ancianas. “La cosa que me impresionó más fue que el lugar estaba lleno, absolutamente lleno. Estaba lleno no solo de personas ancianas y caballeros agotados, con un pie en la tumba, sino de hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos… especialmente jóvenes”. (210)
4- Descubre también Merton que la gente reza, y lo hace de un modo natural, sin afectación, libremente; mientras él se arrodilla observa como una joven muchacha reza con recogimiento.

Básicamente: Se descubre a sí mismo y al mundo en una apabullante novedad, y descubre la Iglesia como una entidad viva, dinámica, plural. Y se le abre la puerta de la oración de una manera consciente. Todo esto junto puede calificarse de un verdadero “despertar”, que introduce a Merton en una etapa nueva de su camino espiritual. Y es en la Eucaristía, en la que Merton participa por vez primera, donde ocurre todo esto.

Luego Merton describe cómo siguió la liturgia: el sacerdote y sus acólitos, el predicador, la gente que sigue la ceremonia; describe el sermón del predicador y la impresión que todo aquello suscitó en él. Cuando finalmente sale del templo, dice: “Mis ojos miraban alrededor de mí un mundo nuevo. No podía comprender qué había pasado para hacerme tan feliz, por qué estaba tan en paz, tan contento de la vida”. Y luego: “Todo lo que sé es que entraba en un nuevo mundo. Hasta los feos edificios de Columbia estaban transfigurados en él y por todas partes había paz”. (213). La fe transforma y da luz a la mirada del hombre.

Interés por lo católico.

“Mi lectura se hacía cada vez más católica”. Merton, en sus búsquedas espirituales, se acerca a la vida y a la poesía de Gerard Manley Hopkins (Jesuita); no solo era un interés literario, también quería saber sobre su sacerdocio y su condición religiosa. Sus lecturas de entonces eran el “Ulises” de Joyce, y antes había leído el “Retrato de un Artista Adolescente”. En un sermón que aparece en este último Merton siente que “esos católicos sabían lo que creían, sabían lo que tenían que enseñar y todos enseñaban lo mismo y lo enseñaban con coordinación, finalidad y gran efecto”. En el libro de Joyce queda fascinado por las descripciones de sacerdotes y vida católica, a pesar de que la intensión del autor era precisamente provocar el efecto contrario.
Lee también por ese entonces a los poetas metafísicos, como es el caso de Richard Crashaw, su vida y su conversión al catolicismo; busca saber acerca de los jesuitas. Todo esto como símbolos de su nuevo interés por la vitalidad del apostolado católico. Pero con todo, dice Merton, “No estaba dispuesto a permanecer junto a la fuente”. (Pág. 214-215)

El interés de Merton por lo católico era todavía esencialmente intelectual, estético; se contentaba con “estar parado y admirar” (215). A Merton le atraía el hecho de que los jesuitas aparecían como gente estudiosa e inteligente, pero le asustaba un poco la estructura de la compañía, su eficiencia, la imagen exterior que proclamaban.
Su decisión de ir a misa por primera vez no transformó su vida; el fin de semana siguiente volvió a sus hábitos de siempre, no volvió a misa en aquel tiempo; simplemente añadió un avemaría a sus oraciones nocturnas. (¿)


El Bautismo.

A su conversión católica Merton añade un elemento acelerador el hecho de que la humanidad se viera ante la inminencia de una guerra; en medio de sus actividades cotidianas Dios va preparando el corazón para disponerlo al momento en que se atreve a decir: Sí, quiero.
En un día de septiembre, un día lluvioso, Merton está en su apartamento leyendo un libro acerca de Hopkins; este pensaba hacerse católico y escribía al cardenal Newman sobre su propósito. Mientras lee, algo se agita dentro de él, y siente como propio lo que está leyendo. Una voz interior le dice: “¿Qué esperas? ¿Por qué no te levantas y vas?” Merton describe sus sentimientos de ese momento:

“Era un movimiento que hablaba como una voz”.
“Me esforzaba por acallar la voz”.
Esto es locura. Esto no es racional”.
“Di inquieto vueltas en la habitación”. (218)

Y entonces la decisión. “De repente no pude aguantar más. Dejé el libro, me puse el impermeable y bajé la escalera. Salí a la calle… y entonces todo mi interior empezó a cantar… a cantar con paz, a cantar con fuerza, a cantar con convicción”.
Se llegó hasta la iglesia buscando al sacerdote y cuando lo encontró le dijo: “Padre, quiero hacerme católico”. (219)

A partir de este momento Merton comenzó a prepararse para recibir el bautismo; lecturas, preparación dos veces por semana con un sacerdote; renuncia a algunas de sus antiguas diversiones; asiste a la predicación de algunas misiones parroquiales. Entre otras cosas que cuenta hace referencia a un sermón sobre el infierno que escuchó en aquellos días. Muchas ideas pasaban por su mente entonces, incluso la idea de ser sacerdote. Finalmente recibiría el bautismo en el mes de noviembre, día 16, , y Ed Rice fue su padrino; le acompañaban otros amigos: Lax, Seymour, Gerdy, que eran judíos. También recibió ese día por primera vez la comunión.

“Había entrado en el movimiento eterno de esa gravitación que es la misma vida y espíritu de Dios”.

Noticias: Edith Stein.

De ZENIT es la siguiente nota referida a Edith Stein, y Sancho Fermín fue mi profesor en el año 1998 y 99, cuando estuve en AVILA estudiando a los grandes santos del Carmelo.
«Hablar de fe en Edith Stein es hablar de vida»Según Sancho Fermín, un estudioso español de la filósofa ROMA, miércoles, 28 marzo 2007 (ZENIT.org).- La fe de Edith Stein (1891-1942), copatrona de Europa, filósofa, carmelita y mártir en Auschwitz, es una «fe vivida». Lo afirmó el director del Centro Teresiano Sanjuanista de Ávila, Francisco Javier Sancho Fermín, en su intervención durante el Simposio Internacional «Fe y Mística en el Carmelo», clausurado el viernes pasado en la Facultad Teológica «Teresianum» de Roma. «Edith Stein es una pensadora, pero sobre todo es una investigadora, una mujer que no se detiene en la investigación de la verdadera fe, sino que quiere vivir en conformidad con su fe. Hablar de la fe en Edith Stein es, por tanto, hablar de vida», dijo el coordinador de la edición de las obras de Edith Stein en español. «Se podría decir que Edith Stein percibe lo que en el fondo ha sido la gran necesidad de la teología tras su separación de la vida: la recuperación de la dimensión existencial», añadió Sancho Fermín, uno de los mayores expertos en el pensamiento y la espiritualidad de Stein en España.«En el caso del martirio de Edith Stein, una comprensión completa es sólo posible a la luz del desarrollo de su vida, sobre todo por la toma de conciencia de su misión de llevar la cruz», añadió hablando del martirio de Santa Teresa Benedicta de la Cruz. «El martirio es un itinerario de fe, que frente a la realidad histórica no huye, sino que trata de dar una respuesta profundamente en comunión con Cristo y su mensaje», explicó durante el congreso en el «Teresianum». Para el carmelita descalzo, «la experiencia de fe de Edith Stein, tanto frente a la verdad histórica del nazismo como frente a la realidad de los campos de concentración» deja una lección: «que Dios es el Dios siempre presente en la realidad, aunque esta realidad parezca contradecir muchas veces la imagen del Dios de la Providencia».«El martirio nos pone frente a la realidad del abandono, como le sucedió a Cristo en la Cruz. Sí, es entrega, fruto de la confianza en Dios, pero es experiencia de la noche más oscura que pone a prueba la autenticidad de la fe», subrayó. ZS07032820

La Vida Espiritual(II).


Esta es la segunda parte de unas notas que hice para un retiro y están recreadas a partir de un texto de Henri Nouwen:


1- Leer 1 Corintios 9, 24-27. Cuando Pablo vio unos juegos se preguntó cuándo tendríamos nosotros tanta dedicación y tanta disciplina para ganar la gloria eterna como los atletas ponen para ganarse un premio o una medalla. Preguntémonos: Tenemos una meta clara en la vida? Tal vez la tuvimos en algún momento y la perdimos? Los atletas que desean alcanzar una medalla se apresuran a poner todo lo demás en segundo lugar. Esto es también verdadero en la vida espiritual. Sin una meta clara estaremos distraídos y gastaremos nuestras energías en cosas secundarias. Decía Martin Luther King a su pueblo: “Mantengan la mirada fija en el premio”. Cuál es nuestro premio? La vida de Dios, con Cristo, vida plena, colmada de amor. (Jn 3, 16). Mantener la mirada en el premio, en medio de una vida repleta de distracciones, necesita mucha disciplina. Necesita de la oración, en la que ponemos una y otra vez a Dios en el centro de nuestra vida. La oración mantiene nuestra meta clara, y cuando esta parece disiparse, la oración vuelve a clarificarla.
2- La vida eterna es a menudo, para muchos cristianos, algo futuro, alcanzable sólo después de la muerte. Y por eso, algo tan distante la mayor parte del tiempo que no merece una seria atención. Pero la vida eterna es la vida en Dios y con Dios, y Dios está donde yo estoy, aquí y ahora. No es algo que tengamos que esperar. Jesús dice: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes”. Esta inhabitación divina es la vida eterna. Lo que nos da la vida eterna es la presencia activa de Dios en el centro de nuestra vida, el movimiento del Espíritu de Dios en nuestro interior. Entonces la muerte ya no es línea divisoria, no hay antes ni después, todo está bien y seguirá estándolo. Dice Jesús: “No tengan miedo, yo he vencido al mundo”. Cuando nuestro corazón entiende esta verdad divina, estamos viviendo una vida espiritual.
3- Una disciplina importante en la vida espiritual es la lectura espiritual., porque a través de ella podemos tener cierto control sobre lo que entra en nuestra mente. Constantemente somos bombardeados de mensajes y dejar que sea Dios y no el mundo el Señor de nuestros pensamientos requiere de una verdadera disciplina. Un buen libro nos ayudará mucho en este sentido: espiritualidad, vida de santos, testimonios de fe, vida comunitaria, etc. Aunque sólo sean 15 minutos diarios pronto veremos los frutos. Claro que la lectura espiritual no consiste sólo en leer sobre personas o cosas espirituales: hay que leer espiritualmente, es decir de una manera espiritual. Leer de manera espiritual es hacerlo deseando que Dios se acerque a nosotros. No intentamos dominar un saber o información, sino dejar que el Espíritu de Dios nos domine a nosotros. Podemos decir, LA LECTURA ESPIRITUAL CONSISTE EN DEJAR QUE DIOS NOS LEA A NOSOTROS. De este modo, aun leyendo el periódico, podemos hacer lectura espiritual, al hacernos conscientes de un mundo cada vez más necesitado de salvación. No sólo QUÉ leemos, sino también CÓMO lo leemos.
4- La lectura espiritual consiste en leer con una atención interior las mociones del Espíritu de Dios en nuestra vida exterior e interior. De este modo dicha lectura nos ayuda a dar sentido a nuestra vida. No sólo queremos vivir, sino saber por qué vivimos (Una vida no reflexionada no merece ser vivida). Si uno no reflexiona sobre su vida, esta acaba perdiendo el sentido. Mediante la lectura espiritual seguimos una disciplina que nos mantiene siempre alertas en la reflexión sobre la vida que llevamos Ante cada situación, encuentro, acontecimiento, preguntarnos: Por qué sucede esto? Qué me dice Dios aquí? Esto es lo que pone sal a la vida. Si tenemos en una mano la Biblia y nuestros libros espirituales (nuestros fundadores, nuestra regla) y en la otra el periódico, siempre estaremos descubriendo preguntas nuevas, pero descubriremos al mismo tiempo una manera de vivirlas como creyentes, con la confianza de que gradualmente se nos irán revelando las respuestas.
5- Ya hemos mencionado de pasada la disciplina oracional; abundemos más sobre el tema. Sea cual sea el método que usemos para poner nuestra mente y nuestro corazón en el Reino, lo que importa es la medida en que nos acerca a nuestro Señor. La atenta repetición de una oración es un método que se ha demostrado provechoso. Otro es la contemplación del evangelio de cada día. Hacer esto durante un largo período hace que la vida de Jesús se haga cada vez más viva en nosotros. Mediante la oración nuestro mundo interior se transforma, se enriquece, se vuelve más acogedor. Cada lectura, cada descubrimiento espiritual, va dibujando nuestros muros interiores hasta formar un hermoso mural.
6- La vida espiritual, dijimos antes, no puede vivirse solo. La semilla del Espíritu necesita un terreno fértil donde crecer, y ello supone no solo una buena disposición interior, sino también un ambiente que ayude. ES difícil crecer espiritualmente en un ambiente donde nadie ora, donde no hay aprecio por la oración, donde no se conoce al Dios Amor. (Miren acá una alerta para toda comunidad consagrada!) Tomarse en serio la vida espiritual es hacerse cargo del ambiente en que esta vida pueda crecer y madurar. Elegir los amigos, los lugares, los momentos, la música, los libros, la gente, que mejor me ayude en esta dirección.
7- Es muy importante estar al tanto de esos leves movimientos del Espíritu de Dios en nuestro interior. Dios no grita, no da voces, no zarandea. El Espíritu de Dios es manso y suave, como una brisa leve. Es Espíritu de Amor, Espíritu de Libertad. No hay que temer nunca la acción del Espíritu Santo en nosotros. Dice Jesús: “Pongan ante todo su corazón en el Reino de Dios, y lo demás vendrá por añadidura”. El Reino de Dios es ante todo la presencia activa del espíritu de Dios dentro de nosotros, ofreciéndonos la libertad que de verdad deseamos. Cómo poner ante todo nuestro corazón en el reino de Dios cuando nuestro corazón está preocupado con tantas cosas? En esto consiste en definitiva la CONVERSIÓN. A menudo en los evangelios Jesús no responde a las preguntas que le hace la gente o sus propios seguidores, o responde algo inesperado que no viene a cuento. Es que Jesús responde desde arriba a cuestiones planteadas desde abajo. Para escuchar y entender lo que nos dice Jesús necesitamos volver a nacer, renacer de lo alto. (Jn 3,3) La vida espiritual es la vida de los que han renacido de lo alto, de los que han recibido el Espíritu, de los que han despertado del letargo del mundo.

Quiero ser dócil.

“Quiero volverme totalmente dócil, para aprenderlo todo de Ti”. (Isabel de la Trinidad”.

“Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
Ni su brazo el que les dio la victoria,
Sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
Porque Tú los amabas”. (Salmo 43)

¿Cómo ser dócil a la Palabra de Dios, escuchada cada día? ¿Cómo volverme sensible a esa Palabra, de manera que ella vaya dejando en mí un sedimento de vida, una fuerza nueva, que me permita rechazar el mal y abrazar el amor que Dios me ofrece? Ser sabios, no en sentido humano, sino divino. Un saber fundado en el Amor, fuente de la verdadera LIBERTAD, Y QUE BUSCA HACER SIEMPRE LA VOLUNTAD DE Dios.
Alimento la certeza del Amor de Dios como la única solución a mi compleja situación, interior y exterior. Es el amor de Dios el que nos permite vencer; es su fidelidad, su paciencia y su misericordia. Yo no he sido dócil, pero he querido, anhelado serlo. Y por eso he padecido.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Así era Thomas Merton.


Algunos RASGOS FISICOS Y PSICOLOGICOS DE T. MERTON: Esbozados por sus hermanos de comunidad, y mencionados por Fernando Beltrán en “La Contemplación en la Acción”... Pág. 42-43.

1- Manos y pies pequeños, vestir descuidado, siempre atento a su interlocutor; agradecido, buen humor y jovial. Acusado sentido de la economía del tiempo y aunque no escatimaba su dedicación a otros, tampoco consentía entretenimientos vanos.
2- Extraordinaria capacidad de concentración; organizado y disciplinado en su trabajo. Planificaba sus días hasta el menos detalle y sistematizar todas las actividades no le producía tensión. Afable y abierto en la conversación, y siempre ofrecía ángulos originales ante el tema que se abordaba.
3- Difícilmente mudaba sus convicciones; escribía con portentosa rapidez y nunca utilizaba los períodos de siesta para dormir. Exigente con el tiempo que correspondía a la oración. Disfrutaba las horas de oración nocturna, y sus caminatas por el bosque le proporcionaban horas de sencilla felicidad.
4- Espíritu divisorio; providencial “bandera discutida”; interrogante abierto en demanda de respuesta plena; un hombre libre, Buda natural, escritor, profeta, amigo, monje, peregrino. Sabio católico; “ser paz”.

Lecturas de Merton en el Carmelo.




En REVISTA DE ESPIRITUALIDAD, 57(1998):

En las páginas 691 a 702, un artículo de Matías del Niño Jesús, ocd, titulado “San Juan de la Cruz en Merton”. Algunos datos que complementan lo que conozco sobre Merton; otros carecen de fundamento o son falsos. Visión incompleta de la obra mertoniana. Más que hablar de Merton, lo utiliza para realzar el valor de Juan de la Cruz y del Carmelo.
1- Merton fue bautizado en el anglicanismo; por eso fue bautizado luego bajo condición en la Iglesia católica. Vivió sin religión, “ dado a la lectura de novelas con las ambiciones más descabelladas”
2- Encuentro con profesor de Columbia (New York), que no era católico, pero sí “persona de gran belleza moral”. Influyó en su conversión.
3- Compara el itinerario y conversión de Merton con los de San Pablo. Es un gran converso.
4- Cuando T.Merton entré en Getsemaní, esta era la única abadía del Cister existente en los Estados Unidos. Luego se fundaron otras seis, gracias al despertar vocacional que provocó su autobiografía.
5- Escribe el P.Matías: “Con su autobiografía su fama se hizo universal y se veía agobiado por cartas y peticiones de escrito, pero no se dejó envolver y obtuvo de su abad permiso para vivir en una ermita en el huerto del monasterio, y llegó a ser nombrado abad”. Pág. 692. ESTO NO ES CIERTO.
6- Matías resalta: -Cierto conservadurismo en la liturgia postconciliar en la que prefería el uso del latín. Dice que “Anhelaba y envidiaba los desiertos carmelitanos... “Aprecio por las normas religiosas”. “Amor al retiro y un mayor deseo de soledad”. Es evidente que el autor del artículo pretende convertir a Merton en justificación de sus propias posturas.


Las obras de Merton que reseña el P.Matías pertenecen todas a su etapa más devocional e intimista (antes de 1960); insiste varias veces en que “Ascenso a la Verdad” es la mejor obra de Merton. Es evidente el interés de Merton por lo carmelitano, en este artículo aparece un esquema del libro de Merton (Ascenso…) que puede resultar de interés para su mejor comprensión. También interesantes los criterios del P:Segundo Llorente. Alguien habla de Merton como “el gran especialista en temas sanjuanistas”. En su ermita tenía Merton 10 reliquias, entre ellas una de Santa Teresa y otra del santo.
Matías concluye su artículo, llamando a Thomas Merton “eminente discípulo y comentarista de San Juan de la Cruz y buen conocedor y admirador de la Orden del Carmen”.
Tengo pendiente leer y estudiar texto sobre espiritualidad carmelitana en “Cuestiones Discutidas”.



En el libro “Semillas de Contemplación” (ED. Sudamericana, 1952) Merton escribe en la nota del autor: “Los que conocen la obra de San Juan De la Cruz verán que prácticamente todo lo que aquí se dice acerca de la oración contemplativa sigue líneas marcadas por el carmelita español” (16). Leyendo las primeras páginas de este libro vuelvo a notar la capacidad de Merton para escribir en un lenguaje que el mundo puede entender; es capaz de traducir las afirmaciones teológicas en palabras, frases y párrafos cargados de luz y sentido para el hombre común. Además, sus intuiciones y vivencias más profundas tienen que ver con la de otros conversos, que sienten que las verdades de fe han de proclamarse de otra manera, para que sean comprendidas y acogidas por sus contemporáneos. A pesar del estilo devoto con que desarrolla estos temas, el contenido sigue siendo fresco y motivador. Especialmente iluminadora para mí es esta frase:

“? Cómo puedo recibir las semillas de la libertad si estoy enamorado de la esclavitud y cómo puedo acariciar el deseo de Dios si estoy lleno de otro deseo opuesto? Dios no puede plantar en mí su libertad, porque estoy preso y ni siquiera deseo ser libre. Amo mi cautiverio y me encarcelo yo mismo en el deseo de las cosas que odio y he endurecido mi corazón contra el verdadero amor” (19).

lunes, 26 de marzo de 2007

Thomas Merton y la virgen(3): Una luz de verdad.

En María está perfectamente realizado todo el plan creador y redentor de Dios. Por eso es por lo que se dice que es para nosotros una luz de verdad y un modelo de vida. Por eso su belleza espiritual incluye en sí misma toda la belleza que vemos aquí y allá, en forma parcial e incompleta, en el universo. En ella está toda la belleza del mundo, transfigurada y elevada a un nivel más allá de nuestra comprensión: y sin embargo, dado que esa perfección fue alcanzada por el cumplimiento de la potencia obediencial de su naturaleza, que también es nuestra naturaleza, hay cierta connaturalizad en nosotros que nos hace responder a su resplandor trascendente aunque siga siendo oscuro para nosotros. No podemos dejar de ver que ella, como nosotros, es una criatura humana cuya pequeñez se ha glorificado a la luz de Cristo y que está salvada del poder de la tiniebla y de la maldad por la gracia de Su Cruz.
Nos queda a nosotros, pues, celebrar su belleza inmaculada, abrir nuestros corazones a la misma luz de verdad que la santificó, la misma gracia que la hizo grata al Altísimo, que es su creador igual que lo es nuestro, y que desea ver realizado en nosotros el mismo misterio inefable de luz.
Thomas Merton, Tiempos de Celebración.

En la pasada fiesta de San José.




Estas imagenes corresponden a la Procesión con las imágenes de San José y la Virgen del Carmen por las calles cercanas a nuestra parroquia el pasado 19 de marzo.

La Liturgia, actividad de personas libres.

Si la liturgia no es la actividad de personas libres y maduras, que participan inteligentemente reunidas en el culto en corporación que expresa y constituye su sociedad visible, no puede tener un verdadero significado espiritual.

Es cierto que el Señor habla en el evangelio de Sus fieles como de "ovejas", pero eso no nos da derecho a suponer que la liturgia sea meramente el balar organizado de animales irracionales reunidos en manada por coerción y amaestrados por una ingeniosa disciplina hasta que sepan realizar acciones aparentemente humanas que no son capaces de comprender.

Thomas Merton. (Tiempos de Celebración)

domingo, 25 de marzo de 2007

Entremos en el Reino del Amor.



Hoy es el quinto domingo de Cuaresma, y la liturgia es un canto de confianza al plan amoroso de Dios para con sus hijos. Es también una invitación a reconocer la novedad de Cristo en nuestra vida: “He aquí que yo lo hago todo nuevo”. Luego de este caminar a través del desierto cuaresmal puede vislumbrarse a lo lejos la tierra prometida, y el pueblo despierta de su sueño, porque se abre el ojo interior del Amor. Hemos comprendido que mediante la penitencia nos disponemos mejor al obrar de Dios, pero experimentamos también nuestra fragilidad, nuestra poca perseverancia y tendencia a buscar siempre lo fácil, lo cómodo, y a dejarnos envolver en los cantos de sirena del pecado. Entonces aparece una vez la promesa: “No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren, yo realizo algo nuevo, y ya está brotando”. Es la Gracia de Dios, su Espíritu, su fuerza, su consuelo, su perdón, su ternura de Padre Justo la que va siempre delante de nosotros. No tengan miedo, Dios no se muda. “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. Es la alegría del corazón que pone como fundamento a Cristo. “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”.Y nos sentimos en el lugar de la mujer adúltera del evangelio. Todo y todos nos acusan, sólo Jesús contempla el corazón del Padre, y ensimismado en su Misericordia, nos abre a una VIDA NUEVA. Son dos momentos: 1- Todos somos pecadores: no hay que juzgar al prójimo. 2- Reconoce tu pecado, y déjate perdonar, para entrar en un camino nuevo.
Y entonces digo con Pablo: “Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”. Es vivir con una justicia que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.
Hemos recibido la salvación en Cristo, tenemos que hacerla vida, que encarnarla en nosotros, que irradiarla a los demás. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua, es el paso de la muerte a la vida, de la sombras a la luz, de la culpa al perdón, del odio al amor. Ya vemos a lo lejos al sol que nace de lo alto, ya sentimos el agua viva que apaga nuestra sed. Que al celebrar los misterios fundantes de nuestra fe cristiana despertemos del sueño del pecado, del egoísmo, del odio, de la mentira, y entremos en el REINO DEL AMOR.

“En un sentido, siempre estamos viajando. Viajamos como si no supiéramos hacia donde vamos. En otro sentido, ya hemos llegado. No podemos llegar a la perfecta posesión de Dios en esta vida; por eso viajamos, y lo hacemos en medio de la oscuridad. Pero ya poseemos a Dios por la gracia. Por eso, en ese sentido, ya hemos llegado y moramos en la luz. Pero ay!!Qué lejos tengo que ir para encontrarte a ti a quien ya he llegado!”. (Thomas Merton).

sábado, 24 de marzo de 2007

ESPECIAL: Una charla de Timothy Ratcliff sobre la vida religiosa.


La pasada semana le tuvimos por Cuba y este es una de las charlas que ofreció a los religiosos. En los próximos días publicaremos dos más, que son el complemento de esta primera.



El Sentido de la Vida Religiosa
Cuba I: Vocación y Comunidad

¿Cuál es el sentido de la vida religiosa? En muchas partes del mundo, especialmente en Occidente, esta pregunta se hace con cierta urgencia. En muchas comunidades han mermado las vocaciones, muchos religiosos han salido, muchas congregaciones se preguntan si tienen futuro. El Concilio Vaticano Segundo nos dio un sentido nuevo y maravilloso de la belleza y la santidad de la vocación laical. Ya no nos sentimos tan especiales. Los nuevos movimientos están floreciendo y muchas veces se ven como el futuro. Es así que, con cierto nerviosismo, muchos religiosos se preguntan: ¿Cuál es el sentido de la vida religiosa?

Creo que nuestra vocación como religiosos es más necesaria que nunca. Esto es porque somos llamados a ser signos de esperanza en un mundo tentado por la desesperanza. He hablado de la crisis de la esperanza en mi charla con el público y no quiero repetirme demasiado. En breve, nuestro planeta está viviendo una crisis profunda de la esperanza. No quiero decir que todo el mundo necesariamente esté descontento, aunque hay una epidemia de suicidios entre los jóvenes desde el Japón hasta Irlanda. Quiero decir que no tenemos una historia que contar de un futuro que ofrezca esperanza.

Cuando era joven, en la década de los sesenta, teníamos confianza de que la humanidad estaba caminando hacia un futuro maravilloso, en que se acabarían la guerra y la pobreza. Todo parecía posible. Creíamos en el progreso. Ahora, al comienzo de este nuevo milenio, estamos enfrentando una crisis ecológica, el crecimiento del fundamentalismo religioso, el terrorismo, el aumento del SIDA, el creciente abismo entre los ricos y los pobres. Muchos países en África están al borde del colapso. ¿Qué historias tienen los jóvenes para darles esperanza? Hay la historia del desastre ecológico que se nos viene encima, el derretirse de las capas de hielo polares y la historia de la guerra contra el terrorismo. Ni una, ni la otra, prometen la felicidad.

De cara a esta crisis de la esperanza, yo sugería que Jesús nos ofrecía signos. En la Última Cena, cuando parecía que no había futuro, él tomó pan, pronunció la bendición y se lo dio a los discípulos diciendo, “Éste es mi cuerpo, entregado por ustedes.” Cuando en el camino sólo había el Gólgota, nos dio el sacramento de la nueva alianza. Esto es signo de una esperanza que supera la imaginación, una esperanza más allá de las palabras. Para nosotros, el desafío como cristianos es crear signos que hablen de nuestra esperanza. Uno de estos signos es la vida religiosa. Nuestra vocación y nuestros votos hablan de nuestra esperanza en la humanidad. La importancia de la VR no está en lo que puede decir de nosotros y de quiénes somos, sino en lo que dice de la esperanza que se encarna para toda la humanidad.

¿Cómo puede ser? En la primera charla propongo que es porque nuestra vida es una vocación. Somos llamados. En segundo lugar, somos llamados a la comunidad. En la segunda charla exploraré cómo esta esperanza se expresa al ser nosotros enviados a la misión. Nuestro llamado nos convoca a la comunidad y nos envía hacia fuera. Esto es como nuestros pulmones, que aspiran y espiran. Éste es el dinamismo que anima nuestra misión, que da oxígeno a nuestra vida.

Pero, antes que todo, la vocación: Estaba atraído a los dominicos porque amaba la misión de la orden y me gustaba la compañía de los hermanos. Pero en última instancia, esto no era suficiente. Seguía siendo dominico porque yo creía que ésta era mi vocación. Estaba llamado por Dios a caminar por el sendero dominico.

Pero ésta es una expresión de una verdad más profunda, que ser un ser humano es ser llamado por Dios. Dios nos llama a la existencia y nos llama a acercarnos a Él. Entonces, el hecho de ser religioso es encarnar una convicción fundamental y esperanzadora respecto de la humanidad. Estamos en camino hacia Dios. Quizás no tengamos idea sobre el futuro de la humanidad, sobre los desastres y la violencia que nos esperan. Quizás seamos destruidos por las bombas, o ahogados por el nivel del mar que va subiendo, o abrasados por el calentamiento global, pero vamos hacia Dios.

Todo existe porque Dios lo ha llamado a la existencia. Dios dijo “que haya luz” y hay luz. Hay un pasaje lindo en el profeta Baruc: “Brillan los astros y se alegran en su puesto de guardia; él los llama y responden: ‘Aquí estamos’ y brillan alegres para su creador”. (Baruc 3.34) La existencia de una estrella no es sólo un frío hecho científico. Las estrellas alegres dicen un sí a Dios. La existencia de todo es un sí al Dios que llama. Nosotros los modernos hemos perdido el asombro primitivo y sabio de que exista la creación.

Lo peculiar de los seres humanos es que no sólo decimos sí al existir, decimos sí a Dios con nuestras palabras. A menudo cantamos el cántico de los tres jóvenes en el horno, del libro de Daniel. El cántico cuenta cómo toda la creación alaba a Dios:

Montañas y colinas, bendigan al Señor.
Plantas de la tierra, bendigan al Señor.
Fuentes y manantiales, bendigan al Señor.

Y lo hacen. Pero la vocación de la humanidad es convertir esta alabanza en palabra. Dios nos habla su palabra y respondemos con nuestras palabras. Es para esto que fuimos creados…para responder a la palabra de Dios. Esta vocación humana está expresada en una bella palabra en hebreo hineni. Significa, “Aquí estoy.”

Cuando Dios lo llama desde la zarza ardiente, Moisés responde “hineni”, “aquí estoy”. Cuando Dios llama a Samuel, éste va tres veces donde Elí, antes de que descubra que es Dios quien le llama, y dice “hineni”, después dice: “Habla,Señor, que tu siervo escucha”. Cuando Isaías oye una voz que dice “¿A quién enviaré?” responde: “Aquí estoy, envíame a mí.” Pero cuando Dios llama a Adán en el jardín, éste no dice “Aquí estoy”. Se esconde en el monte. Jonás sale huyendo cuando es llamado por su nombre.

Fundamental para cada vida humana es el silencio en el que podemos escuchar la voz que llama, sea cual fuera la forma o la religión o la convicción. En el silencio del desierto Moisés escuchó esa voz y dijo “Sí”. Es peligroso. Uno no sabe hacia dónde puede llevar una conversación con Dios. Quizás nos queme. Cuando visité el santuario de la zarza ardiente, cerca del Monte Sinaí, me hizo gracia ver a un lado un gran extintor de fuegos. Ésa es la respuesta humana natural a la voz que nos llama.

El corazón de la vida religiosa es cuando hacemos la profesión. Decimos nuestro “sí” definitivo. Aquí estoy. Hineni. Es más que la aceptación de una obediencia a una regla. Es más que el compromiso a un estilo de vida. Es un consentimiento a la invitación de Dios de conversar con Él y nunca taparnos los oídos.

El signo cristiano central de esperanza es, como decía, la Última Cena. Fue un momento particular en que Jesús se puso en manos de unos individuos particulares, los frágiles discípulos. Dios se atrevió a hacerse vulnerable y a darse a personas que lo traicionarían, lo negarían, y huirían. En la vida religiosa corremos el mismo riesgo. Nos ponemos en manos de frágiles hermanas y hermanos particulares. Y no sabemos que harán con nosotros. Tomás de Aquino dice que esto pertenece a la generosidad radical de los votos. Se hacen en un instante y se viven en el transcurso del tiempo. Estos hermanos míos podrían enviarme a las misiones, o podrían pedirme que sea ecónomo y cuadre las cuentas, o elegirme prior, o hasta olvidarse de mí. Esto no lo puedo saber de antemano.

No sólo decimos un Sí en la profesión. Prometemos seguir conversando con Dios hasta nuestra muerte. Guardamos como preciosos estos momentos de silencio en que una y otra vez se escucha esa voz. Y esa conversación también incluye el sí que decimos a nuestros hermanos y hermanas cuando somos enviados a Cuba, cuando recibimos una nueva misión y aun si nos mandan de nuevo a casa. Nos llamamos mutuamente. Nuestra obediencia es mutua. Y esto es más que la organización eficiente de la misión de la Orden. Es nuestro “Hineni. Aquí estoy” continuo a Dios. Debemos llamarnos al valor y a la libertad, a hacer cosas que jamás nos atreveríamos a hacer. Nuestros hermanos y hermanas deben llamarnos a superar el temor, cuando nos sentimos paralizados y atascados. Llamamos a nuestros hermanos y hermanas al liderazgo y ellos nos llaman a emprender cosas nuevas. La obediencia es como cantar en el coro, es chorus contra chorum, el diálogo en que aprendemos a vencer la timidez.

Un día yo estaba caminando con algunos de los hermanos en Escocia. Llegamos a un promontorio donde desaparecía el sendero. Había que meter el pie en una ranura y caminar con mucha precisión. Esa experiencia nos asustaba, ya que estábamos suspendidos sobre las olas del mar y las rocas. Cuando llegamos al final, nos dimos cuenta de que faltaba un hermano. Tuvimos que ir hacia atrás a su encuentro. No nos habíamos dado cuenta de que él sufría de vértigo. Así que uno tenía que decirle: “Gareth, pon tu mano aquí. Tú puedes avanzar un metro. Ahora, bien, adelante con el otro pie.” Cuando llegó a un lugar seguro dijo: “¡Mañana vamos a escalar un precipicio alto!” En toda esta travesía nos llamamos los unos a los otros y ésa es la voz de Dios llamando a cado uno de nosotros a la libertad y a la valentía, sin saber lo que nos espera al doblar de la esquina. Es riesgoso.

Me viene a la mente el hombre que estaba manejando por encima de un precipicio, ponderando si Dios existía o no. De hecho estaba tan distraído que se fue por el precipicio y se cayó del carro. Mientras caía, se agarró de la rama de un árbol. De repente, la cuestión de la fe se volvió urgente y comenzó a gritar: “¿Hay alguien ahí?” Al fin respondió una voz: “Sí, estoy aquí. Confía en mí. Suelta la rama y déjate caer. Yo te voy a coger.” El hombre pensó un rato y gritó de nuevo: “¿Hay alguien más ahí?”

Estamos llamados a vivir esta incertidumbre con alegría. Uno de mis amigos cercanos en la Orden es un dominico francés llamado Jean Jacques. Se formó como economista, se fue a Argelia para estudiar sistemas de regadío, aprendió el árabe y enseñaba en la universidad allá. Era difícil, pero él estaba profundamente contento. Un buen día le llamó su provincial para pedirle que volviera a Francia para enseñar economía en la Universidad de Lyon. Estaba totalmente conmocionado, sintió un profundo dolor y después recordó la alegría de haber entregado su vida sin condiciones. Entonces fue y compró una botella de champán para celebrar con sus amigos. Unos años después cuando fui nombrado Maestro de la Orden, yo estaba muy ansioso de tener en el Consejo General a alguien conocido. Busqué a Jean Jacques y le pedí que viniera. Me pidió tiempo para pensarlo. Le dije que sí. Pidió un mes y le dije que se tomara un día. Dijo “Sí”. Más champán.

Esta alegría es un signo de esperanza para los que no ven ningún camino hacia el futuro. Para los desempleados, para los estudiantes que suspenden sus exámenes, para las parejas que están pasando momentos difíciles en su matrimonio, para los que tienen que enfrentar la guerra…entonces nuestra incertidumbre alegre debe ser un signo de esperanza de que cada vida humana está caminando hacia Dios, sean las que fueren las sorpresas en el camino. Es un signo de esperanza cuando países enteros no vislumbran el futuro con claridad. Volveré a esto cuando hable de nuestra misión.

Entonces, ser un religioso es no saber la historia de nuestras vidas. La mayoría de la gente tiene carreras y puede que éstas estructuren sus historias. Suben la escalera de promociones. El soldado raso llega a ser sargento, el capitán sueña con ser general, el profesor quiere ser el director. Pero nosotros no tenemos carreras. No importa el papel que uno desempeñe en la Orden, uno nunca es más que uno de los hermanos. No importa lo que uno haga. Una vez, en Roma, un cardenal vino a verme cuando era el Maestro de la Orden, y me dijo, “Ahora, Timothy, sabes cómo es la soledad al estar en la cima.” Pero eso no es verdad para los religiosos, porque uno es sencillamente un hermano o una hermana, que por un momento tiene un servicio particular. Un amigo jesuita me contó que ellos les dicen a sus superiores: “Cuídanos mientras subes y te cuidaremos mientras bajas.”

Puede ser que a veces sintamos que nuestros hermanos no reconocen quiénes somos y que estamos llamados a hacer cosas que son una pérdida de tiempo. Quizás nuestros talentos no son reconocidos. Quizás nos sentimos hasta maltratados. Entonces tenemos que hablar. No somos esterillas para ser pisoteados pasivamente. No podemos aceptar una obediencia infantil que nos trata como si fuéramos peones de ajedrez para que el superior disponga de nosotros tapando huecos. La obediencia perfecta no es plantar coles al revés simplemente porque nos lo hayan mandado. ¡Esa es una pura estupidez! Tiene que haber un diálogo y una actitud de atención mutua. Pero es una parte de nuestra vocación religiosa, como signo de esperanza, que aunque seamos maltratados y aunque no nos aprecien, todavía tenemos la alegría de los que, con sus vidas, van camino a Dios. Podríamos discutir con el provincial y tratar de convencerlo de que sería absurdo que me nombrara ecónomo provincial ya que no sé nada del dinero, pero aún así puedo tener la alegría de ese Sí fundamental. Cuando los hermanos de San Juan de la Cruz lo cogieron preso, aún así él cantaba. Nosotros podemos hacer nuestra la oración del gran hombre Dag Hammarskjold, “Por todo lo que ha sido…Gracias. Por todo lo que será…Sí.”

En cierto modo, no importa lo que hagamos. Lo importante es el hecho de que seamos. Somos dominicos, franciscanos, salesianos, jesuitas, hermanos y hermanas. Podríamos dirigir escuelas y hospitales, predicar el evangelio en sitios nuevos, escribir libros o dirigir orfelinatos. Pero estas actividades no definen quiénes somos, porque somos personas que dicen Sí a Dios, pase lo que pase. Esta es la verdad, sobre todo para los contemplativos. El Cardenal Hume era benedictino y escribió que: “ Consideramos que no tenemos ninguna misión o función particular dentro de la Iglesia. Nuestra meta no es cambiar la historia. Estamos ahí casi por casualidad desde el punto de vista humano. Y, felizmente, seguimos sencillamente “estando ahí.”[1] Los monjes están ahí para Dios, es lo único que importa.”

Es verdad que la vida religiosa, en muchos lugares, está viviendo un tiempo de crisis. Y muchos religiosos también viven sus crisis. Podríamos preocuparnos por el futuro de nuestra congregación o provincia. Podríamos sentir que nuestras propias vidas no tienen rumbo alguno. Quizás nos sentimos desilusionados con las decisiones de nuestra Orden, o nos enamoramos, o sentimos que nuestros talentos no se están utilizando.

Pero sólo podemos ser un signo de esperanza para una generación que está en crisis, si somos capaces de enfrentar nuestras crisis con alegría y serenidad. Puede que sea parte de nuestra vocación como religiosos, el enfrentar las crisis en nuestra vocación como momentos de gracia y de vida. La mayoría de la gente tiene que enfrentar un momento en que cuestiona si ha cometido un error. Yo me enamoré unos años después de que había hecho mi profesión solemne. Sabía en aquel momento que podría tener una vida diferente, con una familia e hijos. Pero también mi vida como religioso, con la gracia de Dios, podía crecer por esa crisis, sin tener miedo de compartirla.

El corazón de nuestra fe es la crisis de la Semana Santa. Y en cada Eucaristía recordamos la crisis de la noche del Jueves Santo. Jesús pudo haber huido de esa crisis, pero no lo hizo. La enfrentó y la hizo fructífera. Entonces, si nos encontramos en un momento en que no vemos el camino por delante y sentimos la tentación de hacer las maletas e irnos, éste puede ser precisamente el momento en que nuestras vidas religiosas están a punto de madurar. Como Jesús en la Última Cena, éste es el momento para entregarnos a lo que está ocurriendo y confiar que dará su fruto. Esta es una dimensión de cómo nuestra vocación da testimonio de la esperanza. No debemos tener miedo a ser vistos como religiosos que están pasando una crisis. Es parte de cómo somos un signo de esperanza para otros que están viviendo sus crisis.

Estas crisis pueden incluir hasta la muerte de nuestras propias comunidades. Para muchas congregaciones y monasterios en Europa Occidental, aparentemente, no hay futuro. ¿Nos atrevemos a enfrentar eso con alegría? Cuando era provincial, fui a visitar un monasterio que estaba llegando al final de su vida, llamado Carisbroke. Sólo había cuatro monjas allí y tres de ellas ya ancianas. Una de las monjas me dijo: “Timothy, pero Dios no puede dejar que Carisbroke muera, ¿verdad?” Y el provincial anterior, que estaba a mi lado, respondió: “Dejó que su Hijo muriera, ¿no?”

Hace un par de años hubo un congreso en Roma, en que el liderazgo de casi todas las comunidades religiosas participó. Una de las preguntas era si debíamos abrir la posibilidad de la vida religiosa a las personas que no hacen profesión hasta la muerte. Se decía que muchos jóvenes se ponen nerviosos respecto a los compromisos a largo plazo y entonces tenemos que buscar la forma de acogerlos.

Ciertamente merece la pena pensar en eso. Muchos monjes y monjas budistas no hacen profesión perpetua. Y hay muchas personas que se identifican profundamente con comunidades religiosas sin hacer profesión. La mayoría de las congregaciones tiene asociados laicos. Ellos comparten nuestras vidas y nuestras misiones, pero con un compromiso temporal. Eso está bien y lo animé en la Orden Dominica.

Pero sigo proponiendo que, al centro de la vida religiosa, tiene que haber el gesto loco y valiente de entregar nuestras vidas hasta la muerte, usque ad mortem. Es un gesto extravagante que habla de nuestra esperanza en que cada vida humana en su totalidad, hasta e incluyendo la muerte, es un camino hacia el Dios que llama. Pase lo que pase, ésta es una vida que está camino de la felicidad. Por eso tenemos que luchar por las vocaciones de nuestros hermanos y nuestras hermanas cuando viven las crisis. Si un hermano pasa una crisis, quizás sería más sencillo dejarlo ir. Su sufrimiento es doloroso para él y para nosotros. Porque lo amamos, podríamos anhelar su felicidad y buscar que sea feliz lo más rápido posible. Podríamos tener miedo a sus dudas porque podrían despertar dudas en nosotros. Puede que sea un alivio si dejamos que un miembro se vaya, en vez de verlo sufrir.

Pero tenemos que luchar porque valoramos las palabras que él, o ella, pronunció en su profesión. Respetamos y amamos su Sí. Una vez un fraile anciano, enfrentando la muerte, me dijo que estaba a punto de alcanzar una gran ambición. Le pregunté cuál era y me respondió que confiaba que por fin iba a morir como dominico. En ese momento no pensé que fuera una ambición tan grande, pero he llegado a valorarla. Hizo un don de su vida y, a pesar de todo, no se echó para atrás. Era un signo de esperanza para los jóvenes.

Alrededor del mundo, me han dicho mil veces que no se puede esperar que los jóvenes hagan un compromiso definitivo, hasta la muerte. Con frecuencia me dicen que los jóvenes viven en un mundo de compromisos a corto plazo, sea en el trabajo o en la casa. Cambian de empleo a menudo. El americano tiene como promedio once trabajos diferentes en su vida laboral. Los matrimonios no duran. Entonces se dice que no podemos esperar que los jóvenes hagan profesión permanente. Recuerdo un joven fraile francés a quien, en la víspera de su profesión solemne, se le preguntó si se daba totalmente, sin reservas y para siempre, a la Orden. Dicen que él respondió así: “ Me doy completamente y sin reservas hoy. Pero, ¿quién sabe quién seré yo en diez años?”

Precisamente porque vivimos en una cultura de compromisos a corto plazo, la profesión hasta la muerte es un signo de esperanza hermoso y poderoso. Habla de la historia a largo plazo en la cual cada ser humano está llamado a Dios. Es un gesto extravagante, pero tenemos que pedir a los jóvenes que hagan gestos valientes y locos y creer que, con la gracia de Dios, ellos pueden cumplirlos. Justo antes de que yo escribiera esta charla, cuatro jóvenes hicieron profesión solemne para mi Provincia Inglesa de los Dominicos. Son todos inteligentes y dinámicos y tienen títulos universitarios. Cado uno podría florecer en el mundo, vivir feliz como hombre casado y ganar mucho dinero. Para ellos darse a la Orden hasta la muerte habla de nuestra esperanza cristiana y nuestra esperanza para cada ser humano. Uno de ellos, por ejemplo, tiene veinte y pico años, es músico y atleta. Es hermoso y alegre. Seguramente algunos dijeron: “¡Qué desperdicio! Podría ser un hombre felizmente casado.” ¡Desgraciadamente no creo que nadie dijera eso cuando yo hice mi profesión!

Los jóvenes sólo vendrán si les pedimos gestos extravagantes y locos. Esta es una vida que no tiene sentido alguno si Dios no existe. Muchas veces he encontrado a Dios en el amor de un matrimonio. Es el sacramento de la fidelidad de Dios para con nosotros. Pero aún las personas que no creen en Dios normalmente se casan. Sin embargo, sería completamente incomprensible hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia si uno no creyera en Dios. Si yo perdiera mi fe, ¿por qué demoraría un instante en dejar la Orden? Como dice San Pablo: “Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres.” (1 Cor. 15.19)


Comunidad

Estamos llamados a la comunidad y enviados a la misión. Terminaré esta charla reflexionando sobre nuestra llamada a la comunidad y después, en la siguiente charla, veremos cómo estamos enviados a la misión.

Primero la comunidad. Cuando les pregunto a las personas por qué piensan hacerse religiosas, muchas veces la respuesta es que quieren vivir en una comunidad. En nuestro mundo fragmentado muchas personas viven solas. Cerramos nuestras casas con llave para mantener el peligro afuera, pero también significa que muchas personas no tienen vecinos. En nuestras ciudades grandes puede que las personas que viven a nuestro lado sean unos extraños. Cada vez más las personas no se miran los ojos. En la calle somos invisibles. Las familias ya son más pequeñas. Muchas personas no tienen hermanos ni hermanas. Dios le dijo a Adán que no es bueno que vivamos solos y, por eso, muchas personas anhelan la comunidad.

Pero en nuestra sociedad, al ser tan numerosas las personas solas, la vida comunitaria puede ser extremadamente difícil. No estamos acostumbrados a compartir nuestra vida con muchas otras personas. Me crié en una familia grande, con seis hijos, mis padres y mi abuela y otras personas también. ¡Aprendí que mi madre me quería aún cuando parecía que se había olvidado mi nombre! Cuando entré en el noviciado, no viví un cambio muy diferente del de mi casa. Pero hasta yo encontré difícil la vida en comunidad y para mí todavía a veces lo es. Entonces es el deseo de comunidad que atrae a muchos a la vida religiosa y es lo difícil de la comunidad que significa que algunos no permanecen.

La tentación de nuestra sociedad es de buscar comunidad sólo entre los que piensan igual, personas que comparten nuestras opiniones, nuestros prejuicios y nuestra sangre. Hablan nuestro idioma y les gusta nuestra comida. Zygmunt Barman ha escrito que debido a la movilidad de la sociedad moderna existe “el impulso de retirarse de la complejidad riesgosa para refugiarse en la uniformidad.[2] Los conservadores se asocian con otros conservadores, y los progresistas con otros progresistas. Los ancianos son colocados en los asilos de ancianos, los jóvenes pasan su tiempo con otros jóvenes, etc. La Señora Thatcher solía preguntar con respecto a las personas: “¿Es de los nuestros?” Pero comunidades así no hablan del Reino.

La comunidad es un signo del Reino de Dios sólo si nos atrevemos a vivir con personas diferentes a nosotros. En Ruanda y Burundi, nuestras comunidades eran signos frágiles del Reino porque tutsis y hutus trataron de vivir juntos. Una vez, durante los conflictos étnicos, estaba viajando por el país con dos hermanos. Uno era el asistente para África y el otro era el superior local. Uno era hutu y el otro tutsi. Visitamos todos los campos de refugiados buscando a familiares de los hermanos. Para ellos fue una travesía muy peligrosa, pero para mí, no. Cuando celebrábamos la Eucaristía éramos en realidad un signo de esperanza del Reino: dos miembros de unas tribus en guerra y un extranjero. Una vez visitamos a un obispo. El patio de su casa estaba lleno de hutus y tutsis juntos. Decía él que todos eran bienvenidos mientras celebraban la Eucaristía juntos.

Compartir la vida con los que son diferentes es descubrir una identidad nueva con ellos. El reto puede ser descubrir quién soy yo con un hermano o una hermana que tiene posiciones teológicas diferentes. La polarización política del mundo moderno significa que en muchos lugares es difícil que personas de la derecha y de la izquierda vivan juntas. Cuando la gente busca un marido o una esposa, la primera pregunta en los Estados Unidos es: ¿votas por los demócratas o los republicanos?

Uno de los mayores retos en la vida religiosa, muchas veces, es vivir con hermanos o hermanas de otra generación. Para muchos religiosos de la década de los sesenta, puede ser doloroso compartir la vida con jóvenes que a veces son más “conservadores”. Se experimenta esto como una amenaza.

Es complicado. Por un lado, no podemos ser signos del Reino a menos que nos atrevamos a pedirles a los jóvenes que hagan gestos radicales. No debemos aceptar a jóvenes que sólo buscan una vida cómoda, un escape del mundo. Pero por otro lado, tampoco debemos buscar a personas que sean exactamente como nosotros. Su vida radical y extravagante quizás no sea exactamente como la nuestra.

Cuando era un fraile joven, discutíamos mucho con nuestros predecesores en la Orden sobre la vida religiosa. Un hermano mayor siempre estaba en desacuerdo con nosotros y discutía con nosotros, pero, cuando había que votar, él votaba por los jóvenes. Aunque tenía opiniones teológicas y políticas diferentes, sabía que la vida religiosa sólo se mantiene viva si se le da espacio a la siguiente generación. ¡Tiene que elegir una vida religiosa loca también, pero puede que su locura sea distinta a la nuestra! En mi comunidad, en Oxford, pertenecemos a cuatro generaciones por lo menos: hay un hermano con más de ochenta años, un religioso clásico; somos tres o cuatro de la década de los sesenta que entramos en la Orden en momentos de turbulencia y transformación. Hay unos hermanos que pertenecen a lo que llamamos “la generación de Juan Pablo II”, que muchas veces son reaccionarios a los de nuestra generación. Y están los jóvenes que tienen entre veinte y treinta y pico años. Pertenecen a una nueva generación conocida como “la generación Y”. Sólo podemos prosperar si nos atrevemos a vivir juntos y pasar la antorcha a los que no serán como nosotros.

También la vida religiosa ayuda a la Iglesia a ser signo del Reino. La jerarquía institucional de la Iglesia forma parte de su naturaleza. La jerarquía mantiene a la Iglesia en unidad entre los cientos de países y culturas. Sin la jerarquía, la Iglesia se desintegraría. Pero si la Iglesia sólo se compusiera de esta única estructura jerárquica, habría el peligro de que la unidad se volviera una uniformidad opresiva. Necesitamos la vida religiosa con toda su diversidad loca, desde los contemplativos hasta los religiosos que se dedican al servicio de los pobres. Necesitamos todos estos nichos ecológicos en los cuales pueda brotar y florecer todo tipo de formas inesperadas de ser cristiano. Las comunidades religiosas mantienen vivas distintas formas de espiritualidad, lugares distintos en que se puede pensar, hablar y orar. La vida religiosa es un contrapeso a la tendencia de la Iglesia hacia la uniformidad. Necesitamos la pobreza franciscana, la obediencia de los jesuitas, la democracia dominica, si la Iglesia va a salir adelante. Necesitamos monjes y frailes y ermitaños y pastores. De otro modo la Iglesia sería un signo menos evidente del Reino. De nuevo, ninguna comunidad en la cual todas las personas piensen igual puede ser signo del Reino.

Una razón por la cual la Iglesia a veces encuentra difícil comprender la vida religiosa es que en el Concilio se enfatizó mucho la teología de la Iglesia local reunida en torno al obispo. Pero nosotros no nos definimos por nuestra pertenencia a la Iglesia local y, por lo menos para la mayoría de los hombres religiosos, él no es nuestro ordinario. En las ordenaciones, siempre disfruto el momento en que el obispo le pregunta al ordenando si promete obediencia a su ordinario. ¡El candidato responde “sí” y el obispo sonríe, porque generalmente no se da cuenta de que no es el ordinario del ordenando!

Somos cuerpos un poco extraños que no encajamos exactamente en las estructuras dominantes de la Iglesia. Esto ha sido así desde los padres y las madres del desierto que comenzaron su manera de vivir extraña, hace más de mil seiscientos años. Somos como los bufones en las Cortes Reales del pasado, que muchas veces tenían la libertad de expresar abiertamente lo que todos los demás estaban pensando.

Entonces, para concluir, nuestra vocación como religiosos es maravillosa, no porque seamos maravillosos, sino como signo del destino maravilloso de todos los seres humanos y, efectivamente, de la creación entera. Si estamos silentes, escuchamos la voz del que nos llama a Sí Mismo y decimos: “Hineni”, “Aquí estoy”. Estamos llamados a nuestras comunidades, que son signo del Reino, al no estar llenas de personas que piensan igual, viviendo en perfecto acuerdo. En la próxima charla, veremos como también estamos enviados a la misión.
[1] In Praise of Benedict p. 23
[2] Liquid Modernity Cambridge 2000 p. 179.

viernes, 23 de marzo de 2007

En Camino.


Estuve leyendo una conferencia de Mons, Cristian Precht, vicario de la Zona Sur de Santiago de Chile, acerca del cansancio en la vida ministerial y me parece un material excelente para iluminar nuestro servicio. Hoy es viernes y como siempre celebré la Eucaristía y luego me reuní con un nutrido grupo de la Tercera Edad para hablar de espiritualidad. El tema era la cruz como signo de vida en el cristiano, como imagen también de nuestra condición humana, pero luego aparecieron las preguntas y el debate y estuvimos compartiendo hasta el mediodía. Eso, a pesar de estar yo un poco resfriado y tener la voz tomada. Pero fue grato verles tan motivados y participativos. Tuve que salir corriendo para poder comprar algo de pescado y llegar a tiempo para prepararlo para el almuerzo. A nuestro alrededor hay muchos signos que recuerdan la lucha diaria por sobrevivir, las injusticias y el absurdo de un mundo que se empeña en sobrevivir a pesar de su inoperancia. Pero la fe realmente lo ilumina todo: nuestros fracasos y nuestras decepciones, nuestros empeños y nuestras impotencias. El trabajo en esta página me resulta muy estimulante, aun cuando no encuentro mucho eco en mis propuestas espirituales; supongo que algún día tendré más comentarios, pero no por eso ahora voy a abandonar. Me he propuesto trabajar la espiritualidad en los diversos niveles de mi ministerio sacerdotal y religioso, y aun con pequeños signos, iré sembrando algo a mi alrededor (y en mí mismo). Esta página, el boletín LUZ DEL MUNDO, las colaboraciones en PALABRA NUEVA, los ENCUENTROS DE ESPIRITUALIDAD, la liturgia y la dirección espiritual. Y la figura de los Maestros como estímulo.

Intuiciones de Thomas Merton.


Estas citas están tomadas de los DIARIOS de Merton, y recogen ideas importantes de su legado espiritual, válidas para la oración personal de estos últimos días de Cuaresma.



1- Viviendo a imagen del Dios que es mi vida: es decir, viviendo como un desconocido. Porque un cristiano es alguien a quien el mundo realmente no conoce. (157)
2- La verdad adquiere forma en el silencio, el trabajo y el sufrimiento, a través de los cuales nosotros nos hacemos verdaderos. En el silencio es donde mejor lleva Dios a cabo su obra. El silencio es la adoración de su verdad. El trabajo es la expresión de nuestra humildad. El sufrimiento nace del amor que sólo busca una cosa: el cumplimiento de la voluntad de Dios (155)
3- Realmente hay un abismo de luz en las cosas que creen y aman los creyentes más sencillos. Tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que después de todo son también las más profundas.
4- Yo necesito la soledad para poder alcanzar la plenitud que busco, la de ser una persona corriente. (157)
5- Dios quiere que recuperemos todos los gozos de su mundo creado en el espíritu (161)
6- Virtudes esenciales de un alma verdaderamente religiosa: 166, 12 de septiembre de 1956.
7- Observar aquellos pájaros sirvió de alimento de mi meditación o de lectura mística. Tal vez mejor. (169)
8- Lo que yo deseo realmente es liberarme de los ideales y de una imagen mental del monaquismo y vivir sencillamente lo mejor que me sea posible: simplemente vivir. (197)

La Vida Espiritual.




Estas notas son un resumen algo recreado de un texto de Henri Nouwen, preparado para un retiro de Cuaresma el pasado año:



1- Una inquietud interior, un agobio, por alcanzar, por terminar, por conseguir, aun a sabiendas de que nunca me sentiré totalmente satisfecho. Al mismo tiempo no queremos detenernos, tenemos miedo a que de pronto todo quede vacío y en silencio, porque tendremos que mirar de frente nuestra propia realidad, lo que somos o creemos ser. Creemos realmente en Dios y en su amor? Confiamos en Él? Le conocemos de verdad? Qué imagen guardamos de ese Dios en quien decimos creer? Pero en medio de todo el ruido que llena nuestra vida permanece un voz suave, como un susurro, que se empeña en decir: “Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, que yo les aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso. Porque mi yugo es llevadero, y mi carga ligera” (MT 11, 28-30). Esa voz habla desde lo más hondo de nuestro corazón.

2- Poder escuchar esa voz, crear las condiciones para ello, creer en lo me dice y vivir de acuerdo con eso es la vida espiritual. Esa voz me dice: DIOS ES AMOR<>. Esa simple afirmación tiene enormes consecuencias desde que vivimos a partir de ella: Si Dios, que me ha creado, es amor y solo amor, yo soy amado antes de que ningún ser humano me amara. Este primer amor es la razón y el fundamento de mi vida. Pero: Nosotros andamos por la vida indagando acerca del amor, preguntando siempre a todos y a todo: Me quieres? Y ese amor que encontramos nunca colma, siempre nos deja insatisfechos. El gran reto espiritual consiste en descubrir a lo largo de nuestra vida que el amor limitado, condicional y temporal que recibimos de nuestros seres queridos es reflejo del amor ilimitado, incondicional y eterno de Dios.

3- Siempre estamos tentados por el fatalismo, el desaliento, la desesperanza. El fatalismo es la actitud que nos hace vivir como víctimas pasivas de las circunstancias exteriores que escapan a nuestro control. Los cubanos sabemos mucho de esto. Lo opuesto al fatalismo es la fe. La fe consiste en la confianza profunda en que el amor de Dios es más fuerte que todos los poderes anónimos del mundo y puede transformarnos de víctimas de las tinieblas en siervos de la luz. (MT 17, 19-20). Pensemos en los diferentes modos fatalistas que tenemos de pensar, hablar o actuar, e irlos transformando poco a poco en actos de fe. Este movimiento del fatalismo a la fe es una parte importante de nuestra vida espiritual, porque ayuda a disipar las tinieblas de nuestro corazón y nos transforma en personas cuya confianza en el amor de Dios puede realmente “mover montanas”.

4- Una vida espiritual es una vida agradecida. La verdadera gratitud espiritual abarca todo nuestro pasado, tanto los buenos como los malos acontecimientos, los momentos alegres y los tristes. Aun lo malo que sucede, ocurre estando nosotros en la presencia amorosa de Dios. El propio sufrimiento de Jesús fue causado por los poderes de las tinieblas, y sin embargo él habla de su pasión y su muerte como de su camino de gloria. A veces resulta difícil conservar toda nuestra vida bajo la luz del agradecimiento: cosas que rechazamos, por las que nos sentimos avergonzados o culpables, cosas que no debieron ocurrir, que nos lastiman. Pero siempre que aprendemos a mirarlo COMO DIOS LO VE, todo se vuelve bendición porque nos lleva a un conocimiento más profundo de la misericordia de Dios, a la convicción de la guía providente de Dios. “Todo es bien para los que aman a Dios”-dirá San Pablo. Ser agradecidos nos hace más libres y capaces para ser enviados al mundo y anunciar la BUENA NUEVA. Todas nuestras faltas y dolores pueden transformarse en agradecimiento y hacernos a nosotros capaces de convertirnos en mensajeros de esperanza.

5- Una vida espiritual transcurre bajo el signo de la sencillez y la confianza. Y en ella ocupa el pobre un lugar muy, especial. Dice Jesús: “Bienaventurados los pobres”, y no Bienaventurados los que ayudan a los pobres. Aquí está una clave importante del reino y de la vida espiritual. Ayudar, servir, ofrecer consuelo, todo esto es bueno. PERO: es mucho más importante reconocer que los pobres son portadores de una bendición de Dios para mí. Cuál? Ellos me permiten vislumbrar el rostro de Dios. El cielo consiste en ver a Dios, podemos ver a Dios en el rostro de Jesús, y vemos a Jesús en los pobres. Los pobres nos muestran a Jesús y nos dan vida –dijo una vez Jean Vanier. En esto radica el misterio del servicio cristiano: los que sirven a Jesús en el pobre serán alimentados por el mismo a quien sirven. (LC 12,37). Necesitamos tanto que nos bendigan y el pobre está esperando bendecirnos. Los pobres son portadores de Gracia.

6- La soledad y el silencio son importantes en la vida espiritual, pero Jesús envió a sus discípulos “de dos en dos”, porque no quiere que hagamos este viaje solos. “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos; sean sencillos como palomas y astutos como serpientes”. La comunidad es importantísima para la vida espiritual, ella nos envía y nos protege, nos alimenta y nos sostiene. Dijo Jesús: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Juntos podemos revelar algo de Dios que ninguno de nosotros puede revelar por sí solo.

RESUMEN: Una vida espiritual es una vida celebrada, agradecida, compartida, aceptada. Una vida en la que puedo escuchar la voz de Dios, revelándome su amor en los pobres y en toda su creación. Dijo Henri Nouwen:

“La grandeza espiritual no tiene nada que ver con ser mayor que los demás. Tiene mucho que ver con llegar al nivel al que cada uno de nosotros tiene que llegar. La verdadera santidad es precisamente beber tu propia copa y confiar en que así, asimilándote plenamente a tu propio caminar por la tierra, que es irremplazable, puedes llegar a ser una fuente de esperanza para muchos”.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Pan para el Viaje (Henri Nouwen).


1- Cada día nos tiene reservada una sorpresa. Pero solamente si estamos esperándola podremos verla, oírla o sentirla cuando viene. No tengamos miedo de recibir la sorpresa de cada día, sea triste o alegre. Abrirá un lugar nuevo en nuestros corazones, un lugar donde podremos dar la bienvenida a nuevos amigos y celebrar de manera más plena nuestra común humanidad.
2- El gozo y la tristeza nunca están separados. Cuando nuestros corazones se regocijan ante un panorama espectacular, podemos al mismo tiempo lamentar la ausencia de nuestros amigos que no están con nosotros para verlo. Cuando el dolor nos inunda, quizás podamos descubrir el significado de la verdadera amistad. El gozo está escondido en la tristeza y la tristeza en el gozo. Si intentamos evitar la tristeza a todo costo, es posible que nunca experimentemos el gozo. Si desconfiamos del éxtasis, tampoco podrá tocarnos la agonía. El gozo y la tristeza son los padres de nuestro crecimiento espiritual.
3- Hay una gran diferencia entre tener éxito y dar frutos. El éxito proviene de la fuerza, el control y la respetabilidad. La persona exitosa tiene la energía para crear algo, mantener el control de su desarrollo y ponerlo a la disposición de los demás en grandes cantidades. El éxito trae consigo muchas recompensas y muy a menudo la fama. Los frutos, por el contrario, provienen de la debilidad y la vulnerabilidad. Y los frutos son únicos. Un niño es un fruto concebido en la vulnerabilidad, la comunidad es el fruto del fracaso compartido, y la intimidad es el fruto que crece en el roce de nuestras heridas. Recordémonos que el verdadero gozo proviene de los frutos y no del éxito.
4- La paciencia es una disciplina difícil. No es sólo esperar hasta que suceda algo sobre lo que no tenemos ningún control: que llegue el ómnibus, que deje de llover, que un conflicto de resuelva. La paciencia nos pide vivir el momento en su plenitud, estar completamente presentes para el momento, saborear el aquí y el ahora, estar donde estamos. Cuando estamos impacientes tratamos de escaparnos de donde estamos. Nos comportamos como si lo real fuera a suceder mañana, más tarde o en otro lugar. Seamos pacientes y confiemos que el tesoro que buscamos está escondido debajo del suelo que estamos pisando.

5- La Oración es el puente entre nuestra vida consciente y nuestra vida inconsciente. A menudo hay un gran abismo entre nuestros pensamientos, palabras y acciones, y las muchas imágenes que emergen en los sueños que tenemos, despiertos o dormidos. Rezar es conectar estos dos lados de nuestra vida. Se lo consigue accediendo al lugar donde mora Dios. La oración es “trabajar el alma”, porque nuestras almas son ese centro sagrado donde todo es uno en nosotros, de la manera más íntima. Por eso debemos rezar todo el tiempo, para llegar a ser verdaderamente íntegros y santos.

Orar con la Biblia (Benedicto XVI).

Los exhorto a familiarizarse con la Biblia, a tenerla a mano a fin de que sea para ustedes como una brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola, aprenderán a conocer a Cristo. San Jerónimo afirma al respecto: “El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo”. Un modo muy eficaz para profundizar y gustar la palabra de Dios es la lectio divina, que constituye un verdadero itinerario espiritual en etapas. De la lectio, que consiste en leer y releer un pasaje de la sagrada Escritura tomando los elementos principales, se pasa a la meditatio, que es como una parada interior, en la que el alma se dirige a Dios intentando comprender lo que su palabra dice hoy para la vida concreta. A continuación sigue la oratio, que nos permite entablar con Dios un coloquio directo, y finalmente se llega a la contemplatio, que nos ayuda a mantener el corazón atento a la presencia de Cristo, cuya palabra es “lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en nuestros corazones el lucero de la mañana” (2 P 1, 19). La lectura, el estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar después en una vida de coherente adhesión a Cristo y a su doctrina.
(Benedicto XVI)

martes, 20 de marzo de 2007

Teofanes Egido escribe sobre San José.


En la pagina web de los Carmelitas de Castilla aparece un artículo del P.Teofanes Egido, excelente como siempre. Como es corto y rico en matices, me permito incluirlo en esta página, a propósito de la Fiesta de San José, que celebramos ayer:


"No ha sido fácil el reconocimiento de san José en la Iglesia, y la mirada hacia su historia resulta, cuando menos, desconcertante pero también comprensible.Los evangelios, el de Mateo y el de Lucas, contra lo que suele afirmarse con cierta carga de ironía a veces, no hablan tan poco de José, de quien, en contraste, no registran ni una sola palabra: tiene su anunciación, cree y actúa con la eficacia de su silencio en la responsabilidad de esposo de María y padre singular de Jesús, de custodio del Redentor. Porque, a pesar de las inercias de tantos teólogos, de bastantes mariólogos (no de todos), resulta que el misterio de la Encarnación aconteció, conforme al proyecto divino, por mediación de María, pero no solitaria sino desposada ya con José, compañero y protagonista en la vida oculta de Jesús.Decía que es perfectamente comprensible el silencio y hasta el cúmulo de deformaciones que se cernieron sobre esta figura silenciosa en el tiempo posterior a la catequesis evangélica. Era preciso salvaguardar el valor, tan estimado, de la virginidad de María y defenderla frente a los ataques de herejías agresivas. La salvaron a la perfección, y mirando a los datos evangélicos, padres de la Iglesia como san Justino, san Agustín, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo. Otros, sin embargo, se dejaron seducir por las fantasías de los apócrifos, que se acogieron al recurso de convertir al esposo de María en viejo, muy viejo, y en viudo con hijos habidos en matrimonios anteriores. Y esta percepción de José ancianísimo fue la que se impuso durante siglos a lo largo de la edad media.La literatura popular, los sermones, la iconografía en sus variadas expresiones medievales, fueron los transmisores y son testigos de aquellas representaciones de san José tan viejo, aislado y de espaldas al nacimiento, en papeles secundarios cuando no casi ridículos de portar un farol, de hacer sopas o, lo más frecuente y significativo, de estar de espaldas o dormido tan tranquilo y tan ajeno al misterio de alegría bulliciosa en aquel espacio animado de la navidad.El redescubrimiento de san José se produjo con el retorno al evangelio reclamado y realizado por los humanistas a partir del siglo XV. El precursor reconocido fue el canciller de Paris, Juan Gerson, encariñado con la misión y con la figura de José, con su paternidad singular, con el matrimonio con María, escritor del poema encendido de la Josefina, empeñado en conseguir la celebración de la fiesta de los desposorios, y empeñado con más denuedo, si cabe, en cambiar la imagen de un José viejo por la más acorde con su misión de esposo y padre, es decir, la de José joven y, añadía, hermoso.El autorizado canciller, que tanto influjo ejerció en la espiritualidad posterior, lo ejerció también en este particular aspecto de la figura, de la devoción, del culto, creciente a partir de entonces (eran los tiempos del concilio de Constanza, por 1416) y aunque la eclosión tuviera que esperar al manifiesto de santa Teresa, recogido todo ello y expresado en libros, en sermones entusiastas, en pinturas llenas de ternura como las del Greco o Zurbarán, en tallas rebosantes de fortaleza como las de Berruguete, de Gregorio Fernández y del barroco español. La presencia de san José se hizo realidad en la Iglesia, en la devoción del pueblo, en tratados de teólogos, en la literatura religiosa, en el culto y en la liturgia. Como expresión del fervor, su fiesta se hizo universal en el siglo XVII, fue proclamado patrono de obispados, de países, de órdenes religiosas y, por Pío IX en 1870, de la Iglesia universal. Eran tiempos necesitados de la protección de san José, como lo eran, por otros motivos, aquellos en los que el Papa León XIII publicó la única encíclica josefina (Quamquam pluries, 1889). Ya en el siglo XX, Juan XXIII, tan devoto del Santo, incluyó su nombre en la plegaria litúrgica (en el canon) de la misa.Después del concilio Vaticano II (¿quién recuerda que Juan XXIII proclamó al esposo de María velador especial del concilio?) san José no se libró de la crisis general que hoy se refleja en olvidos pero también en recuerdos, en la renovación de su teología, en congresos, en centros y publicaciones dedicados a su estudio y animados por la hermosa y profunda exhortación apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II." (Teofanes Egido).

Algunas Ideas de Thomas Merton acerca de la vocación.


1-Todos tenemos una vocación, todos somos llamados por Dios a compartir su Vida y su Reino: cada uno es llamado a un lugar especial en el Reino. Si encontramos ese lugar seremos felices. Si no lo encontramos, nunca podremos ser completamente felices. Para cada uno de nosotros sólo hay una cosa necesaria: cumplir nuestro destino según la voluntad de Dios, ser lo que Dios quiere que seamos.
2- Ese destino no se descubre en un juego al escondite con la Divina Providencia. Nuestra vocación no es un enigma de la Esfinge que se haya de resolver por conjeturas bajo pena de perecer. En todo caso, nuestro destino es obra de dos voluntades, no de una sola. No es un hado inmutable, impuesto a nosotros sin elección nuestra por una divinidad sin corazón.
3- Es decir, la vocación no es una lotería sobrenatural, sino una interacción de dos voluntades, y por consiguiente, de dos amores. Es desesperado tratar de resolver el problema de la vocación fuera del contenido de la amistad y del amor. Providencia es más que una institución: es una Persona. Es nuestro Padre en el Cielo
4-Lo anterior significa que ese Padre nos ama más de lo que nos amamos nosotros mismos, como si nosotros fuéramos Él. Nos ama, además, con nuestra voluntad, con nuestras decisiones. ¿Cómo podremos entender el misterio de nuestra unión con Dios, que está más próximo a nosotros de lo que cada uno está a sí mismo? Su amor está actuando para sacar bienes de todas nuestras equivocaciones y para vencer nuestros pecados.
5- Al hacer planes sobre el curso de nuestra vida, hemos de recordar la importancia y la dignidad de nuestra libertad. El hombre que teme decidir su futuro por un acto bueno de su libre albedrío, no entiende el amor de Dios. Por la libertad es un don que Dios nos ha dado. La perfección del amor es proporcional a su libertad. Su libertad es proporcional a su pureza.
6- Obramos más libremente cuando obramos con pureza en correspondencia al amor de Dios. Pero el amor más puro a Dios no es servil, ni ciego, ni limitado por el temor. La Caridad pura es plenamente cauta del poder de su libertad, perfectamente confiada en el amor de Dios. El alma que ama a Dios se atreve a elegir libremente, sabiendo que su elección será aceptable para el amor.

(Tomado de "Los Hombres no son islas").

Thomas Merton y Santa Teresita.


En la autobiografía de T.Merton, página 355, encontramos una nueva referencia a San Juan de la Cruz y el descubrimiento de la santidad de Teresa de Lisieux, a quien Merton llama “la florecita”. Son tiempos de clarificación, en que su vocación dormida está volviendo a despertar; una nueva visita a un monasterio de contemplativos, Nuestra Señora del Valle, le llena de gozo interior y le devuelve al mundo mucho más fortalecido y dispuesto: “Estaba consciente de haber adquirido alimento y fuerza, de haberme desarrollado secretamente en firmeza, certidumbre y profundidad.”
Es a su regreso al trabajo en el colegio de Buenaventura, cuando Merton va reorganizando su vida con un régimen más estricto: “Levantándome más temprano por la mañana, rezando las Horas Menores al alba, o antes de ella cuando los días menguaban, en preparación de la misa y comunión.” Y añade: “Hacía muchas lecturas espirituales… vidas de santos… Juana de Arco, San Juan Bosco, San Benito. Me entretenía la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz y las primeras partes de la Noche Oscura, por segunda vez de hecho, pero por primera vez comprendiéndola.” (355). Juan de la Cruz acompañará el camino espiritual de Thomas Merton durante muchos años, y encontramos referencias explícitas a él en otros libros suyos, como “Ascenso a la Verdad”.
Pero Merton reconoce aquí un nuevo y enriquecedor vínculo con la espiritualidad del Carmelo; así escribe en esta misma página:

“El gran regalo que se me dio, ese octubre, en el orden de la gracia, fue el descubrimiento de que la Florecita era realmente una santa, y no santa muda como una muñeca en las imaginaciones de muchas ancianas sentimentales. No sólo era santa, sino una gran santa, una de las mayores: ¡Tremenda! Le debo toda clase de disculpas y reparación por haber ignorado su grandeza durante tanto tiempo.”

La mirada de Merton sobre la santa francesa no es acrítica, a pesar de tanto entusiasmo. Reconoce que en su espiritualidad hay mucho de la fealdad y mediocridad de la clase burguesa a la que Teresita y su familia pertenecían (356-357). Por ejemplo: “Su afecto nostálgico por una graciosa quinta llamada Las Buissonets; su gusto por el arte completamente almibarado, por los angelitos de azúcar y santos de pastel jugando con corderos tan suaves y vellosos que literalmente crispan los nervios a la gente como yo. Escribió una serie de poemas que, sin importar lo admirable de sus sentimientos, se basaban ciertamente en los modelos populares mas mediocres”.

No obstante, en medio de todo lo anterior, Merton descubre en Teresa de Lisieux el poder de la gracia de Dios, que convierte en posible lo imposible; de un ambiente como en el que vivió Teresita difícilmente saldría una santa, según Merton. Pero él escribe: “Y no solo llegó a ser santa, sino la mayor santa que ha tenido la Iglesia en trescientos años… aun mayor, en ciertos aspectos, que los dos tremendos reformadores de su orden: San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila” (357).
No está lejos esta manera de mirar la santidad de Teresa de la que desarrolla Jean Francoise Six en sus libros sobre la infancia, vida conventual y muerte de Teresita. Merton encomienda a Teresa sus preocupaciones de ese momento (su hermano John Paul, su trabajo en Harlem, su camino vocacional); la ve como intercesora. Pero el verdadero lugar de los santos en nuestra vida para Thomas Merton es mucho más amplio, y así lo dice en estas mismas páginas:

“Descubrir un nuevo santo es una maravillosa experiencia. Pues Dios se magnifica grandemente y se hace maravilloso en cada uno de sus santos. No hay dos santos iguales; pero todos ellos son como Dios, como Él de un modo diferente y especial. De hecho, si Adán nunca hubiese caído, toda la raza humana habría sido una serie de imágenes magníficamente diferentes y espléndidas de Dios, cada uno de todos los millones de hombres exponiendo Sus glorias y perfecciones de un modo asombrosamente nuevo, cada uno brillando con su santidad particular, una santidad destinada a Él desde toda la eternidad como la perfección sobrenatural más completa e inimaginable de su personalidad humana.” (Pág.355)

“Los santos no son objetos inanimados de contemplación. Se hacen nuestros amigos, participan de nuestra amistad, la corresponden y nos dan inequívocas muestras de su amor por nosotros mediante las gracias que recibimos a través de ellos.” (357)


Podemos resaltar también lo siguiente en relación con este tema, a partir de la reflexión de Merton:
1- ¿Tiene límites la gracia de Dios? “Me asombraba completamente la aparición de una santa en medio de la fealdad y mediocridad hinchada, aterciopelada, súper decorada y cómoda de la burguesía… tales gentes podían resultar inocuos pedantes, ¿Pero de gran santidad? Nunca.” (356). Pero, a través de Teresa, él descubre otra realidad: “llegó a ser santa no desertando de la clase media, no abjurando, despreciando, y maldiciendo la clase media, o el ambiente en que había crecido; por el contrario, se pegó a él en tanto puede pegarse a una persona a tal cosa y ser una buena carmelita. Conservó lo que era burgués en ella…”. (356).
2- Sin embargo:” En cuanto a santidad se refería, toda esa fealdad exterior era, per se, del todo indiferente. Y más aun, como todos los males físicos del mundo, podía servir muy bien, per accidens, de ocasión o hasta de causa secundaria de un gran bien espiritual.”

Tengamos presente que Merton es un artista, un hombre de una sensibilidad particular, un poeta; de ahí su mirada crítica al barroquismo o mal gusto de cierta espiritualidad o ciertas devociones. Pero lo exterior no es lo esencial, sino lo interior, lo profundo. La Florecita hará de centinela para el hermano de Merton, y también para su propia vida.

“Cuando el Espíritu Santo encuentra un alma en que puede obrar, emplea esa alma para cualquier número de propósitos; despliega ante sus ojos un centenar de direcciones nuevas, multiplicando sus obras y sus oportunidades para el apostolado hasta límites casi increíbles y ciertamente mucho más allá de la fuerza ordinaria de un ser humano.” (360)

Así, pensando en Teresa de Lisieux, Merton afirma: “No es novedad en Dios hacer santos que no son sacerdotes para predicar a los que son sacerdotes”.

domingo, 18 de marzo de 2007

La Noche del Alma.


La noche del alma comienza en el momento en que miramos alrededor y vemos que todas las cosas del cielo y de la tierra, a las cuales estamos tan firmemente apegados comparadas con Dios, nada son. Dice Jeremías: “Miré la tierra y estaba vacía, y ella nada era, y a los cielos, y vi que no tenían luz” Comprendemos en ese momento que nuestras aficiones a estas cosas son apegos a lo que es menos que nada. Son impedimentos para alcanzar a Dios, y transformarnos en él. Entendemos que nunca comprenderemos la verdad, mientras dependamos de nuestras propias luces, que nunca comprenderemos a Dios, mientras estemos apegados a sus criaturas. Toda la hermosura de las criaturas, comparada con la infinita hermosura de Dios, es fealdad. Y toda la gracia y elegancia de las criaturas, comparada con la gracia de Dios, es desabrida. Y toda la bondad de las criaturas del mundo, comparada con la infinita bondad de Dios, se puede llamar malicia. Sabemos que mientras estemos atrapados por los apegos a las criaturas, seremos incapaces de unirnos con Dios. Hasta que nos purifiquemos de estos apegos no estaremos en condiciones de poseer a Dios, ni en esta vida ni en la otra. Así comienza la noche del alma.

Esto es una gran verdad que nos legó Juan de la Cruz, pero también es cierto lo que acota Thomas Merton:
No podemos hacernos santos huyendo de las cosas materiales. Poseer vida espiritual consiste en poseer una vida que sea espiritual en toda su plenitud; una vida en que los actos del cuerpo sean santos por el alma, y en que el alma sea santa por Dios que mora y actúa en ella… El santo no es santificado sólo por el ayuno cuando debe ayunar, sino también por la comida cuando debe comer. No es santificado sólo por las oraciones en la oscuridad de la noche, sino por el sueño tomado en obediencia a Dios, que nos hizo lo que somos. No sólo la soledad contribuye a la unión con Dios, sino también el amor a los amigos y parientes y a los que viven y obran junto a él”.

A fin de cuentas, dirá el santo carmelita:
El que de los apetitos no se deja llevar, volará ligero según el espíritu, como el ave a que no falta pluma”.

El hombre espiritual. (Textos)

“Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos. No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibeles, ni olemos perfumes. Ya ni las flores los tienen. Algo que me afecta terriblemente es el ruido. Me pregunto si la gente se da cuenta del daño que le hace el ruido, o es que se les ha convencido de lo avanzado que es hablar a gritos. ¿Cómo nos respetamos tan poco? ¿Cómo hace el ser humano para soportar el número de decibeles en que vive? La experiencia con animales ha demostrado que el alto volumen les daña la memoria primero, luego los enloquece, y finalmente los mata. El hombre se está acostumbrando a aceptar pasivamente una constante intrusión sensorial. Y esta actitud pasiva termina siendo una servidumbre mental, una verdadera esclavitud.
No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí. Hay que revalorar el pequeño lugar y el poco tiempo en que vivimos, que nada tienen que ver con esos paisajes maravillosos que podemos mirar por la televisión, pero que están sagradamente impregnados de la humanidad de las personas que vivimos en él.” (“La Resistencia”, Ernesto Sábato).

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.