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martes, 4 de junio de 2013

EL BAILE DE LA OBEDIENCIA



"Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar,
siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.

Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.

Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.

Señor, ven a invitarnos".

(Madeleine DELBREL)

lunes, 3 de junio de 2013

JUAN XXIII

Juan XXIII, Angelo Giuseppe Roncalli, nació en Sotto il Monte, en la provincia italiana de Bergamo, el 25 de noviembre de 1881. Desde pequeño manifestó una inclinación hacia la vida eclesiástica, por lo que al finalizar sus estudios elementares, se preparó para entrar en el seminario diocesano. Destacó desde el principio tanto en el estudio como en la formación espiritual. El 10 de agosto de 1904 fue ordenado sacerdote. Después comenzó los estudios en Roma de derecho canónico, interrumpidos en 1905 al ser elegido secretario del nuevo obispo de Bérgamo, monseñor Giacomo Radini Tedeschi, con el que trabajó durante 10 años.
Además de ser secretario, durante esos años cumplió otros encargos: profesor en el seminario, realizó estudios de historia local, director del periódico diocesano, asistente de la Unión Mujeres Católicas. Con el estallido de la guerra en 1915 le correspondió durante más de tres años ser capellán en la asistencia a los heridos en los hospitales militares de Bérgamo.
De una forma inesperada, en diciembre de 1920 recibió la invitación del papa para presidir la obra de Propagación de la Fe en Italia. En 1925, año de su ordenación episcopal, llegó el nombramiento como visitador apostólico en Bulgaria y así comenzó el periodo diplomático que duró hasta 1952. En 1934 fue nombrado delegado apostólico en Turquía y Grecia. Por decisión personal del Pío XII, asumió la nunciatura de París en 1944. Su siguiente destino fue Venecia, donde llegó el 5 de marzo de 1953 y el año siguiente fue creado cardenal. Su episcopado se caracterizó por el escrupuloso compromiso con el que asumía los principales deberes de obispo, las visitas pastorales y la celebración del Sínodo diocesano.
El 28 de octubre de 1958, el cardenal Roncalli con 76 años fue elegido sucesor de Pío XII. Esta elección hizo pensar a muchos en un pontificado de transición. Pero desde el comienzo Juan XXIII reveló un estilo que reflejaba su personalidad humana y sacerdotal madurada a través de una significativa serie de experiencias. Además de restaurar el buen funcionamiento de los organismos de la Curia, se preocupó de conferir un sello pastoral a su ministerio, subrayando la naturaleza episcopal como obispo de Roma, multiplicando el contacto con los fieles a través de visitas a las parroquias, hospitales y cárceles.
Pero sin duda alguna la contribución más importante de este papa fue el Concilio Vaticano II, que fue anunciado desde la basílica de san Pablo el 25 de abril de 1959.
En el discurso de apertura el 11 de octubre de 1962 el papa Juan XXIII dijo que "tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y católica especialmente, nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales". Añadió también que "el supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz. Doctrina, que comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a nosotros, peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria celestial. Esto demuestra cómo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte que cumplamos nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y así consigamos el fin establecido por Dios".
" El Concilio Ecuménico XXI —que se beneficiará de la eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y administrativas— quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad" afirmó.
En la prospectiva de una actualización de toda la vida de la Iglesia, Juan XXIII invitaba a privilegiar la misericordia y el diálogo con el mundo en vez de la condena y la contraposición en una renovada conciencia de la misión eclesial que abrazaba todos los hombres. En esta apertura universal no podían estar excluidas las diferentes confesiones cristianas, invitadas también a participar en el Concilio para dar comienzo a un camino de acercamiento. Durante la primera fase se pudo constatar que Juan XXIII quería un Concilio realmente deliberante, que respetara todas las decisiones después de que todas las voces tuvieran modo de expresarse y confrontarse. Pero el papa Juan XXIII no pudo ver finalizar el cónclave ya que falleció el 3 de junio de 1963.
En la primavera del año de su fallecimiento se le concedió el premio "Balzan" por la paz y el testimonio de su compromiso a favor de la paz con la publicación de las encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963) y de su intenvención decisiva en ocasión de la grave crisis de Cuba en el otoño de 1962.
El Papa Juan Pablo II le proclamó beato el 3 de septiembre del 2000 y en la homilía de la celebración dijo que "del papa Juan permanece en el recuerdo de todos las imágenes de un rostro sonrriente y de dos brazos abiertos en un abrazo al mundo entero".
(Tomado de: ZENIT)

sábado, 1 de junio de 2013

HUMILDAD Y LIBERTAD

"En la humildad se halla la máxima libertad. Mientras tienes que defender el yo imaginario que crees importante, pierdes la paz de tu corazón. En cuanto comparas esa sombra con las sombras de otros, pierdes toda alegría, porque empezaste a traficar con irrealidades, y no hay gozo en lo que no existe.
En cuanto empiezas a tomarte en serio e imaginas que tus virtudes son importantes porque son tuyas, quedas prisionero de tu propia vanidad, y aun tus mejores obras te cegarán y engañarán. Luego, para defenderte, empezarás a ver pecados y faltas por todas partes en las acciones de los otros. Y cuanto más irrazonable importancia te atribuyas a ti y a tus obras, tanto más tenderás a formar tu propia idea de ti mismo condenando a los otros. A veces hay hombres virtuosos que se sienten amargados e infelices, porque inconscientemente han llegado a creer que toda su felicidad depende de que sean más virtuosos que los demás.
Cuando la humildad libra a un hombre del apego a sus propias obras y a su propia reputación, descubre que el gozo perfecto es sólo posible cuando nos hemos olvidado completamente de nosotros mismos. Y sólo cuando no prestamos ya más atención a
nuestra vida, a nuestra reputación ni a nuestra excelencia, nos hallamos por fin completamente libres para servir perfectamente a Dios por Él solo".

Thomas Merton
"Semillas de contemplación"

JUSTINO, MÁRTIR.



El más importante de los llamados "apologistas griegos" por la extensión de sus obras, por su originalidad y profundidad de pensamiento. Natural de Samaria, filósofo por vocación, tras una peregrinación intelectual llegó al cristianismo, y sin abandonar el manto de filósofo consideró al cristianismo como la verdadera filosofía. Murió mártir, decapitado,  por la denuncia de un filósofo rival, en 165, junto a otros discípulos. Sus obras: el Diálogo con Trifón, y dos Apologías. En su tarea de defender la fe, Justino se enfrenta a 2 problemas básicos: relación entre fe cristiana y cultura clásica, y relación entre el Antiguo Testamento y la nueva fe. Incorpora la idea del LOGOS a la reflexión cristiana, asociándolo al Cristo preexistente del cuarto evangelio. Distingue entre el Logos seminal y las semillas del Verbo, diseminadas por todo el Universo, y resultantes de la acción del primero. Justino toma elementos de la filosofía estoica y platónica para explicar la fe cristiana. También Justino recoge información sobre las prácticas cristianas de su tiempo.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.