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martes, 10 de abril de 2007

Bautismo y Conversión en Thomas Merton (2).


“Si hubiera aceptado el don de la santidad ofrecido en mis manos cuando estaba junto a la pila bautismal… ¿Qué podría haber sucedido en el mundo? Los hombres no tienen idea de lo que puede hacer un santo”. (M7C; 235)


Cuando la Gracia de Dios irrumpe en nuestra vida la trastorna toda; lo vemos todo de una manera nueva, redescubriendo el sentido de lo que hemos vivido y de todo lo que nos rodea; entendiendo lo que antes nos resultó inexplicable. Pero trayendo a su vez “una responsabilidad espantosa, si dejamos de responder a ella” (M7C, 229). Thomas Merton compara su bautismo con el desierto al que entra Israel después de cruzar el Mar Rojo; es una tierra diferente, “una tierra de colinas y llanuras, que espera la lluvia del cielo”. El bautismo no supuso para él (creo que para casi nadie) el dejar atrás toda su antigua vida, sino la entrada en una dinámica existencial diferente; ahora podía ver con mayor claridad la miseria y el vacío de su vida anterior, aun cuando no pudiera deshacerse totalmente de ella. El bautismo es (para Merton) fundamentalmente una llamada; llamada que “en cierto sentido, me era casi imposible oírla y contestarla” (Pág. 229); pero ya entonces comprendía que le había sido “abierta ese día la puerta hacia reinos inmensos” (229). Es ciertamente una situación paradójica en la que Dios pone a prueba la capacidad del hombre para responder a su gracia.

“Existía una especie de imposibilidad moral” (Pág. 230).

¿Qué habría debido hacer y no hizo, según Merton?

1- Ir a la comunión todos los días. (Frecuentar todo lo posible la Eucaristía).
2- Buscar dirección espiritual, constante y completa.
3- Alimentar un alto ideal (sacerdocio); pero también podían haber sido otros, como laico comprometido.
4- Oración: aprender a orar y dedicar tiempo a ello.
5- Devoción a María, virgen.

Es evidente que en muchas páginas de su autobiografía Merton manifiesta una piedad tradicional y afectada (Él mismo lo reconocerá años después); no obstante, sabiendo esto, podemos servirnos de ello para despertar a nuestras propias necesidades espirituales.

“Uno de los grandes defectos de mi vida espiritual en ese primer año era la falta de devoción a la Madre de Dios” (231); a lo largo de su vida mantuvo Merton una especial relación espiritual con María, y ejemplos abundantes de ello los encontramos en las páginas de sus diarios. Aquí, en las reflexiones de su autobiografía, encontramos también muestras de esa cercanía afectiva para con la madre de Dios. Por ejemplo, su viaje a Cuba, para visitar el santuario de El Cobre, pág. 280-288, y ofrecimiento de su sacerdocio a la Virgen, etc. Al respecto podemos apuntar algunas precisiones del propio Merton:
1- Una piedad formal: “Creía en las verdades que enseña la Iglesia acerca de Nuestra Señora, decía el Ave María cuando rezaba, pero eso no era bastante”. “Nuestra Señora ocupaba en mi vida poco más del lugar de un bello mito… pues en la práctica no le prestaba más que la clase de atención que uno da a un símbolo o a una cosa de poesía. Era la virgen que estaba en la puerta de las catedrales medievales. Era la que había visto en todas las estatuas del Musée de Cluny y cuyos cuadros, por ese motivo, habían decorado las paredes de mi estudio” (231-232). Pero: “Ese no es el lugar que corresponde a María en la vida de los hombres”.
2- Una piedad fuerte: “La gente no se da cuenta del tremendo poder de la Santísima Virgen. No sabe quién es, que por sus manos vienen todas las gracias porque Dios ha querido que ella participe así en su obra de salvación de los hombres”. (231). “Es la Madre de Cristo todavía. Su Madre en nuestras almas. Es la Madre de la vida sobrenatural en nosotros. La santidad nos viene por su intercesión. Dios ha querido que no haya otro medio. Yo no tenía ese sentido de su dependencia ni de su poder. No sabía qué necesidad tenía de confianza en ella”. (232).

Entonces, a modo de resumen, Merton pregunta:

“ Qué podía hacer yo sin amor de la Madre de Dios, sin un objetivo espiritual claro y elevado, sin dirección espiritual, sin comunión diaria, sin una vida de oración?”

Lo anterior puede verse en sentido positivo: lo que debía incorporar Merton a su vida; pero había algo más: Lo que tenía que cambiar o quitar de su vida.

“Pero lo que más necesitaba era el sentido de la vida sobrenatural y mortificación sistemática de mis pasiones y de mi naturaleza insensata” (232). Necesitaba transformar, trabajar, eso que antes reconocía como “una especie de imposibilidad moral”. Su vida, marcada por la realidad pecado, por los excesos, por el vicio; eso deja huellas en el cuerpo y en el espíritu de la persona; la incapacita para ciertas cosas.

“Había vivido para mí solo. Había vivido para la satisfacción de mis deseos y ambiciones, para placer y comodidad, reputación y éxito”. (Egoísmo). Era necesario un CAMBIO RADICAL. (En la raíz). Sin embargo: “Pensé que todo lo que tenía que hacer era continuar viviendo como había vivido antes, pensando y obrando como antes lo hacía… Pero, si continuaba viviendo como lo había hecho antes, sería simplemente incapaz de evitar el pecado mortal. (232).
“El bautismo había traído consigo la obligación de reducir todos mis apetitos naturales a la subordinación de la voluntad de Dios” (Pasar de la sabiduría de la carne a la sabiduría del espíritu).

“”Hasta donde los hombres están dispuestos a preferir su propia voluntad a la voluntad de Dios, puede decirse que odian a Dios; por supuesto, no pueden odiarlo en Sí mismo. Pero lo odian en los mandamientos que violan. Pero Dios es nuestra vida: la voluntad de Dios es nuestro alimento, nuestra carne, el pan de nuestra vida. Odiar nuestra vida es entrar en la muerte, y por consiguiente, la prudencia de la carne es la muerte”.

“Ya que mi vida después del bautismo era muy parecida a lo que había sido antes de él, me hallaba en la condición de los que desprecian a Dios por amar al mundo y su propia carne más que a él.”

“Casi todo lo que hacía tendía, por virtud de mi tendencia habitual, a complacerme a mí mismo antes que todo lo demás, a obstruir y desvirtuar la obra de la gracia en mi alma” (233)

Intelectualmente convertido, convencido su entendimiento de las verdades que enseña la iglesia, faltaba a Thomas Merton la conversión del corazón (sentimientos, voluntad, movimientos interiores). “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Los tesoros de Merton seguían estando lejos, fuera de Dios. (“Cegado por mis propios apetitos”; “Quería gozar de todas las clases de placeres”; “No vacilaba en colocarme en situaciones que sabía acabarían en desastre espiritual”. 233).

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-Thomas Merton-

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