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miércoles, 16 de mayo de 2018

OBEDIENCIA RELIGIOSA


El propósito de la obediencia religiosa no es mantener la rutina y la disciplina en el seno de una institución. Es inculcarnos la obediencia al Espíritu Santo, hacernos capaces de obedecer al Espíritu. No implica una subordinación de por vida a la autoridad. Nosotros mismos hemos desvirtuado la idea de obediencia porque siempre la hemos visto en el contexto de la autoridad, o  de la institución. En este contexto tiene alguna validez, pero se la ha llevado demasiado lejos. También se ha asociado la obediencia con una suerte de alienación, la noción de que debemos lisa y llanamente obedecer y de que eso es todo lo que cuenta.
La obediencia tiene por finalidad flexibilizar a una persona, liberarla de ataduras a su sentimiento de autarquía.  Pero no hay que suponer que es sometiéndose a la autoridad como uno se convierte en santo. Si uno deja que la autoridad quiebre su sentimiento de autarquía, puede convertirse en un bicho raro o en un robot. El sentimiento de autarquía es un problema y tenemos que renunciar a él, e eso no cabe duda. En la muerte y la resurrección de Cristo hay una verdad absolutamente válida e inmutable: el hecho de que tenemos que morir para nuestro sentimiento de autarquía, pero no de la forma en que esa muerte ha sido presentada, como una especie de sadismo jurídico e incluso a veces sistemático. Si un superior sabía que a ti no te gustaba hacer una cosa, era esa cosa la que tenías que hacer. Hasta podía haber en ello una cierta complacencia morbosa. Esas prácticas eran perniciosas y a causa de ellas la obediencia religiosa ha caído en descrédito.
 La obediencia religiosa es importante porque libera. Cuando libera, cumple su función. Libera si el Espíritu nos hace libres. Así pues, es posible ser libre, inclusive cuando hay abuso, si uno ve las cosas correctamente. Pero ahora, a partir del Concilio, es preciso modificar la situación. Hay ocasiones en las que uno no puede permanecer absolutamente pasivo ante la autoridad, situaciones en las que uno debe respetuosamente explicar las razones por las que no está dispuesto a obedecer. Y ver que dice entonces la autoridad. En otras palabras, poner el problema sobre la mesa y discutirlo.
Pero no por la simple razón de no querer obedecer, sino en aras de una obediencia más alta. Tomemos la cuestión de los objetores de conciencia… Algo semejante podría suceder en la vida religiosa. Si a mí me ordenaran que predicara para ustedes algo en lo que no creo, no podría hacerlo… Necesitamos tener las cosas claras: la obediencia tiene por objeto liberarnos para que podamos seguir al Espíritu Santo. Nosotros respetamos la autoridad de otros y la obedecemos, pero también tenemos que seguir los dictados de nuestra conciencia” (206-208).

 Tomado de “Los manantiales de la contemplación”, Ed. Sudamericana, Thomas Merton.

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-Thomas Merton-

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