“Los hombres no tienen idea de lo que puede hacer un santo: la santidad es más fuerte que todo el infierno. Los santos están saturados de Cristo en la plenitud de su Poder Real y Divino; tienen conciencia de ello y se entregan a él para que pueda ejercer su poder por mediación de los actos más mínimos y al parecer más insignificantes para la salvación del mundo”[1].
Frente a una santidad
entendida como esfuerzo y conquista personal
“No basta entrar en
“En cierto modo la fiesta de Todos los Santos
es un poco triste, porque yo pienso: ¡cuántos de ellos hubieran sido santos
mucho mayores y más sencillos si el Espíritu Santo hubiera sido libre para
hacer de ellos lo que deseaba que fueran! Muchos, sin duda, fueron robots
piadosos y muchos fueron gente terrible… Más todo ello ha terminado
contribuyendo de algún modo a su belleza. Pero la belleza de la gloria de los
santos no importa por sí, sino en cuanto sirve de corona a Cristo Rey”[3].
Hablar de Dios sin hablar de
Dios
“Un santo es capaz de hablar del mundo sin
ninguna explícita referencia a Dios, de tal modo que sus afirmaciones den mayor
gloria a Dios y despierten mayor amor a Dios que las observaciones de alguien
menos santo, que tenga que esforzarse por establecer una arbitraria relación
entre las criaturas y Dios mediante gastadas analogías y metáforas, tan débiles
que hacen pensar que algo le pasa a la religión”[4].
[4] SC, 21.
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