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miércoles, 29 de junio de 2011

POR EL MOMENTO...

 A las amigas y amigos del blog, agradecido por vuestra fidelidad a lo largo de varios años, les informo que temporalmente dejaré de escribir; estoy viviendo un momento clave en mi proceso vocacional y humano, y para ello estaré temporalmente fuera de mi comunidad religiosa. Donde voy no tendré conexión a internet, pero sí estaré cerca de TM, y confío poder regresar en el futuro. Todo lo escrito durante estos años quedará en la red, a disposición de los interesados en la vida y la obra de Merton.
 Un fuerte abrazo a todo, y hasta entonces.
 GRACIAS!!!!!

SANTIDAD: RESUMEN

Espero y confío en que no dejen de surgir en la Iglesia personas y grupos que proporcionen una nueva visión al mundo. En definitiva, la Iglesia ofrece a la gente la visión de Jesús. Pero esa visión de una vida desde la confianza y el amor no debe trasmitirse en un lenguaje moralizante, sino en la preparación de un nuevo encuentro que se exprese en un lenguaje también nuevo”. (Anselm Grün)
La santidad es para los cristianos la plenitud de una vida de fe. Es el ideal que han perseguido, el proyecto que han buscado vivir, la motivación de sus esfuerzos, el premio de su confianza. En el Evangelio Jesús nos invita a ser santos, es decir, ser de Dios, pertenecerle de verdad, obrando en consecuencia, y la Iglesia desde sus comienzos vio en algunos de sus hijos e hijas un modelo acabado de una realidad que rozaba la utopía. De hecho, la santidad tuvo por momentos una imagen tan poco real, tan poco práctica, que los santos se veían como excepciones dentro de una mayoría común y mediocre. De hecho parecía que una persona o nacía santa o no lo era, y las hagiografías eran una sucesión de acontecimientos extraordinarios, visiones, y un largo etcétera, que alejaba ostensiblemente al hombre o la mujer santos de la vida común, del ser humano real y concreto. El Concilio Vaticano II quiso devolver a la santidad el valor universal que le pertenecía y proclamó que todos los cristianos están llamados a la santidad, independientemente de su estado de vida, y la belleza de esta propuesta volvió a brillar en el horizonte con nuevos colores, vinculando además todo esfuerzo por ser santo con el mejoramiento de la sociedad civil. El papa Juan Pablo II en uno de sus últimos escritos afirmaba con claridad que cuando se le pregunta a un catecúmeno si quiere ser bautizado se le está preguntando si quiere ser santo.

Al mismo tiempo la santidad está íntimamente conectada con la conversión: la santidad se va realizando en la persona al mismo tiempo que ésta entra en esa dinámica constante de conversión, que es la respuesta a la llamada de Dios para ir transformando su vida y su ser a la imagen de Cristo, imagen del hombre nuevo amado por Dios y redimido. La conversión no es algo puntual, sino gradual, por etapas sucesivas y crecientes. Dios se nos va revelando en el sustrato de la propia vida, la de cada uno, enseñándonos a ser hijos, y necesita de nuestra docilidad para ir cambiando lo que sea necesario cambiar. La conversión puede tener lugar a diversos niveles: intelectual, moral,…. hasta conseguir un cambio radical en la vida de la persona. Hay momentos puntuales, definitorios en el camino de un ser humano, virajes que marcan su trayectoria existencial, pero no puede hablarse de una conversión definitiva hasta el final de la vida, porque es un proceso constante que no cesa, que siempre da un nuevo salto, para que la persona vaya abandonando capas superfluas de su ser y llegue ante Dios en la desnudez de la Verdad.

Pero el ser humano de estos tiempos, más libre y más osado, asume la invitación a ser santos desde nuevas coordenadas; una buena parte de los cristianos no quiere renunciar a la santidad como meta de su vida de fe, pero al mismo tiempo quiere acceder a esta desde otros presupuestos. Desde el pasado siglo han puesto sus ojos en algunas figuras espirituales que, estando o no canonizadas, eran testigos de una búsqueda diferente a los patrones habituales y hagiográficos, pero no menos auténticos, de alcanzar la plenitud en Dios. Y la irradiación de estos hombres y mujeres ha iluminado muchos corazones, incluso más allá de las fronteras de la Iglesia. De hecho muchos teólogos y pensadores se han acercado al tema de una manera nueva, actualizando así las motivaciones de los cristianos para buscar la santidad, sin renunciar por ello a los aspectos esenciales que han acompañado esta búsqueda desde el tiempo de los apóstoles.

¿Qué tiene de nueva esta “santidad” que ellos nos proponen? ¿Es una santidad verdadera, cristiana, eclesial? Es desde estas coordenadas que me interesa releer la propuesta espiritual de Thomas Merton, descubriendo como a lo largo de su vida y en sus escritos, en especial en los más personales y biográficos, se va desplegando una experiencia de vida nueva en Cristo, que se desarrolla fundamentalmente a tres niveles: una nueva identidad que parte de una vivencia personal de lo trascendente, la búsqueda de una nueva comunidad donde vivir y hacer plena esa vivencia, y el desarrollo de una nueva forma de comunicar la experiencia, un nuevo lenguaje.

Este esquema puede aplicarse a figuras de estos tiempos, como es el caso de Simone Weil o Henri Nouwen, o también a otras del pasado, como Santa Teresa o San Juan de la Cruz. En la medida en que se van confrontando unas con otras va apareciendo como un patrón que las reúne e identifica. Es lo que me he dado en llamar santidad “imperfecta” (por contraponerla a una santidad entendida como “perfección moral”) y que también otros han llamado “espiritualidad de la imperfección”. Es el deseo de una santidad, “perfección” o plenitud que esté fundada en el Amor, y que, aunque lucha por alcanzar cuotas de perfección, acepta al mismo tiempo limitaciones insuperables, y además, hace de ellas, un trampolín para llegar a Dios; es el paso desde una santidad entendida fundamentalmente como desafío a una santidad entendida como rendición. O también podríamos hablar del paso de una santidad entendida como ruptura a una santidad entendida como comunión. Estas “nuevas” maneras de entender la llamada de Dios a la santidad resultan más comprensibles e imitables para la mayoría de los creyentes, sin rebajar las exigencias que tal vocación o estado exige a los discípulos de Cristo.

martes, 21 de junio de 2011

COMPROMISO

“El compromiso de Merton, todos vienen a coincidir, fue radical, una lealtad desde las estructuras monásticas, no hacia ellas únicamente sino, ante todo, hacia Dios. Con un conocimiento vastísimo de su tradición, y habiendo alzado en ocasiones la voz a favor de la reforma de la vida monástica, nunca se detuvo con especial empeño en cuestiones superficiales de forma y estilo. Sin embargo, insistió en la idea de que algunos monjes de probada capacidad y madurez pudieran establecer un diálogo serio con todas aquellas personas interesadas en las dimensiones internas del crecimiento humano y de la experiencia espiritual: poetas, filósofos, psiquiatras, artistas, que pudieran reconocer en los monjes a otros “profesionales” como ellos mismos que deliberadamente profesan una clase de experiencia y una visión diferente en su praxis cotidiana”. (F. Beltrán)

lunes, 13 de junio de 2011

TU AMOR LO PUEDE TODO

“No me preocupa nada, Dios mío; lo único que sé es que deseo amarte. Deseo que mi voluntad desaparezca en la tuya. Deseo ser un solo espíritu contigo. Deseo llegar a ser tus propios deseos y pensamientos. Deseo vivir en medio de tu Trinidad y alabarte con las llamas de tu propia alabanza. Sabiendo todo esto, Dios mío, ¿Por qué me dejas sólo en mi autosuficiencia, en mi vanidad y en mi orgullo, en lugar de arrastrarme al centro mismo de tu amor? No te demores más, Dios mío, en hacerme santo y una sola cosa contigo, en vivir en mí. Y si ello exige sacrificio, Tú me darás el coraje necesario para hacer todos los sacrificios del mundo. Tú me consumirás en tu propio e inmenso amor. No te asuste, pues, mi debilidad, oh Dios, porque Tú lo puedes todo. Yo creo en tu amor por encima de todas las cosas y he olvidado todo lo demás (es decir, quisiera olvidarlo). Vivo para tu amor, con tal de que Tú lo quieras”.

Thomas Merton
“Diálogos con el silencio”
Página 31

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.