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sábado, 21 de abril de 2012

SACERDOCIO EN TM

Thomas Merton: la ordenación sacerdotal: El sacerdocio, para Thomas Merton, es el mayor acto de gracia de Dios para con él: “Me parece imposible que pueda sobrevivir aún dos semanas y media sin desfallecer, sin morir de un ataque al corazón, o sin que el monasterio se derrumbe sobre mi cabeza. ¿Cómo es posible que alcance yo algo tan maravilloso como el sacerdocio? ¡Realizar lo único que salva al mundo, le da la salud y hace que los hombres sean capaces de lograr la felicidad! ¡Proseguir el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo y ejecutar todas esas cosas sencillas y fáciles mediante las cuales se cumple la obra de nuestra redención!”. SJ, 216. Por eso en los días previos a la ordenación piensa una y otra vez en lo imposible que le parece llegar a alcanzarlo; se pregunta acerca de los efectos que tendrá el sacerdocio ministerial en su vida interior, y no puede casi controlar la ansiedad: “He resistido la tentación de contar los días que faltan para mi ordenación, por temor a que ello constituya una imperfección o a que se convierta en algo como el censo de David”. Sabe que el sacerdocio para él está vinculado íntimamente a su vocación contemplativa (“Comprendo que mi vocación es ser un sacerdote y un contemplativo, que mi vocación es la oración. Esto me hace feliz”. SJ, 220), y también al voto de pobreza (“Ser sacerdote significa, al menos en mi caso particular, no tener nada, no desear nada y no ser nada, sino pertenecer a Cristo”. En el caso del sacerdote contemplativo, dice hay una pobreza mayor, pues la falta de un ministerio activo excluye prácticamente la predicación, la guía, el talento o la inspiración. Es un ministerio también vinculado al silencio. SJ, 222). Apunta además: “Gran parte de los escritos sobre el sacerdocio no me satisface, y ahora no puedo ni siquiera leerlos. Parecen demasiado técnicos y lo que yo necesito no es literatura, sino al Dios vivo”. Finalmente también lo vincula al martirio y a su propia fragilidad: “La verdad es que disto mucho de ser un monje o clérigo tal como debiera serlo. Mi vida es una gran confusión y mezcla de los semiconscientes subterfugios para rehuir la gracia y el deber. He hecho malamente todas las cosas. He despreciado grandes oportunidades. Mas mi infidelidad a Cristo, en vez de enloquecerme de desesperación, me impele a arrojarme más ciegamente en los brazos de Su misericordia”. SJ, 223. Este texto evoca mucho a Santa Teresita, que afirma: “Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza… es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… este es mi único tesoro” (Carta 197, 17 de septiembre de 1896, a Sor María del Sagrado Corazón. Obras Completas, Burgos, Monte Carmelo, 1996, 554). Merton conocía la obra de Teresita y sentía por ella una gran devoción. Consciente de lo que él llama su “profunda pobreza moral”, celebra el don que recibe, y se siente en paz, porque “todo se pierde en Su misericordia”. Así, afirma que “Cristo, el Sumo Sacerdote, está despertando en lo hondo de mi alma, en silencio y majestad, como un gigante dispuesto a correr Su carrera”.

4 comentarios:

Senda dijo...

Empiezo expresando mi respeto por la opinión de Merton, y su experiencia, de lo que significa para él el sacerdocio. Respeto y comprendo que cada uno opte libremente por el tipo de mecanismo teórico y práctico que le permita ser más feliz, que abrace el concepto y la teoría que mejor iluminen sus oscuridades.
Dicho lo anterior, en este tema del sacerdocio difiero radicalmente del maestro Merton. Ni Cristo fue sacerdote, ni instituyó el sacerdocio ministerial (ni el católico ni de otras iglesias cristianas), ni un sacerdote oficialmente reglamentado por el derecho canónico (célibe y varón, entre otros aspectos normativos obligatorios y excluyentes) tiene nada que ver con la titulación que la institución expende al clérigo: mediador ¡¡nada menos!! de Cristo, en la tierra, con los seres humanos. Es posible que sean mediadores en algunas instancias, con algunas ideologías, en algunas latitudes…pero vamos a dejar de “licenciar” al hombre sacerdote como único representante oficiales válido de Cristo, ni atribuir al sacerdocio “un estado de perfección”, “escogidos de Dios”. Lamentables enfoques, pero muy provechosos institucionalmente.
Es lamentable la diferenciación vertical que se establece en el derecho canónico, no hay que ver más que la definición que se da para el laico: es aquel que no es ni clérigo ordenado ni religioso con votos. No designa algo que es, sino algo que no es. Laico es el que, por definición canónica, carece en la Iglesia de identidad y de función, por haber sido despojado.
Ya nos manipulan bastante, o intentan manipular, en nombre de ideologías políticas e intereses económicos. No nos dejemos manipular también en nombre de Dios, y menos aún en nombre del Dios de Jesús. Hablar de clérigos y laicos es un fraude al Nuevo Testamento, es un fraude a los primeros siglos de la iglesia. Y por encima de todo es un fraude a la vida de Jesús, que rompió con la lógica y los mecanismos de la Ley y el Templo.
Si no fuera por lo anterior, y por otras cuestiones que no cito para no alargarme demasiado, la literatura apologética en torno al sacerdocio, incluida la de Merton, quizás pudiera resultar “redonda”.
Además, el engrandecimiento y encumbramiento espiritual del sacerdocio ministerial tiene otro grandísimo “pero”: la institucionalización del cristianismo, en su vertiente católica, creó un sacerdocio configurado en el modo, forma y medida necesarias para beneficio de las estructuras vaticanas; una casta superior y patriarcal, monopolizadora de funciones sacras y acumuladora de poderes administradores varios; amén de regirse por unas normas impositivas obligatorias que castran libertades humanas fundamentales.
Estimo escandaloso, por otra parte, la pretensión de la autoridad eclesiástica de que se crea que una persona es beneficiaria de la máxima gracia divina al decidirse por el sacerdocio ministerial, sometiéndose a sus imposiciones. Unas imposiciones que le llevan a la renuncia a derechos y libertades fundamentales, y que le suponen una castración afectiva sentimental. Y es que es mucho más fácil controlar a las personas sin compromisos ni lazos afectivos concretos.
La “gracia suprema del sacerdocio”, doy fe personal de ello, continúa dejando muchas victimas en el camino de la montaña de la vida. Porque todas esas consideraciones, grabadas a fondo en muchas conciencias e imposibles de superar, siguen haciendo que mueran personas, aunque sigan respirando.
Es justo y necesario reclamar una reforma del sacerdocio, de los ministerios, para que la Resurrección pueda ser celebrada más y mejor, para que hombres y mujeres que aman puedan resucitar y amarse.

Anónimo dijo...

Manuel, observo que últimamente se envían a este blog, y al de la Puerta .., comentarios que no se corresponden mucho con el tema que propones en tu entrada. No es que carezcan de razón en algunas cosas que critican, sino que, aparte de no atenerse al tema, el espíritu que prima es el de crispación hacia la Iglesia, y ahí se quedan. Dejan un sabor amargo y no un impulso a la renovación, y no el de intento y propuestas para reparar los errores desde lo interior de nosotros mismos para lograr que los errores de las estructuras puedan ser modificados,no el de la búsqueda de enriquecimiento espiritual para nosotros, los lectores, también parte indispensable y vital de la iglesia, para que podamos acometer, desde las bases, los cambios necesarios. Los temas que propones en tus entradas nos llaman a una reconstrucción desde adentro hacia afuera, no a la devastación de algo que es más que una institución,es sobre todo el cuerpo vivo del Cristo vivo. Ultimamente,no abundan comentarios en ese sentido. Se testimonian los pecados, pero se menciona poco la santidad, el esfuerzo en el testimonio y la búsqueda de esencias de muchos miembros de nuestra comunión de los santos. El sacerdocio de Merton del que hablas aquí, tiene frases como ..”mi infidelidad a Cristo, en vez de enloquecerme de desesperación, me impele a arrojarme más ciegamente en los brazos de su misericordia".Son también una llamada a que nosotros hagamos lo mismo, con un criterio sereno y amoroso, que requiere mucha entrega y esfuerzo por cierto, para reparar las grietas de nuestra Casa eclesial.
Un abrazo,
Sol

Anónimo dijo...

Manuel, antes que nada mi elogio por la libertad de la que haces gala tú y tus blogs. Mi elogio va en referencia al comentario de Sol. Pienso que lo primordial es la libertad de expresión y conciencia para expresar las ideas que deriven de la reflexión personal que produzcan tus entradas en cada uno. Por otra parte, cada texto admite tantas lecturas como lectores tenga, y cada lector sacará de el sus consecuencias. Y, sobre todo, creo que no es bueno hacer juicio de intenciones de lo que comenten las demás personas, porque también cada uno hará una interpretación particular, y por tanto subjetiva, de lo que quieren expresar los demás. Además, no se puede tener una unanimidad de visiones, porque cada uno vive, ve y se posiciona en tanto lo que le toca vivir, su experiencia, contexto social, político, cultural, en los que se esté insertado en el día a día. Una visión crítica no tiene por qué ser amarga, ni destructiva. Simplemente no es idílica.
Roberto

Luna dijo...

Expresar, difundir, hacer públicos los análisis críticos es imprescindible si queremos sacudirnos los fardos de las desviaciones históricas y retornar a las raíces originarias evangélicas para desde ahí renovar, reformar, reinterpretar… La crítica y la divergencia nunca resultan dulces, como no resultó dulce la subversión de Jesús frente a la teología institucionalmente establecida e ideologizada de los poderes de su momento histórico.
Y considero que cualquier espacio en la red dedicado a temas espirituales es un lugar apropiado y oportuno para reflexionar y para expresar opiniones sobre temas relacionados con la fe cristiana y las instituciones que administran y dirigen esa religión en el ámbito católico. Cada entrada trasciende la puntualidad limitada de las líneas de que consta.
En cualquier caso creo, serena y amorosamente, que no es conveniente que caigamos en el tópico, tan utilizado por los fundamentalistas y ultra conservadores eclesiales, de identificar crítica con crispación o resentimiento. Ofrecer propuestas, desde luego. Pero la mayor parte de las veces lo que se propone, con un mínimo de comprensión, queda claramente expuesto en lo que se crítica. Y, por otra parte, para cambiar nuestro interior es necesario que tengamos posibilidad de vivir (leer, oír, ver, experimentar) el mundo real en todo su pluralismo y variedad; una realidad que tiene poco que ver con la uniformidad edulcorada de muchos de los que viven dentro de la burbuja doctrinal oficial. Hay otros mundos, y todos están aquí. Abramos los ojos más allá de fronteras, miremos y vivámoslos.
El cambio de la institución eclesial requiere mucho esfuerzo, desde luego. Y la crítica supone un esfuerzo, y el esfuerzo se hace por algo que se ama y merece la pena. Lo cómodo es decir sí y amén a todo. Hay temas, circunstancias y situaciones que no admiten una romántica visión poética. Desafortunadamente hay ocasiones en que hay que cortar, con una pomadita no basta.
Pensemos en positivo, seamos misericordiosos no sólo con bonitas palabras, y pensemos que a los que les duele una iglesia apartada de sus raíces originales, de su raíz en Cristo, es porque aman profundamente a la iglesia verdaderamente cristiana.
Libertad y Paz
Luna

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.