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sábado, 8 de octubre de 2011

SJ: FREDERIC DUNNE

Seguimos: El libro del que hemos estado hablando “El signo de Jonás”, consta de un prólogo y un epílogo, y de seis partes, en las que TM va compartiendo su propio itinerario de crecimiento como monje trapense, desde su profesión solemne, pasando por la ordenación sacerdotal, hasta su purificación interior al contrastar el ideal con la realidad viva y cambiante de su entorno. Este período en cuestión abarca desde el año 1946 hasta 1952; en el primer período Merton escribe más, ya al final las entradas son más espaciadas. Uno de los acontecimientos importantes que TM narra es la muerte de su abad, momento que ve como una etapa de transición, coincidente además con la publicación de su autobiografía, que inevitablemente le cambió la vida, y lo colocó definitivamente en el ámbito público, a pesar de su retiro monástico.
“En el siglo, cuando un hombre se convierte en escritor, le es fácil adaptarse a ese estado con solo imitar a los demás escritores en los círculos literarios que frecuenta. Pero un autor en un monasterio trapense es como un pato en un gallinero. Y daría cualquier cosa por no ser pato” (113).
El abad Frederic Dunne jugó un papel fundamental en la vocación de TM, al estimular su condición de escritor y acompañar sus primeros pasos monásticos:
“Existe una persona que, en cierto modo, es más responsable de la obra que yo, como lo es también de mis otros escritos. Me refiero al padre Dom Frederic Dunne, mi padre espiritual, el abad que me recibió como postulante, quien me entregó el hábito de novicio un frío domingo de Cuaresma, hallándose gravísimamente enfermo de pulmonía, y aceptó después mis votos simples y mi profesión solemne. Dom Frederic formó y modeló todo mi destino monástico. Él y Dom Robert, mi maestro de noviciado, decidieron que yo escribiera libros. Con bondad y firmeza me alentó, e incluso me ordenó que continuara, ayudándome a vencer mis aprensiones. Al propio tiempo continuó haciéndome ver por todos los medios, paciente y discretamente, que mis escritos no tenían por qué perturbar mi vida de oración. Antes, al contrario, requerirían de mí una comunión íntima con Dios. Así, aunque en ocasiones no he sabido ver que esto fuera así, bien entiendo ahora que Dom Frederic no sólo fue quien me hizo escritor, sino quien ordenó mi vida, bajo la guía de la Divina Providencia, de tal modo que se me ofrecieron oportunidades mucho mayores que antes para convertirme en un contemplativo en Getsemaní”.
En la vida de cada persona hay siempre guías y maestros providenciales que le ayudan a encausarse en la vía espiritual; desde su autobiografía TM habla de algunos de ellos, y aquí dedica un breve capítulo de su libro a recordar agradecido a quien fuera su primer abad.
“Jamás olvidaré la sencillez y el afecto con que puso en mis manos el primer ejemplar del libro (se refiere a “La montaña de los siete círculos”). No dijo una palabra. Me entregó el volumen y se sintió satisfecho ante mi sorpresa. Pero me di cuenta de que su alegría superaba a la que yo pudiera experimentar.
Pocos días después me aconsejó que siguiera escribiendo, que amara a Dios, que fuera un hombre humilde y de oración, que mi conducta respondiera a la de un monje contemplativo y que enseñara a los hombres a penetrar el misterio del amor de Dios”.

Cuenta TM que esa fue la última vez que le habló, pues esa misma noche, viajando en tren a Georgia, falleció de un ataque al corazón. A Dom Frederic le sucedió Dom James Fox.

1 comentario:

San dijo...

Por una parte, genial siempre el sentido del humor de Merton, que en este fragmento se manifiesta en su forma de escenificar la posible influencia de sus circunstancias monásticas en su faceta de escritor.
Y por otro lado, veo muy valorable su gesto de reconocimiento y gratitud hacia esa persona. Reconocer, agradecer, valorar… son acciones importantes, muchas veces más necesarias para el que las manifiesta que para el que las recibe. Y no siempre es fácil ni sencillo ser agradecido, hacerlo de la manera adecuada, en el momento preciso, en la medida oportuna.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.