Seguidores

miércoles, 2 de noviembre de 2011

EN LA CATEDRA DE MOISÉS

EN LA CATEDRA DE MOISÉS

“Nuestra más terrible hipocresía de cristianos sería la hipocresía ritual: celebrar cada semana la eucaristía, el sacramento de la verdad, por simple fórmula, costumbre o tradición, sin compromiso personal ni social de ninguna clase”.

Levantarse el domingo y abrirse al misterio de la Palabra. Evoco un tiempo en que el domingo solía ser un día difícil, vacío; todavía hoy le escucho decir a mucha gente lo mismo: no me gusta el domingo. Y es cierto: el domingo, la tarde sobre todo, puede parecer un enorme espacio que no sabemos cómo llenar, y que hace más profundo el agujero de la propia soledad. Sin embargo, y dicho con propiedad, gracias a Dios, la vivencia de este día, el primero de la semana (aunque suele vivirse como el último), cambió totalmente para mí luego de mi acercamiento a la fe cristiana.
El domingo, aprendí, es “el día del Señor”, que hay que celebrar gozosamente con los hermanos de fe, y luego, al abrirse aun más mi comprensión del misterio de Cristo, lo viví como el día de la alegría, la acción de gracias y la comunión. Como ministro ordenado de la Iglesia Católica los domingos eran días de mucho trabajo en las comunidades a las que servía: celebraciones, atención a personas concretas, encuentros de grupos, bautizos, etc; pero siempre buscaba un espacio, aunque fuera al final de la jornada, para detenerme un rato, y respirar hondo, y pensar agradecido en la vida que vivo y las personas que me acompañan en ese camino.
Ahora, desde hace cuatro meses, mis domingos son más tranquilos, pero conservan el mismo espíritu, la misma luz; me gusta “celebrar” mi amistad con Jesús, agradecer a mi iglesia todo lo que me ha dado, y escuchar con atención interior el mensaje que guarda la Escritura. Sigo a la espera. Es inevitable comparar este momento con otro similar vivido hace ya unos cuantos años, que resultó finalmente pórtico de un salto cualitativo para mi vida; confío en que esta vez será igual, o más aún, están relacionados, uno y otro momento, con el maravilloso misterio de la propia vida.
El “sacerdocio cristiano” supone la identificación plena con Cristo, no como una mera función o profesión, sino como misterio de vida; todos los que seguimos a Jesús somos Jesús de alguna manera, de manera única diría mejor, y cada segundo de lo que vivimos, cualquier cosa, es vida de Jesús en nosotros. No se trata de subir a un podio y dar un discurso, sino de VIVIR, en grande, a plenitud, día a día, como se pueda o se sepa, con virtudes y defectos, pero VIVIR.
De ahí que también ahora yo, apartado temporalmente de mi servicio a una comunidad cristiana concreta, sigo viviendo mi condición de “servidor de la comunidad”, y a menudo lo experimento al encontrarme con personas y compartir con ellas algo del misterio incomparable de la vida. No necesitan saber mi particular lugar en la Iglesia, el servicio que reciben es el mismo, y de alguna manera sienten que hay en mí, en mis palabras, en mis gestos, algo “nuevo” y a la vez antiguo, que les ofrece luz y esperanza.
Jesús, en el pasaje evangélico de este domingo, habla de quienes agobian a los demás con preceptos y prohibiciones; luego ofrece la verdadera clave del seguimiento: “El mayor de ustedes que sea el servidor de todos”
Luego de estos cuatro meses de “retiro-descanso” siento renovado en mí el deseo de servir, más allá de estructuras, palabras y tradiciones. Estas, necesarias, no pueden suplir una vida de entrega generosa; no entrega sublimada, idealizada, sino entrega cotidiana del camino propio, de las propias dudas y dolores, y, por supuesto, de los hallazgos y las alegrías que siguen invitando a VIVIR.
(30 de octubre de 2011)

4 comentarios:

San dijo...

Una reflexión personal hermosa y cálida, Manuel, de las que salen de un corazón que acoge en el calor y el color de sus sentimientos. Y, además, sugiere muchas cosas el título que has puesto a la entrada. Por ejemplo, la cátedra de Moisés es aludida en una cita bíblica de lectura reciente en la liturgia, y que da lugar a ricas y jugosas conclusiones para todos los que deseamos celebrar la Vida de Cristo como fuente y motor de nuestra vida. Creo que todos nos deberíamos sentir interpelados a revisar la experiencia personal que supone celebrar la Eucaristía, yendo más allá de ocupación de lugares y posiciones estamentales en los rituales, más allá de clasificaciones oficiales.
Me parece muy buena tu manera de enfocar el sacerdocio cristiano, del que todos participamos. Todos somos sacerdotes. No tiene sentido, no se puede seguir a Cristo sin anunciarlo, sin predicarlo con la acción, la palabra y la vida. No es posible experimentar al Cristo que está vivo en la creación entera, y vive en nosotros, sin ser su apóstol comprometido, sin ser un Cristo para los demás: sirviendo como humanos. Un servicio que suponga para los otros una liberación de sumisiones, redención de necesidades, y sanación de dolores y miedos. Y no se puede servir sin vivir, sin vivir cómo y lo que realmente somos: humanos.

Anónimo dijo...

A ejercer la proclamación, con la palabra y con la vida, todos estamos llamados, y nos comprometimos a ser profetas. Si desde la cátedra de Moises se predica con doble moral, haz lo que yo digo pero no lo que yo hago, habrá que tomar la cátedra por asalto, a punta de autenticidad. Tambien hay haz lo que yo digo..pero no lo que yo pienso..
Sería bueno dejarse llevar por el mismo Moisés. El que fue llamado desde una zarza ardiente .
El fuego: luz que deslumbra, ilumina,calienta. También quema. La zarza: espina que hinca y duele.Tambien da flor y es curativa. Moisés se pregunta ¿por qué no se consume? La realidad que se le presenta es un misterio ¿Por qué la zarza ardiente sigue ahí, invitándome, llamándome? Yavé lo saca de dudas porque lo llama por su nombre. Y ante la evidencia, Moisés se entrega: ¡aquí estoy! Pero tiene que quitarse las sandalias, que traen polvo de caminos viejos, (Yavé no le pide demasiado)(por ahora..) para empezar a pisar tierra sagrada. Ahora el diálogo ineludible de todo el que es un llamado. Empieza por lo primero ¿Quién soy yo?. Y recibe una certeza "Yo estoy contigo"."¿Y quíén eres Tú? Otra pregunta insistente de los que están llamados. Yo soy YO SOY. Diles: YO SOY me ha enviado a ustedes. Y Moisés echó a andar.
Así vamos proclamando, desde la cátedra en que cada uno puede, y es válida siempre que sea auténtica , y así nos dices que vas tú, Manuel. Buscando como Moisés tu ¿y yo quién soy? y afirmándote en tu yo soy, mientras sigues anunciando, en privado, en tu hoy, a YO SOY que se esconde en la vida cotidiana. Porque a tí YO SOY te ha llamado por tu nombre, a acercarte a la zarza ardiente. Como a todos. Pero parece que a tí te ha invitado a acercarte más, a pisar más adentro la tierra sagrada, aunque tengas que quitarte más que las sandalias..y más de una vez.

(..y que los domingos pueden ser difíciles?? Depende de uno mismo y de cómo lo llene. Lo que sí tienen de difícil ,quizás, es que dejan más tiempo disponible para preguntarse uno mismo ¿y yo quíen soy? y preguntarle quén es a YO SOY. Y eso, puede resultar incómodo)
Un abrazo,
Sol

Ángel dijo...

Querido Manuel, hace mucho que no se nada de ti, he intentado contactarte pero nadie parece saber nada, te escribo a los mail que tengo y me son devueltos, me acordé hace unos dias del blog y veo que has mantenido la actividad aqui, qué haces, donde estas? como puedo contactarte?

Manuel dijo...

Estimado ángel. varias veces te escribí y tampoco recibí respuesta.Volveré a intentarlo, mi correo es el mismo o el del blog. Un abrazo fuerte.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.