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jueves, 22 de marzo de 2012

MUERTE Y FECUNDIDAD, NOUWEN, 1

“En los últimos cinco años de la vida de Henri Nouwen, el tema más frecuente en sus escritos es el de la muerte. Su propia muerte, la muerte de Jesús y nuestra muerte. La muerte no es algo que debamos temer o evitar. Es más bien la continuación de la vida y su plenitud. Como dice la Escritura, si vivimos con Cristo y morimos con Cristo, entonces resucitaremos con él (Romanos 6,4; 2 Cor 4,14; Col 2,12). No es que Henri descubriera repentinamente la muerte en el accidente del camión en 1989. Siempre había hablado y escrito sobre la muerte, su carácter inevitable y su promesa. Antes de aquel accidente, ya había experimentado y reflexionado en profundidad sobre la muerte de su madre y su tío sacerdote, así como obre la de Thomas Merton, Martín Luther King y muchos amigos. Había celebrado la eucaristía en cientos de funerales, llamando la atención sobre la conexión espiritual subyacente entre la muerte de cada persona y la muerte de Jesús.
Desde el principio, Henri había predicado al mismo tiempo sobre el sufrimiento y la gracia de la muerte. Siempre había compartido su entusiasmo sobre la visión joánica de la vida eterna, especialmente clara en las palabras de la despedida de Jesús a sus amigos:

“En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).
“Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7).


Durante años, Henri había hablado de la muerte como el definitivo regreso al hogar. En 1971, concretamente en un sermón en el tiempo de Adviento, Henri contó por primera vez en Yale un relato que había oído en Europa y que repetiría hasta mediados de la década de 1980. Durante la segunda guerra mundial, un prisionero de guerra languidecía en los campos de la muerte de Liberia. Al terminar la guerra, estaba demacrado, desesperadamente deprimido y a punto de morir. Ponía incluso en tela de juicio el valor de la vida. De pronto, un día recibió una breve carta de su esposa. Se sorprendió al tener noticias de que estaba viva. Su espíritu se reanimó y de nuevo quiso vivir. Con nosotros pasa algo parecido, decía Henri con su certeza y entusiasmo característicos. Dios nos ha enviado una carta, contándonos que está preparándonos un lugar maravilloso para cuando, en el momento de la muerte, regresamos a casa.
Henri había configurado su vida con la de Jesús. Como Jesús, Henri preparó a sus oyentes para su muerte ofreciéndoles relatos, parábolas y analogías. El libro best-seller que escribió en 1992, El regreso del hijo pródigo, explora su alegoría preferida del regreso al hogar. Y en los dos libros que escribió en 1994, Aquí y ahora, y Our greatest Gift, ofrecen muchas viñetas sobre la promesa de la muerte en Cristo. En el segundo, la muerte no es sólo benigna, sino que es algo superlativo, una posibilidad de liberación. La cercanía inminente de la muerte se convierte en una oportunidad para la liberación, no sólo para nosotros, sino también para aquellos a quienes amamos. Si morimos en el amor de Dios, liberamos a nuestros amigos de la inquietud, la melancolía o la culpa. Es como si dijéramos a nuestros amigos: Soy feliz. Estoy plenamente reconciliado con vosotros y con Dios. Soy libre para morir, y vosotros sois libres para vivir. ¡Aleluya!. Henri describe esta actitud como fecundidad”.

Tomado de: “El fuego en el amado”, Introducción a ESCRITOS ESENCIALES de Henri Nouwen, escrito por Robert A. Jonas (Sal Terrae, 1999)

2 comentarios:

Manuel dijo...

Siempre vuelvo a Nouwen, y especialmente en estas jornadas cuaresmales vale releer sus textos en torno a la pasión y muerte de Jesús, que hablan al mismo tiempo de nuestra propia condición temporal y nuestra muerte. Lo mismo que Merton, Nouwen es inagotable, y parafraseando lo que suele decirse de Gardel: Nouwen cada día escribe mejor.

Analía dijo...

mañana va a hacer un año de esta entrada. Vino de "casualidad" buscando algo en google...y me hizo muy bien leer. Gracias amigo por acercar tantas veces palabras oportunas!

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.