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miércoles, 23 de mayo de 2012

MAESTROS

Merton habla en estos textos de dos figuras esenciales a la espiritualidad cristiana. Como siempre él estuvo al tanto de lo mejor y más auténtico en este campo es increíble ir descubriendo nombres de santos, poetas y escritores de todos los tiempos mientras se leen sus diarios, cartas y ensayos. ¿Conoces tú a estas dos figuras, algo de su vida, algún escrito? Meister Eckhart tendrá limitaciones, pero de todos modos yo estoy en éxtasis con él. Me gusta la brevedad, la incisividad de sus sermones, su modo de penetrar derecho en el corazón de la vida interior, la chispa despertada, la Palabra creativa y redimida, Dios nacido en nosotros. Es un gran hombre que fue derribado por un montón de hombrecillos que creyeron que le podrían destruir, que creyeron que le podrían arrastrar a Aviñón y desacreditarle por completo. Y en efecto, quedó destruido, después de su muerte, en veintiocho proposiciones que sin duda se podrán encontrar en algún sitio de su obra, pero que no tienen nada de su alegría, de su energía, de su libertad. No eran suyas en sentido de que no eran en absoluto lo que él pretendía decir. Pero se las podía hacer coincidir con palabras que se habían dicho. Y supongo que hay que tomar en cuenta tales cosas. Eckhart no tenía ese tipo de mente que desperdicia el tiempo en ser cauto en cada coma: confiaba que los hombres reconocerían que lo que él veía era digno de verse porque daba evidentes frutos de vida y alegría. Para él, eso era lo que importaba. Pero los otros estaban pensando en otras cosas. Les importaba lo que podían significar esas palabras para quien no tuviera interés por el tipo de experiencia religiosa de Eckhart”. “El enorme éxito de Teilhard de Chardin se debe al alivio universal que sienten ahora los cristianos: a la vez pueden reconocer su culpabilidad colectiva y hacer un gesto de reconciliación con “el mundo”, al que resulta, pertenecen de todos modos. Teilhard ha hecho posible a los cristianos creer en sí mismos como hombres del mundo a que pertenecen de modo obvio y necesario, y hacia el cual toda actitud de contemptus en teología resultaría una actitud sin significación. Su éxito fenomenal se debe al hecho de que ha hecho posible a miles de cristianos reconciliarse consigo mismos. Al hacerlo así, claro, ha realizado una tarea providencial, esencial para una auténtica renovación contemporánea de la religión”. Thomas Merton. “Conjeturas de un espectador culpable”.

SANTIDAD

IDEAS SOBRE LA SANTIDAD EN “San Bernardo, el último de los Padres”, de THOMAS MERTON. 1- “El enigma de la santidad es la tentación y ordinariamente la ruina de los historiadores. La santidad nace de un conflicto, de contradicciones que se concilian en la unidad” (28). “Hay otros elementos antagónicos que se deben conciliar y armonizar en todos los santos: lo humano y lo divino” (32). “Insistiendo en aspectos visibles y accidentales, nos quedamos en la superficie de las cosas, pues aquellos emanan de una vida de santidad profunda e invisible. Lo esencial, no lo olvidemos, es lo que no vemos. Todo aquello que se relaciona con el misterio central, todo cuanto se capta fácilmente en la vida de un santo, no tiene gran alcance; a lo sumo es señal de una santidad interior. Los pensamientos y las virtudes de un santo no son cosas maravillosas en sí mismas; sólo son a manera de relámpagos, muy significativos, que emergen de la noche del misterio de Dios y del corazón mismo de ese misterio. Un santo no representa ni su época, ni su país, ni siquiera a sí mismo: es un signo de Dios, signo para su generación, signo para todas las futuras generaciones” (33). “Los santos no sólo poseen la vida, sino que la comunican; sólo aquellos que la recibieron de ellos son los que mejor pueden hablar de su santidad” (33). “Cristo se comunica a los hombres por el ministerio de los santos, y no sólo durante su vida, sino también después de su muerte” (34). 2- “De su madre aprendió ante todo Bernardo a amar a Dios. Ella fue la que echó los cimientos de su santidad, transfundiéndole algo de su sencillez personal, de su abnegación y caridad, enseñándole a rezar y a amar al Salvador crucificado” (36). “El signo característico de una verdadera renovación espiritual es esa especie de contagio que difunde en derredor suyo y que llega a todos los campos de la actividad y de la vida; orienta los progresos del arte, inspira una nueva poesía y música, despierta en los que se aman un lenguaje nuevo para cantar su amor y les concede el que se puedan mirar uno a otro con un respeto completamente nuevo, desconocido hasta entonces” (39). 3- Hay en este libro muchos elementos de una concepción de la santidad preconciliar, que aunque permite vislumbrar las líneas de pensamiento que aparecen el TM en años posteriores, todavía refleja ciertas idealizaciones o comprensiones marcadas sobre todo por la piedad o el dualismo espiritual. Por ejemplo, página 43, dice “Tuvo que aprender que el hombre no es un ángel, que los monjes tienen cuerpo”; me pregunto: ¿Eso hay que aprenderlo, o es natural que lo sepamos? Y luego: “No sólo procuró mortificar sus deseos, sino hasta crucificar sus sentidos”, y también: “el santo, siempre harto puro y espiritual para sentir cualquier tentación carnal, supo no extrañarse de que todos los hombres no se pareciesen a él” (43). Merton, en Louisville, descubrió lo contrario: cuanto se parecía él a todos los hombres. Por otra parte TM reconoce aquí que algunas acciones de Bernardo pueden ser escandalosas hoy, como su apoyo a las cruzadas, pero dice que el poder espiritual que se descubría en él, y que le hizo participar de la política de su tiempo, también forma parte de su santidad. Reconoce que “la santidad es siempre algo trascendente, y, con todo, hay en San Bernardo algo que no hubiese sido lo que fue fuera de los viñedos de borgoña” (62); influencia de su entorno, la gracia edifica sobre la naturaleza. Bernardo es una paradoja, pues rompe con el ideal de vida cisterciense (su vida política), y en esto puede verse en paralelo con la propia experiencia de Merton: “Bernardo sintió siempre preferencia por la vida oculta del claustro, y es falso que sus extraordinarios trabajos hayan amortiguado, por poco que fuese, su espíritu monástico” (63). “Su vida fue un aviso, un sacramento para su época como para la nuestra. Su santidad nos recuerda con elocuencia el hecho de que Dios no cesa de intervenir de manera casi visible en los asuntos humanos” (65). En la página 66 resume la santidad de Bernardo, que es “la santidad del profeta y del mártir”. 4- Encuentro destacables algunos aspectos que parecen vincular la trayectoria de Bernardo con la del propio TM; por ejemplo, escribe: “Una de las cosas de que huyó Bernardo al sumergirse en la soledad del Cister parece que fue la ambición literaria” (69). Vincula la obra de Bernardo con el renacimiento humanístico del siglo XII, y descubre que su teología y su mística están vinculadas: “San Bernardo no es un teólogo en el sentido moderno y técnico en que esta palabra designa al hombre que emprende el estudio científico de tesis dogmáticas. Su teología va unida a su experiencia personal, y esta sólo es un reflejo, un testimonio, de toda la Iglesia orante” (72). Es decir, refleja la fe de Bernardo, y la fe de su época. Aspectos importantes que descubre TM en Bernardo: centralidad de Cristo, devoción de Bernardo a la humanidad de Cristo. Habla del “punto culminante el humanismo cristiano de Bernardo”, y afirma: “El amor de Dios no es algo que pueda injertarse en la vida humana, en caso de necesidad, para serle útil. El amor de Dios es la única razón de ser del hombre. Mientras el hombre no ame a Dios, no ha empezado a vivir” (77). Vincula Bernardo, según TM, amor y libertad, y prefiere hablar, no tanto de perdernos en Dios, sino de ser hallados en Él, con toda nuestra realidad individual y personal (78). (Personalmente creo que hay en TM una huella humanista que, lejos de apagar su amor por Cristo, lo enriquece y eleva, permitiéndole tener una visión espiritual más larga). También en el pensamiento teológico espiritual de Bernardo hay una síntesis entre el misterio de Cristo y el misterio de los que se identifican con Él, es decir, Cristo y la Iglesia. Bernardo es un hombre de Iglesia. Acento en la ENCARNACIÓN, y en el misterio de la presencia de Cristo en el mundo, y ello a causa de la infinita misericordia de Dios. Cuando el hombre ama a Dios con todo su corazón, el hombre se convierte en divino, es uno con Cristo, imagen de la imagen perfecta del Padre (100-101). 5- Finalmente, otra cita sobre la santidad: “Aspirar a una santidad que da ocasión de admirarse a sí mismo y ser admirado de los demás es el peor de los caminos para hacerse santo: la complacencia en sí mismo, la mirada sobre sí mismo, es lo contrario de la santidad” (128). Y también. “La santidad de los santos no es nunca más que un aspecto de la santidad de Jesucristo. Hacemos nuestras las virtudes de nuestro redentor por la unión de nuestra voluntad con su gracia” (136-137). Otros dos aspectos vinculantes del pensamiento de Bernardo con TM presentes en este comentario serían la relación entre santidad y amor fraterno, y la presencia de María en la santidad del cristiano. “Si la realidad del amor de Dios no nos conmueve, nos será imposible respetar las obligaciones de la caridad fraterna o incluso los de la estricta justicia que debemos a los hombres con quienes convivimos” (132). En el caso de María, TM afirma que la santidad de María es digna de ser comparada con la divina santidad de su Hijo (140); no comparto esta frase tan radical; incluso parece estar de acuerdo en la posibilidad de que se declare como dogma la mediación universal de María. 6- Para el final, apunta: “Estamos llamados a ser santos no por nuestras fuerzas, puesto que carecemos completamente de ellas, sino por la fuerza que comunica la cruz de Cristo”(143); “No estamos llamados únicamente a temer a Dios o a honrarle: estamos llamados a amarle con todas nuestras fuerzas; amarle hasta olvidarnos radicalmente de nosotros mismos; hasta identificarnos con Él”(144). Las citas están tomadas de la versión del libro publicada por PATMOS, 1956.

CHISPAS DIVINAS

“Dios ha puesto en cada cosa una chispa de la bondad divina. Hay chispas de santidad en todos los seres de la creación, e incumbe al hombre ver todas las cosas y liberar las divinas chispas de la creación mediante la alabanza, el amor y el regocijo”. (183) Thomas Merton “Los manantiales de la contemplación” “Para encontrar un nuevo lenguaje, apropiado a la nueva forma de ver la vida, hay que callar hasta haberlo encontrado. Y aun así no es posible callar. Sería también una huída. Hay que intentar encontrar el lenguaje mientras se habla. Asimismo, hay que seguir la transición del viejo lenguaje al nuevo en todas sus facetas”. (Etty Hillesum, Diarios)

sábado, 12 de mayo de 2012

MERTON Y MARGIE 4

La identidad personal, la que se va creando a lo largo de los años, no es un mero precipitado de las identificaciones llevadas a cabo previamente. Como muy bien señala E. Erikson la identidad no es una mera suma de las diferentes formas de identificación, sino que constituye una síntesis dinámica resultante de un proceso de asimilación y de rechazo de estas identificaciones previas y de la interacción entre el desarrollo personal y las influencias sociales. La identidad, además, en tanto que proceso vivo y siempre inacabado, no se constituye desde una plena pasividad por parte del sujeto. Cuenta también como factor esencial la propia decisión en ir dando forma y estilo, “estilo personal” a ese material que la vida ha ido configurando en cada uno. Construcción de sí mismo, pues, en la que articulamos nuestro querer, nuestra decisión y nuestra aspiración ideal con lo que a través de los otros se fue sedimentando en nuestro interior. Es la firma personal con la que rubricamos las identificaciones que se fueron haciendo en nosotros o, también, la firma que negamos, con mayor o menor éxito, a aquellas otras que en el pasado se fueron llevando a cabo en nuestra dinámica personal. Finalmente, la identidad nos posibilita decir y decirnos a nosotros mismos “soy yo”, diferenciarnos de los otros y narrarnos, contarnos, ante ese otro para ser por él reconocidos y comprendidos. De ese modo, la identidad se presenta también como un campo de fuerzas, de luchas, a veces de conflictos, en los que se va trenzando el carácter con la disciplina. Un proceso vivo que no se ve nunca concluido sino con la propia muerte. Tan sólo con ella lograríamos llegar a la perfecta y acabada identidad. Místicos y profetas fueron ambos testigos privilegiados de estos modos de construcción personal y reveladores, cada uno a su manera, de dos dimensiones básicas de la identidad religiosa. El corte del cordón umbilical nos convirtió a todos en “seres separados”. Aquella separación física, biológica que tuvo lugar el mismo día de nuestro nacimiento, necesitará, sin embargo, de unos largos y complejos procesos psíquicos para llegar a ser integrada, garantizando así nuestra constitución como sujetos, seres con una identidad propia y específica en cada uno. Nunca, sin embargo, ni siquiera mediante el acceso al nivel de lo simbólico, de la cultura y del lenguaje, esa separación llegará a eliminar la sed de los orígenes, en la búsqueda de un encuentro que venga a satisfacer unos primitivos deseos de unión fusiona1. Somos así, seres separados, en una perpetua búsqueda de unión que, últimamente, remite a la primitiva y ya por siempre imposible fusión de los orígenes. La búsqueda no tiene por qué excluir lo que la vida -¿la Providencia?- nos ofrece. El sacerdote, el místico, o el profeta, pues, y el monje, no es alguien que queda englobado en el grupo de los "suyos" sin más; él también debe pronunciar una palabra de respuesta personal que a veces, muy a su pesar, debe asumir con toda responsabilidad y así realiza su propia identidad. Merton quiso transmitirnos una palabra, posiblemente: por su conversión había superado el pecado de egoísmo, se había “separado” del pecado; pero le quedaba aún descubrir el amor puro sin pecado, el retorno a la identidad del hombre en el Edén. Aún miraba a la mujer con miedo “y sintiendo vergüenza”. Y eso es lo que quiso superar desde su ser de monje y de sacerdote. En mi opinión, el breve pero intenso "flechazo" de Merton dos años antes de su muerte, lejos de ser un fallo, un escape del mundo de la gracia, fue su última tarea, su última operación, para conducirle a la integración final de su ser. El tomó esta paradoja en el centro de su propio corazón y escribió: " Tal vez yo nunca llegue a entender realmente sobre la tierra qué relación tiene este amor con mi vida solitaria. Yo no puedo ponerlo como centro de mi soledad, pero ciertamente, tampoco en la periferia". No dudo de que Dios le guiara a través de esa aventura, para conducirlo a su verdadera identidad y plenitud humana y atraerlo más hacia Sí. Como él mismo había escrito en un libro de su juventud religiosa, "Semillas de contemplación", hasta nuestros propios errores, son más elocuentes de lo que pensamos. María Luisa López Laguna, rcm. Universidad de Eichi, Kobe (Japón

ERNESTO CARDENAL

Premiado en España el sacerdote y poeta Ernesto Cardenal Con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana MADRID, viernes 4 mayo 2012 (ZENIT.org).- El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, a sus 87 años, se alzó este jueves con el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Nacido en Granada, Nicaragua, en 1925, poeta, sacerdote católico, defensor de la Teología de la Liberación y político, fue ministro de Cultura durante la Junta de Gobierno de Nicaragua, entre 1979 y 1988, aunque ahora está muy distanciado del Frente Sandinista en el poder. El poeta Luis Antonio de Villena, miembro del jurado, explicó que la decisión –romper la alternancia de un poesta español y otro americano- fue tomada porque, a su entender, "no sería justo que por motivos extraliterarios alguien tan significativo en la poesía del siglo XX se quedara fuera del galardón". "Faltaba Cardenal porque siempre había quedado finalista --argumentó Villena--. Es un poeta comprometido y marxista que te podrá gustar o no, pero eso son detalles de adorno". "Ha traducido a los grandes clásicos y fue un modelo para la generación beat norteamericana. Estuvo muy unido a Allen Ginsberg y muy involucrado en la revuelta estudiantil de la contracultura de los años 60 y 70", subrayó. También recordó Villena que la primera etapa del poeta fue de mucho compromiso social y militante, que después pasó por una corriente mística y de cosmogenia, a la que corresponde su importante libro Canto cósmico; y que recorrió también un periodo de poesía clásica y otro de guiño contracultural. "Una gran variedad de registros que le hacen gran merecedor de este premio y de saltarse la alternancia", insistió. El poeta Jaime Siles, miembro también del jurado, coincidió en que faltaba el nombre de Cardenal en este premio: "Ha sido todo un símbolo de un momento histórico, cuya calidad ha sido hoy reconocida". Ernesto Cardenal se mostró "muy sorprendido" al conocer la noticia. "Sigo trabajando en las cosas de siempre, escribo cuando estoy inspirado y posiblemente en noviembre tenga que viajar a Salamanca a recibir el premio", añadió.

lunes, 7 de mayo de 2012

MERTON Y MARGIE 3

Merton se profetizó a sí mismo, cuando en 1962, tres años antes de este suceso imprevisible, escribía en su Diario, como colofón de un retiro: “No puede haber duda ni ambigüedad en mi decisión de ser completamente fiel a la voluntad y a la verdad de Dios... No puede haber duda ni medias tintas en mi empeño por evitar falsificar esta obra de verdad tomando demasiado en cuenta lo que otros aprueban o consideran ‘sagrado’. Es decir, podría suceder (o tal vez no) que lo que Dios me pide, me haga parecer menos perfecto a los ojos de los demás, o que me prive de su afecto, respeto y apoyo. Llegar a ser santo puede implicar la angustia de parecer y ‘realmente’ ser un pecador, un desterrado. Ello puede comportar conflictos aparentes según cierto patrón, que puede ser mal comprendido por mí o por otros, o por todos nosotros a la vez”. Y no es que se profetizara a sí mismo, es que se vio ante la realidad más fundamental y más profunda del místico y del profeta (y no de quien quiere “justificar” sus propias actuaciones...). Pero tanto místicos como profetas, a pesar del diferente modo de irrupción que el Otro hace en sus vidas, ambos desencadenan por igual el recelo, la resistencia y el rechazo de quienes se relacionan con ellos. La radicalidad de ese Otro que ellos manifiestan en sus vidas, cuestiona de modo diferente, pero con la misma intensidad los esquemas y referencias de los que le acompañan. Como en aquel film memorable, Teorema, de Pier Paolo Pasolini, en el que la visita del Otro se presenta como una absoluta alteridad que viene a romper y a desquiciar la vida aparentemente “equilibrada” de los que vivían instalados en “el discreto encanto de la burguesía”. Unos años antes del texto anterior citado había escrito unas líneas excepcionales, que coloqué en el frontispicio de "Ni ángel ni estatua" pero bien merece la pena reproducirlas de nuevo aquí, pues parece que en ellas Merton ha expresado su propia identidad: “Sacerdote-contemplativo, es aquel que como el Siervo de Yahvé “conoce la enfermedad” no sólo con su propio pecado sino con el pecado entero, que toma sobre sí porque es un hombre entre los hombres y no puede separarse de las obras de otros hombres. La vida contemplativa (sacerdotal) en nuestro tiempo, por tanto, se ve modificada necesariamente por los pecados de nuestros días. Estos traen sobre nosotros una nube de oscuridad mucho más terrible que la noche inocente del” no-saber” (La experiencia interna). Merton, en su juventud, había conocido muy bien la experiencia de “pecado”, del alejamiento de Dios; y conocía sus consecuencias. Además lo deja muy de manifiesto en los relatos de su conversión. Y en su deseo de entrega a Dios en el monasterio yacía el inmenso deseo de reparar sus propios pecados y los de los demás. Cuando conoció a M., no sintió, probablemente, lo que otras veces y ante las mujeres que había conocido en el “mundo” –que, en definitiva, era lo que había aprendido, porque era lo que encontraba en el ambiente en que vivía-. Precisamente, tras años de dura purificación espiritual en el monasterio, había superado esos “malos hábitos”, y la aparición de un afecto femenino produjo, por tanto, unos efectos diferentes. Y tuvo que “aprender” a reaccionar de otro modo, no desde la oscuridad que conoció en su juventud, sino desde la inocencia del “no saber” que había adquirido con su conversión y trabajo de purificación, como he dicho. Quien está haciendo la travesía del desierto, y pasa privaciones en él, hambre y sed... no puede hartarse y saciarse recién llegado a un oasis. El oasis, no es todavía el punto final de su camino. Thomas Merton tenía necesidad de reaccionar frente al amor humano real desde una nueva identidad, la identidad de monje y sacerdote. Y esta fue, creemos, la prueba profética y mística que Dios le preparó. María Luisa López Laguna, rcm. Universidad de Eichi, Kobe (Japón

LIBERTAD

“Pese a lo mucho que disiento con algunas de las afirmaciones de Bultmann sobre la religión no cristiana, no puedo evitar el ser influido y conmovido por su argumento básico, que es completamente convincente y de lo más saludable. “La gracia de Dios incide en la gracia del hombre en un sentido tan cabal que sostiene la existencia íntegra del hombre, y solo puede ser concebida como gracia por quienes renuncian a su entera existencia y se dejan caer en las insondables y vertiginosas profundidades sin buscar algo a lo que aferrarse”. La gran esperanza de nuestro tiempo es, me parece, no que la Iglesia se vuelva de nuevo un poder mundial, una institución dominante, sino, por el contrario, que el poder de la fe y el espíritu sacudan el mundo cuando los cristianos hayan perdido lo que aferraban y hayan ingresado al reino escatológico. De hecho, es ahí donde ya estamos. Pero ellos no saben cómo soltarse y caer en las profundidades donde no hay en qué apoyarse. Ellos no confían en que Dios sacuda el mundo: prefieren sacudirlo ellos mismos. Esto significa su propia ruina. ¡De todos modos, Él lo sacude! Desde cierto punto de vista, mi vida monástica me leva “cerca de Dios”, pero esta proximidad es una ilusión a menos que la vea también en algún sentido como un conflicto con Dios y, por lo tanto, como un temor. ¿Paz monástica o temor monástico? Ambos. La vida monástica como una cosa segura, como una respuesta a cada problema, puede convertirse en una gran ilusión y un embuste, casi la negación de la esencia del cristianismo”. Thomas Merton. 13 de enero de 1964, Un voto de conversación.

jueves, 3 de mayo de 2012

NADA QUIERE EL AMOR QUE PUEDA EXHIBIRSE

Cada noche maravillosa Es invención nuestra Cielos infinitos que lentamente giran. La eterna danza de las estrellas Conjunción de caminos y paisajes desiertos Argamasa iluminada por la luna Brillantes edificios de ojos allanados Calles silenciosas. El sueño de la máquina Es invención nuestra Junto al búho del bosque Oigo el último auto en la carretera Lejos de la ciudad Y en mi reposo Desciendo a lo profundo De la noche prodigiosa A la búsqueda de un mensaje de amor. Pero el amor no envía telegramas No llama desde un teléfono ordinario No envía fotos, ni habla en magnetófono No compra regalo Ni anillos ni joyas Ni aún de las estrellas. Nada quiere el amor Nada que pueda exhibirse En los escaparates de la gran urbe. Nada que tenga un precio. Apareces como un grito salvaje Nacido de mi propio y misterioso abismo. Canción intraducible De las entrañas De mis más íntimos planetas Retornas a mí Como mi dulce luna callada. Es medianoche Y vigilas mi corazón Como un sol invisible. Es medianoche Y me persigues Ofreciéndome la verdad que necesito. Velas mi infierno Afligido y lloroso me despierto Mi casa oscura está rebosante de cometas. Thomas Merton

MERTON Y MARGIE 2

Voy a citar a un cisterciense contemporáneo de Merton en Gethsemani, en la recensión que hace de este libro, el Volumen VI de sus Diarios, el titulado Aprendiendo a amar, y comentando este lance: "Escribir, en todas sus formas, era una parte integral de Merton en su búsqueda de la santidad. Fue un instrumento que le conservó honesto y claro y él lo usó a fondo. El resultado, especialmente en este caso, es un extraordinario registro del profundo dinamismo de la vida de un monje. Quizá en ninguna parte, en casi 2000 años de literatura monástica, haya habido nunca semejante visión íntima del esfuerzo y real purgación en relación con el celibato. Ni en relación al profundo amor y total afección que un monje puede sentir por una mujer. Teniendo en cuenta todas las centurias de literatura monástica, ésta es una de las más distinguidas contribuciones que se han hecho para la comprensión de la vida solitaria, y la necesidad de integrarla con amor humano y pasión, y por supuesto compasión. Puedes leer capítulo tras capítulo de Juan Casiano o Elredo de Rieval sobre la virtud de la castidad, del amor humano y divino, de la afección y la amistad. En ninguna parte encontrarás más que una idea abstracta del personal esfuerzo que implica. Esos escritos están hechos con desapego, en tercera persona, asépticos y objetivos, provechosos cuando son usados correctamente, pero lejos y limpios de la confusión, tensión y desorden de momentos críticos y decisivos. Aprendiendo a amar nos deja con una gran impresión del inmenso conflicto de sus sentimientos de lealtades divididas que su amor por M. le presenta. Aquí leemos las propias palabras de Merton sobre ello y lo vemos desde su propio punto de vista, con toda la urgencia e intensidad que desvela la historia.Como siempre, Merton es más compulsivo escribiendo acerca de sí mismo que los que escriben acerca de él. La apertura de Merton, su facultad de expresión, sus puntos de vista, preparación y conocimiento, todo va tras él en este episodio de tres a cinco meses de duración. Comienza comentando sus contactos con las atenciones y cuidados de las enfermeras: “Yo tengo una estudiante de enfermería que muy devota y amigablemente se ocupa de mis vendajes, etc., y esto alivia todo considerablemente. De hecho, quizá nos estemos volviendo demasiado amistosos...” (pág. 38). Más tarde, reflexionando sobre su propio libro, Pensamientos en la soledad, escrito 15 años antes, él se impresionó con la idea de que “nada cuenta sino el amor y la soledad, pero una soledad que no sea simplemente apertura al amor y a la libertad, no es nada”. Con esto él está definiendo la polaridad de la gran crisis que virtualmente ya tiene encima: “Amor y soledad son el único terreno de verdadera madurez y libertad”. Hay quien se pregunta cómo Merton pudo incurrir en tal riesgo, peligro y posible daño hacia sí mismo y hacia otros, con esta relación de dependencia. Precisamente en su desarrollo él le advirtió a ella que era una relación imposible. Enseguida él se dio cuenta de su tremenda seriedad y urgencia. Ambas cosas: su ideal espiritual y su necesidad de madurez, parecían conducirle lejos. La vida le presentó a una persona que le amaba de una manera que nunca había experimentado. Y ante esta realidad, aunque con perplejidad, él respondió. Juzgarlo sea quizá una falsa perspectiva y una hermenéutica infructuosa en todo caso. Sin embargo, yo soy un monje, y leyendo en una hermenéutica de ascetismo, encuentro mucho de valor y útil en el ardor de su lucha con el corazón. Es ahí donde se halla en alborotada confusión la real tensión entre soledad y amor, entre libertad y obediencia, entre pureza y pasión -todos los opuestos de una vida completa-. La literatura monástica necesita el escenario de las batallas del corazón que aparecen aquí. La honestidad, apertura y profundidad de sentimientos articulan la experiencia que muchos monjes y monjas, sacerdotes y religiosos comprometidos, están a veces demasiado desconcertados para expresarlos por sí mismos. Ello abrió en Merton una nueva comprensión acerca de la integración de amor y soledad. El nunca proclamó ese episodio como un éxito, y en algún momento de su reflexión postrera lo tuvo que calificar de frívolo¬ ¬ –pero “sin recargar con amargura esa frivolidad”-¬ .No habla en términos de tragedia. “La vida no es frívola, si tú, simplemente, vives. En cualquier caso se vuelve frívola, si te reservas al vivir”. El mensaje de este diario me parece a mí que consiste en esto: una inconsciente manera de vivir día a día, con sus usuales intereses, sobresaltos y recompensas. Pero el peso de la situación y su propia elección le conducen a continuar la vida en la ermita. Para alguien que pretende una hermenéutica monástica u otras, esto nos lleva a una apertura a la crítica para conjeturar qué sabiduría alcanzó de esta experiencia. A causa de esta experiencia, ¿fue Merton mejor o peor? ¿Qué puede un monje o monja, un alma consagrada en el celibato aprender de ello? El texto que nos han presentado en este volumen muestra suficiente profundidad de belleza, amor y lealtad, más allá de toda ambigüedad para darnos la necesaria sabiduría sobre lo que celibato y vida monástica significa para alguien tan profundamente comprometido en la búsqueda de Dios como Thomas Merton" Hasta aquí el resumen de la recensión de Aprendiendo a amar escrita por Paul Quenon OCSO, monje de la Abadía de Gethsemani y discípulo de Merton. María Luisa López Laguna, rcm. Universidad de Eichi, Kobe (Japón

ESTAR DONDE ESTÁ EL AMOR

Nosotros hemos de estar donde está el amor, lo que sin duda es la postura más difícil de mantener, pero esta es al mismo tiempo la postura creativa y la postura constructiva”. “Nosotros construimos comunidad no a partir de nuestro amor, sino a partir del amor de Dios, porque realmente nosotros mismos no tenemos todo ese amor, y éste es el auténtico desafío de la vida religiosa”. “Todas las revoluciones, todas las asociaciones voluntarias de idealistas y de reformadores sociales han dado prueba de dos cosas: por una parte, de su anhelo de comunidad y, por la otra, de su incapacidad para crear esa misma comunidad”. Thomas Merton. Conferencias en Alaska.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.