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miércoles, 21 de febrero de 2007

La aventura cubana de Thomas Merton (II)


El Camino espiritual:
Desde el punto de vista de su vida espiritual, el viaje a Cuba tuvo tres elementos destacables:
1- Experimentó de una manera especial la cercanía y providencia amorosa de Dios para con él.
2- El propósito religioso de su viaje era visitar el santuario del Cobre para pedirle a la Virgen por su sacerdocio; tenía carácter de peregrinación.
3- Lo que aconteció en la Habana, en la iglesia de San Francisco, y que el describe como “una luz” que le abrió a una comprensión más profunda del verdadero rostro de Dios. “Experiencia impresionante de la Divina presencia”, le llama Jim Forest en si biografía de T.Merton).

Intento ampliar un poco más los tres elementos anteriores:

1- Un millonario espiritual: En el texto que sigo (M7C) encontramos diversas afirmaciones que permiten vislumbrar lo que Merton vivió y sintió en aquellos días: “La bondad y solicitud que me acompañaban a dondequiera que dirigiese mis débiles pasos”. Luego sigue: “Nadie ha visto nunca una criatura terrenal guardada tan celosamente y tan eficazmente, querida, guiada, vigilada y dirigida con un cuidado tan atento y previsor como el que me acompañó en aquellos días”.
Dios lo rodeó de gracias: “Ciertamente me rodeó de gracias por todo mi vagabundeo de Cuba, gracias de la clase que aun una persona sin espiritualidad profunda puede apreciar como tales”, y luego añade, “a cada paso que daba se abría un nuevo mundo de gozos, gozos espirituales, placeres de la mente, la imaginación y los sentidos en el orden natural”.
“todas las cosas del cielo estaban sólo un poco lejos de mi alcance”. Y finalmente la afirmación que citábamos un poco antes: “Yo vivía como un príncipe en esa isla, como un millonario espiritual”.

En fin, añade luego: “Había mil cosas que hacer, mil maneras de hacer fácilmente una acción de gracias; cada cosa se prestaba a la comunión: podía oír otra misa, podía rezar el rosario, hacer las estaciones de la cruz o, si sólo me arrodillaba donde estaba, adondequiera que volviese los ojos veía santos de madera o yeso, o los que parecían ser santos de carne y sangre… y hasta los que no eran probablemente santos”, estimulaban su mente con muchas significaciones y su corazón con plegarias.


2- La Virgen le acompañó: El segundo aspecto: el viaje de Thomas Merton a Cuba tenía carácter de peregrinación, pero, ¿En qué sentido? ¿En qué medida?
“Me decía que la razón de haber venido a Cuba era hacer una peregrinación a Nuestra Señora del Cobre. E hice, en verdad, una especie de peregrinación. Pero era una de aquellas peregrinaciones medievales que consistían en nueve décimas partes de vacaciones y una décima parte de peregrinación”.
Podríamos llamar también a esta peregrinación unas vacaciones espirituales; Merton disfrutó la abundante presencia de lo religioso en la vida cotidiana del cubano, y esperaba ver a la Virgen no sólo en el santuario, sino a la vera de cualquier camino; de hecho, mientras recorría las ciudades cubanas, entraba en sus iglesias, oraba, recibía la comunión, admiraba sus altares, y rezaba rosarios mientras viajaba en los peligrosos ómnibus cubanos, estuvo siempre abierto a una misteriosa presencia de lo trascendente. Y no es sólo que Merton encontrara a Dios en todas partes, sino que se sentía lleno de él: “A cada paso, encontraba el camino de iglesias grandes, frescas y oscuras, algunas de ellas con altares espléndidos reluciendo con retablos esculpidos y ricos de caoba y plata; maravillosos jardines rojos de llama florecían ante los santos o el Santísimo Sacramento”.
En el santuario del Cobre Merton estuvo ante la Virgen, pero antes y después, en todo lugar y tiempo que estuvo en Cuba, la Virgen le acompañó. Hasta una idea para un poema le regalo María, “el primer poema verdadero que jamás había escrito o, de cualquier manera, el que me gustó más. Señalaba el camino a otros muchos poemas; abría la puerta y me hacía tomar un rumbo cierto y directo que había de durar varios años”. Y Merton incluye el poema en su relato, porque en él estaba lo que la Virgen tenía que decirle y lo que él tenía que decirle a ella. Son imágenes que enlazan cielo y tierra; se funden los colores y los ángeles andan por el mundo cotidiano; la tierra como un mosaico; “ángeles doblanse hacia abajo como campanas; ángeles que miran hacia arriba absortos cual muñecas… del mosaico, que es la tierra, todas las piezas suéltanse como pájaros y levantan el vuelo”.


3- El Cielo frente a mí: A lo largo de su viaje por Cuba Merton estaba abierto a una posible revelación o aparición extraordinaria; “todo el camino recé rosarios y contemplé los grandes ceibos solitarios, esperando que la Madre de Dios se me apareciese en uno de ellos”. “Pero no vi aparecer a Nuestra Señora bella, en ninguno de ellos”. Luego, de regreso del Cobre y de Santiago, y mientras estaba en la Habana, en la Iglesia de San Francisco, para escuchar la misa, recibe esa experiencia de Dios, pero no de la manera que esperaba.

“Fue algo que me hizo comprender, de pronto, no sólo intelectual, sino experimentalmente, la verdadera inutilidad de lo que había esperado casi deliberadamente: las visiones en los ceibos”.

“Esta experiencia abría otra puerta, no un camino a una manera de escribir, sino un camino hacia un mundo infinitamente nuevo, un mundo que estaba fuera de este mundo nuestro por entero y que infinitamente lo trascendía, que no era un mundo, sino que era Dios mismo”.

Se trata, no de algo, sino de ALGUIEN; de una total novedad, porque el Totalmente Otro, Dios, le permite intuir, vislumbrar, algo de Sí. Dios supera las expectativas de Merton y cierra su viaje a Cuba con una visión que le hirió como un rayo. Veamos como él la describe:

El Lugar: “El templo estaba atestado de gente. En el frente, delante del altar, había hileras y más hileras de niños, apiñados”. Merton estaba en la parte de atrás de la Iglesia y veía las cabezas de los niños.

El Momento: “Llegó la hora de la consagración. El sacerdote elevó la Hostia, luego el cáliz. Cuando depositó el cáliz en el altar, de repente un fraile, con su ropa parda y su cordón blanco, se levantó ante los niños y a la vez todas las voces de estos rompieron a cantar: creo en Dios…”.

La Percepción: “El Credo. Pero aquel grito, ¡Creo en Dios!, era alto, vibrante, espontáneo, alegre, triunfante; era una gran aclamación que salía de todos aquellos niños cubanos, una gozosa afirmación de fe”.

La Gracia: “Luego, tan pronto como la aclamación, y tan definida, mil veces más brillante, se formó en mi espíritu una conciencia, una intelección, una comprensión de lo que acababa de celebrarse en el altar, en la consagración: de la consagración en una forma que le hizo pertenecerme”

Para estos acontecimientos del Espíritu no hay nunca palabras suficientes para describirlos; Merton lo intenta, teniendo en cuenta que escribe una novela y que será leída por sus lectores. El acontecimiento aparece recogido también en las páginas de su diario, con palabras similares, con menos explicaciones. Intento tomar lo esencial:

“¿Pero qué cosa era esta conciencia? ¡Era intangible y, sin embargo, me hirió como un rayo! Era una luz tan brillante que no tenía comparación con ninguna luz visible, y tan profunda y tan íntima que parecía como una neutralización de todas las experiencias menores.”
“…Lo que más me impresionó fue que esta luz era en cierto sentido ordinaria…era una luz (Y esto es lo que me suspendió el aliento) que se ofrecía a todos, a todo el mundo, y no había fantasía ni cosa extraña en ella. Era la luz de la fe intensificada y reducida a una claridad extrema y súbita.”
“No había y no podía haber… nada en ella de sentido e imaginación. Cuando la llamo luz es una metáfora que empleo… anulaba todas las imágenes, todas las metáforas y cortaba toda la madeja de especies y fantasmas con que naturalmente elaboramos nuestro pensamiento… ninguna experiencia de los sentidos para dar directamente al corazón de la verdad… .”

Como resumen de todo, algunas afirmaciones del propio Merton: “Era como si yo hubiese sido de repente iluminado siendo deslumbrado por la presencia de Dios”; “El primer pensamiento articulado que vino a mi mente fue: El cielo está aquí, enfrente de mí. ¡El cielo, el cielo!”. Y luego: “Pertenecía al orden del conocimiento, sí, pero más todavía al orden del Amor… era amor tan puro y directo… y volaba rectamente a la posesión de la verdad que ella amaba.”

Quiero llamar la atención sobre algunos elementos importantes de esta experiencia:
1- No había manera de volverla a poseer: era un don que venía de otra parte, más allá y por encima de su persona.
2- No suponía un adelanto definitivo para su vida interior o su vida de oración; no entendió todo con más claridad a partir de ese momento.
3- Era una experiencia ordinaria y extraordinaria al mismo tiempo; tan simple, que despojada al entendimiento humano de todos los velos para ver lo real, lo verdadero.

Vamos a tomar, para cerrar esta parte del recorrido de T.Merton por Cuba, un texto de sus Diarios, donde hace referencia a la experiencia anteriormente descrita:

“Dios en toda su esencia, todo su poder, Dios en la carne y Dios en Sí mismo y Dios rodeado por los rostros radiantes de los miles, de millones, del incontable número de santos que contemplaban su gloria y alababan su santo nombre” Y añade: “El cielo estaba directamente frente a mí”.

Para mí es muy importante descubrir en el viaje de Merton a Cuba la posibilidad de encontrar a Dios en esta tierra, teniendo presente que el tema de la emigración es una posibilidad que asoma al horizonte de una buena parte de los cubanos. Es importante llevar a Dios dentro, y entonces lo encontraré fuera, en todas partes.

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-Thomas Merton-

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