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martes, 16 de agosto de 2011

LO QUE ES DE DIOS HA DE PERDURAR

“Donde hay vida, hay movimiento y crecimiento. Donde la vida se manifiesta, debemos estar preparados para las sorpresas, los cambios inesperados y la renovación constante. Ningún ser vivo es el mismo en dos momentos diferentes. Vivir es afrontar una y otra vez lo desconocido. Nunca sabemos exactamente cómo nos sentiremos, pensaremos y nos comportaremos la próxima semana, el próximo año o dentro de una década. Para vivir es esencial confiar en un futuro desconocido que exige una rendición al misterio de lo impredecible”. (H. Nouwen, “El trabajo por la paz”, 65)

“La opción radical es confiar en que, en todo momento, Dios estará contigo y te dará lo que más necesites. Dios te dice: “Te amo, estoy contigo, quiero verte acercarte a mí y experimentar la dicha y la paz de mi presencia Quiero darte un nuevo corazón y un nuevo espíritu…Todo lo mío es tuyo. Sólo confía en mí y déjame ser tu Dios”. Esta es la voz que tienes que escuchar. Al concluir este período de renovación espiritual, una vez más te enfrenas a un decisión. Puedes optar por recordar este momento como un intento fallido de renacer por completo, o puedes optar por recordarlo como el muy valioso momento que Dios comenzó a hacer cosas nuevas en ti que deben ser completadas.
Recuerda que estás a salvo. Eres amado. Estás protegido. Estás en comunión con Dios y con quienes te han sido enviados por Dios. Lo que es de Dios ha de perdurar. Pertenece a la vida eterna”.
(H. Nouwen, “La voz interior del amor”, 109)

GETSEMANÍ, MERTON, CARDENAL.

Desde el blog de un cubano exiliado me llega esta entrada que habla de Thomas Merton, de Getsemaní y de Ernesto Cardenal; le agradezco a su autor que me la hiciera llegar y me permitiera además disfrutar de otros escritos suyos. Aquí se las comparto:
De espacios y coincidencias
El 10 de diciembre de 1941, con apenas 26 años, Thomas Merton ingresaba como novicio en la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní, ubicada en el caserío de Trappist, en el centro mismo del estado de Kentucky. Recién graduado de la universidad de Columbia se había adentrado en el catolicismo hacia 1938 y en abril de 1940, como viaje de despedida de lo que llamó su “vida licenciosa” y para una seria búsqueda interior, visitó Cuba. Encontró a La Habana, en aquel momento, una ciudad mas ciudad que Nueva York porque “es una ciudad en el sentido real como las ciudades mediterráneas, levantinas y orientales son ciudades” (The Secular Journal of Thomas Merton, Pág.56, Farrar, Strauss and Giroux, 1987). Se maravilló con las librerías que encontró en La Habana Vieja, sobre todo con Casa Belga y La Moderna Poesía. Dijo también que descubrió el misticismo del catolicismo español en las estructuras de las iglesias de Reina y de Nuestra Señora del Carmen. Es curioso que en ese mismo diario, visitando la abadía, meses antes de ingresar, usara como metáfora: “Hoy hace un sol tan fuerte como el de Cuba”.
La primera vez que supe de la existencia de Merton fue por un golpe en la cabeza. Ayudaba a un amigo a despejar una inmensa biblioteca que perteneció a su padre, cuando moviendo un anaquel me cayó en la cabeza un tomo de carátula dura, viejo y empolvado. Era una edición en español de Bajo el signo de Jonás. Me quedé con él y como tenía 19 años no me dijo mucho este contemplativo texto autobiográfico.
Volví a escuchar sobre Getsemaní, ya en los setenta, por boca de mi amigo el poeta Rogelio Fabio Hurtado. El había conocido a Ernesto Cardenal en su primera visita a Cuba, antes de que el sandinismo se realizara como totalitarismo efímero en el poder y el padre y poeta uno de sus instrumentos. Entre las muchas cosas que hablaron y que Fabio contaba estaban su experiencia en Getsemaní y su proyecto de Solentiname. Ambos nombres se convirtieron en algo quimérico para mí. Fabio pagó caro por su asociación con Cardenal a espaldas del gobierno. Algo de este contacto lo reflejó el poeta nicaragüense en su libro En Cuba.
El 14 de mayo de 1957, enfebrecido de amor a Dios y huyendo del rechazo de Claudia Argüello, la de sus epigramas, Ernesto Cardenal iniciaba su noviciado en la abadía de Getsemaní. Allí conoció a Merton y establecieron una gran amistad. Merton tuvo gran influencia en su pensamiento y en su poesía. La experiencia de Getsemaní fue también decisiva en su desarrollo de la comunidad de Solentiname. Cardenal aterrizó en La Habana unos días antes, como escala de su viaje y en Vida Perdida escribe: “Hicimos escala en La Habana y antes de llegar a ella el campo de Cuba a la luz del atardecer también me pareció maravilloso. La creación entera me parecía gritar a Dios...”
En 1978 escuché múltiples historias de Solentiname, esta vez mediante Francisco Cordero, el primer cónsul de Costa Rica en Cuba después del rompimiento a principios de los sesenta, a raíz de las sanciones de la OEA. Cordero, quien se hizo muy amigo mío y de muchos de mis amigos, había ido varias veces a Solentiname y sus narraciones, magnificadas por el Old Parr, eran mesmerizantes.
Merton tuvo una trágica y misteriosa muerte en Tailandia, en diciembre de 1968. Tardíamente, su poesía y sus escritos filosóficos siempre me resultaron de gran interés. La poesía conversacionalista de Cardenal siempre me ha parecido extraordinaria y puedo disfrutarla a pesar de sus posiciones políticas, ya que una cosa no tiene que ver con la otra.
Vueltas que da el mundo. Ya en 1982 me encontré viviendo a apenas unas horas de Getsemaní y a lo largo de los años he visitado el lugar repetidas veces. He llevado a amigos que me visitan. Es un lugar ideal para hacer un picnic en sus alrededores, para dar una caminata en medio de los campos o para observar, en silencio, las impresionantes Vísperas que rezan los monjes cada día alrededor de las cinco y media de la tarde.
No sé qué motivó a 44 monjes trapenses franceses, dirigidos por un abate de apellido Proust, a establecerse en esta zona, en 1848, para crear la abadía. Trappist se ubica en las faldas de un apéndice de las Blue Mountains, y no sé si ésta es la razón por la que fueron nombradas así, pero hacia la hora del crepúsculo, toman un color azul. Muy cerca quedan las cuevas Mammoth, las más profundas del mundo y a una pedrada de distancia están el lugar de nacimiento de Abraham Lincoln y la primera casa en que habitó. Estos dos últimos lugares, por suerte, no han sucumbido, hasta ahora, a la banalidad de la comercialización. Unas seis millas hacia el noroeste se encuentra Bardstown, la capital del whisky, que inicia el trayecto en el cual pueden recorrerse las mas famosas destilerías de la región y en donde uno se puede ahogar en un barril de Maker’s Mark por menos de lo que cuesta una botella. Una buena manera de concluir la jornada mística, que puede incluir una comida en el restaurante italiano de un ex-futbolista croata, estrella del equipo nacional de la ex-Yugoslavia. Con todas sus relaciones literarias, místicas y baquianas, Getsemaní ejerce, al menos en mí, un atractivo irresistible. Lo he visto desde que se encontraba bastante desvencijado, con los edificios descascarados, hasta su última versión, en cuya entrada se erige una carpeta que parece la de un hotel de lujo, para recoger a aquéllos que han decidido por un retiro espiritual. La parte de la granja, en la cual los monjes hacen sus famosos quesos y bombones empapados de whisky, y donde cultivan todo lo que usan para comer, se ha mantenido intacta.
A Cardenal lo vi hace un poco más de dos años, en una visita que hizo a Xavier University en Cincinnati. Todavía sigue vestido con su boina y su uniforme de poeta. Ahora es perseguido por Daniel Ortega y su discurso parece un poco fuera de lugar con los tiempos que corren. Nunca he estado en Solentiname, que tengo entendido que continúa en existencia. En uno de sus peores cuentos, Apocalipsis en Solentiname, de su etapa militante a fines de los setenta, Julio Cortázar, confundido ante la visión de unos niños durante el rito de la misa comunal, le parece ver a Roque Dalton siendo asesinado por un grupo de esbirros. No se sabía entonces ni lo supo nunca Cortázar, pero los esbirros eran los propios compañeros de Roque. Yo a veces me despierto en medio de la madrugada, tras una recurrente pesadilla que me lleva a mi clase de matemáticas de séptimo grado, cuando me parecía que no entendía nada y me hundía cada vez más en la ignorancia, y las emociones y la confusión me recorren en pocos segundos y no sé si estoy en Lawton, en Marianao o en Cincinnati. Me parece entonces que mi padre y mi tía abuela se me aparecen a los pies de la cama. Ambos murieron hace muchos años y no sé por qué pero en lo primero que pienso es en Getsemaní, que me tranquiliza.

Roberto Madrigal

URGE UN NUEVO LENGUAJE

El 14 de agosto pasado la liturgia dominical nos invitaba a celebrar la universalidad de la llamada de Dios, que quiere que todos alcancemos la salvación y lleguemos al conocimiento pleno de la verdad. Aquí nos detenemos brevemente para apuntar que estos dos términos que utilizo, salvación y verdad, los entiendo como felicidad y amor; estamos llamados a la felicidad, a la plenitud, y a responder a ese llamado amando como Dios nos ama, incondicionalmente.
Luego de esta introducción entro en materia. Suelo recibir los comentarios para la homilía dominical desde una Web católica, que a veces leo y a veces no, pero como ahora tengo menos ocupaciones me detuve a reflexionar con ella, llamándome la atención algunas afirmaciones que son, a mi parecer, ejemplos de una visión desacertada del mensaje religioso.
1. “Ante un Dios que se revela la respuesta apropiada es la obediencia de la fe”. Preferiría que se hablara más de un Dios que se revela amando, más que trasmitiendo una verdad dogmática o doctrinal que debemos aceptar; así nuestra respuesta a esa “revelación” no sería otra que el amor. Obedecer tendría que ver, no tanto con la mente, sino con el corazón; no tanto con asentimiento obediente sino con vivir plenamente. Le gusta al poder insistir siempre en la obediencia, pero es un concepto ambiguo y manipulador.
2. “Es tan grande el don y es tan profunda la indigencia humana, que vale la pena cualquier espera, cualquier humillación, cualquier sacrificio, con tal de participar de la salvación que viene de Dios”. A mí esta frase me suena muchísimo a lo discursos políticos del entorno en que vivo. No creo que Dios pida sacrificios, humillaciones, para regalarnos su salvación; todo lo contrario, fue Él quien se entregó, se humilló, para que tengamos vida en abundancia. Si que es grande el don que recibimos y grande también nuestra indigencia, pero al mismo tiempo, como dijo Merton, todos los seres humanos brillamos como un sol, porque somos reflejos de la belleza de Dios.
3. “En los tiempos que nos toca vivir donde se insinúa un pluralismo religioso, conviene mantener firmemente la distinción entre la fe teologal, que es acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela”. Este pasaje está tomado de un documento pontificio, bastante criticado en su momento, y podemos entender la razón. Vivimos una época en la que el pluralismo religioso en el que tendremos que vivir es evidente, y sano además, porque puede enseñarnos respeto y tolerancia hacia lo diferente. Y luego, toda religión, más allá de lo revelado, es búsqueda constante; de eso se trata y no de tener a Dios seguro. Dios habla de muchas maneras y por muchos caminos, y hemos de ser siempre buscadores incansables, aquí y allá, para poder vislumbrar algo de su luz.
4. “La oración es una lucha, es un combate espiritual, es un conformarse con el pensar de Dios, un “arrancarle gracias”. Ciertamente que la oración es lucha y es combate cotidiano, pero no para arrancarle algo a Dios, sino para aclarar nuestros ojos, derribar los muros de nuestro corazón, y estar disponibles para Dios. Dios es pura donación, pura gracia, y las gracias no se arrancan, se reciben con alegría.

He hablado siempre de la necesidad de un “nuevo lenguaje” para hablar de Dios. Las palabras pueden mostrar u ocultar, en dependencia de cómo las usemos. El leguaje religioso tradicional está lleno de trampas y ambigüedades, y hasta se hace cómplice de muchas injusticias humanas; por eso esta vez añadiría que un nuevo lenguaje necesita también de “nuevos conceptos”, es decir, maneras nuevas de ver y vivir lo trascendente. No hablo básicamente de una nueva dogmática, sino de una nueva y siempre renovada experiencia. Vale la pena reflexionar en ello.

martes, 9 de agosto de 2011

DIARIO DE ASIA

Algunas frases, palabras, imágenes, que aparecen en el “Diario de Asia” de Thomas Merton, casi siempre tomadas de conversaciones con personas que iba encontrando o sacadas de los textos que leía. La presentación imita un poco al propio TM y sus anti-poesías.

“No viajar con tantos libros. Compré más ayer, incapaz de resistirme a las librerías de San Francisco”.
“He hecho de todo. Dormir. Rezar. Y terminado Siddharta de Hess. Nada cambia la interminable luz del sol”.
“Uno debe subir todos los peldaños, pero cuando al fin no hay más peldaños, hay que dar el salto”.
“Investigar las partes del cuerpo con sabiduría”.
“A fin de perfeccionar cualquier práctica, se debe soportar un tipo de experiencia aparentemente inútil”.
“Quien busque la liberación debe trabajar con cuidado en pos de la purificación de la mente”.
“Una religión que ignora o evita el hecho de la muerte no tiene sentido”.
“Me siento como en casa con los tibetanos”.
“El místico sabe que el principio de la salvación está en sí”.
“Los tres elementos venenosos: codicia, odio, ignorancia”.
“No una tercera posición entre los dos extremos sino una no posición que sustituye a ambos”.
“Constato en los budistas logros y certidumbres más profundas que en los contemplativos católicos”.
“El bibliotecario, un anciano belga con una perilla pulcramente arreglada, me dijo: Tenemos veintidós libros suyos en nuestra biblioteca”.
“Todas las montañas, esconden otra cara: la que nunca ha sido fotografiada ni convertida en postal Es la única cara que merece la pena ver”.
“La compasión es proporcional al desapego”.
“Este reposo, con tiempo para leer, estudiar, meditar y no hablar con nadie, es algo esencial en mi vida”.
“Mi interés por el budismo ha molestado a algunos clérigos y religiosos católicos. Se preguntan qué es lo que puede haber en este”.
“Sobre el púlpito estaba inscrita la palabra OM”.
“Recuerdo la gata negra en el tejado de Darjeeling, con dos pequeños gatitos alocados jugando y deslizándose…”.
“Entré en la vieja iglesia anglicana que hay en la línea portuaria y estuve rezando un rato”.
“Dijo que a su juicio, por lo que había leído en La montaña de los siete círculos, yo había sido de los primeros hippies”.
“Caminé un poco a orillas del lago, en la brisa fresca, pensando en el sermón de Adviento que tenía que predicar en la catedral”.
“Asia es un continente que ama las cometas”.
“Hay un punto en que la religión se vuelve risible. Y entonces te das cuenta de que, con todo y con eso, eres una persona religiosa…”.

TODO EN DIOS.

Prefiero evitar la palabra “exclusividad” a la hora de hablar de Dios.
No podemos amar a Dios exclusivamente, sino “inclusivamente”, es decir, amándolo todo en él. Se trata de vivir una vida de vinculación total con Dios. Dios en el centro, Dios en el fundamento, Dios en el origen, pero sin ignorar, rechazar o despreciar todo lo demás. Aquí ayudaría entender que cuando decimos DIOS decimos TODO, el SER; si decimos DIOS y pensamos en “una parte” entonces no estaremos entendiendo adecuadamente lo que supone entregarse plenamente e incondicionalmente a él. Es absurdo y contraproducente oponer a Dios y los seres humanos; todo lo contrario, es importante vincularlos a ambos, de tal modo que toda búsqueda de Dios suponga un acercamiento a la Humanidad, y viceversa. Sólo así podemos entender que el todo está antes que una parte, pero que la parte alcanza su sentido y plenitud dentro del todo. Dios es nuestro hogar. Sin él somos extraños, forasteros, y olvidamos nuestra procedencia y nuestro destino. Desvincularnos de la “memoria” de Dios es desconectarnos de nuestra verdad esencial. Nos convertimos en fragmentos aislados, y por tanto sin fuerza; dejamos de ser parte del Todo y del UNO. La conexión con Dios no se realiza primordialmente mediante el HACER, sino a través del SER. Fomentar una espiritualidad que estimule el “estar con Dios” ante que el “hacer cosas para Dios”.

SANTIDAD NO ES CONFORMIDAD

El misterio de Dios resulta nebuloso e irreal, incluso para los hombres de fe; reducimos nuestra vida cristiana a una especie de propiedad gentil y social; falsificamos y deformamos las verdaderas perspectivas de la santidad; santidad se vuelve conformidad, aceptando lo que parece bueno de la sociedad en la que vivimos; se pone el acento en la “respetabilidad”.
La santidad, exige sacrificios, es un camino duro y austero, en el que debemos orar, ayunar, abrazar las dificultades, sacrificar muchas cosas por amor, con tal (importante esto) “de mejorar la condición del ser humano sobre la tierra”. El cristiano no puede vivir cómodamente, ignorando cuanto pasa a su alrededor, limitándose a hacer algunos gestos piadosos, mientras vive mediocremente su condición bautismal. Nuestro amor al prójimo no es simbólico, sino real.
Merton advierte: “Nos nos engañemos con fáciles e infantiles concepciones de la santidad”. Y pone algunos ejemplos concretos:
1- El pensar que un aumento de la práctica religiosa (“resurgimiento religioso”) suponga necesariamente que la sociedad se esté abriendo realmente a Dios. Dice: “! No lo aseguremos tan a la ligera!” Al contrario. “El mero hecho de que las personas estén asustadas e inseguras, se aferren a eslóganes optimistas, acudan con más frecuencia a la iglesia y busquen pacificar sus atribuladas almas mediante máximas estimulantes y humanitarias, no es en modo alguno índice de que nuestra sociedad esté volviéndose “religiosa”. De hecho puede que sea un síntoma de enfermedad espiritual”.
2- Una religiosidad superficial carente de raíces realmente cristianas e ignorante de las necesidades de los seres humanos y de la sociedad, puede acabar siendo en verdad una evasión de los compromisos cristianos, y puede acarrear a la fe mucho descrédito. “Nuestra época necesita algo más que personas devotas que acuden asiduamente al templo, que evitan cometer faltas graves (al menos las faltas fácilmente identificables como tales), pero que raras veces hacen nada constructivo o positivamente bueno. No basta con ser exteriormente respetable”.
3- Algunos cristianos pueden vivir en sociedades injustas, mientras cierran los ojos a toda clases de males a su alrededor. Es el caso de los sistemas totalitarios del pasado siglo XX, o las sociedades capitalistas de libre mercado, de mayoría cristiana. “Están interesados tan sólo en su propia vida de piedad compartimentada, cerrada a cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra”. Esto ha supuesto, y Merton es profeta cuando lo dice, “que dicha pobre excusa de religión contribuye efectivamente a la ceguera e insensibilidad moral y, en última instancia, conduce a la muerte del cristianismo en naciones enteras o en zonas muy amplias de la sociedad”.

(De: “Vida y Santidad”, Thomas Merton)

Notas:
“Puede haber mucha bondad real en esta clase de respetabilidad. Las buenas intenciones no se pierden a los ojos del Señor. Sin embargo, siempre habrá cierta falta de profundidad y una determinada parcialidad y falta de totalidad que hará imposible que tales personas alcancen la plena semejanza con Cristo, o al menos, logren trascender las limitaciones de su grupo social haciendo los sacrificios que les exige el Espíritu de Cristo, sacrificios que los alejan de algunos de sus allegados y les impondrán decisiones de una solitaria y terrible responsabilidad”. VS; Página 29. Aquí hay una importante intuición de Thomas Merton, que toca un aspecto esencial de la llamada “religión tradicional”. Como un ejemplo de cristiano que logró superar este escollo pienso en Santa Teresita, cuya santidad Merton admira a pesar justamente de su entorno religioso y social, que ella consiguió trascender.
VS; Página 29.
VS; Página 30.
VS; Página 30.
VS; Página 30.
VS; Página 31.

Acerca DEL SILENCIO

SILENCIO CREATIVO CRISTIANO.
Imagínense a un hombre a un grupo de personas, solas o juntas en un lugar tranquilo donde no se puede oír la radio ni música de fondo, sentados simplemente una hora, o media hora, en silencio. No hablan. No rezan en voz alta. No tienen en sus manos papeles ni libros. No están escribiendo ni leyendo. No se ocupan en nada. Se limitan a penetrar en sí mismos, pero no para pensar de modo analítico, ni para examinarse, organizarse o planificar algo; simplemente para ser. Quieren estar juntos en silencio. Quieren sintetizar, integrarse a sí mismos, redescubrirse ellos mismos en una unidad de pensamiento, voluntad, entendimiento y amor que vaya más allá de las palabras, más allá del análisis, incluso más allá del pensamiento consciente. Quieren rezar, pero no con los labios sino con sus corazones silenciosos, y más allá aun, con el verdadero fundamento último de su ser. ¿Qué podría mover a la gente de nuestro tiempo a hacer una cosa así? ¿Lo hacen movidos por un sentido de humana necesidad de silencio, de reflexión, de búsqueda interna? ¿Quieren alejarse del ruido y la tensión de la vida moderna, al menos durante un rato, para relajar sus mentes y voluntades, y buscar un sentido bendito y saludable de unidad interior, reconciliación e integración?
Estos son, ciertamente, un buen número de motivos suficientes. Pero para un cristiano aún hay motivos más profundos que estos. Un cristiano puede realizarse a sí mismo, si es llamado por Dios a periodos de reflexión y silencio, de meditación reflexiva y de “escucha”. Nosotros tal vez somos demasiado habladores, demasiado activos en nuestro concepto de la vida cristiana. Nuestro servicio a Dios y a la Iglesia no consiste sólo en hablar y hacer, sino también en períodos de silencio, en los que escuchamos y esperamos. Quizá sea muy importante, en nuestra época de violencia e intranquilidad, redescubrir la meditación, el rezo intuitivo, íntimo y silencioso, el silencio creativo cristiano. (Thomas Merton, Amar y Vivir).


Un lugar silencioso en el mercado:
“Guarda silencio y reconoce que yo soy Dios” (Salmo 46, 10) Estas son palabras para que las llevemos con nosotros en nuestras vidas trajinadas. Podremos pensar en el silencio, en contraste con nuestro mundo ruidoso. Pero quizá podamos ir más allá y mantener un silencio interior aun mientras seguimos en nuestro quehacer cotidiano. Es importante mantener un lugar silencioso en el “mercado”. Ese es el lugar donde Dios puede morar y hablarnos. También es un lugar desde donde nosotros podemos hablar de manera sanadora con todas las personas con que nos encontramos en nuestro ocupado día. Sin ese lugar silencioso empezamos a dar vueltas como un trompo. Nos convertimos en personas aceleradas, que corren de un lugar a otro sin dirección determinada. Pero con ese silencio Dios puede ser nuestro guía en todo lo que pensamos, decimos o hacemos. (Henri NOUWEN).

TERESA HABLA DEL SILENCIO: ‘También se pueden imitar los santos en procurar soledad y silencio y otras muchas virtudes, que no nos matarán estos negros cuerpos que tan concertadamente se quieren llevar para desconcertar el alma”/ “Dice la primera Regla nuestra que oremos sin cesar. Con que se haga esto con todo el cuidado que pudiéremos, que es lo más importante, no se dejarán de cumplir los ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden; porque ya sabéis que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto; que oración y regalo no se compadecen”/ “En silencio y esperanza procurar vivir siempre, que el Señor tendrá cuidado de sus almas”.

JUAN DE LA CRUZ HABLA DEL SILENCIO: “Lo que falta, si algo falta, no es el escribir o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar y el obrar. Porque, demás de esto, el hablar distrae, y el callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu… porque es imposible ir aprovechando, sino haciendo y padeciendo virtuosamente, todo envuelto en silencio”.

ISABEL DE LA TRINIDAD habla del silencio: “El silencio infinito reina en nuestra vida y permite a nuestras almas franquear el Infinito para perdernos, como si se tratase de un cielo anticipado, en el amor de Aquel que es nuestro Todo”.


ESCUCHAR CON FACILIDAD.
¿Alguna vez se ha sentado usted muy silenciosamente, no con la atención fija en algo, no haciendo un esfuerzo para concentrarse, sino con la mente muy quieta, realmente silenciosa? Entonces escucha todo, ¿no es así? Escucha tanto los ruidos lejanos como los que están más próximos, y también los sonidos inmediatos, muy cercanos a usted, lo cual significa que presta atención a todo. La mente no está restringida a un solo canal estrecho y pequeño. Si puede escuchar de este modo, con facilidad, sin esforzarse, hallará que dentro de usted se produce un cambio extraordinario, un cambio que adviene sin que ponga voluntad en ello, sin que lo pida; en ese cambio hay gran belleza y profundidad de discernimiento. (K)

LA PRÁCTICA DEL SILENCIO.
En lugar de hablar desde el primer momento de la meditación, es conveniente hacer previamente ejercicios de silencio asociándolos constantemente a la vida meditativa, para dejar que el espíritu, el alma y el cuerpo se sosieguen. El esfuerzo que se realiza para llegar a la calma física implica, de una parte, cuidar el funcionamiento armónico de todos los órganos, y también un ejercicio específico de total inmovilidad del cuerpo. La calma tiene dos formas: una es la de la vida y otra la de la muerte. La calma de la muerte reina allí donde ya nada se mueve. La de la vida se hace cuando nada estorba o detiene el movimiento de transformación. Por eso el cuerpo vivo está en paz cuando nada impide el movimiento de todas las funciones, como por el ejemplo la de la respiración. La calma del cuerpo supone también la inmovilidad de todos los miembros. Se puede practicar de pie o tumbado, pero preferentemente en posición sentada. El orante se niega todo movimiento, por ligero que sea, y soporta esta inmovilidad el mayor tiempo posible. Esta inmovilidad es ya una energía que ayuda a la meditación. (K.G. Dürckheim

miércoles, 3 de agosto de 2011

MERTON, visto por Ernesto Cardenal.

Así narra Ernesto Cardenal, en el primer volumen de su autobiografía, “Vida Perdida”, su encuentro con Thomas Merton, a su llegada como postulante al monasterio trapense de Getsemaní:

-1-
”Al poco rato llegó a hablarme Thomas Merton. Se me presentó con mucha humildad, y no me dijo su nombre sino tan sólo: “Yo soy el maestro de novicios”.

Igualmente el Abad se había referido antes a él sin mencionar su famoso nombre. Después que yo había llenado todos los requisitos exigidos junto con la solicitud de ingreso, me escribió informándome que había sido admitido, y agregaba: “Tendrá de maestro de novicios uno que también es poeta, en cierto sentido, y estudió como usted en la Universidad de Columbia”. Lo cual me había llenado de gozo doblemente: primero al saber que mi maestro de novicios sería Thomas Merton, a quien yo le había leído prácticamente todos sus libros, e incluso traducido; y segundo porque eso yo no lo había sabido antes al pedir mi admisión, y era una garantía de que yo no había escogido ese monasterio buscándolo a él sino a Dios. En su último libro él había escrito que seguramente lo enviarían a una nueva fundación. El que aun estuviera allí y además fuera el maestro de novicios era algo inesperado. Había sido nombrado maestro de novicios como un año antes que yo llegara. Y eso lo atribuí a una acción especial de Dios para mí. Más claramente lo sentiría así cuando dejó de ser maestro de novicios pocos años después de que yo me fuera.

Lo primero que Merton me dijo fue que el P. Abad le había encargado que me dijera que una condición para que yo entrara al noviciado era que renunciara a escribir. Yo le dije tranquilamente que desde que había escogido entrar a esta orden ya había hecho esta renuncia.

En realidad yo muy bien sabía por los libros de Merton que la trapa es una orden anti literaria. Esto que a mí me repugna era una de las razones por las que yo había escogido esta orden. Para entregarme totalmente a Dios yo debía renunciar a todo. Podría haber escogido la orden benedictina, que es de la familia de la trapa, y que se dedican principalmente a las artes y las letras, pero entonces no habría renunciado a mi gran amor: la poesía. También podría haber entrado a un seminario y ser sacerdote en Nicaragua, pero entonces no habría renunciado a otro gran amor: mi tierra y mis lagos. Yo debía ir a Dios despojado de todo. Merton recalcaba mucho en sus libros que como trapense escritor él era una excepción. Al principio no escribía, hasta que un Abad, anterior al actual, le ordenó que lo hiciera.

En cuanto al escribir, ahora me cuenta Merton que el presente Abad no está muy seguro de que él deba seguir escribiendo; en cualquier momento podría prohibírselo también a él. También era posible que a mí me permitieran escribir en el futuro. Esto no se podía saber. Pero era muy bueno para la paz interior estar con esta indiferencia. La prohibición era de escribir profesionalmente, es decir escribir para publicar. Pero sí podía tener mis cuadernos y libretas, y escribir, apuntes, notas, reflexiones.

Merton tenía unos ojos vivaces y regocijados; un semblante ingenuo e inocente; la cara redonda, y empezaba a ser calvo. Era un poco más gordo que delgado, no una figura alargada del Greco como yo lo imaginaba. Los trapenses no podían ser fotografiados, y así los millones de personas que leían a Thomas Merton no podían tener una idea de cómo era. Era relativamente joven; tenía diez años más que yo, y yo entonces tenía treinta y dos años.

También entre las primeras cosas que me habló fue preguntándome qué posibilidad había de una fundación trapense en Nicaragua. Precisamente la semana anterior había estado el P. Visitador y les había dicho que el próximo monasterio lo debían fundar en América Latina; porque ya habían hecho 12 fundaciones en los Estados Unidos, y de ahora en adelante todas las nuevas fundaciones debían ser hechas allá. Yo le hablé de la belleza de Nicaragua. Y también cómo había allí personas interesadas en apoyar una fundación trapense, sobre todo con motivo de mi ingreso aquí. Vi cómo le importaba mucho este tema, y me dijo que habría que hablar de esto al P. Visitador.

Yo iba a pasar pronto al noviciado, porque dentro de pocos días la casa de huéspedes estaría llena de visitantes. Me dijo que la austeridad física la podría aguantar muy bien, porque se dormía lo suficiente, siete horas —y siesta si uno quería, en el verano. La dieta no excluía más que carne, huevos y pescado, y que uno podía comer hasta llenarse. Hay desayuno, y éste era de café y pan. Me dijo que sin embargo debía estar preparado para luchar, porque también tendría que sufrir, y por lo que más tendría que sufrir era por el silencio y por la vida continuamente en comunidad. En cuanto a experiencias místicas yo ya sabía, me dijo, que no había que contar con ellas. Y alguien había definido la vida del monje como un semi-éxtasis y cuarenta años de aridez. Hablaríamos más al día siguiente”.


-2-
Al día siguiente regresó Merton a mi habitación como lo había anunciado. Estuvo viendo con mucho interés los libros que yo había traído y se llevó algunos para leerlos. Lo de los libros había sido por recomendación suya. Poco antes de mi salida de Nicaragua me había escrito una carta ya personal como maestro de novicios, para infundirme tranquilidad y ánimo; y en ella me decía que no vacilara en llevar conmigo un lote de libros, aquellos de mi preferencia. De no ser así yo hubiera llegado despojado de todo libro.

También le mostré algunas fotos de mis esculturas y le gustaron. Me las pidió para mostrárselas al P. Juan de la Cruz que era ceramista.

Hablábamos en español, porque su español era mejor que mi inglés. Lo que me sorprendió mucho, porque en todo lo que había escrito de su vida yo no recordaba que él contara nunca que estuviera aprendiendo español; y cómo lo había aprendido muy bien en el encierro de la trapa, me parecía como milagro. Más me sorprendería después, cuando me fui dando cuenta que los idiomas que él conocía eran muchos, muchísimos; nunca supe cuántos. Y ésta no fue la única cosa suya que yo vería después como milagro.

Me dijo que ahora él iba a perfeccionar más el español con mi conversación y con los libros que había llevado, porque antes había tenido muy pocas oportunidades de practicar el español. Me dijo que yo iba a practicar el inglés teniendo conversaciones con un monje que había sido un escritor de Hollywood, el que le hacía los argumentos a Beatriz Lillie, y autor de muchas otras películas.

Le agradó mucho ver el librito de pájaros que yo había comprado en Miami, y me dijo que eso me iba a ser de mucha utilidad en el monasterio.

Ahora yo ya iba a pasar de la casa de huéspedes al noviciado.

Mucho tiempo después me contaría Merton que cuando el Abad recibió mi solicitud de ingreso, se la dio a él para que me contestara rechazándola. Algunos latinoamericanos habían llegado antes y casi no habían durado nada. El Abad pensaba que las diferencias de clima, idiosincrasia, etc., hacían que este monasterio no fuera propio para los latinoamericanos, y en caso de que debieran regresarse sin tener con qué, los pasajes en avión serían una carga para el monasterio. Pero cuando Merton recibió mi solicitud, sintió —según me dijo— muy claramente en su interior una especie de voz que le decía: “Hay que recibirlo. Es muy importante que él venga aquí”. Eso hizo que él contraviniera la orden expresa del Abad, y así fue que a mí me llegara una aceptación de ingreso.

Y yo ahora pues ya iba a entrar al noviciado”.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.