Seguidores

miércoles, 28 de septiembre de 2011

CUBA Y MI VOCACIÓN

Al leer retrospectivamente mi camino espiritual comprendo que mi condición de cubano tiene un peso particular. Mi ser cristiano, mis búsquedas vocacionales, las viví siempre en un contexto peculiar, esta tierra que me vio nacer, en la que crecí y me formé, y en la que descubrí la fe y la llamada al sacerdocio ministerial. Como tantos cubanos, a lo largo de estos últimos 50 años, la posibilidad de emigrar, buscando una mayor libertad y cuota de posibilidades, gravitó sobre diversos momentos de mi existencia. El tener que decidir “permanecer o marcharme” fue parte también de mi proceso espiritual, del descubrimiento de mis prioridades, de las metas que me fui poniendo en mi formación humana y cristiana.
Por esta razón, porque no concibo mi camino cristiano, mi consagración y mi servicio ministerial, al margen de la Iglesia cubana y de esta gente con la que comparto suerte, me fue imposible aceptar el nuevo destino, República Dominicana, que habían decidido los superiores locales del Carmelo. Ninguna institución o estructura puede ignorar lo que hay de particular en cada uno de sus miembros, el equilibrio entre los intereses de la comunidad y la singularidad de cada uno de sus miembros es fundamental, o de lo contrario acabaríamos siendo parte de un organismo monstruoso, manipulador y garante de intereses anónimos. Lo adecuado sería armonizar y no contraponer los intereses individuales con los intereses de la comunidad, y así ganarían ambos.
Yo descubrí mi vocación en Cuba, y quise ser parte del Carmelo que en esta Iglesia y esta tierra peregrinan; no hice votos de servir en otra iglesia ni otra tierra, y no se me puede imponer hacerlo; mi fidelidad al Evangelio está íntimamente ligada a mi fidelidad a la gente de esta sufrida tierra, más que a una estructura, al parecer incapaz de entender lo que supone abandonar el país mientras este no goce de los derechos plenos a salir y entrar libremente. No estoy atado a la tierra que ahora piso, pero en este momento creo que debo permanecer en ella, incluso si ello supone abandonar la familia religiosa en la que he crecido espiritualmente.
He querido compartirles algo de lo que vivo actualmente en algunas entradas recientes, tal vez no con la claridad que deseo, pero es así como puedo expresarlo ahora, aun estoy en proceso, buscando, esperando; por el momento, si encuentro el apoyo que espero del obispo diocesano, voy a permanecer en Cuba, ejerciendo el sacerdocio ministerial. Tengo la certeza espiritual de que mi etapa como carmelita descalzo llegó a su final, no me identifico con lo que he veo hoy en esta familia, y no es raro que los hijos tengan que abandonar la casa paterna para alcanzar nuevas cuotas de madurez y libertad interior.
Cuando miro atrás digo: ¡Gracias!, y echando la mochila al hombro, pongo la mirada en el horizonte, y confío.

LA VÍA NEGATIVA

“El terreno del alma es oscuro” (Maestro Eckhart)

“La Ilustración nos ha convertido a todos los que vivimos en la civilización occidental, en ciudadanos de la luz. Y de las luces. Buscadores de la satisfacción del cerebro izquierdo, que está orientado hacia la luz. La invención de la bombilla de luz, de la electricidad, de las luces de neón y de los parcos interruptores de la luz fue un maravilloso producto de los adelantos tecnológicos de la Ilustración. Y con la bombilla de luz llegó también la radio, de modo que ya no sólo eran nuestros ojos los que eran atraídos hacia el exterior, sino también nuestros oídos. Con la televisión experimentamos un nuevo tipo de máquina de luz; una que combina ojos y oíos, luz y radio, para atraernos fuera de nosotros mismos. Luego vino la televisión a color, cuya luz es una luz muy, muy brillante de variedades de arco iris, aun más atrayente y exigente. La religión ha llegado estar también muy orientada hacia la luz en occidente. La religión del Positivismo es casi luz pura. Y todos los himnos sentimentales que ignoran la oscuridad o la reducen antropomórficamente al pecado humano y, por lo tanto, a la salvación, contribuyen a una iluminación excesiva de nuestro mundo.
¿Qué precio hemos pagado como nación por toda esa luz? Nos hemos vuelto temerosos de l oscuridad. Temerosos de la falta de luz. Y por ende, del silencio. De la falta de imágenes. Queremos más: más imágenes, más luz, más beneficios, más mercancías. Y si Eckhart estaba en lo cierto respecto al poder de la resta versus el poder de la suma, durante el proceso, nuestras almas se marchitan. Porque el crecimiento de la persona humana tiene lugar en la oscuridad. Bajo tierra. En pasadizos subterráneos. Ahí donde “ninguna imagen ha llegado jamás hasta lo cimientos del alma”, sólo actúa Dios.
Una espiritualidad orientada la luz es superficial: como una superficie, carente de las raíces profundas y oscuras que nutran, sorprendan y arraiguen al gran árbol”.

Matthew Fox, “La bendición original”, Obelisco.

LA FELICIDAD

Una buena amiga me comentó hace poco que yo hablaba poco de la felicidad; puede que ciertamente no fuera un término frecuente en mis entradas o comentarios personales, pero siempre está presente detrás de lo que creo y busco. Como señal de compromiso con el tema traigo aquí un texto de un maestro.


“Mira dentro de ti, entiende que existe un generoso reino de felicidad autosuficiente. Tú no lo habías encontrado antes dentro de ti, porque tu atención estaba volcada hacia las cosas en que crees, o hacia tus ilusiones con respecto al mundo.
Necesidades emocionales para conseguir la felicidad en el exterior, no hay ninguna; puesto que tú eres el amor y la felicidad en ti mismo. Sólo mostrando ese amor y gozándote en él vas a ser realmente feliz, sin agarraderas ni deseos, puesto que tienes en ti todos los elementos para ser feliz.
Pon tu felicidad en la vida y te darás cuenta de que, cuando quedas libre, es cuando eres capaz de amar.
Alimenta este valiente sentimiento. Tú alcanzaste la felicidad. ¿Consigues sentirla?
"La felicidad no está en lo que yo poseo sino en lo que soy". Tu yo es el que necesita ser. ¿Puedes verlo? Esta es la fe verdadera.
La felicidad y el amor van juntos pero no producen emociones, ni excitación, porque esto es enemigo de la felicidad. Tampoco producen aburrimiento, porque la felicidad nunca harta cuando es, de verdad, felicidad.
La felicidad no tiene contrapuesto porque nunca se pierde. Puede estar oscurecida, pero nunca se va porque tú eres felicidad. Si deseamos ser felices, podemos serlo inmediatamente, porque la felicidad está en el momento presente. Aun así, si deseamos ser más felices de lo que somos, o más felices que los otros, tenemos los atributos de una persona infeliz, porque las felicidades no se pueden comparar. Ese tipo de deseo es insaciable. Podemos ser tan felices como lo somos, y no podemos nunca medir cuán felices son los otros.
Abrir bien los ojos para ver que la infelicidad no viene de la realidad, sino de los deseos y de las ideas equivocadas. Para ser feliz no has de hacer nada, ni conseguir nada, sino deshacerte de falsas ideas, ilusiones y fantasías que no te dejan ver la realidad.
La felicidad no tiene causa. Cuando nada pueda herirte, ninguna persona, ningún acontecimiento, nada, entonces serás feliz.
¿Qué hacer para ser feliz? ¡Nada! No se hace nada. Es necesario desprenderse de las cosas. De la ilusión. De las ideas erróneas.
Nuestra felicidad o infelicidad dependen más de la manera por la cual percibimos y nos enfrentamos con los acontecimientos, que de la propia naturaleza de éstos. Si no te está gustando tu vida, hay algo radicalmente erróneo en ti.
Todos somos necesarios. El valor para tener en cuenta es ser feliz y buscar tu sitio en la vida.
Tú ya eres felicidad, eres la felicidad y el amor, pero no lo ves porque estás dormido”.

Anthony de Mello.

viernes, 23 de septiembre de 2011

COMUNIDAD Y PERTENENCIA

El Carmelo ha sido, durante más de 20 años, mi hogar espiritual. No podría narrar mi historia personal, mi crecimiento vital, mi desarrollo espiritual, sin hablar del Carmelo Teresiano. Momentos, personas, experiencias fuertes de Dios, amigos y maestros, todo eso encontré en esta familia religiosa, y todo ello me marcó de tal manera que mi identidad como cristiano, como consagrado, como sacerdote, no podría entenderse sin esta referencia particular. En el Carmelo conocí en profundidad a Teresa, a Juan de la Cruz, a Teresita y a Isabel, y encontré hermanas y hermanos de camino, temporales o permanentes, que no puedo olvidar; a Teresa la amaba antes de llegar al Carmelo, ella fue la que me condujo hasta esta familia, por eso era teresiano antes del Carmelo, y lo seguiré siendo hasta el final de mi vida.
Ahora, sin embargo, ha llegado el momento de salir del Carmelo. Es, indudablemente, una decisión difícil y dolorosa; en los últimos tiempos el Carmelo que yo conocí dejó de existir, aquel en el que yo me sentía como en casa, ya no está. Y viví acontecimientos que me hicieron entender, luego de mucho discernir y leer los signos del presente, que era hora de decir adiós y emprender un nuevo viaje. Aun no puedo ver lo que está por llegar, pero como he vivido otros momentos parecidos a lo largo de mi existencia, tengo la confianza de que el horizonte se aclarará y volveré a encontrar mi lugar.
No vivo una crisis de fe, ser de Cristo me ha enseñado a ser más plenamente la persona que soy, y a eso no renunciaré; tampoco es una crisis “sacerdotal” en el sentido en que concibo y vivo mi sacerdocio; creo que se trata de una “crisis de comunidad”. He sido siempre un defensor acérrimo del papel que juega una comunidad espiritual en el crecimiento personal, y como debo tanto a la iglesia en la que he hecho mi camino espiritual nunca podré renegar de ella. A la Iglesia Católica la puedo criticar, pero siempre la voy a amar entrañablemente, más allá de sus limitaciones. Puede ser providencial esta crisis, a punto de cumplir yo el medio siglo de vida, para ahondar en lo que significa eclesialidad, comunidad y pertenencia; así lo vivo, y creo que cuando este momento particular haya pasado tendré un poco más de sabiduría para compartir. No faltarán momentos de dolor e incertidumbre, pero tampoco ha faltado ni faltará la esperanza; soy un discípulo dispuesto a aprender, arriesgándolo todo.

MEMORIA EN SEPTIEMBRE

Cada ser humano que encontramos en el camino de la vida deja en nosotros su propia huella; a veces nos acompañan por un largo tiempo, otras apenas coinciden un momento fugaz con nosotros, pero de un modo u otro están ahí, y en lo que somos están también ellos. Pienso esto mientras reviso la agenda en la que suelo anotar las fechas importantes del año, y que reviso regularmente a causa de mi mala memoria; entonces al leer un nombre, o hacer memoria de un acontecimiento, regresan al presente un montón de imágenes, sentimientos, experiencias, y claro, también dolores. La huella de todo eso forma parte de lo que soy ahora, para bien o para mal.
Ayer, 21 de septiembre, fue aniversario de la muerte de Henri Nouwen: no le conocí personalmente, pero es igual, pues sus libros me han acompañado a lo largo de muchos años, y conozco casi todos los detalles importantes de su vida; a menudo pienso en Henri, en su vida y sus luchas personales, en lo que han significado para mi propia búsqueda personal, y en la verdad importantísima que me enseñó y me sigue recordando día tras día.
Luego hay nombres que evocan un momento particular de mi historia vital: Héctor, Juan Pablo, Yobel, José Enrique, Frank, Ángel; amigos que están o que estuvieron, que ofrecieron su mano o compartieron un tramo del camino; algunos luego desaparecieron, no he vuelto a saber de ellos, otros llaman cada cierto tiempo para dejar constancia de un afecto que no pasa. A pesar de todo y todos, la amistad es un regalo valiosísimo que enriquece y ennoblece lo que somos.
Y luego, están los que nos precedieron, en los que también se esconde parte del misterio de lo que somos: mis dos abuelas, Mary y Nena, y mi abuelo Francisco, al que todos llamábamos “Chicho”. En los últimos años he sentido la necesidad de saber más sobre ellos, sobre su vida, sus deseos, sus dudas, pero se hace difícil; presiento que si les hubiera conocido mejor, entendería mejor mis propios misterios.
Un 8 de septiembre de 1990 comencé el noviciado en el convento de los PP. Carmelitas Descalzos en la Habana, y un 11 de septiembre de 1995 recibí la ordenación sacerdotal en la Catedral habanera; el 17 de septiembre de 1998 llegué por primera vez a España para vivir durante un año en la ciudad de Ávila, conociendo en profundidad a Teresa y a Juan de la Cruz; y también un 14 de septiembre del 2004 comencé a trabajar en l parroquia de Santa Cruz del Norte, labor que desempeñé durante un año. Septiembre ha sido un mes importante para mí.
Y el último día de septiembre, además de ser aniversario de la muerte de Teresa de Lisieux, otra buena compañera de camino, es el cumpleaños de un amigo especial, con el que me siguen uniendo sentimientos encontrados y complejos, pero al que indudablemente llevo siempre en el corazón.
Al levantarme esta mañana tuve deseos de compartir con los amigos y amigas del blog algo más personal, cosa que solía hacer con más frecuencia en el otro blog, el de Teresa, que ahora ya no está; llevo tres meses viviendo en la ciudad de Matanzas, en una especie de “retiro”: soledad, lecturas, paseos, reflexión. Vienen cambios importantes en mi sendero personal y, mientras miro agradecido lo que quedó atrás, estoy oteando el horizonte en busca de una “nueva tierra” espiritual en la que habitar.

SJ: UN NUEVO LENGUAJE

Indudablemente que encontrar un nuevo lenguaje se convertirá en un propósito fundamental para TM a lo largo de toda su vida, lenguaje que se irá conformando en la misma medida en que el monje trapense vaya madurando espiritualmente. Por ello hago un paréntesis para resaltar lo importante de este asunto, que además constituye también, en mi opinión personal, uno de los aspectos básicos del nuevo ser cristiano con una nueva santidad y una nueva comunidad.
Así, en “Incursiones en lo Indecible”, TM apunta: “Lo que interesa más no on las respuestas formales ni las definiciones exactas, sino intuiciones difíciles en un momento de crisis humana”. La necesidad de encontrar un lenguaje nuevo para expresar la experiencia de lo trascendente y eterno es una de esas intuiciones y de hecho, otra mística del siglo XX, Etty Hillesum, escribió en 1942: “Para encontrar un nuevo lenguaje, apropiado a la nueva forma de ver la vida, hay que callar hasta haberlo encontrado. Y aun así no es posible callar. Sería también una huida. Hay que intentar encontrar el lenguaje mientras se habla. Asimismo, hay que seguir la transición del viejo lenguaje al nuevo en todas sus facetas” (Diario de Etty Hillesum, 137, Antropos).
Merton buscó y descubrió esa nueva manera de comunicar la experiencia honda que vivió de modo que llegará a sus contemporáneos, tan necesitados como él de una transformación interior liberadora, y de hecho sus libros resultaron cercanos y significativos para varias generaciones, y aun hoy lo son, pesar del paso del tiempo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

EL SIGNO DE JONÁS 2

Es mi propósito dedicar una serie de entradas de este blog a comentar textos y peculiaridades del libro “El signo de Jonás”, estos comentarios podrán ser de carácter general o particular, y como siempre llevan el deseo de motivar la lectura de esta obra y de otras obras de TM. No es lectura académica, sino personal; mi propio diálogo con la obra de un maestro.
“Un monje puede siempre, lícita y significativamente, compararse con un profeta, porque los monjes son los herederos de los profetas. El profeta es un hombre cuya vida entera constituye un testimonio vivo de la providente acción de Dios en el mundo. Todo profeta es un signo y un testigo de Cristo. Todo monje en el que Cristo viva y en el que, por consiguiente, se cumplan todas las profecías, es, repito, testigo y signo del Reino de Dios. Hasta nuestros errores son más elocuentes de lo que pensamos” (29).
Todo cristiano está llamado a ser profeta, en la misma medida en que todo ser humano está llamado a salir de si mismo, a mirar más allá de su circunstancias, y a alcanzar una nueva visión. Ser monje hoy supone mucho más que vivir dentro de los límites de una determinada estructura u organización religiosa. De modo que aquí entendemos por monje a todo ser humano que recorre los caminos del Espíritu, y por ello lleva consigo la necesidad de romper las barreras del egoísmo, la autocomplacencia y el miedo, para proponer lo nuevo que está naciendo siempre en su corazón, y que es la voz de Dios en él. Para ser profetas es necesario ser valientes y ser libres, y haber descubierto el rostro amoroso de Dios, pues únicamente así es posible desafiarlo todo y decir lo propio cuando llega el momento.
Me gusta que Merton incluya nuestros errores también como parte de nuestro mensaje; a menudo tenemos una visión “perfectista” del camino espiritual, que es ajena a nuestra propia condición humana. La elocuencia de nuestra vida, de toda ella, vale más que todas nuestras palabras, a menudo lastradas por los convencionalismos y las presiones del entorno. Los errores son muy humanos, pero pueden ser tan humanos que lleguen a ser divinos. En todo ser humano VIVE Cristo, así como suena, y pugna Cristo por revelarse en toda su estatura, humana y divina. La imagen de Jonás y su tránsito, usada por TM en el libro que comentamos, es muy apropiada para entender lo que digo.

sábado, 17 de septiembre de 2011

EL SIGNO DE JONÁS.

Siempre vuelvo a la lectura de “El signo de Jonás”, el libro más conocido de TM luego de su autobiografía, “La montaña de los siete círculos”; también para mí fue una gran alegría verlo reeditado en 2007 por Desclée de Brouwer, pues la edición de que disponía era bastante vieja, de tapa dura de color verde claro, y páginas muy amarillas. No obstante disponer de la nueva y tenerla toda subrayada y señalada, conservo aquella con especial cariño, porque en ella me introduje en el especial mundo de Merton, sus luchas y sus búsquedas, que tanta claridad espiritual trajeron a mi propia vida.
En la última edición del SJ aparece una breve pero rica presentación de Francisco R. de Pascual, gran conocedor de TM; de ella tomamos algunas ideas para adentrarnos en el libro. Con el paso del tiempo la vida y la obra de TM han sido más y mejor conocidas; sus numerosos lectores han dado paso también numerosos estudios y nuevas ediciones, sobre todo el lengua inglesa. Sigo esperando ansiosamente la edición en español de “The Thomas Merton Enciclopedia”, en preparación desde hace varios años; ella contribuirá a un mejor conocimiento del pensamiento mertoniano, pues aun con la multiplicación en los últimos diez años de nuevas reediciones de sus obras muchas personas dentro del ámbito católico miran con suspicacia al monje trapense, e incluso le tachan de tradicionalista y conservador, a la par que otros le tildan de liberal y alejado del pensamiento oficial de la Iglesia.
Con el SJ Merton introduce una nueva dimensión en la literatura espiritual autobiográfica, fusionando el discurso religioso con un lenguaje experiencial, más comprensible al lector común, no iniciado en la jerga eclesial. Válidamente apunta De Pascual, que ello es un muestra de cuán lejos se hallan todos los patrones o sistemas de la singularidad misteriosa de la persona humana. En este libro TM pone al lector en el ámbito mismo del claustro trapense y le hace partícipe de sus búsquedas, dudas y hallazgos espirituales, con buen gusto además, y gran sentido del humor. Merton ofrece una obra llena de buena espiritualidad, sin dejar de ser fiel a sus propias circunstancias concretas, individuales e históricas, tanto en sentido personal como comunitario.
A partir de la fecha en que se publica el libro, 1952, parece producirse un cambio de contexto teológico en la vida de TM; así apunta el comentario que seguimos:
1. Evolución desde la dicotomía de lo natural-sobrenatural de sus primeros escritos, hasta alcanzar la sabía intuición de que el verdadero equilibrio personal no se logra sino a través de la depuración en el crisol de la noche oscura, por medio de la lucha espiritual.
2. Exigencia de una sana autonomía psicológica para poder realizar lo anterior, requisito indispensable para la entrega definitiva a Dios y a los demás.
3. Expone su intuición de que el problema del yo nunca estará completamente resuelto para quien permanece vivo, abierto a la experiencia y dando testimonio escrito de lo vivido.

TM vive su personal aventura espiritual, asumiendo toda la rica tradición que le precedía, al mismo tiempo que aporta su vivencia propia y su singularidad; no ofrece respuestas definitivas ni propone dogmas espirituales, sino que busca y nos hace partícipes de ese proceso, nos comparte sus descubrimientos, llevándonos hasta el mismo vientre de la ballena, ese lugar donde no deseamos estar, pero donde a menudo la vida nos lleva. El magisterio espiritual de TM es un magisterio de libertad: no hay respuestas dadas, sino una clara invitación a vivir y a buscar lo propio como parte indispensable del camino eclesial o comunitario.
Vuelvo a citar un texto de Merton en el prólogo de este libro, que él titula “Viaje a Nínive”: “Me he propuesto exponer mis ideas con mis propias palabras, evitando toda terminología técnica. He querido trasmitir algo de lo que son los pensamientos y la vida espiritual de un monje, no con el lenguaje de la especulación, sino basándome en mi experiencia personal. Esto resulta siempre un tanto arriesgado, porque significa dejar el camino fácil y seguro de una terminología aceptada, para viajar por los caminos poco frecuentados de la poesía y la intuición. Al escribir Ascenso a la Verdad descubrí que el lenguaje técnico, aunque universal, preciso y aprobado por los teólogos, no es comprensible para el hombre corriente, y no trasmite lo que hay de más vital y personal en la experiencia religiosa. Como mi centro de interés no son los dogmas como tales, y sólo estudio sus repercusiones en la vida de un alma cuando en ella comienzan a encontrar su realización concreta, espero merecer perdón si empleo mis propias palabras para hablar de mi propia alma” (27).
Gracias a este propósito de Merton podemos disfrutar y aprovechar esta obra personalísima, en la que su autor se siente identificado con las luchas del profeta Jonás, mientras viaja hacia su destino en el vientre de una paradoja.
(Continuará...)

LIBROS PARA LEER

A menudo he recibido mensajes en este blog pidiéndome que recomiende la lectura de algunos libros, o que sugiera acerca de prioridades de lectura, en especial respecto a Merton, Nouwen, y otros de mis escritores preferidos. Aquí va por ello otra lista, ya he dado varias, de libros y sugerencias para leer, creo que nunca están de más:

1. “Enamorarse de Dios. Práctica de la oración cristiana”. William Johnston, Herder.
2. “El libro de la Vida”, Meditaciones diarias con Krishnamurti, EDAF.
3. “Diarios (1039-1968)”, (2 volúmenes), Thomas Merton, Oniro.
4. “El signo de Jonás”, Thomas Merton, Desclée, Caminos.
5. Comentarios a los tres libros fundamentales de Santa Teresa (3 libros), Tomas Álvarez, Monte Carmelo.
6. “Con el corazón y todos los sentidos. Lecturas para cada día”, Anselm Grün, Lumen.
7. “Pan para el viaje”, Una guía de sabiduría y de fe para cada día del año, Henri Nouwen, Obelisco.
8. La serie “Escritos esenciales”, de Sal Terrae, recoge textos fundamentales de importantes figuras del cristianismo más reciente: Simone Weil, Teilhard de Chardin, Dietrich Bonhoeffer, Carlo Carreto, Anthony de Mello, Etty Hillesum, Carlos de Foucault, y también Henri Nouwen y Thomas Merton, entre otros. La mejor oportunidad para acercarse a estos imprescindibles del pensamiento espiritual contemporáneo.
9. “Todos los Santos”, reflexiones diarias sobre santos, profetas y testigos de nuestro tiempo, Robert Ellsberg, Lumen.
10. “Historia del pensamiento cristiano”, desde los principios hasta nuestros días, Justo L. González, Caribe.


Evidentemente que esta lista está incompleta, y es muy subjetiva, además de que faltan libros que han sido muy importantes para mí, sobre todo los de aquellos a quienes llamo “mis maestros”. Pero ahora mismo, y teniendo en cuenta que sólo tengo a mi alrededor una pequeña parte de mi biblioteca personal, creo que vale para estimular la lectura de unos textos que han contribuido muchísimo a mi formación y desarrollo espiritual. Se los recomiendo encarecidamente

martes, 13 de septiembre de 2011

MERTON Y MARÍA.

A propósito de la celebración de la fiesta de María de la Caridad, patrona de los cubanos creyentes, traigo algunas entradas antiguas del blog que hablan de la devoción de Thomas Merton a la Virgen. Hace unos días celebré, esta vez en condiciones particulares, mi 16 aniversario de ordenación sacerdotal; de pronto me parecieron muchos más de los que pensaba, y sigo dando gracias por ese regalo de Dios y de la Iglesia. A finales del pasado mes estuve justo en el santuario de la Virgen, en el poblado del Cobre, cerca de la ciudad de Santiago de Cuba, y volví a poner, una vez más, como hizo Merton, mi camino espiritual, en las manos amorosas de la Madre.
Thomas Merton y La Virgen:La Santidad por María.

Un elemento particularmente interesante para mí en la espiritualidad de Thomas Merton es su profunda devoción a María; interesante porque uno esperaría que en alguien con la sensibilidad artística, la visión contemplativa o la formación intelectual de este hombre, las devociones no tuvieran cabida. Pero no es así, y a lo largo de su obra escrita encontraremos muchos textos que manifiestan su amor a la Madre de Dios. Comenzamos aquí una nueva serie dedicada a presentar textos de TM dedicados a la Virgen; el primero de ellos está tomado de su autobiografía:

“Uno de los grandes defectos de mi vida espiritual durante el primer año fue la falta de devoción a la Madre de Dios. Creía en las verdades que la Iglesia nos enseña acerca de Nuestra Señora, y decía el Ave María cuando oraba, pero esto no era suficiente. Las personas no se dan cuenta del gran poder que tiene la Virgen bendita ni saben quién es ella: de sus manos recibimos todas las gracias porque Dios ha querido que ella participe en su trabajo para la salvación de la humanidad.
Para mí, en aquellos días, aunque creía en ella, Nuestra Señora significaba un poco más que un hermoso mito, pues en la práctica yo no le ponía más atención que la que se le presta a un símbolo o a un poema. Ella era la virgen que se veía a la entrada de las catedrales medievales. Ella era la que yo había visto en todas las estatuas del Museo de Cluny y cuyas pinturas decoraban las paredes de mi estudio en Oakham.
Sin embargo, ese no es el lugar que le pertenece a María en la vida de los seres humanos. Ella es la madre de Cristo, su madre en nuestra alma. Ella es la madre de la vida sobrenatural que llevamos dentro de nosotros. Nosotros logramos la santidad por su intercesión. Dios no quiere que sea de otra manera”.
Thomas Merton: “La Montaña de los Siete Círculos”.

La condición sacerdotal de Merton es un elemento fundamental para comprender su vida y su espíritu, y un aspecto a tener en cuenta cuando intentamos adentrarnos en su mundo y tomarle como maestro. Ahora mismo me viene a la memoria uno de los capítulos de “El Signo de Jonás”, donde TM recoge todo lo relacionado con su ordenación, y el impacto que esto tuvo en su vida. Él vivió esos días con mucha apertura espiritual, y de hecho tuvo una comprensión bien amplia de lo que ese acontecimiento podía suponer. Tampoco olvidamos la presencia que tuvo en esos días su recuerdo agradecido a María de la Caridad del Cobre, a cuyo santuario había peregrinado años antes para conseguir esta gracia, y como le ofreció su primera misa, tal y como había prometido.

Acceder al sacerdocio supuso para TM la superación de ciertas imágenes que guardaba y que tal vez tenían que ver con su propia experiencia personal; así, el 30 de mayo de 1948, día de retiro, escribió:
“He pasado un mal rato tratando de imaginar qué es lo que va a significar para mí el hecho de hacerme sacerdote. A veces me aterroriza la idea de entrar a formar parte de una casta llena de limitaciones espirituales y de rigidez, pero el sacerdocio no es realmente eso, aunque algunas personas lo presenten de esa manera. En último término, la única solución a ese problema está en la obediencia. Yo sigo adelante por obediencia. Si mis superiores desean que yo sea sacerdote, esto por lo menos es sensato. Dios lo quiere, y quiere que sea algo bueno para mí, aunque puede comportar una muerte inimaginable”.

Luego, tres días después de su ordenación, apuntaba:
“Yo tuve la impresión de que todas aquellas personas que habían venido para verme se dispersaron en dirección de los cuatro puntos cardinales del universo con himnos y mensajes y profecías, hablando en lenguas y dispuestos a resucitar a los muertos, porque de hecho durante esos tres días nos sentimos henchidos del Espíritu Santo y el Espíritu de Dios pareció apoderarse más y más cada día de todas nuestras almas a través de las tres primeras misas de mi vida, mis tres gracias máximas”.

¿Qué supuso en ese momento para TM la ordenación sacerdotal?
“Es como si fuese la conclusión triunfal de una época y el comienzo de una nueva historia cuyas implicaciones me sobrepasan absolutamente”.


Merton, la Virgen y la Eucaristía.

El 23 de mayo de 1949 escribe en el diario: “Recuerdo a Nuestra Señora del Cobre, cuya basílica visité hace nueve años en este mes de mayo. La Virgen se ha portado muy bien conmigo. Su amor me ha seguido hasta aquí y me conducirá hasta Dios” (SJ, 171) Merton dice de sí mismo que es “verdaderamente hijo de Nuestra Señora” (176), y más adelante (10_junio): “Toda la vida espiritual se reduce a mirar a la Virgen con confianza, recibiendo fielmente cuanto nos llega por su mediación, sin asirlo o guardarlo como cosa propia” (179). Recordar la oración a la Virgen del Carmen, en Diarios I, 164: “Necesito que tus manos sanadoras actúen siempre en mi vida”. También de interés: “Semillas de Contemplación”, 111. Para Merton es la Virgen quien le conduce al sacerdocio, a la posibilidad de celebrar la eucaristía.

METAMORFOSIS

Cuatro hombres entablaron una discusión.
Cada uno decía:
"¿Quién sabe cómo
tener el Vacío por cabeza,
la Vida por espina dorsal
y la Muerte por rabo?
¡Quien sepa cómo será mi amigo!"

Con esto se miraron entre sí,
vieron que estaban de acuerdo,
se echaron a reír
y se hicieron amigos.

Entonces uno de ellos cayó enfermo,
y otro fue a verlo.
"¡Grande es el Creador", dijo el enfermo,
"que me ha hecho como soy!

Estoy tan doblado
que mis tripas están por encima de mi
cabeza;
reposo la mejilla
sobre mi ombligo;
mis hombros sobresalen
por encima de mi cuello,
mi coronilla es una úlcera
que inspecciona el cielo;
mi cuerpo es un caos
pero mi mente está en orden."

Se arrastró hasta el pozo,
vio su reflejo y declaró:
"¡Menuda porquería
ha hecho de mí!"

Su amigo le preguntó:
"¿Estás descorazonado?"

"¡En absoluto! ¿Por qué habría de estarlo?
Si Él me hace pedacitos,
y con mi hombro izquierdo
hace un gallo,
yo anunciaré el alba.
Si Él hace una ballesta
de mi hombro derecho,
suministraré pato asado.
Si mis nalgas se convierten en ruedas
y si mi espíritu es un caballo.
¡me pondré yo mismo los aparejos y
cabalgaré
en mi propio carro!

Hay un tiempo para unir
y otro para deshacer.
Aquel que entiende
esta sucesión de hechos
acepta cada nuevo estado
en su momento preciso
sin dolor ni regocijo.
Los antiguos dijeron: 'El ahorcado
no puede descolgarse solo.'
Pero a la larga la Naturaleza es más fuerte
que todas sus cuerdas y ataduras.
Siempre fue así.
¿Qué razón hay
para descorazonarse?

Thomas Merton
“El camino de Chuang Tzu”.

RISA CONSOLADORA

CUANDO una persona alza su mirada hacia Él, hacia Jesucristo,
le sobreviene una transformación, en comparación
con la cual la mayor revolución es una nimiedad.
Consiste, sencillamente, en que quien alza la mirada hacia
Él, cree en Él, puede llamarse y ser aquí en la tierra hijo de
Dios. Es ésta una transformación interior que, sin embargo,
resulta imposible que se quede en algo puramente interior.
Por el contrario, cuando se produce, se abre paso
con fuerza hacia fuera. A esa persona le amanece una gran
luz, intensa y constante. Y precisamente esa luz se refleja
en su rostro, en sus ojos, en su conducta, en sus palabras y
en su manera de comportarse. A una persona así, incluso
en medio de sus preocupaciones y sufrimientos, pese a todos
sus suspiros y gruñidos, se le causa una alegría: no una
alegría gratuita y superficial, sino profunda; no pasajera, sino
permanente. Y precisamente esa alegría lo convierte,
aun cuando esté triste y sus circunstancias sean igualmente
tristes, en una persona de la que, en el fondo, se adivina
que es una persona alegre. Digámoslo con franqueza: ha
recibido algo por lo que reír, y no puede reprimir esa risa
ni siquiera cuando, por lo demás, no tiene nada de qué reír.
No se trata de una risa malvada, sino bondadosa; ni de
una risa sarcástica, sino amable y consoladora; tampoco es
una risa diplomática, como se ha hecho habitual en el ámbito
de la política, sino una risa sincera, procedente de lo
más profundo de su corazón.

Kart Barth.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.