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jueves, 19 de septiembre de 2013

¿CONTEMPLATIVOS O PROFÉTICOS?

Contemplativo es una mala palabra. Cuando hablamos de nosotros, los monjes, como contemplativos, nos enfrentamos con el problema de que no somos más que contemplativos. No somos profetas. Estamos fallando en el aspecto profético de nuestra vocación. ¿Por qué? Quizá porque pertenecemos a una cristiandad tan profundamente implicada en una sociedad que ha sobrevivido a su vitalidad espiritual y que, no obstante, busca a tientas una nueva expresión de la vida en medio de la crisis. Nuestros monasterios no están sirviendo a ningún tipo de vocación profética en el mundo moderno. Si debemos o no ser capaces de hacerlo es otra cuestión. El carisma profético es un don de Dios, no un deber del hombre.
Pero, por otra parte, si el don no ha sido otorgado quizá sea porque nosotros, los que hemos oído el llamado, no nos hemos preparado. Me parece que los contemplativos deberían poder decir al hombre moderno algo sobre Dios que respondiese a la acusación profundamente importante y significativa que hizo Marx contra la religión. Marx decía que la religión conduce inevitablemente a la enajenación del hombre; que no es una realización sino un opio. El hombre, al adorar a Dios, se despoja de sus propios poderes y de su propia dignidad, y se los atribuye a un Dios invisible y remoto, a quien después ruega que se los devuelva pedazo a pedazo, por entregas al detalle. Pero no es así. Cada día nos damos mejor cuenta de que la negación de Dios es realmente la negación del hombre. Y, por otra parte, la afirmación de Dios es la auténtica afirmación del hombre. Barth dijo en algún lugar: “Simplemente hablar del hombre en voz alta es no hablar de Dios”. A menos que realmente afirmemos a Dios, no afirmaremos al hombre. A menos que afirmemos a Dios como el que nos llama a la existencia, a la libertad y al amor que es la realización de esa libertad; a menos que afirmemos a ese Dios, no afirmamos aquello sin lo cual la vida del hombre carece de significado.
Gran parte de la vida monástica y de la espiritualidad contemplativa no es necesariamente abstracta en sentido filosófico, sino que constituye un comportamiento artificial en el cual el pensamiento, encarnado en formas rituales, se opone a los hechos concretos de la existencia. Para convencernos de que llevamos una vida espiritual y contemplativa, ¿no convertimos en un fetiche la sumisión de las realidades de la existencia humana a formas y legalismos rituales?
 Los monjes debemos poder asegurar al hombre moderno que Dios es la fuente y la garantía de nuestra libertad y no simplemente una fuerza que se halla por encima de nosotros para limitar esa libertad.
 En el conflicto entre libertad y ley, Dios está a favor de la libertad. ¡Vaya declaración escandalosa! Pero ¡está en el Nuevo Testamento! ¿Cómo vamos a afirmar ante el mundo moderno el escándalo del Nuevo Testamento? Es aquí donde nos enfrentamos a la seriedad de nuestra vocación profética como algo distinto de nuestra vocación contemplativa.
Sin duda alguna, este es el mensaje que el monje debería dar al mundo. ¿Pero hasta qué punto pueden expresarlo así los monjes? Al parecer, estamos tan comprometidos a respetar la ley como cualquier otro. ¡Más que otros! Multiplicamos las leyes. Vivimos una existencia altamente mediatizada en la que, en cualquier momento, la regla y el rito pueden sustituir a la experiencia y el encuentro auténticos.
Nuestro encuentro con Dios debería ser, al mismo tiempo, el descubrimiento de nuestra libertad más profunda. Si nunca Lo encontramos, nuestra libertad nunca se desarrolla totalmente. Tan sólo puede desarrollarse en el encuentro existencial entre el cristiano y Dios, o entre el hombre y Dios, ya que no sólo los cristianos encuentran a Dios. Todo hombre en cierto momento de su vida encuentra a Dios, y muchos que no son cristianos han respondido a Dios mejor que los cristianos. Nuestro encuentro con Él, nuestra respuesta a Su Palabra es la búsqueda y el reclamo de nuestra libertad más profunda, de nuestra verdadera identidad”.

Thomas Merton

“Acción y contemplación”.

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-Thomas Merton-

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