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viernes, 20 de marzo de 2009

Otra mirada sobre la santidad (final).



Con esta entrada terminamos de compartir el prólogo del libro "TODOS LOS SANTOS", de Robert Ellsberg:


"Resulta de especial importancia transmitir estas lecciones a nuestros hijos, tan fáciles de seducir por nuestra cultura que admira l0 que es meramente locuaz o exitoso, que honra el poder, la belleza superficial, y la ilu­sión de la celebridad... la mayoría de nosotros ha sentido, alguna vez, cómo responden nuestros corazones a esos ejem­plos de coraje, bondad o nobleza espiritual que fueron nuestra inspiración hacia un camino más elevado. Lo mismo sucedió con los santos. Uno de los motivos recurrentes de sus historias es la importancia de un encuentro con otro santo, al­gunas veces en persona, pero a menudo a través de la lectura de una historia o de haber escuchado una leyenda. Puedo, sin mentir, decir acerca de mi propia vida, que he aprendido mucho menos de los evangelios estudiando teología, que de las vidas de la gente santa. Esto refleja, en parte, la estructura narrativa del evange­lio cristiano. Las verdades del cristianismo se verifican en los testigos vivientes más que en los silogismos lógicos.
Pero los santos hacen más que ofrecemos un ejemplo edificante. Hay, en ver­dad, un aura de trascendencia y poder sagrado que rodea sus vidas. Esto tiene po­co que ver con un muestrario de milagros, en el sentido tradicional. Tiene más relación con una cualidad del misterio que se ve reforzada sólo a través de sus idiosincrasias. Como las figuras en el vitral, los ilumina una fuente más allá de ellos mismos. De este modo, si les permitimos, nos ayudan a despertar a la com­prensión de que nuestras vidas se hallan iluminadas por la misma fuente. Como observara el Cardenal Suhard, ser santo significa "vivir de una manera tal que no tendría sentido si Dios no existiera."
L0 que me ha sorprendido (de los santos) es el carácter inflexible de su compromiso, su vo­luntad para sacrificado todo por su vocación. Algunas veces, l0 que ahora los ha­ce aparecer heroicos o admirables, en su momento y a los ojos de sus contempo­ráneos los volvió difíciles de tolerar. Esto también debe ser reconocido. La san­tidad no es sinónimo de "gentileza" o "bondad", en el sentido usual.
Por otra parte, qué humanos que son. A pesar de los efectos sobrenaturales con que las leyendas puedan adornarlos, lo que aparece una y otra vez, es su hu­manidad. Experimentaban dudas, debilidades, soledad, y miedo, al igual que to­dos nosotros. Pero finalmente sus vidas estaban organizadas alrededor de los principios más elevados: la capacidad humana para amar, para sacrificarse, y la generosidad. "Pureza de corazón" decía Kierkegaard, "es desear una sola cosa." Esta unidad de intención es una de las características que unen a muchas de es­tas figuras. Lo que no significa estar libres de la ambigüedad que vuelve difícil reducir cualquier vida a una sola significación o mensaje. Pero bajo la mirada de
la contemplación, hay algo que emerge a la superficie: sus faltas, debilidades o limitaciones, no son su mensaje esencial ni su legado.

¿Qué tenían en común? No se esforzaban por ser "santos." Quizás se dedica­ron seriamente a la tarea de ser humanos, comprendiendo esta vocación en el sen­tido profundo reflejado en las viejas fórmulas del catecismo: "¿Quién nos ha creado? Dios nos creó. ¿Para qué nos creó Dios? Para conocerlo, amarlo y ser­virlo en esta vida y gozar de Él en la vida eterna."

No, los santos no son seres humanos perfectos. Pero a su propia manera par­ticular, se volvieron auténticos seres humanos, dotados de la capacidad de des­pertar esta vocación en otros. A Dorothy Day, como ya he dicho, no le gustaba que la llamaran santa: "Cuando te llaman santa, significa, básicamente, que no debes ser tomada en serio." Este libro ofrece un argumento diferente: que llamar a alguien santo o santa, significa que su vida debe ser tomada con la mayor se­riedad. Es una prueba de que el evangelio puede ser vivido".


(Volvemos a recomendar aquí este libro cuyo prólogo hemos compartido durante durante varias entradas, no es la habitual selección de santos que encontramos en las librerías. Es otra mirada sobre la santidad y la posibilidad real de seguir en nuestra propias vidas los ejemplos que se proponen. Hombres y mujeres, de carne y hueso, que quisieron vivir para alabar a su Creador).

3 comentarios:

Manuel. dijo...

Ayer celebramos la solemnidad de SAn José. Aunque no soy muy dado a devociones tengo una particular afinidad por la figura de San José; a él estuvo dedicada mi primera comunidad parroquial, y también a él la última en la que he trabajado. En el cánon de la misa siempre le menciono, aunque no aparece, porque lo veo de justicia. San José es el símbolo del hombre sencillo, cuya fe, en medio de la oscuridad, pone una luz para el vivir cotidiano. Como Abraham, él "creyó contra toda esperanza". Los Carmelitas Descalzos además recibimos de Teresa el amor por San José, de quien ella decía, se podía acudir en cualquier circunstancia, pues nunca nos dejaría de oir. Este blog y todos los que pasan por él, quedan desde hoy encomendados a San José.

Carmen dijo...

Hola Padre Manuel, creo que la felicidad tiene que ver mucho con la santidad de vida...voy a encargar el libro para comprarlo en Barcelona de España.

En mi pequeño jardín tengo un jasmín de azahar y todos los años florea para el día de San José. Se llena de flores que perfuman la casa. Los sacerdotes de mi parroquia nos rocían con agua bendita empleando un ramo de jazmín de azahar...bueno, es un verdadero regalo de San José el perfume de las flores en su día.

Me encanta la espiritualidad carmelita, por el amor que profesan a la Madre de Jesús. Por su abnegación y por ser tan humanos...bendiciones,
Carmen

Acuarius dijo...

saludos en la luz..

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.