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jueves, 6 de diciembre de 2012

AUTENTICIDAD Y HUMANIDAD


La renovación monástica debe, ahora más que nunca, aspirar a la autenticidad”. Así escribe TM en uno de los capítulos de “Acción y contemplación”, donde comenta sobre la crisis de identidad de los que acuden al monasterio para ser monjes. Merton habla acerca del hombre de su tiempo, más allá de los límites de la institución monástica, y sus análisis conservan actualidad, y dan luz a la hora de vivir una vida auténtica en cualquier ámbito de la sociedad.
“La autenticidad que desea sinceramente y con razón el monje moderno, lo tenga o no totalmente consciente, es antes que nada una fidelidad a su propia verdad y a su propio ser interior en cuanto persona. Lo primero de todo (algo que era mucho menos precario en tiempos pasados) es la auténtica afirmación de su propia identidad. Sin este punto de partida se perderá todo lo demás.
 Mas una vida monástica que tienda sistemáticamente a negar y frustrar al monje en esta búsqueda de su propia autenticidad interior antes que nada, amenazará necesariamente la autenticidad de su vocación. No le dejará más que una alternativa: o bien someterse, sacrificar su integridad y su fidelidad a esta exigencia primerísima de su  conciencia y vivir como un zombi, o bien dejar el monasterio. Tan sólo los maduros serán capaces de adaptarse al monasterio a pesar de todo y vivir como verdaderos monjes aunque el espíritu de la comunidad pueda ser hasta cierto punto inauténtico”.
 Aquí aflora el humanismo mertoniano, que creo yo es fruto de su experiencia precristiana y de su amplia cultura, que dieron a su búsqueda cristiana y monástica una dimensión peculiar. Merton afirma: “No debemos tolerar en ningún caso la supervivencia de una espiritualidad que, ya sea explícita o implícitamente, parezca requerir el sacrificio de la autenticidad y la integridad personales. Esto equivaldría al sacrificio de la verdad, sería como vivir una mentira”.

“Debemos tener mucho cuidado de no tolerar ninguna ambigüedad en este campo, por ejemplo, aprobando conceptos de humildad y obediencia que parezcan decir que la abdicación completa de nuestra autonomía y dignidad personales es un valor fundamental del ascetismo monástico. No debemos predicar una obediencia que sea un sometimiento meramente pasivo, una humildad que sea una gozosa aceptación de la abyección despersonalizada, una espiritualidad que glorifique, como abnegación, la abdicación total de todo valor y toda identidad humanos. Esto debe verse como lo que es: un rebajamiento del hombre que no da ninguna gloria a Dios, sino que constituye una teología barata y un falso sobrenaturalismo que ponen en grave peligro la fe de quienes se dejan atrapar por ellos durante un tiempo, solo para abandonarlos más tarde, disgustados y desilusionados”.
“Una espiritualidad que desprecia la naturaleza y menosprecia a la persona humana es fundamentalmente divisoria y maniquea. Implica un concepto profundamente dualista de Dios y Su creación, en el que la creación parece oponerse a la bondad de Dios y ser completamente ajena a Dios; de hecho, a esta luz,  la creación parece ser algo que Dios maldice, en vez de bendecirla y redimirla. Así pues, en lugar de utilizar los bienes de la naturaleza que Dios nos ha dado, les tememos y los despreciamos. Los rechazamos y los pisoteamos con desden. ¡Pero eso es algo que no podemos permitirnos cuando se trata de nuestra propia libertad, de nuestra integridad, de nuestra dignidad como personas! Despreciar a la persona humana y su identidad es despreciar la imagen de Dios reflejada en el hombre, Su criatura y Su hijo”.

Así, TM, desde su visión espiritual, profundamente humanizadora, puede afirmar: “La vida monástica tiene como misión ante el mundo afirmar no sólo el mensaje de salvación, sino también los valores humanos más fundamentales que el mundo necesita con tanta urgencia recuperar: la integridad personal, la paz interior, la autenticidad, la identidad, la profundidad interior, la alegría espiritual, la capacidad de amar, la capacidad de disfrutar de la creación de Dios y de dar gracias. Si el mundo no puede encontrar estas cosas en el monasterio, de poco sirve seguir los últimos cambios de la liturgia, tener las máquinas más eficientes y estar haciendo un buen negocio.
 Nuestra tarea primordial es ser plenamente humanos y permitir que la juventud de nuestros días se encuentre y crezca en su condición de hombres e hijos de Dios. No hay ninguna necesidad de tener una comunidad de robots religiosos sin mente, sin corazón, sin ideas y sin rostro. Esta enajenación insensata es la que caracteriza al mundo y a la vida en el mundo. Hoy la espiritualidad monástica debe ser un humanismo cristiano y personalista que busque y salve la verdad íntima del hombre, su identidad personal, a fin de consagrarla por entero a Dios”.

1 comentario:

Cor Ad Cor dijo...

Merton fue profeta y místico, y su espiritualidad responde a ambas experiencias de Dios. Un tipo de espiritualidad que considerada tan necesaria para muchos, como temida por algunos. Y es que la mística es una espiritualidad que no es dependiente, ni tributaria, de nada externo y dual (no se somete a esquemas normativos establecidos).
Obviamente, Merton no es poseedor de ninguna verdad única o absoluta, y se puede estar de acuerdo con algunas de sus interpretaciones y disentir de otras. Ni el ni nadie puede ser totalmente imparcial y objetivo en su visión de todas las cuestiones. En su caso, entre otros motivos, porque no podía sustraerse por completo (consciente o inconscientemente) de determinados condicionantes determinados por su condición profesional oficial dentro de una estructura institucional, por su mapa existencial psicológico y por el contexto cultural general del tiempo en el que vivió.
Lo que sí es muy cierto es que fue un importante precursor en la propuesta de renovación monástica, y de la experiencia espiritual cristiana católica en general.
No es posible la espiritualidad cristiana que nos desvincule de lo humano, que no sea encarnada, que nos separe o aparte del mundo y de nosotros mismos. Una espiritualidad que nos enajene y aísle de la realidad y de la vida, que nos coarte emociones y sentimientos, que nos imponga o categorice caminos, que nos condicione mediante liturgias rituales y obediencia a normas, que nos haga dependientes de intermediarios divinos con legitimación oficial, que nos ponga al servicio de grupos e instituciones cuyo objetivo primordial es su subsistencia (conservando poder y manteniendo patrimonios ). Se trataría de una espiritualidad mítica, no mística. Y,desde luego, no es la espiritualidad del Jesús histórico, del Cristo de nuestra fe.
De corazón a corazón, un abrazo.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.