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sábado, 21 de junio de 2008

El último puesto: Charles de Foucauld.


Charles de Foucauld, nacido en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858, era un noble vizconde. Por sus venas corría sangre noble y acostumbrada al mando. Se formó en una academia militar, llegó a ser oficial del ejército francés, y a la edad de 25 años, se embarcó en lo que entonces era una empresa muy peligrosa: la exploración de Marruecos.
Sin embargo, este soldado y aventurero, y apóstata desde sus años de colegio en Nancy, habiéndose enamorado de Cristo con la fuerza de un San Francisco, buscó en el Evangelio su personalidad, su carácter, su vida.
Es raro encontrar un hombre más apasionadamente empeñado en descubrir los detalles de la vida de Jesús para imitar su actitud, sus gestos y sus intensiones ocultas.
Pues bien: en esta búsqueda amorosa, hecha para encontrar materia de imitación fiel y viva, Charles de Foucauld se asombra sobre todo de una cosa: Jesús es un pobre y un obrero.
Nadie puede contradecir este hecho. El Hijo de Dios, que libremente podía escoger, lo que no ocurre con ningún otro, escogió no sólo una madre y un pueblo, sino una situación social, y quiso ser un asalariado.
Y lo que principalmente conmovió a este noble convertido fue precisamente esta determinación voluntaria de Jesús de perderse en una aldea anónima de Oriente Medio, de anonadarse en la monotonía cotidiana de treinta años de trabajo rudo y miserable, de desaparecer de la sociedad “que cuenta”, para morir en un anonimato total.
Y se puso a buscar apasionadamente las intensiones que guiaron al divino Maestro en la elección de su vida, de toda su vida.
Y no tardó en prorrumpir en aquella exclamación que, en el fondo, será la guía ascética de la vida del gran explorador de Marruecos y del místico sahariano: “Jesús buscó el último puesto de tal manera que puede difícilmente podrá quitárselo nadie”.
Nazaret era el último puesto: el puesto de los pobres, de los anónimos, de los que no cuentan, de la masa de los obreros, de los hombres plegados a las duras exigencias del trabajo por un poco de pan.
El “Santo de Dios” realiza su santidad con una vida no extraordinaria, sino impregnada toda ella de cosas ordinarias, de trabajo, de vida familiar y social, con actividades oscuras y sencillas, compartidas por todos”.


Escritos Esenciales.
Carlo Carreto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Desde hace años tengo una especial devoción a Carlos de Foucauld, y he pensado incluso en los Hermanitos de Jesús como una vocación a la que Dios me llama. Por naturaleza me siento llamado a la soledad y al silencio, y a eso que aparece en su entrada como "elegir el último lugar".
Gracias por esta entrada.

Alberto Suaréz.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.