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lunes, 30 de junio de 2008

Merton en Alaska.


En 1968, último año de su vida, Thomas Merton viajó como no lo había hecho desde diciembre de 1941, fecha de su ingreso en la orden cisterciense: visitó dos veces California, dos veces nuevo México, Washintong, D.C., Chicago y Alaska. Fue un año clave en la vida de Merton, año de búsqueda ininterrumpida y nuevas experiencias, que no ha sido estudiado todo igual, pues la atención que se ha puesto a su periplo asiático ha eclipsado al resto de los viajes. Lo que él buscaba era un cambio, anhelaba una catarsis, y el 9 de septiembre, dos días antes de abandonar Getsemaní y Kentucky, escribió en su diario:

“Voy con un espíritu totalmente abierto. Espero que sin especiales ilusiones. Mi esperanza es sencillamente gozar de tan largo viaje, aprovecharlo, aprender, cambiar y tal vez encontrar algo o a alguien que me ayude a progresar en mi propia búsqueda espiritual. No parto con un plan preestablecido de no volver ni con la determinación absoluta de volver a toda costa. De hecho, siento que aquí no hay de momento mucho que me atraiga y que, por este motivo, necesito estar abierto a otras múltiples posibilidades nuevas. Espero estarlo. En cualquier caso continúo siendo un monje de Getsemaní. Que vaya o no a terminar mis días aquí es algo que desconozco, ¡Y tal vez no sea importante! ¡Lo verdaderamente decisivo es responder perfectamente a la voluntad de Dios en esta oportunidad providencial, trátese de lo que se trate”.

Durante ese año y esos viajes Merton dio conferencias, dirigió seminarios y retiros, habló y charló acerca de lo que hacía, pero el objetivo fundamental que llevaba era explorar, observar, “seleccionar” lugares que le ofreciesen a él y tal vez a otros monjes, la posibilidad de gozar de mayor soledad, retiro y aislamiento que en Getsemaní, incluso en el Eremitorio, pues el sitio donde Merton vivía en el monasterio ya era demasiado accesible para personas que hacían retiro en la abadía, amigos o visitantes casuales.
Las nuevas disposiciones que asumió un abad recién elegido, diferentes a las que hasta ese momento animaban la vida de Getsemaní, y las del propio Merton, hicieron que estos viajes fueran posibles, aunque siempre tuvo claro (a pesar de los rumores de entonces y de ahora) que no tenía intensiones de abandonar la Orden o de romper sus vínculos con Getsemaní.

Merton emprendió sus viajes con entusiasmo y optimismo juvenil, y llegó a Alaska con mente abierta, aunque su mirada más larga estaba puesta en Asia. Ese entusiasmo tal vez le hizo valorar ciertas cosas en sus viajes ingenuamente y de manera poco crítica. A merton Alaska le gustó, y pensó en la posibilidad de vivir allí.

“No tengo la menor duda de que este es un lugar para la soledad”.

“Pienso que Alaska seria el mejor lugar de Estados Unidos para establecer un eremitorio”.

“Personalmente, no puedo decir con certeza que yo me sienta llamado a vivir aquí como eremita, pero ciertamente creo que esta es una posibilidad real, que debo tener en cuenta y estudiar mas atentamente, y tal vez tomar una decisión a mi vuelta de Asia”.

“He encontrado suficientes lugares solitarios como para satisfacer las exigencias de cualquier ermitaño hasta el día del juicio. Es muy posible que si vuelvo de Asia, y cuando vuelva, termine instalándome aquí”.


Pero el viaje de Merton a Asia no tuvo regreso. La muerte le sorprendió en Bangkok.

Esta entrada es un resumen, aderezado con ideas propias, de la introducción a “Dos semanas en Alaska”, Editorial Oniro, escrita por Robert E. Daggy

1 comentario:

M. Jose dijo...

Hola, te he cogido parte del texto para mi blog...
Me viene bien para mi viaje. Pensaba poner algo mio...Pero las palabras de Merton son las más apropiadas para lo que yo queria expresar...
Gracias
Un abrazo

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.