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miércoles, 30 de julio de 2008

Mente despierta.


En uno de los apéndices de “Diario de Asia”, de Thomas Merton, aparece el texto: “Sobre la conciencia despierta”, de Bhikkhu Khantipalo. De él son los siguientes pasajes:

Mente despierta: “El estado de mente despierta es aquel en que uno es consciente de lo que está haciendo, de eso y nada más que eso”.

¿Cómo se establece la conciencia despierta? Existen cuatro ejercicios subordinados a cuatro temas o aspectos principales: conciencia despierta del cuerpo (Plena atención), conciencia despierta de los sentimientos, conciencia despierta del estado mental, conciencia despierta de las áreas mentales concomitantes.

Me interesa particularmente lo referido a la conciencia despierta del cuerpo. Dice:

“Hay ejercicios corporales orientados a prestar atención a la respiración, a las cuatro posturas básicas del cuerpo (andar, estar de pie, sentarse y acostarse) y a sus acciones (doblar los miembros, vestirse, comer, hablar, estar callado, defecar y orinar), y a las pequeñas partes que componen el cuerpo, a la percepción del cuerpo en distintos estados de decadencia (pensando: tal y como veo eso, así me veré yo), y a la reflexión analítica sobre el cuerpo en cuanto formado por los cuatro grandes elementos.
Todos estos ejercicios tienen como fin desmantelar el apego al cuerpo en cuanto “yo” o “mío”, siguiendo el método de calmar primeramente la mente, y después desarrollar la introspección. Pero este método no es igualmente adecuado para todas las personas. Por ejemplo, aquellas que se sientan afectadas por un alto grado de lujuria o concupiscencia, deberán profundizar en los aspectos repulsivos del conjunto corporal y reflexionar sobre la decadencia de su propio cuerpo según los aspectos que pueden observarse en un cadáver. Por otro lado, una persona distraída debería utilizar la mente despierta de la respiración para controlar su mente; y una de naturaleza inteligente debería concentrarse en el análisis de los elementos. Aquí es donde se necesita un maestro, a fin de instruir al que medita en qué puntos debe concentrar su atención, dada la dificultad que hay en juzgar por uno mismo”.


Los cuatro elementos: tierra, agua, fuego, aire.
La tierra es dureza, solidez, y puede ser observada en partes del cuerpo, tales como los huesos, los tendones, los músculos, etc. Esta “tierra” deberá ser identificada interiormente con la otra “tierra” que está fuera de nosotros: toda clase de dureza, como tierra, roca, árboles, cemento, etc. El objetivo no es otro que constatar tanto interna como externamente que cualquier “tierra” es solamente un elemento terrestre, no es ni “yo”, ni “mío”. Así adquirimos indiferencia con relación al cuerpo.
Lo mismo podemos hacer con el elemento agua y todo lo que es líquido, dentro y fuera del cuerpo.
El elemento fuego contiene todo lo que tiene temperatura, caliente o frío, sea o no corporal.
El elemento aire también se encuentra dentro y fuera.
Todos ellos deben ser abordados como simples elementos, sin sentido de propiedad.

(Texto completo: Diario de Asia”, T.Merton, páginas 259-266)

lunes, 28 de julio de 2008

Henri Nouwen: un libro abierto.


Repasando una de las biografías de Henri Nouwen encontré este texto que me hizo pensar de inmediato en Thomas Merton, por las similitudes que entre ambos maestros espirituales se da respecto de la escritura y el lugar que ocupa en la plena revelación del misterio personal de cada uno. Ambos escribieron y compartieron sus diarios personales con sus lectores, ambos hicieron del escribir un ejercicio espiritual.

“Los libros de Henri Nouwen tratan cuestiones espirituales, como la oración y el ministerio sacerdotal, además de problemas más existenciales, como la soledad y la división entre ricos y pobres. Nouwen también estuvo escribiendo ininterrumpidamente la historia de su vida, ya fuera a través de la publicación de sus diarios o relatando sus experiencias espirituales. Incluso en sus libros acerca de cuestiones espirituales más amplias, la mayoría de los ejemplos que utilizaba procedían de su propia vida. La elección de este estilo de escritura le permitió no dejar nada en abstracto. Todo lo que decía lo llevaba a ras de tierra y lo hacía suyo, añadiéndole un toque personal. A medida que fue escribiendo cada vez más acerca de sus experiencias, sus decisiones y sus preocupaciones, su propia vida personal se convirtió en una parte importante de su mensaje. Los libros y la vida de Henri Nouwen se solapaban y entremezclaban constantemente. A la larga, su vida como escritor de libros espirituales acabó por ser un libro abierto, el cual podemos “leer” y del que podemos aprender extraordinariamente”.

“El amado de Dios. Biografía espiritual de Henri Nouwen.
Autor: Michael O´Laughlin.
Desclée De Brouwer.2006.

sábado, 26 de julio de 2008

Irrelevancia, dudas, gratuidad.




“¿Son importantes los monjes, los hippies, los poetas? No, somos deliberadamente irrelevantes. Vivimos con una irrelevancia arraigada, propia de todo ser humano. El hombre marginal acepta la irrelevancia básica de la condición humana, una irrelevancia que se manifiesta sobre todo por el hecho de la muerte. La persona marginal, el monje, la persona desplazada, el condenado, todos ellos viven en presencia de la muerte, que plantea la cuestión fundamental del significado de la vida. Todos luchan dentro de sí mismos con el hecho de la muerte, intentando descubrir algo más profundo que la muerte, pues realmente lo hay, y el oficio del monje, o de la persona marginal, la persona que medita o el poeta, es ir más allá de la muerte, incluso en esta vida, ir más allá de la dicotomía de vida y muerte, y ser, además, un testigo de la vida.
Esto requiere, por supuesto, fe; y cuando se dice fe, en la terminología de esa vida monástica y marginal, entramos ya en otro problema. Fe significa duda. Fe no es supresión de dudas, es superar las dudas, y las dudas se superan atravesándolas. El hombre de fe que nunca ha experimentado dudas no es un hombre de fe. Consecuentemente, el monje es una persona que tiene que afrontar en las profundidades de su ser la presencia de las dudas y caminar a través de de lo que algunas religiones llaman la Gran Duda, para irrumpir más allá de la duda en una certeza que es muy profunda, pues no se trata de su certeza personal, sino de la certeza de Dios mismo en nosotros.
La única realidad última es Dios. Dios vive y mora en nosotros. No quedamos justificados por ninguna de nuestras propias acciones, sino que somos llamados por la voz de Dios, por la voz de ese Ser fundamental que nos invita a penetrar a través de la irrelevancia de nuestra vida –aceptando y admitiendo que nuestra vida es totalmente irrelevante- para encontrar nuestra importancia en Él. Y esta relevancia en Él no es algo que podamos adquirir o poseer. Es algo que solamente puede ser recibido como un don. Consecuentemente, la clase de vida que yo represento es una vida de apertura a la gratuidad: don de Dios y don de los otros”.

Thomas Merton: “Visión del monacato”. Charla informal pronunciada en Calcuta, octubre de 1968. (Diario de Asia, Trotta, 2000).

jueves, 24 de julio de 2008

Lo real está en lo profundo.



El tiempo de confiar en las estructuras has desaparecido. Son buenas y debieran ayudarnos, y nosotros debiéramos hacer lo mejor que pudiéramos con ellas. Pero quizá sean abolidas, y si todo se nos arrebata, ¿Qué hacemos a continuación?”. DA,300)

“Lo esencial de la vida monástica no está vinculado a edificios, a vestimentas, ni siquiera está necesariamente asociado a una regla. Reside en algo más profundo que una regla. Tiene que ver con esto de la completa transformación interna. El resto sirve a ese propósito”. (DA, 301)

El monje pertenece al mundo, pero el mundo le pertenece a él en tanto en cuanto se haya dedicado por completo a liberarse de él para así liberarlo. No se puede tan solo sumergirse en el mundo y dejarse arrastrar por él. Eso no es la salvación”. (DA, 302)

“Allí donde se encuentre alguien capaz de dar algún tipo de dirección e instrucción a un pequeño grupo que intente amar y servir a Dios y alcanzar la unión con él, con toda probabilidad se dará algún tipo de monasticismo. Ese monasticismo no puede extinguirse. Es imperecedero. Representa un instinto del corazón humano, así como un carisma donado por Dios al hombre. No depende de factores culturales, sociológicos o psicológicos. Es algo mucho más hondo”. (DA, 303)

“Debemos reconocer con tristeza la amarga verdad de que la vida de muchos monjes y de muchas mujeres devotas, y la de muchas otras personas dedicadas, es una vida de total alienación en el sentido de que se trata de un sometimiento legal a cosas a las que quizá no debieran haberse sometido, y un fracaso al cumplimiento de las potencialidades que el monasterio debería permitirles llevar a cabo”.

“El monje es una persona que ha alcanzado, o está a punto de alcanzar, o persigue alcanzar, un despertar completo. Se ubica en el centro de la sociedad como alguien que ha obtenido el despertar, alguien que conoce la meta. No es que haya adquirido información poco usual o esotérica, sino que ha experimentado el fondo de su propio ser de modo tal que conoce el secreto de la liberación y puede de alguna manera comunicárselo a otras personas”. (DA, 295)

“Terapia monástica (Adam Perseigne, siglo XII): Uno acude al monasterio, en primer lugar, a ser curado. El período de formación monástica es un período de convalecencia, de curación. Cuando uno hace su profesión ya ha pasado su convalecencia y está listo para ser educado de una forma nueva, la educación del hombre nuevo. Todo el propósito de la vida monástica se resume en enseñar a los hombres a vivir por el amor… el cambio de un amor egocéntrico por un amor expansivo, altercéntrico”. (Cuando esta transformación tiene lugar la disolución del ego individual, emergiendo la persona cristiana, que ya no es únicamente el individuo, sino Cristo morando en cada uno). “Así, en cada uno de nosotros la persona cristiana es aquella que está completamente abierta a todas las demás personas, porque en última instancia todas las demás personas son Cristo”. (DA, 295-296)

Las cosas que están en la superficie son nada, lo que está en lo profundo es lo real. Somos criaturas del amor”. (DA, 281)

“Este es el oficio peculiar del monje en el mundo moderno, mantener viva la experiencia contemplativa y mantener abierto el camino que permita al hombre tecnologizado y moderno recobrar la integridad de su yo interior más profundo”. (DA, 278)

“He venido como un peregrino… para beber de las fuentes antiguas de la visión y la experiencia. No pretendo solo aprender más (cuantitativamente) sobre religión y vida monástica, sino para ser yo mismo un monje mejor y más iluminado (cualitativamente).
Estoy convencido de que la comunicación en profundidad, atravesando las líneas divisorias que hasta ahora han separado a las tradiciones religiosas y monásticas, no solamente es posible y deseable ahora, sino mucho más importante para el destino del hombre del siglo XX”. (DA, 274)


(Todos estos textos pertenecen a “Diario de Asia”, de Thomas Merton, editado en español por Trotta, 2000)

domingo, 20 de julio de 2008

Merton en Asia.


En esta entrada les comparto algunos textos sacados del “Diario de Asia”; lo que Merton fue escribiendo, pensando y viviendo, durante los casi dos últimos meses de su vida:


15 de octubre: “El momento del despegue fue extático. El ala, que tenía rocío, quedó de repente cubierta por ríos de sudor frío que corrían hacia atrás. La ventana empezó a llorar, abriendo surcos desiguales de lágrimas. Dejamos la tierra: yo con mantras cristianos y una fuerte sensación de destino, de hallarme al fin en mi verdadero camino después de esperar, de preguntarme y de dar vueltas como un tonto durante años.
Que no regrese sin haber resuelto el gran asunto. Y tras haber encontrado también la gran compasión…”.

4 de noviembre: “Cuando pienso en mi propia vida y en el futuro, todo sigue estando abierto. Estoy empezando a apreciar la ermita de Getsemaní más que el verano pasado cuando todo parecía tan ruidoso y tan lleno de gente. Incluso aquí, en las montañas, hay pocos lugares en los que uno no se llegue a dar casi de bruces con alguien. Las rutas, los caminos y los senderos están atiborrados. ¡Para encontrar la auténtica soledad habría que subir muy alto y volver muy lejos!
Para la soledad Alaska me parece el mejor sitio de verdad. Pero todas las personas con las que he hablado me dicen que debo considerar otros lugares y mantenerme abierto a ellos en cierta medida. Parecen estar de acuerdo en que permanecer en soledad casi todo el año y “salir” de tanto en tanto podría ser una buena solución.
Los últimos meses han sido exigentes y fructíferos. Necesitaba la experiencia de este viaje. Aunque la ermita ha significado mucho para mí, necesitaba apartarme de Getsemaní desde hace mucho tiempo”


6 de diciembre: “Mi próxima parada será el encuentro de Bangkok, por el que no siento particular entusiasmo. Después, Indonesia: allí comienza todo un viaje nuevo. Y todavía no estoy seguro de a dónde me llevará o lo que puedo o debería planear en adelante. Pero el viaje tan solo ha comenzado”.



En la carta circular enviada a sus amigos antes de emprender el viaje, Merton concluía diciendo:

“Nuestro verdadero viaje en la vida es interior, es cuestión de crecimiento, de profundización y de una entrega cada vez mayor a la acción creadora del amor y de la gracia en nuestros corazones. Nunca como ahora fue tan necesario para nosotros el responder a esta acción. Rezo para que todos podamos hacerlo”.

sábado, 19 de julio de 2008

El monje en los márgenes de la sociedad.


En el mes de septiembre de 1968 Thomas Merton envió una carta circular a sus amigos y amigas para ponerles al tanto de su situación y cortes rumores que circulaban; entre otras cosas afirmaba:

“Considerando la importancia crucial del momento actual, la necesidad de renovación monástica y la falta de ayuda a nuestros monasterios de Asia y sus continuas llamadas solicitándola, personalmente he considerado como una obligación el responderles. Pienso que esto me dará también la oportunidad de entrar en contacto con el monacato budista y recabar así información de primera mano sobre él. La duración de mi estancia en Asia no está determinada”.

En el epílogo de “Diario de Asia”, Francisco Rafael de Pascual, ocso, escribe:

“La experiencia contemplativa de Merton se hizo en Oriente pura escucha; la propia experiencia itinerante de su vida y la azacaneada aventura interior del monasterio lo llevaron a base de autodisciplina a abordar situaciones nuevas, libre de prejuicios y con una mirada compasiva tan amplia como solo tiene aquel que ha experimentado la infinita misericordia de Dios en la propia vida”.

Fue, a su decir, una “búsqueda concienzuda de autenticidad”, que nos permitió a nosotros asomarnos con él a una dimensión extraordinaria de la realidad, y aprovecharnos además de ella, siguiendo el itinerario existencial de sus escritos más personales, a través de los cuales nos dio la oportunidad de compartir su viaje. En su narrativa, sigue diciendo este autor, “Merton alcanza la libertad plena en su narrativa y en su opinión sobre lo divino y lo humano”.

Cuando los seis delegados trapenses a la Conferencia de Bangkok escribieron al P. Flavian Burns, superior de Merton, para ponerle al tanto de lo sucedido en relación con su muerte, afirmaron que tras haberle conocido, unos más y otros menos, no cabía duda de que “verdaderamente era un monje auténtico”, “la imagen viva de alguien a quien todos nosotros podíamos llamar profundamente hermano”.

En una de las conferencias que Merton dio en su itinerario asiático, en Calcuta, para ser precisos, octubre, sobre el monacato, dijo algunas cosas que complementan todo lo anterior:

El monje no forma parte del “sistema”. Es una persona marginal que se sitúa deliberadamente en los márgenes de la sociedad con la intención de profundizar en la experiencia fundamental del hombre. Consecuentemente, siendo yo una de esas extrañas personas, les hablo como representante de todas las personas marginales que deliberadamente optaron por esa clase de vida… esa clase de personas que de cualquier y de muchos modos se empeñan en una búsqueda vital y no tienen en absoluto un status establecido. Por eso mismo, les pido el favor especial de no ser considerado como un personaje que representa a una institución, sino como una persona sin status, una persona insignificante que se aproxima pidiendo caridad y paciencia…”.

viernes, 18 de julio de 2008

Diario de Asia. Thomas Merton.



La editorial TROTTA publicó en el año 2000 la edición en español del “Diario de Asia” de Thomas Merton (The Asian Journal of Thomas Merton). Este volumen recoge las notas de Merton en su periplo asiático ocurrido entre el 15 de octubre hasta el8 de diciembre de 1968, dos días antes de su muerte, ocurrida en Bangkok, Tailandia. Durante esta semana en curso volví a tomar el libro en mis manos para hacer una relectura completa, y he podido recordar, y redescubrir un montón de cosas nuevas, a la luz de el conocimiento que sobre Merton he ido adquiriendo desde la lectura anterior. Cada vez que releemos un libro, que es importante para nosotros, descubrimos elementos que escaparon en la lectura anterior, y conseguimos integrarlo mejor en la visión general que tenemos de su autor o del tema que trate. En el caso de Merton la lectura y relectura de sus libros me ayuda a sentirle siempre muy cerca, y me sirve de acicate en mis personales búsquedas espirituales, para las que Merton es maestro indiscutible.
Volviendo al libro en cuestión, el “Diario de Asia” en esta edición de Trotta trae varias presentaciones, la primera de S.S. el Dalai Lama, quien se encontró en tres ocasiones con Merton durante el viaje que el libro reseña. Esta edición en español estuvo en manos de dos conocedores de la obra de Merton, citados a menudo en este blog: Francisco R. De Pascual, ocso y Fernando Beltrán Llavador. (A quienes espero conocer en mi estancia en España), además de las correspondientes a la edición en inglés, firmadas por personas cercanas a Merton, como es el caso de Patrick Hart y James Laughlin.
Luego está el diario, dividido según las etapas del viaje: Vuelo hacia el Riente, Calcuta, Nueva Delhi, El Himalaya, Madrás, Ceilán, Bangkok; incluye además algunas fotografías y luego cierra con una posdata, escrita también por Patrick Hart.
La segunda parte del libro se titula “Lecturas Complementarias” y luego varios apéndices, que contribuyen a completar la visión y comprensión de esta etapa, corta pero importante en la vida de Merton. Entre lo que aparece ahí esta la carta circular enviada por Merton a sus amigos antes del viaje, las charlas que Merton dio, y la carta enviada al abad de Getsemaní por varios participantes en la conferencia de Bangkok acerca de la muerte de Merton.
Creo que este es un libro fundamental para la comprensión del camino espiritual de Thomas Merton, y que es además una fuente importantísima de datos referidos a su vida, sus amigos, sus lecturas, sus libros y un largo etcétera. Para quienes siguen dudando de la fidelidad de Thomas Merton a su condición de monje y sacerdote católico aquí aparecen varias referencias que apuntan todo el tiempo a que, en medio de aquel mundo que le fascinaba e interesaba por muchas razones, él seguía siendo un monje de Getsemaní, un sacerdote católico y un contemplativo cristiano.
Quiero en próximas entradas compartirles algo de lo leído; no será tan abundante como en mi lectura anterior, pero puede motivarles para que busquen el libro y emprendan, con Merton, su propio camino asiático.

miércoles, 16 de julio de 2008

Bendícenos, María, con tus manos sanadoras.


ORACIÓN DE THOMAS MERTON A LA VIRGEN DEL CARMEN.
(Evocando su visita a Cuba, en el año 1940, y la imagen de nuestra iglesia de Infanta).



"¿No fuiste tú tal vez lo último que vi cuando el buque zarpó, a ti de pie sobre tu torre de espaldas al mar, mirando hacia la universidad?

Yo nunca te he olvidado. He olvidado todas las cosas que te pedía en mi oración. Pienso que las he recibido, pero no me acuerdo.

Lo realmente importante es que te he recibido a ti.


Te conozco y sin embargo no te conozco.


Te amo, pero no lo suficiente.La oración te acompaña, porque la oración, más que una exigencia que nos plantees, es un regalo que nos haces.


¡Ojalá pudiera yo orar¡…y de hecho lo hago.


Enséñame a ir a este país que está más allá de las palabras y los nombres propios.


Necesito que tú me guíes. Necesito que mi corazón se mueva bajo tu impulso.


Necesito que mi alma se purifique por medio de tu oración.


Necesito que tú fortalezcas mi voluntad.


Necesito que tú salves al mundo y lo cambies. Te necesito para todos los que sufren, para los encarcelados, para quienes están en peligro, para los atribulados.


Te necesito para toda esa gente que se ha vuelto medio loca.


Necesito que tus manos sanadoras actúen siempre ven mi vida.

Necesito que, a imagen de tu Hijo, hagas de mí un sanador, un consolador, un salvador.Necesito que tú le pongas nombre a los muertos.


Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar el río particular de cada uno de ellos.


Te necesito para mí mismo, tanto si vivo como si muero.


Necesito ser tu monje y tu hijo.Es necesario.


Amén".


lunes, 14 de julio de 2008

La vida silenciosa.

Entre los libros de Thomas Merton pertenecientes a su primera etapa creativa, dedicada fundamentalmente a promover la vida contemplativa, está “La Vida Silenciosa” (Su título original en inglés, “The Silent Life”). El ejemplar que poseo fue editado por Sudamericana, en el año 1958, y lo encontré hace unos diez años en un viaje de Barcelona a Madrid. Lo vendía un señor mayor, en una de esas carretillas llenas de libros usados, que encuentra uno en cualquier lugar del mundo, y aunque me pareció un poco caro, 2 800 pesetas, estaba casi para volver a Cuba y consideré que valía la pena el sacrificio, pues me había pasado todo ese año a la caza de libros de Merton.
Este libro tiene un prólogo, titulado “¿Qué es un monje?”, y un epílogo, titulado “El monje y el mundo”, y entre ambos las tres partes del libro: La paz monástica, La vida cenobítica y la vida de ermitaño.
En el prólogo explica el propio Merton:

“En estas páginas, consideraremos primero algunos de los aspectos principales de la vida monástica como tal, y luego pasaremos a hablar de las órdenes más importantes que florecen en la Iglesia en la actualidad. Nuestra intención es dar una idea del espíritu monástico tal como se encuentra entre los cenobitas (benedictinos y cistercienses) y los ermitaños (cartujos y camaldulenses)”.

No es desde luego uno de los libros fundamentales de Merton, aunque él mismo lo consideraba un buen libro, cuyo propósito es divulgar las excelencias de la vida contemplativa, e introducirnos en el espíritu de un carisma particular en la Iglesia; su estilo es tradicional, espiritual, propio del Merton en su etapa devota, pero no obstante encontramos siempre esa manera de acercarse al misterio con un lenguaje propio y algunos pasajes enlazan con las reflexiones que acerca del monacato encontramos en el “Diario de Asia”, pero menos purificadas por la experiencia, y también menos abarcadoras.
Hasta donde sé, de este libro no se ha hecho ninguna edición reciente, y además tal vez algunos datos y opiniones pueden estar superados por el paso del tiempo. Aun así, para los que seguimos la obra de Thomas Merton es interesante conocer, y un lujo tener, esta obra.
Termino con un pasaje del libro:

“La victoria de la humildad monástica es la plena aceptación de la acción oculta de Dios en la flaqueza, vulgaridad e insatisfacción de nuestra vida diaria. Es la aceptación de nuestro estado incompleto con el fin de que Dios pueda completarnos a Su manera. Es la alegría de nuestro vacío, que sólo puede ser llenado por Él. Es la paz ante nuestra propia esterilidad, que Dios hace inmensamente fecunda sin que nosotros podamos comprender cómo lo hace”.

viernes, 11 de julio de 2008

Distracciones en la oración.


Finalmente toquemos un aspecto práctico en la vida de oración, al que Merton dedica atención en estas conferencias: las distracciones. Estas aparecen fundamentalmente en el plano individual. Si la conciencia con la que oro es una conciencia individual y me esfuerzo por mantener una unión individual con Dios, todo se convierte en motivo de distracción. El mundo entero es una distracción. La solución está, no en tratar de excluirlo todo para quedarnos solos, Dios y yo, sino en mostrarse receptivo a todo.
¿Qué hacer? Pues ignorarlas, si no les prestas atención ellas desaparecen. También puedes hacer como hacen los budistas: observarlas. Lo importante es sentirse libre frente a eso que sucede.

Prestemos atención a lo siguiente:

“Si se concentran excesivamente en Dios como un objeto más entre otros, tendrán dificultades porque se trata de Dios frente a otros objetos. Y Dios no es un objeto. Dios no es una cosa entre otras, y si colocan a Dios frente a todo lo demás, los problemas a que se enfrentarán serán insolubles”.
“Dios no se opone a nada. Dios no se opone a ninguna de sus criaturas.
Este es el auténtico problema que está latente en algunos libros tradicionales de espiritualidad en los cuales Dios aparece frente a las criaturas desde el principio hasta el final. Si se dejan arrastrar por esa dinámica no hay mucho que esperar. Jamás saldrán de ella. Tienen que poner juntos a Dios y a las criaturas y ver a Dios en Su creación y a ésta en Dios, sin separarlos en ningún momento. En efecto, todas las cosas son manifestación de Dios, mas bien que velos que ocultan a Dios u obstáculos en el camino hacia Él”.


No podemos orar de esta manera: aquí estoy yo, aquí está Dios, aquí los objetos, las distracciones, las personas, y yo luchando todo el tiempo para mantener una línea de comunicación entre Dios y yo, obstaculizada por todo lo demás. (De ahí que “toda la esencia de la oración contemplativa radica en el esfuerzo por superar la división entre sujeto y objeto”). Es necesario adquirir una conciencia más profunda. Las cosas pertenecen a Dios, las personas también, todo es parte de un plan de amor, todo me manifiesta la bondad de Dios. Nada es un obstáculo, todo le manifiesta, le revela. No tengo que luchar contra nada.

“Si dejo que las cosas existan, Dios me hará ver claramente qué es lo que Él quiere que yo comprenda y qué es lo que Él desea que yo sepa. Lo más importante es precisamente dejar las cosas tranquilas, permitir que hagan acto de presencia en nuestra vida y que se desarrollen como ellas quieran”.

En la oración es importante respetar el ritmo de las cosas, ser paciente, estar siempre atento y abierto. Para con Dios, y así el tiempo que dedicas a orar será un tiempo bueno, que merece la pena, provechoso, aunque no sepamos explicar por qué.

En resumen: “Para esto vino Cristo a la tierra: para ofrecer a hombres y mujeres este tipo de libertad, este tipo de simplicidad, este tipo de garantía de las realidades profundas, una garantía de que aquí hay algo”.
“Por eso nuestra vida depende enteramente y por encima de todo de la oración, porque este tipo de conciencia profunda se desarrolla en la oración”.
“Cada uno debe orar de una manera que le resulte personalmente auténtica”.
“Nosotros tenemos que mantener las líneas de comunicación siempre abiertas, de manera que no somos simplemente nosotros, sino Cristo en nosotros y la Iglesia en nosotros, y estamos abiertos a toda esa realidad de verdad, que es la mente de la Iglesia en su sentido más profundo”.

Decir, como los apóstoles: “Nosotros hemos contemplado con nuestros ojos y tocado con nuestras manos la palabra de vida”.

“Nosotros somos más que simplemente nosotros mismos”
(TM).

Acotación importante:
La oración no es una vía de escape para huir de la realidad y de los problemas, no puede convertirse en un refugio para no atender lo que nos cuestiona y exige. “Ser cristiano, dice Merton, es complicarse la vida”. La oración nos ayuda a obedecer la voluntad de Dios, a ser dóciles a la Palabra.

Para ser de verdad yo mismo.

Un segundo aspecto a tener en cuenta en la oración es presentado por Merton en otra de sus conferencias de Alaska con la siguiente afirmación: “Oración e identidad van juntas”.
Es otro tema que también desarrolla Santa Teresa en sus escritos: saber quién es el que reza, qué creemos de nosotros, qué sentimos, qué esperamos. Aquí entra el tema del “yo” que hemos tocado de pasada, el tema de alcanzar una conciencia más profunda de nuestra identidad.

“Orar no es simplemente una manera de dirigirse a Dios en un determinado tiempo y lugar. Orar es franquear esta más profunda conciencia y consciencia, una conciencia mística y una consciencia mística, en la cual Dios y yo actuamos juntos”.

El hombre actual, el ser humano que somos, está roto, fragmentado, dividido. “Esta fragmentación del hombre en unidades aisladas es verdadera en la medida en que expresa una visión del hombre bajo el pecado, pero no es esa la condición prevista para el hombre. Contra eso estamos luchando ahora en la Iglesia”.

La filosofía dio pie para esta manera de entendernos, y la misma piedad nos concibió siempre como individuos aislados, cada uno con sus virtudes y sus vicios. El otro parecía ser siempre un peligro que nos acechaba. Pero esto no era auténticamente cristiano (no es suficiente vivir haciendo lo bueno y respetando ciertas leyes); la conciencia cristiana nos invita a ir más allá: nos identifica con el sí mismo que pertenece a Cristo, somos Su cuerpo. Es una conciencia colectiva. No sabemos realmente quiénes somos hasta no encontrarnos a nosotros mismos en Cristo y en relación con otras personas. Pero también acentuar en demasía el elemento colectivo pudiera ser peligroso.
“La conciencia cristiana no es ni colectiva ni individual. Es personal y, a la vez, una comunión de los santos”.

Así: “Cuando rezo, dejo de ser yo mismo hablando con Dios, o yo mismo objeto del amor de Dios. Cuando rezo, la Iglesia reza en mí. Mi oración es la oración de la Iglesia”. (Esto vale tanto para la oración litúrgica, como para la oración privada).

Y sigue afirmando:

“Para que mi oración sea válida y profunda, tendré que practicarla con la conciencia de que yo soy algo más que yo mismo cuando rezo. En otras palabras, yo no soy simplemente un individuo cuando rezo, y no soy simplemente un individuo con gracia cuando rezo. Cuando rezo, soy, en cierto sentido, todo el mundo. La mente que reza en mí es más que mi propia mente, y los pensamientos que se forman en mí son más que mis propios pensamientos, porque, cuando rezo, esta consciencia profunda es un lugar de encuentro entre Dios y yo y entre el amor común de todos y cada uno. Es la voluntad y el amor común de la Iglesia encontrándose con mi voluntad y la voluntad de Dios en mi consciencia y mi conciencia cuando rezo”.

Piensa que:
1- Cuando rezas, debes dejar atrás mucho de lo que tú eres, porque tú resultas un mundo excesivamente limitado.
2- Es en esa conciencia profunda donde puedo encontrarme también con los otros. No solo en lo exterior, también en lo profundo del corazón.

“En cierto sentido, mi unión con otras personas a través de eso que permanece totalmente secreto en mi corazón es más real que la unión que surge de mis relaciones externas con ellas. Ambas cosas van juntas y no pueden separarlas”.
(Como individuos no estamos vinculados, como personas sí; persona es aquello que nos trasciende, aquello que nos hace entrar en comunión con otros)

Por eso. “Toda oración es comunión, no sólo entre Cristo y yo, sino también entre todos los miembros de la Iglesia y yo mismo. Toda oración nos coloca dentro de la comunión de los santos”. (
La oración me une a los que rezan hoy y rezaron antes a lo largo de la historia. En la oración “es cuando soy en verdad yo mismo”).

jueves, 10 de julio de 2008

Místicos.


El místico es el revolucionario por excelencia. Él no hace nada, porque todo se hace por medio de él. Se deja llevar por una fuerza que ni siquiera puede resistir: la fuerza de la verdad. Ha habido místicos violentos, pero allí no se metía su ego. Cada uno sabrá lo que debe hacer si está despierto y abierto y sensibilizado a la verdad, como Jesús. Sólo los místicos son capaces de ser tan libres como para vivir la realidad tal como es.

El místico es amable, pero no deja de ser enérgico y duro cuando hace falta, y sabe responder, precisamente porque es libre de prejuicios, de miedos, de poderes y de honores y por ello es capaz, en todo momento, de ser fiel a la verdad. Por eso no se amarga nunca ni se altera.

Los místicos son los que han se han abierto confiadamente a la realidad, sin preocuparse por el resultado, pues saben que sólo en la realidad habita la verdad.

El místico vomita antes el fruto del bien y del mal para poder entrar de nuevo en el Paraíso. No enjuicia nada, sino comprende el por qué y el lugar de las cosas.

Anthony de Mello.

martes, 8 de julio de 2008

Nuestra auténtica libertad.(Merton sigue hablando de oración)


En otra de sus conferencias Merton apuntaba:

“La oración es nuestra auténtica libertad. Es en la oración donde somos verdadera y plenamente nosotros mismos y no estamos bajo ningún poder, autoridad o dominación”.

Veamos qué significa esto, y consideremos otros aspectos que complementan lo dicho en la primera parte de esta meditación. Hablamos de la diversidad de caminos para el orante, del respeto al camino del otro. Y ahora añadimos: la oración no es lógica o razonable, sino todo lo contrario: es ilógica, como ilógica es la cruz, que resulta de un amor inesperado e infinito. El amor es ilógico siempre, el amor va más allá de la lógica. Así pasa también con la oración.
Hemos intentado encontrar un fundamento teológico para nuestra vida de oración, que la fundamente, que le de una estructura (como el agua y el vaso). Para Merton la Biblia tiene esa teología, es un contenedor, es el vaso para el agua de nuestra oración. En la Biblia no encontraremos justificaciones para orar. Es absurdo que busquemos un acercamiento puramente racional respecto a Dios y a la oración. Dios no es simplemente una primera causa matemática que mantiene todo en funcionamiento. Lamentablemente es esa la teología de muchos manuales clásicos, en la que se nos presentan problemas acerca de Dios, el pecado, el mal, que sólo funcionan dentro de un esquema racionalista; es decir, son falsos problemas. Si la oración entra en esta dinámica, deja de ser auténtica.

“Toda teología que pretende justificar a Dios por medio de la razón está condenada a ser una mala teología”.

Fijémonos en el Libro de Job. Ahí se dicen cosas importantes acerca de la oración. Es falso que Job sea paciente, no lo es, discute con Dios, pero al final Dios aparece y dice: Job tiene razón. Esta es teología auténtica, porque no es lógica. Se nos dice que nuestras relaciones con Dios son de tipo personal, y que nosotros no tratamos a Dios de acuerdo con un determinado sistema. No hay un libro que te diga cómo tratar a Dios. En la Biblia se dice simplemente: háblale a Dios; es tu Padre, tú eres su hijo. Lo importante es hablar a Dios con el corazón en la mano. Dios es celoso, no tanto de Su gloria, sino de nuestra libertad, y desea que manifestemos esta libertad y espontaneidad y la realidad de este amor personal por él en nuestra oración.

Escuchemos ahora directamente a Merton, porque lo que dice me gusta, me parece genial:

“La oración nos transporta más allá de la ley. Cuando están rezando, en cierto sentido son ilegales. Entre el corazón y Dios no se interpone ninguna ley. La ley queda fuera de nuestra relación íntima con Dios, y si haces que en las relaciones íntimas de tu corazón con Dios haga acto de presencia una ley confundes las cosas. Entre el alma y Dios no existen leyes”.

(Importante esta acotación: “Esta situación no es natural, sino el resultado de la redención, el resultado de Cristo”).

Por tanto, importante: “No existen leyes, no hay naturalmente una ley de la oración, no existen sistemas. Los sistemas son buenos hasta cierto punto, pero toda su utilidad consiste en que ellos pueden ayudarnos a alcanzar el punto en que desaparece todo sistema (Nos llevan hasta el umbral de la libertad), y allí el trato con Dios es absolutamente libre, tanto de tu parte como por parte de Dios”

Lo único que se exige es sinceridad, nada más. La dificultad es que no nos creemos una libertad tan grande, nos da miedo, y no sabemos qué hacer.
(Tomado de "Dos semanas en Alaska", Thomas Merton, ONIRO)

domingo, 6 de julio de 2008

Thomas Merton habla de la oración.


Thomas Merton habla de la oración (En sus conferencias de Alaska)

Vamos a compartir algunas ideas que Merton desarrolla acerca de la oración, fundamentalmente en tres de las 8 conferencias que dio en las dos semanas que estuvo en Alaska. Para tomar una idea primera de los temas veamos los títulos de estas conferencias, según aparecen en el libro que seguimos (“Dos semanas en Alaska”) publicados por la editorial Oniro.
1-Oración, personalismo y el Espíritu.
2-Oración, tradición y experiencia.
3- Oración y conciencia.

Lo primero, Merton se acerca al tema desde el comienzo con una gran apertura: hay muchos enfoques diferentes para hablar de oración, no es una manera única de orar, “deberíamos sentirnos totalmente libres para explorar todo tipo de caminos y métodos de oración”. Como sabemos él estaba interesado en los métodos asiáticos de oración, lo cual le supuso, y supone aun, muchas críticas de personas de mentalidad estrecha, aunque ese interés no tenía nada que ver con una renuncia a su fe cristiana, sino simplemente, según apunta en estos textos, “porque (los asiáticos) están hoy y han estado siempre, profundamente comprometidos con la práctica de la meditación”.


Comencemos entonces a desarrollar nuestra lectura de los textos de Merton. Lo primero, dice, es que “la Iglesia occidental no sabe realmente qué es la meditación”. Hay que distinguir “meditación” de la mal llamada “oración mental”. En realidad es una manera de hablar, porque no se ora con la mente, se ora con el corazón y con lo más íntimo del ser. Este término se utilizo para distinguir una oración más interior de la llamada “oración vocal”. (Santa Teresa hace referencia al tema en sus escritos). Pero, “una oración mental que consistiese simplemente en resolver por medio del razonamiento determinadas cuestiones, eso no sería oración”. Orar no es simplemente pensar en Dios o frente a Dios.

Luego Merton hace referencia a un tipo tradicional y sencillo de meditación cristiana en la Iglesia de Occidente, la llamada “lectio divina”, que es una forma especial de lectura meditativa.

“Tomas en tus manos la Biblia, o cualquier otro libro que sea importante para ti, y te pones a leer tranquilamente de manera que, cuando encuentres algo que merezca la pena, te detienes en la lectura y lo rumias. Si deseas dejar de lado el libro y mirar por la ventana, lo dejas y miras por la ventana. No hay nada incorrecto en tales acciones. Tal vez tengas la impresión de que con esta práctica no estés consiguiendo nada, pero es una buena práctica, que además resulta fácil y accesible”.

Luego de comentar con sus oyentes cómo es el estilo de vida y oración en Getsemaní (monasterio donde Merton vive) se adentra entonces en la teología de la Iglesia oriental ortodoxa, particularmente hablando de uno de sus teólogos, Vladimir Lossky, a quien estaba leyendo en esos días. Le importa a Merton resaltar el papel central que en esta teología tiene el Espíritu Santo, y como la obra de restauración del hombre es la obra del Espíritu, y que vivimos ahora en la edad última, la era escatológica, en la que todo está en manos del Espíritu Santo. La Iglesia occidental sustituye esta centralidad del Espíritu con una muy desarrollada teología sacramental (por los sacramentos somos santificados), cayendo en una especie de “determinismo sacramental” y resaltando el elemento colectivo de la salvación, pero dejando un poco en el olvido el encuentro personal con Dios. (Es decir una “teología del Cuerpo Místico” frente a una “teología del Espíritu Santo”). Es decir, según Merton lee en Lossky, los occidentales estamos tentados de ser colectivistas más bien que personalistas.

“Los creyentes occidentales tenemos miedo de actuar como personas, no nos atrevemos a actuar bajo la inspiración individual y especial del Espíritu Santo”.

Estas reflexiones (vamos a dejarlo aquí, aunque Merton dice algunas otras cosas) son importantes a la hora de desarrollar una teología y una praxis de la oración. El orante ha de dejarse guiar por el Espíritu, superando así las limitaciones de un “yo” cerrado, para abrirnos a la experiencia de lo que llama la teología ortodoxa “comunidad del Espíritu”, en la que somos transformados en el Cristo viviente, resucitado.

“Si una persona se deja guiar por el Espíritu Santo, no tiene ya un cierto yo que defender. No se está defendiendo a sí misma, sino que vive en compañía del Espíritu Santo”.

La personalidad no se identifica con la individualidad. La individualidad es exclusiva, la personalidad no. Cada uno de nosotros posee una individualidad que es exclusiva, pero no se acaba todo ahí; lo que queremos desarrollar es la persona, que se caracteriza justamente por su apertura a los demás, por el hecho de existir para los otros. El Espíritu nos invita y ayuda a combinar unicidad y apertura. De ahí entonces concluimos que no hay realmente oposición entre la oración solitaria y la oración con otras personas; toda oración incluye ambas dimensiones, y debemos orar solos o con los otros según nuestra necesidad concreta, en cada momento particular.

“Nosotros hemos de evitar decir que sólo una u otra forma determinada de rezar es correcta. Necesitamos ser capaces de responder libremente al Espíritu en la oración de acuerdo a las exigencias de cada situación. Este es el verdadero secreto de la vida de oración y para esto es la vida de oración”.

Digamos entonces que el orante ha de ser libre en la libertad de Cristo, respetando la libertad de los otros. “El sacramento del bautismo, sacramento de la unidad en Cristo, ha de completarse con el sacramento de la confirmación, que es el sacramento de la diversidad en el Espíritu”.

Por tanto, cerramos esta parte, más teológica, citando a Merton:

“Es importante que todos, tanto en Occidente como en Oriente, recordemos la necesidad que tenemos del Espíritu Santo, no como algo fuera de lo normal, como una ocurrencia repentina, sino como una realidad siempre presente, algo que forma parte de nuestras vidas.
El Espíritu Santo es una dimensión central y primaria en el estadio presente de nuestra existencia, porque es él quien lleva adelante la obra de formar la nueva creación y de transformarlo y restaurarlo todo en Cristo. La oración tiene que verse en este contexto”.


En resumen: Respecto a la oración cada uno puede y debe encontrar su propia manera de hacerlo, evitando aferrarse exclusivamente a un camino, diciendo: sólo esta actitud es la correcta y quien no la siga se equivoca. Hay muchas formas para orar, antiguas y nuevas, y todas son buenas. (“Todos nosotros tendemos exageradamente a una mentalidad colectiva y concedemos demasiada importancia a la idea de que todos hagamos lo mismo. No estamos suficientemente habituados a la idea de que varias personas pueden estar en el camino correcto de diferentes maneras, y puede haber diferentes maneras de tener razón”)

viernes, 4 de julio de 2008

La vida que nos une.


Los siguientes textos están tomados de una de las conferencias de Thomas Merton en Alaska, publicada en el libro que estamos comentando hace varias entradas; esta conferencia lleva el título de “La vida que nos une”. Si los leen detenidamente podrán encontrar algunas luces para vuestra propia andadura espiritual.

“La contemplación es realmente una actitud de sencilla abertura a Dios en todo momento, y de paz profunda”.

“Toda la esencia de la oración contemplativa radica en el esfuerzo por superar la división entre sujeto y objeto”.

“El sentido auténtico de nuestra vida monástica es promover el desarrollo de personas que realmente amen a Dios e irradien amor. Estos hombres y mujeres han de estar plenamente unificados y ser plenamente ellos mismos: auténticas personas”.

“En el centro de nuestra alma la fuerza divina en su profundidad es capaz de actuar sobre el alma cambiándola, aglutinando las fuentes conflictivas, amalgamando los elementos divergentes. Es capaz de unificarla. En lo más profundo de nuestras almas está presente un poder de Dios que, si lo dejamos actuar, conseguirá unificarnos”.

“Nuestra vida exige rupturas; no cada día, ni cada semana, ni cada mes, pero de vez en cuando tenemos que romper con todo y avanzar más allá de donde nos encontramos”.

“El sufismo ve al hombre como un corazón, un espíritu y un secreto, y el secreto es la parte más profunda. El secreto del hombre es el secreto de Dios. Y por lo tanto, está en Dios. Mi secreto es el conocimiento más íntimo que Dios tiene de mí, algo que sólo Él posee. Es el conocimiento secreto que Dios tiene de mí mismo en Él, lo que constituye una hermosa idea. El corazón es la facultad por medio de la cual el hombre conoce a Dios”.

“Debemos desarrollar un corazón que conoce a Dios, no precisamente un corazón que ama a Dios, sino un corazón que conoce a Dios. El hombre conoce a Dios con su corazón, pero ama a Dios con su vida. Es nuestra vida misma la que constituye un acto constante de amor a Dios”.

“Dios pone en mi corazón un “sí” a Él. Y ése es el secreto de Dios. Él conoce mi “sí”, incluso cuando yo no lo he pronunciado. Mi destino en vida, mi integración final, es descubrir este “sí” de modo que mi vida sea total y plenamente un “sí” a Dios, un asentimiento completo a Dios”.

Finalmente Merton cita unas palabras de uno de los rabinos ascetas del siglo XVII:

“Independientemente de lo bajo que hayas caído en tu propia estimación, no olvides que si investigas en lo profundo de ti mismo descubrirás la santidad. En ti se esconde una chispa santa que, por medio del arrepentimiento, puedes avivar hasta convertirse en fuego devorador que consumirá la escoria de la impiedad y la indignidad”.

Resumen: “”Tal vez tengamos algunos momentos sin especial significación, pero no podemos sentirnos totalmente desprovistos de sentido. En lo profundo de ustedes mismos hay algo que les sostiene porque ustedes se lo permiten, y, si ustedes se lo permiten, sin duda lo hará”.

jueves, 3 de julio de 2008

Comunidad y contemplación.

En las conferencias de Thomas Merton en Alaska aparece el tema de la COMUNIDAD de manera reiterada, por eso quiero compartirles algunas ideas que me resultan importantes a la hora de pensar la comunidad como elemento esencial de nuestra vida de fe. Para Merton toda comunidad se funda en la llamada común que recibimos los cristianos, y “estamos llamados a mantener viva una pequeña llama de paz, de conciencia y amor en un mundo en que resulta muy difícil que dicha llama no se extinga”.
Como elementos básicos de esa comunidad Merton habla de la “alianza”, de la “simplicidad”, de un “centro de paz”, que nos permitan superar la “alienación” bajo la que vive nuestra sociedad. (Merton entiende el término como: “la condición psicológica de aquel a quien no se permite nunca ser plenamente él mismo”).
Para Merton el contemplativo es aquel que evita esta alienación, y por eso de hecho todos estamos llamados a la contemplación, a vivir en una comunidad nueva, fundada en una relación nueva con Dios. Contemplación tiene que ver con el SER, y no con el HACER.
Los miembros de esa “comunidad nueva” tienen como principio básico el hecho de que han de hablar a Dios como a su Padre y a prosternarse únicamente ante Dios.
Merton apunta: “Esto es la vida contemplativa: escuchar la palabra, convertir la palabra en la propia morada, habitar en la palabra y ser discípulo del Señor”.
Prestar atención a que cuando Merton habla de vida contemplativa está hablando no de unas técnicas de meditación o de unión particular con lo Divino, sino de una manera nueva de vivir en Cristo, es decir, de una “nueva comunidad”. Es en ella donde “tenemos que aprender a dejarnos guiar por el Espíritu Santo hacia esta libertad que difícilmente se puede definir”. Libertad que empezamos a experimentar en una vida de oración.
La comunidad no es para Merton algo que nosotros edificamos con nuestro esfuerzo o capacidad personal, no surge automáticamente porque nos reunamos en el mismo lugar y hagamos cosas parecidas.
La comunidad es la obra de Dios, la obra del Espíritu Santo, y el fundamento de la comunidad no es simplemente la sociabilidad, sino la fe.
La gente de nuestro mundo está mirándonos porque anhela una comunidad, y está precisada de la gracia que está presente en una comunidad de personas que se aman entre sí.
En fin, que para Merton: “La comunidad, la contemplación y la comprensión del misterio de Cristo son aspectos íntimamente vinculados entre sí”.

martes, 1 de julio de 2008

La obra de Dios.


Decíamos en una entrada anterior que, a nuestro juicio, lo mejor de “Dos semanas en Alaska” eran las 8 conferencias que el libro recoge en su segunda mitad. Ahora vamos a reseñar algunas ideas de la primera de esas conferencias que lleva por título:”Esto es obra de Dios”.

Merton está dando una charla a un grupo de religiosas, y lo hace en 1968, año de cambios importantes, de movimientos estudiantiles y renovación eclesial, y por tanto es en este contexto que hay que entender lo que dice, para luego aplicarlo también a nuestra realidad actual.
Lo primero: “Lo que estamos haciendo no es una acción humana, sino divina. Esto es obra de Dios, no nuestra”. Los cambios y aperturas doctrinales del Concilio Vaticano II pusieron en cuestionamiento los valores que sustentaban la vida contemplativa, y la propia vida consagrada. El despliegue de la acción social de la Iglesia obligaba a replantearse las bases de la vida religiosa. Recuperar lo humano del cristianismo podía hacer que olvidásemos lo divino de nuestra fe. Por eso Merton escribe:

“Lo que es primordial es la obra de Dios, el Espíritu de Dios, y esto es aplicable sobre todo a la vida contemplativa. Como contemplativos no llegaremos a ninguna parte a no ser que tomemos conciencia de que estamos plenamente en las manos de Dios”.

Merton sabe que la expresión “vida contemplativa” es ambigua. Nosotros también podemos pensarla como sinónimo de “monje” o “monja”, y que por tanto no atañe a los laicos. Pero para Merton se trata de mucho más, de una vocación compartida por todos los cristianos.

“Esto es la vida contemplativa: escuchar la palabra, convertir la palabra en la propia morada, habitar en la palabra y ser discípulo del Señor”.

La vida contemplativa necesita de un clima de paz interior. Al pensar en nuestra acción como creyentes y en nuestra vocación particular es necesario hacerlo con un tipo especial de actitud o clima mental. Un clima de paz y de confianza, opuesto a la agitación, la tensión o el desasosiego. Todo lo que hacemos ha de estar fundado en una actitud de paz y no de contienda. Por ello es importante no apresurar el paso y quemar etapas; no se ha de avanzar si esa paz interior no está presente. Recomienda Merton: “Espera hasta que llegue la hora de Dios”.
Y añade luego (y que nos sirva como meditación esta frase):

Cuando las cosas se ponen difíciles, desconcertantes y tensas, déjalas pasar y vuelve a situarte en el centro de paz”.

Para no hacer muy larga esta entrada, les dejo con otra afirmación importante:

“La obra de Dios en nosotros es una llamada muy pero que muy profunda, que se escucha en silencio en la parte más honda de nuestro ser. La renovación de la vida contemplativa es pura y simplemente una disposición tal de nuestra vida que podamos responder de manera fácil y sencilla a dicha llamada”.

Importante: PAZ y ACTITUD DE ESCUCHA.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.