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domingo, 12 de agosto de 2007

La esperanza es siempre un desafío.


El hombre espera, y Dios también.
La esperanza es un desafío.

En el domingo 19 del año litúrgico la Palabra de Dios quiere invitarnos a descubrir cómo hacer para que la esperanza en las promesas de Dios sea bendición, redención, y no eso que llamara Marx “opio del pueblo”, es decir, consuelo vano, pasividad y conformismo. Revisando las tres lecturas nos fijamos en la idea fundamental de cada una de ellas:
1- El pueblo está a la espera de una promesa: memoria de un momento grande en la historia del pueblo elegido.
2- Exhortación a la vigilancia, a estar despiertos: Es necesario dejar a un lado toda inquietud, puesto que el Padre se ha compadecido en dar el Reino a su pequeño rebaño. Así se nos invita a la espera mesiánica, porque desconocemos la hora de la venida de Cristo, “la parusía”. Es una invitación también para los discípulos a una espera activa y operante.
3- La fe como un esperar contra toda esperanza: Cuando muere la esperanza todo se apaga. Pero Abraham creyó contra toda esperanza, y el milagro maravilloso se cumplió. (Este pasaje de Hebreos 11 es hermoso y lleno de fuerza)

Aun cuando el hombre desconozca el verdadero contenido de sus esperanzas y expectativas, Dios está siempre, de un modo anónimo y abierto, al final de toda actitud de espera humana.
Pero Dios también espera, y sale a cada momento al encuentro del hombre. Recordamos la parábola del hijo pródigo, donde es el padre el que atisba todos los atardeceres el horizonte aguardando el regreso del hijo, y en cuanto lo descubre, corre para abrazarle y besarle efusivamente.
La creación se encuentra también en estado de superación y de espera.
La fe implica una actitud de espera y de expansión: el creyente, como el universo que le rodea, ha de asumir una actitud dinámica:
Esperando lo que aun no es,
Aguardando lo que debe ser,
Luchando por lo que tiene que ser
.

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Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

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