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viernes, 31 de agosto de 2007

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 3

Tercera parte:En la sexta parte del Gita, se dice al yogui que debe integrarse, permaneciendo aparte, solo y en completa renunciación, “exento de esperanza terrenal, de posesión alguna”. Después viene una descripción de la meditación.Me gustaría referirme brevemente a tres puntos. Primero, el énfasis en el lugar. Este debería ser limpio y ordenado, ni muy alto ni muy bajo. También en el Zen el lugar es de la mayor importancia. Cuán maravillosamente eligió Dogen el lugar de su monasterio, alejado en una región campestre y sumergido en un profundo silencio. El templo Zen otorga gran importancia a la proximidad de la naturaleza, al sonido del río o la cascada, a los jardines japoneses y todo eso. La meditación, después de todo, no es realizada por un espíritu inmaterial sino por un hombre con un cuerpo humano.Hoy en día, no obstante las interminables conversaciones acerca de ecología y medio ambiente, el cristianismo occidental ha dado una escasa muestra de ecología en recintos religiosos. Quiero decir que nuestras iglesias cristianas, y especialmente aquellas recientemente construidas, son verdaderamente malos lugares para la meditación. Las antiguas iglesias católicas tenían más que decir al respecto porque al menos tenían un centro - un tabernáculo ante el cual pendía una lámpara roja - y éste proveía un foco de atención para los ojos, y había atmósfera y calidez. Cualquiera que sepa algo de meditación reconoce que se necesita un lugar para enfocar los ojos; si sus ojos empiezan a vagar están perdidos. El viejo tabernáculo era útil a este propósito y nada ha tomado su lugar. Creo que mucha de esa gente analfabeta que se arrodillaba por horas ante el tabernáculo, caía rápidamente en samadhi. Aquellos eran místicos, tan iluminados como cualquier roshi, y ha habido miles de ellos en el mundo. Pero me pregunto si serán capaces de meditar así de bien en las iglesias actualmente disponibles para ellos. Me pregunto si la gente que construyó estas nuevas iglesias pensó alguna vez en la meditación o si tuvo alguna experiencia de ella. Y lo mismo es verdad para los monasterios y conventos. Me gustaría saber cuánta preocupación es dedicada actualmente a la ecología de este asunto: la relación entre edificios y oración, entre galerías, capillas y oración. El segundo asunto que me gustaría destacar de esta cita del Gita es la magnífica postura. La espalda está derecha, los ojos están fijos en la punta de la nariz o entre las cejas; no hay miradas en torno. Más adelante en el Gita, el sosiego de la mente es comparado con una llama en un sitio sin viento. Este es un delicado símil, porque esta meditación tiene todo el poder y toda la quietud de la llama que se yergue en un lugar donde no hay brisa. Y todo esto conduce al regocijo y a la total ausencia de temor. Es sostenido por el voto de castidad, el voto del brahmachari que es celibato y castidad.Aquí me gustaría acotar que la oración cristiana no necesita la postura de loto o, por lo menos, no está limitada a ella. Hay otras posiciones como de pie, arrodillado, postrado, sentado e incluso caminando. A menudo estas posturas son determinadas por el carácter de la persona o la cultura a la cual pertenece. Pero la postura, cualquiera que sea, es de la mayor importancia. Una posición vagamente cabizbaja en un cómodo sillón no conduce a una meditación profunda.El tercer punto es el que hace que Zaehner insista en que el Gita puede ser un puente entre oriente y occidente, y se refiere al carácter geocéntrico del pasaje comentado. “La mirada se fija en Mi”, es decir, en Dios. La personalidad es unificada en sí misma con el propósito de que todas las facultades puedan ser fijadas en Dios, que está presente en lo más profundo del alma o, más correctamente, que es la parte más profunda del alma, ya que en el hombre hay una chispa divina. A este respecto el Gita está mucho más cerca del cristianismo de lo que está el Zen.El yogui instalado en magnífica meditación tiene toda la belleza corporal de la que hablábamos anteriormente. Esta belleza es común a los contemplativos de todas las tradiciones religiosas, y es una belleza que busca inconscientemente el mundo moderno.

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 4 y final.


Cuatro días más tarde volví a visitar el museo. En aquella sesión me ocurrió algo divertido, algo que no puedo dejar de contar. Debido al ángulo desde el que el sol de la mañana iluminaba el cuadro, el barniz emitía una luz confusa. Así pues, cogí una de las sillas de terciopelo rojo y la llevé a un lugar desde el que aquella luz tenía una intensidad menor y podía ver así con claridad las figuras del cuadro. En cuanto el vigilante —un hombre joven y muy serio vestido con gorra y uniforme militar— vio lo que hacía, se enfadó mucho por mi atrevimiento de coger la silla y ponerla en otro sitio. Se acercó y, soltando una parrafada en ruso y haciendo una serie de gestos universales, me ordenó que devolviera la silla a su sitio. Como respuesta, yo señalé primero hacia el sol y luego hacia el lienzo para tratar de explicar por qué había cambiado la silla de sitio. Mis esfuerzos no tuvieron ningún éxito, de forma que dejé la silla en su sitio y me senté en el suelo. El vigilante se enfadó aún más. Tras nuevos y animados intentos por ganarme su simpatía, me dijo que me sentara encima del radiador que estaba bajo la ventana; desde allí podría ver bien. Pero la primera guía que pasó con su grupo de turistas vino hacia mí y me dijo en tono severo que me levantara de encima del radiador y que me sentara en una de las sillas de terciopelo. Pero entonces, el vigilante se enfadó con la guía y con múltiples palabras y gestos le dijo que había sido él guien me había dejado que me sentara en el radiador. La guía no pareció quedarse conforme pero decidió volver con los turistas que estaban mirando el Rembrandt y preguntándose por el tamaño de las figuras. Minutos más tarde, Alexei vino a ver gué hacía. El vigilante se le acercó de inmediato y empezaron una larga conversación. Evidentemente, el vigilante estaba tratando de explicar lo gue había pasado, pero la discusión duraba tanto que pensé que todo aquello desembocaría en algo raro. Entonces, de repente, Alexei se marchó. Por un momento me sentí algo culpable por haber provocado tal revuelo y pensé que había conseguido que Alexei se enfadara conmigo. Sin embargo, diez minutos más tarde, Alexei volvía cargado con un enorme y confortable sillón de terciopelo rojo y patas pintadas de color dorado. ¡Todo para mí! Con una gran sonrisa, colocó la silla frente al cuadro invitándome a tomar asiento. Alexei, el vigilante y yo sonreímos. Tenía mi propia silla, y ya nadie me pondría objeción alguna. De repente, aquello me pareció de lo más cómico. Tres sillas vacías que no podían tocarse y me ofrecían un lujoso sillón traído de algún lugar de aquel palacio de invierno que podía mover cuanto guisiera. ¡Elegante burocracia! Me pregunté si alguna de las figuras del cuadro, que habían sido testigo de toda la escena, estaría sonriendo. Nunca lo sabré.
Pasé más de cuatro horas con El Hijo Pródigo, tomando notas de lo que decían los guías y los turistas, de lo gue veía mientras el sol iluminaba con aguella intensidad el cuadro, y de lo gue yo mismo experimentaba en lo más profundo de mi ser a la vez que me convertía más y más en parte de la historia que Jesús contó una vez y Rembrandt pintó más tarde. Me pregunté si aquel precioso tiempo pasado en el Hermitage daría su fruto alguna vez y cómo lo haría.
Cuando me alejé del cuadro, me acerqué al joven vigilante y traté de expresarle mi gratitud por haberme aguantado tanto tiempo. Cuando le miré a los ojos, bajo aquella gorra rusa vi a un hombre como yo: temeroso y con grandes deseos de ser perdonado. De aquella cara surgió una hermosa sonrisa. Yo también sonreí, y los dos nos sentimos salvados

jueves, 30 de agosto de 2007

El signo de Jonás 1.


Una alegre sorpresa ha sido encontrar la información de una nueva edición de “El signo de Jonás” de Thomas Merton, también de Desclee de Brower, editora que al parecer ha asumido la tarea de publicar buena parte de la obra mertoniana. Este libro ha sido el que más he leído de Merton, repasándolo una y otra vez, pues tiene un efecto muy positivo sobre mi vida interior. Aun cuando he escuchado criterios negativos acerca de este libro, sobre todo de parte de cierta generación que priorizó la acción a la contemplación, tratando de encarnar la fe, creo que para el que busca está lleno de semillas de luz, muy necesarias para la vida espiritual. Les comparto, en dos partes, el texto de la presentación del libro, aparecida en internet.


EL SIGNO DE JONÁS: P R E S E N TA C I Ó N

(Autor: Francisco R. de Pascual)
La publicación de una nueva versión completa de El signo de
Jonás
debe ser acogida con gran alegría. Desde hace muchos
años esta obra era difícil de encontrar, y sólo unos pocos disponían
del privilegio de hacerse con una copia del original. Y
llegada la hora de la confesión, he de decir que son muchos los
ejemplares distribuidos mano a mano a amigos y conocidos.
Poco a poco vamos acercándonos a la esencia del mensaje
mertoniano y podemos establecer mejor los contornos de la
personalidad de un autor que se hace cada vez más actual.
¿Por qué ha de ser actual el diario monástico de un monje
que relata su vida en el interior de un monasterio en un periodo
que va desde diciembre de 1946 hasta julio de 1952?
En este libro introduce Merton una nueva dimensión en la
literatura espiritual autobiográfica: la fusión del discurso religioso
o metafórico con un lenguaje experiencial, psicológico,
en una visión simbólica holística que demuestra cuán lejos
se hallan todos los patrones o sistemas de la singularidad misteriosa
de la persona. Página tras página el lector encontrará
una luz, y no teorías, que se proyecta sobre la batalla del crecimiento
desde el sentido pequeño y egoísta del ser hasta la
auténtica personalidad, no como la simple fidelidad a un modelo
abstracto o concepto religioso preconcebido del propio ser,
sino como un intento no prefijado de fidelidad a la vida concreta,
individual e histórica, tanto en sentido personal como
comunitario.
La expresión teórica y vivencial de la experiencia contemporánea
de la personalidad como particularidad tangible goza
de un sentido de modernidad plenamente actual en su carácter
histórico, evolutivo y proteiforme.

Al seguir el camino de Merton en el interior de un monasterio
(en su dimensión más profunda), uno se siente conducido
desde la idea del descubrimiento del yo oculto, prefigurado por
Dios, hacia el planteamiento del ser como una creación continua
y correspondiente, o recreación del sí mismo, a través del
cambio de los contextos personales e históricos.
El mismo título que el autor dio a su libro significa, creemos
nosotros, un cambio con respecto a otros escritos de su primera
época monástica (antes de concluir El signo de Jonás en
1952, Merton había publicado La montaña de los siete círculos,
algunos libros de poemas, ¿Qué es la contemplación?, Semillas
de contemplación, Las aguas de Siloé y otros libros de temas
monásticos). Así pues, parece que a partir de esa fecha, 1952,
se produce también un cambio de contexto teológico, a medida
que evoluciona desde la dicotomía de lo natural/sobrenatural
de sus primeros escritos, hasta alcanzar la sabia intuición
de que el verdadero equilibrio personal no se logra sino a través
de la depuración en el crisol de la noche oscura –o experiencia
de la angustia existencial o temor monástico–, por
medio de una dura lucha espiritual. Esta pugna exige como
condición previa una sana autonomía psicológica que, a su vez,
es también requisito imprescindible para la entrega definitiva a
Dios y a los demás.
En este libro comienza Merton a intuir y exponer algo que
le seguirá durante toda la vida: el problema del yo nunca estará
completamente resuelto para quien permanece vivo, abierto
a la experiencia, y dando testimonio escrito de esta experiencia.
La calidad de su trabajo es tan radicalmente temporal, que convierte
en imposible la siempre tentadora simplificación de considerar
que una sola identidad o un solo texto pueden englobar
el sentido de su vida, o sugerir el más mínimo carácter de
«completo» o «acabado» en su pensamiento acerca de la esencia
del yo.
Es precisamente esta conciencia de ser inacabado y consciente
de la experiencia histórica del propio yo –única, irrepetible
y siempre cambiante, manifiesta en sus escritos– lo que
confiere a Merton el citado carácter de actualidad y lo convierte
en un clásico de la historia religiosa contemporánea. En este
libro, por primera vez en la historia de las autobiografías o diarios
de monjes, penetra Merton el sentido profundo del lenguaje
religioso, el símbolo central del yo en el cambiante
entorno de la búsqueda religiosa de nuestro tiempo, por lo que
su atípica vida de monje y escritor del siglo XX descubre una
nota de universalidad.
En el universo espiritual y simbólico de Merton se dan tanto
la continuidad como el cambio. La continuidad puede ser
apreciada en su íntima inmersión tanto en los escritos de los
Padres de la Iglesia y de los padres monásticos, como en la tradición
mística de su propia formación cristiana y en sus sucesivas
reinterpretaciones de los grandes temas de estos clásicos a
la luz de su propia experiencia cambiante. Así, en sus escritos
más tempranos –por ejemplo en Semillas de Contemplación– es
su dramática conversión al cristianismo la lente a través de la
cual mira la vida cristiana y su recién aceptado objetivo monástico:
la realización de la experiencia del encuentro con Dios y, a
través de éste, el encuentro consigo mismo. El yo falso y el yo
verdadero son los símbolos apropiados para expresar su experiencia
en esos momentos iniciales, en perfecta correspondencia
con el duro contraste que él expresa entre el mundo y el
monasterio, entre la ciudad profana y violenta y la sagrada
comunidad campestre. (Cont.....)

Alguien semejante. (Para Pepe Armas)


Tenía apenas 18 años cuando alguien puso en mis manos un libro pequeño y casi prohibido que me deslumbró. Convertí a su protagonista en el ideal de mis búsquedas, y empecé a vivir teniendo como principal propósito el hallar un amigo, único y especial: esas búsquedas me llevarían muchos años después al hallazgo de la fe. Pero antes, por mucho tiempo, fue la poesía testigo de encuentros y desencuentros. Esta que les quiero regalar hoy tiene ya casi 20 años, y es la carta que guarda la luz de un amigo que llevo siempre en mi corazón. Ya hoy apenas si sabemos el uno del otro, aunque cada cierto tiempo nos cruzamos en la calle e intercambiamos un saludo, un par de palabras. Pero aquella “huella azul” que un día dejó en mí no ha desaparecido, y es parte inevitable de lo que soy hoy.


Para alguien semejante.

Hallarte no fue ver el unicornio
Conocerte entre palabras y golpes de teléfono
Llenó de grietas todas las paredes de mi mundo.
¡Ah la inocencia de los que aman y sueñan!
Las calles conocieron de caminos lúdicos
Y toda la ciudad fue el cascarón del que nació esta historia.

Tenemos una edad para cada fracaso
Tú inventaste un nombre por disfraz
Un lugar donde ocultar el tiempo
Un final que sacaste no sé de qué novela.
Todavía guardo tu nostalgia
Nunca dijiste que estaba hecha para mí
Pero calmó la sed cuando faltó la lluvia
Y yo corrí a escribir aquel pésimo poema.

Ya vez lo pienso ahora y me divierto
Los finales a veces pueden ser el comienzo
Porque la vida es siempre un evento imprevisible.
Entre estas dos montañas solitarias
La vida tendió un puente
La moda de estos años no pudo con nosotros
Cartas escritas como estrellas fueron el antídoto
Ni los amores ni los fracasos ni la duda
La palabra amigo se fue multiplicando
Hasta encarnarse en su mágica unidad.

No conozco a nadie que calle como tú
Mi buen maestro de silencios
Nadie que mueva mi piel con sólo una palabra
Que haga estallar mi paz y me dibuje
Piel simple sueño proyecto como soy
Te pertenezco.
Ya no tenemos nada que esperar
La fe sostiene al loco que baila sobre la suerte
Saber que no hay vacío
Que una carta acecha la tristeza
Una sonrisa es el regalo de los miércoles.

Ya vez yo tampoco he encontrado las palabras
Tenemos que inventar signos que nos sirvan
Para contar vivencias y entendernos sin hablar.
Hoy entiendo esa música distinta que golpeaba mis venas
Melodía terrible incierta tierna y melancólica
Que buscaba salir y repetirse en el viento
En las olas en alguien semejante.

Ahora estás aquí no hace falta tu cuerpo
Tus cartas no hacen falta
No hace falta más que saber que somos uno
Que hay una fuente para beber en los desiertos
Una respuesta en este sinsentido que es la vida.
No somos ya dueños de esta historia.
La amistad es eterna bienvenida
Eterna luz que alumbra otros caminos.

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 2


Segunda parte:Es un hecho que la oración occidental no es suficientemente visceral, que está más preocupada con el cerebro que con las capas más profundas del cuerpo, que es donde se general el poder para acercarse a lo espiritual. Pero ahora podemos estudiar los aspectos físicos de la meditación incluso científicamente, gracias a los experimentos realizados en lugares como la Universidad Budista Komazawa. Ahí tienen instrumentos para detectar las condiciones físicas de las personas dedicadas al Zen. Los estudiantes miden la respiración, el ritmo cardíaco, los movimientos oculares, el metabolismo, el equilibrio, las ondas cerebrales, y todos los demás aspectos. En los Estados Unidos están siendo llevados a cabo experimentos similares, y eventualmente estos estudios pueden generar algunas sugerencias acerca de las condiciones ideales para la meditación en relación con la dieta, postura corporal, entorno físico, etc. Sobra decir que estos estudios se vuelven un poco ridículos cuando uno se encuentra con personas con pequeños artefactos para medir la onda alfa. Pero los absurdos se encuentran en todas partes y no pueden ser impedidos. Además, estos estudios científicos no deben conducir al burdo materialismo. Una vez, mientras visitaba la Universidad Komazawa, pregunté al profesor encargado si él podía apreciar la profundidad del Zen de la gente. “No, no podemos medir el Zen -respondió porque la mente es un misterio. Todo lo que podemos medir son sus repercusiones físicas”. Me interesó oírle hacer esa distinción. Aquí yo podría agregar entre paréntesis que el Zen no pretende ese minucioso control del cuerpo que ha hecho tan famoso al Yoga. En general, el Zen rechaza de plano cualquier cosa que huela a mágico o extraordinario. Desprecian estos fenómenos y los miran como distracciones peligrosas en la senda de la experiencia sin imágenes que es el satori. Los fenómenos extraños se engloban en el nombre genérico de makyo, que literalmente significa “el mundo del demonio”, pero que se aplica a todas las formas de ilusión en el Zen. A este respecto, es bastante saludable y está liberado de los abusos encontrados en otras formas de misticismo. La doctrina de rechazo a los fenómenos extraños es muy similar a la de San Juan de la Cruz. Nuevamente es la “nada, nada, nada”. Uno no debe ser distraído de la meta por fenómenos físicos o espirituales de cualquier tipo.Volviendo al cristianismo, encontramos que la tradición en occidente dice más acerca del cuerpo de lo que es generalmente reconocido hoy en día. Solía ser axiomático - y en mi opinión aún lo es - que si ustedes querían llevar una vida de meditación debían controlar sus ojos, oídos, lengua, manos y manera de caminar. A todo esto se le solía dar el nombre general de modestia, una virtud de la cual no se oye hablar mucho hoy. Se le da mucha importancia en el Zen, aunque se describe en forma diferente. Se puede agregar, sin embargo, que la tradición cristiana dice que la meditación transforma el cuerpo haciéndolo hermoso. Esto se debe a que la gloria interna proveniente de la oración contemplativa no puede sino traspasar y penetrar el cuerpo.Uno se acuerda de Moisés descendiendo de la montaña. Tan luminoso y glorioso era el regocijo que inundaba su semblante, que quienes lo esperaban no pudieron mirarlo y le rogaron que usara un velo, porque la real gloria de Dios irradiaba de la faz del gran israelita.Probablemente la mayoría de nosotros, una que otra vez, hemos encontrado personas que participaban de esa belleza corporal transfigurada. Para las exigencias televisivas pueden ser más bien feos - ningún auspiciador soñaría con usar sus caras para vender pasta de dientes o jabón - pero la gloria de la oración penetra sus cuerpos como penetró el cuerpo de Moisés. También supongo que este es el tipo de belleza a la que curas y monjas deberían aspirar, ahora que la cambiante cultura los hace modificar su forma exterior de vida y vestuario. Podría ser una buena idea el que, en vez de mirar hacia París y Londres, miráramos hacia Moisés y el Exodo en busca de un ideal de belleza que podría ayudar al hombre moderno en su búsqueda de la verdad.Como sea, mientras la tradición cristiana ha confirmado la belleza conferida al cuerpo a través de la meditación, ha sido más bien lenta en el uso del cuerpo como forma de lograr el samadhi. De nuevo podemos aquí aprender del oriente; y para ilustrar el rol del cuerpo me gustaría referirme a un pasaje del Bhagavad Gita. Este clásico texto no es, por supuesto, ni Zen ni Budista, aunque parece tener una considerable influencia Budista. Pero me atrae mucho. Estoy muy estimulado a usarlo luego de la lectura de un libro del Profesor R.C. Zaehner, quien insiste en que cualquiera que intente establecer un puente sobre la brecha entre Zen y Cristianismo no puede permitirse ignorar el Gita, que es uno de los grandes eslabones entre el oriente y el occidente.

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 3.


Y allí estaba yo, delante del cuadro que había estado en mi mente y en mi corazón desde hacía casi tres años. Estaba maravillado por su majestuosa belleza. Su tamaño, mayor que el tamaño natural; sus abundantes rojos, marrones y amarillos; sus huecos sombreados y sus brillantes primeros planos, pero sobre todo, el abrazo de padre e hijo envuelto de luz y rodeado de cuatro misteriosos mirones. Todo esto me impactó con una intensidad mayor de lo que nunca hubiera podido imaginar. Hubo momentos en los que me pregunté si el original no me desilusionaría. Todo lo contrario. Su grandeza y esplendor hacían que todas las demás cosas pasaran a un segundo plano. Me dejó completamente cautivado. Realmente, estar aquí era volver a casa.
Mientras muchos grupos de turistas pasaban rápidamente con sus guías, yo permanecía sentado en una de las sillas forradas de terciopelo rojo que están frente a los cuadros. Sólo miraba. ¡Ahora estaba viendo el original! No sólo veía al padre abrazando a su hijo recién llegado a casa, sino también al hermano mayor y a las otras tres figuras. Es un óleo sobre lienzo de dos metros y medio de alto por casi dos de ancho. Me llevó un rato darme cuenta de que efectivamente estaba allí, asimilar que estaba verdaderamente en presencia de lo que durante tanto tiempo había querido ver, disfrutar del hecho de que estaba sólo, sentado en el Hermitage de San Petersburgo, pudiendo contemplar El Regreo del Hijo Pródigo todo el tiempo que quisiera.
El cuadro estaba expuesto de la forma más adecuada, en una pared que recibía la luz natural de pleno a través de una gran ventana cercana situada formando ángulo de ochenta grados. Sentado allí, me di cuenta de que a medida que se acercaba la tarde, la luz se hacía más intensa. A las cuatro, el sol cubrió el cuadro con una intensidad diferente, y las figuras de atrás —que durante las primeras horas parecían algo borrosas— parecieron salir de sus rincones oscuros. A medida que transcurría la tarde, la luz del sol se hizo más directa y estremecedora. El abrazo del padre y el hijo se hizo más fuerte, más profundo, y los mirones participaban más directamente de aquel misterioso acontecimiento de reconciliación, perdón y cura interior. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había tantos cuadros del Hijo Pródigo como cambios de luz, y me quedé durante largo rato fascinado por aquel gracioso baile de naturaleza y arte.
Alexei regresó. Sin darme cuenta habían pasado más de dos horas desde que se había marchado dejándome a solas con el cuadro. Con sonrisa compasiva y gesto de apoyo, me sugirió que necesitaba un descanso y me invitó a un café. Me condujo por los majestuosos vestíbulos del museo —la mayor parte del cual fue la residencia de invierno de los zares— hacia la zona de trabajo en la que habíamos estado antes. Alexei y su colega habían preparado una enorme bandeja llena de pan, quesos y dulces y me animaron a que lo probara todo. Tomar el café de la tarde con los restauradores del Hermitage no estuvo nunca en mis planes cuando soñaba con pasar un rato a solas con El Regreo del Hjo Pródigo. Tanto Alexei como su compañero me explicaron todo lo que sabían acerca del cuadro de Rembrandt y se quedaron intrigados por saber por qué estaba yo tan interesado en él. Parecían sorprendidos y algo perplejos con mis reflexiones y observaciones espirituales. Me escucharon muy atentamente pidiéndome que les contara mas.
Después del café volví al cuadro durante otra hora hasta que el vigilante y la mujer de la limpieza me hicieron saber, muy claramente por cierto, que el museo se iba a cerrar y que ya había estado bastante tiempo. (Cont....)

miércoles, 29 de agosto de 2007

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 1

Nota: Acerca del vínculo entre espiritualidad y corporalidad ya hemos compartido algunas entradas. Como es un tema que me interesa y apasiona les propongo un escrito de otro de mis autores favoritos, jesuita, residente en Japón, que encontré en internet.
Cualquiera que esté interesado en la meditación debe pensar en el cuerpo, porque el Hermano Asno no permitirá que lo ignoren. Pocas son las áreas de la experiencia humana donde la interacción de mente y cuerpo sea tan importante y tan delicada como aquí.Al acercarnos a las religiones orientales, la atención que se pone en el cuerpo llama mucho la atención. Es con el cuerpo que todas las cosas comienzan, y la meditación es un arte que enseña el uso de los ojos, pulmones, abdomen, espina dorsal, etc. Además es importante el lugar de la meditación, que esté impecable, que sea una habitación tenuemente iluminada o un espacio ampliamente abierto. Y por supuesto, la meditación es buena para la salud física y mental. Puede ser que en un templo Zen les digan que el sazen los hará más resistentes al resfrío y la gripe, y que, mediante una práctica constante, tendrán una mayor oportunidad de supervivencia frente a la amenaza de la contaminación ambiental. Una vez asistí a una convención sobre meditación en un templo Zen cerca de Kyoto. Unos expertos hablaron de Yoga, de Budismo Esotérico y de Zen. Nos sentamos silenciosamente en el gran salón de meditación y también hicimos ejercicios de yoga, esmerándonos según nuestras habilidades. Estos fueron una preparación para una posterior entrada en samadhi, y realmente creo que pueden ser sólo eso. Oímos charlas acerca de la técnica de la meditación, como tensar y relajar, como sentarse y todo eso. Uno de los expositores hizo un gran diagrama del cuerpo humano en el que explicaba los chakras, - esos centros de energía psíquica de que habla el yoga - la circulación de la respiración a través del cuerpo, y todo lo demás. Al final de cada meditación cantábamos al unísono: “¡ Om, shantih, shantih !Lo más sorprendente del encuentro fue la carencia de una fe común. Nadie parecía siquiera levemente interesado en lo que cualquier otro creyera o no creyera, y nadie, hasta donde yo recuerdo, mencionó tampoco el nombre de Dios. Era sólo meditación, y sólo fueron tratados los aspectos físicos. Sin embargo, éstos se discutieron con gran detalle, incluyendo hasta el impacto de la meditación en la vida sexual.Yo era el único conferencista cristiano, y, francamente, estaba un poco perplejo. Sentía que cualquier cosa que pudiera decir sería irrelevante. No podía decirle a nadie cómo pararse sobre la cabeza o cómo tensar sus bíceps, y era difícil hablar de Dios en esa reunión. Porque ¿ puede uno hablar de meditación cristiana sin referirse a Dios ? Finalmente me conecté con uno de los conferencistas que insistía en que la meditación, lejos de detenerse en el cuerpo, debía irradiarse hacia el mundo del espíritu y hacia las dimensiones cósmicas de la realidad. Este fue el mayor acercamiento a Dios en toda la reunión. En conjunto aprendí un montón de cosas en este encuentro. Fue un agradable y provechoso fin de semana, estropeado sólo por el hecho de que un compañero roncó toda la noche en nuestro dormitorio comunitario, no dejándome pegar un ojo. A los otros no parecía importarle mucho. No hay duda que eran mejores yoguis que yo. O quizás tenían mejores nervios.Los cristianos deberían pensar más acerca del rol del cuerpo en la oración. Después de todo, hay mucho que decir en los comienzos de la meditación, que es donde ustedes están. Esta es una verdad dirigida a la gente moderna. Muchos pondrán en duda la existencia de Dios y la existencia de la vida después de la muerte, pero sólo los extremistas cuestionarían la existencia de sus propios cuerpos. Entonces ¿por qué no empezamos con algo en lo que ellos crean, y a través del cuerpo salimos hacia el Cosmos y hacia Dios ? De esta manera la meditación puede ser enseñada a gente que tenga poca fe, a aquellos que están perturbados por su conciencia o por el temor de que Dios esté muerto. Este tipo de gente siempre puede sentarse y respirar. Para ellos la meditación se convierte en una búsqueda, y yo he encontrado, en mi escasa experiencia en nuestra sede en Tokio, que la gente que comienza a explorar de esta manera eventualmente encuentra a Dios. No el Dios antropomórfico que ellos han rechazado, sino el gran Ser en quien vivimos, nos movemos y somos. Pero el cuerpo es lo primero, Dios viene al final. (Cont.....)

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 2.

El cuadro
Justo antes de dejar Trosly, recibí una invitación de mis amigos Bobby Massie y su mujer, Dana Robert, para que fuera con ellos a la Unión Soviética. Mi reacción inmediata fue: Antes de haber sentido interés por esta obra, ya sabía que el original había sido adquirido en 1766 por Catalina la Grande para el Hermitage en San Petersburgo (que tras la revolución recibió el nombre de Leningrado y que recientemente ha reclamado su antiguo nombre de San Petersburgo) y que continuaba allí. Nunca pensé que tendría la oportunidad de verlo tan pronto. Aunque estaba ansioso por contemplar con mis propios ojos un país que había influido tan fuertemente en mis pensamientos, emociones y sentimientos durante la mayor parte de mi vida, esto se convertía en algo trivial frente a la oportunidad de sentarme ante el cuadro que me había revelado los anhelos más profundos de mi corazón.
Desde el momento de mi partida, supe que mi decisión de unirme a El Arca y mi visita a la Unión Soviética estaban estrechamente unidas. El vínculo cstaba seguro —era El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt. De alguna manera, tuve la sensación de que ver este cuadro me permitiría entrar en el misterio del regreso al hogar de una forma hasta entonces desconocida para mí.
La vuelta de un viaje agotador a un lugar seguro había significado un volver a casa; dejar el mundo de los profesores y estudiantes para vivir en una comunidad dedicada a cuidar hombres y mujeres con enfermedades mentales me hizo sentir de nuevo en casa; conocer a gente de un país que se había separado del resto del mundo mediante muros y fronteras fuertemente vigiladas, era también una forma de volver a casa. Sin embargo, más allá de todo aquello, significaba para mí, caminar paso a paso hacia el Unico que me espera con los brazos abiertos y desea tenerme en un abrazo eterno. Sabía que Rembrandt entendió profundamente este regreso espiritual. Sabía que cuando Rembrandt pintó su Regreso del Hijo Pródigo, había llevado una vida tal que no tenía ninguna duda sobre su verdadero y último hogar. Sentí que si hubiera conocido a Rembrandt en el lugar donde pintó a aquel padre con su hijo, Dios y humanidad, compasión y miseria, en un círculo de amor, lo habría conocido todo acerca de la vida y la muerte. También tuve la esperanza de que, a través de la obra maestra de Rembrandt, un día sería capaz de expresar todo lo que quería decir acerca del amor.
Estar en San Petersburgo es una cosa. Tener la oportunidad de reflexionar tranquilamente sobre El Regreso del Hijo Pródigo en el Hermitage, es otra. Cuando vi la enorme cola de gente esperando para entrar en el museo, me pregunté cómo y durante cuánto tiempo podría ver lo que más deseaba.
Mi inquietud, sin embargo, desapareció. Nuestro viaje oficial terminaba en San Petersburgo y la mayor parte del grupo volvió a casa. Pero la madre de Bobby, Suzanne Massie, que entonces se encontraba en la Unión Soviética, nos invitó a pasar unos días con ella. Suzanne es una experta en la cultura y arte rusos y su libro The land of the Firebird me fue muy útil a la hora de preparar nuestro viaje. Le pregunté a Suzanne: Ella contestó: .
Durante nuestro segundo día en San Petersburgo, Suzanne me dio un número de teléfono y me dijo: Marqué el número al instante y me sorprendió oir a Alexei, con su amable acento inglés, prometiéndome encontrarse conmigo en una de las puertas laterales, lejos de la entrada reservada a los turistas.
El sábado 26 de julio de 1986 a las dos y media de la tarde fui al Hermitage, caminé junto al río Neva y llegué hasta la puerta que Alexei me había indicado. Entré y alguien sentado tras una gran mesa de despacho me permitió utilizar el teléfono de la casa para llamar a Alexei. A los pocos minutos apareció haciéndome un caluroso recibimiento. Me llevó por una serie de pasillos espléndidos y escaleras elegantes hasta llegar a un lugar inaccesible para los turistas. Era una habitación larga de techos altos: parecía el estudio de un artista de cierta edad. Había cuadros por todas partes. En la mitad, había unas mesas enormes y sillas cubiertas de papeles y objetos de todo tipo. Enseguida me di cuenta de que Alexei era el director del departamento de restauración del Hermitage. Con gran amabilidad y muy interesado por mi deseo de ver el cuadro de Rembrandt con tiempo, me ofreció toda la ayuda que quisiera. Me llevó directamente al Hijo Pródigo, ordenó al vigilante que no me molestara y me dejó allí.

lunes, 27 de agosto de 2007

El pasaporte.


"La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna".

Benedicto XVI

El tesoro más grande...


Cuando la noche llegue con prisa
Y no esté lista tu alma
Para la oscuridad,
Pídele al sol que te vista de risa
Y derrame a tu paso
Toda su claridad.

Cuando el amor se te rompa en las manos
Y no sepas qué hacer con tu sed,
Adivina los sueños
Y acaricia el pasado,
Hasta que hagas llover.

Cuando el silencio forzado
Te abra al secreto más hondo de ti,
Corre al desierto que guarda
El tesoro más grande que podrás descubrir.

Cuando la vida te duela
Y la gente te hiera, no temas seguir,
Piensa que pueden los golpes
Despertar las ganas
De amar y vivir.

Cuanto más hondo cave el dolor,
Más libertad la alegría tendrá
Para hacer su canción
.

13 de febrero de 2002.

domingo, 26 de agosto de 2007

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 1.


Nota: Presento acá un pasaje de "El regreso del hijo pródigo", el libro más representativo de Nouwen, en el cual este nos narra su encuentro con esta famosa pintura y cómo descubrió sus implicaciones espirituales.

El cartel
Un encuentro aparentemente insignificante con un cartel representando un detalle de El Regreso del Hijo Pródigo de Remrandt hizo que comenzara una larga aventura espiritual que me llevaría a entender mejor mi vocación y a obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de esta aventura son un cuadro del s. XVII y su autor, una parábola del s. I y su autor, y un hombre del s. XX en busca del significado de la vida.
La historia comienza a finales de 1983 en el pueblo de Trosly, Francia, donde estaba pasando unos meses en El Arca, una comunidad que acoge a personas con enfermedades mentales. Fundada en 1964 por un canadiense, Jean Vanier, la comunidad de Trosly es la primera de las más de noventa comunidades El Arca esparcidas por todo el mundo.
Un día fui a visitar a mi amiga Simone Landrien al pequeño centro de documentación de la comunidad. Mientras halábamos, mis ojos dieron con un gran cartel colgado en su puerta. Vi a un hombre vestido con un enorme manto rojo tocando tiernamente los hombros de un muchacho desaliñado que estaba arrodillado ante él. No podía apartar la mirada. Me sentí atraído por la intimidad que había entre las dos figuras, el cálido rojo del manto del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho, y la misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo las manos, las manos del anciano, la manera como tocaban los hombros del muchacho, lo que me trasladó a un lugar donde nunca había estado antes.
Dándome cuenta de que ya no estaba prestando atención a la conversación, dije a Simone: . Ella dijo: Seguí mirando fijamente el cartel y por fin tartamudeé: Simone añadió: , dije,
La primera vez que vi El Regreso del Hijo Pródigo, acababa de terminar un viaje agotador de seis semanas dando conferencias por los Estados Unidos, lanzando un llamamiento a las comunidades cristianas para que hicieran todo lo posible por prevenir la violencia y la guerra en América Central. Estaba realmente cansado, tanto que casi no podía andar. Me sentía preocupado, solo, intranquilo y muy necesitado. Durante todo el viaje me había sentido como un guerrero fuerte y valeroso luchando incansablemente por la justicia y la paz, capaz de hacer frente sin miedo al oscuro mundo. Pero ahora me sentía vulnerable como un niño pequeño que quiere gatear hasta el regazo de su madre y llorar. Tan pronto como las multitudes que me alababan o me criticaban se alejaron, experimenté una soledad devastadora y fácilmente podía haberme rendido a las seductoras voces que me prometían descanso físico y emocional.
Este era mi estado la primera vez que me encontré con El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt colgado de la puerta del despacho de Simone. Mi corazón dio un brinco cuando lo vi. Tras mi largo viaje, aquel tierno abrazo de padre e hijo expresaba todo lo que yo deseaba en aquel momento. De hecho, yo era el hijo agotado por los largos viajes; quería que me abrazaran; buscaba un hogar donde sentirme a salvo. Yo no era sino el hijo que vuelve a casa; y no quería ser otra cosa. Durante mucho tiempo había ido de un lado a otro: enfrentándome, suplicando, aconsejando y consolando. Ahora sólo quería descansar en un lugar que pudiera sentirlo mío, un lugar donde pudiera sentirme como en casa.
Ocurrieron muchas cosas en los meses y años siguientes. El enorme cansancio desapareció y volví a mis clases y a mis viajes, pero el abrazo de Rembrandt seguía grabado en mi corazón más profundamente que cualquier otra expresión de apoyo emocional. Me había puesto en contacto con algo dentro de mí que reposa más allá de los altibajos de una vida atareada, algo que representa el anhelo progresivo del espíritu humano, el anhelo por el regreso final, por un sólido sentimiento de seguridad, por un hogar duradero. Mientras seguía ocupado con mucha gente, envuelto en innumerables asuntos, y presente en multitud de lugares, El Regreso del Hijo Pródigo estaba conmigo y seguía dando un significado mayor a mi vida espiritual. El anhelo por un hogar duradero que había llegado a mi conciencia gracias al cuadro de Rembrandt, crecía más fuerte y más profundamente convirtiendo al pintor en un fiel compañero y guía.
Dos años después de haber visto el cartel de Rembrandt, dimití de mi puesto como profesor en la Universidad de Harvard y volví a El Arca en Trosly, donde pasé un año entero. El propósito de este traslado era determinar si estaba llamado a vivir una vida dedicada a gente con enfermedades mentales en una de las comunidades de El Arca. Durante aquel año de transición, me sentí especialmente cerca de Rembrandt y de su Hijo Pródigo. Después de todo, buscaba un hogar nuevo. Parecía como si mi compañero holandés me hubiera sido dado como un compañero especial. Antes de que terminara el año, ya había tomado la resolución de hacer de El Arca mi nuevo hogar e incorporarme a Daybreak, la comunidad de El Arca en Toronto.

Ernesto Cardenal habla sobre Thomas Merton. (2)


“Yo tuve que salir de la Trapa por razones de salud, pero Merton lo vio como providencial porque él estaba pensando ya entonces en una fundación de una comunidad diferente de la Trapa en América Latina, que él quería hacer junto conmigo. Y al despedirme de él me aconsejó que en caso de que él no pudiera salir de la Trapa, esa fundación la hiciera yo y que para eso convenía que antes estudiara el sacerdocio. En el noviciado no se estudiaba el sacerdocio, se comenzaban los estudios sacerdotales después de los primeros votos al terminar el noviciado. Y me dijo: como todavía en la Iglesia hay mucho clericalismo, para dirigir una pequeña fundación, una pequeña comunidad, es muy importante ser sacerdote para tener más influencia.
Yo comencé estudios sacerdotales, siempre esperando que a él lo autorizaran a salir de la Trapa para hacer esa fundación. Y terminé los estudios y me ordené sacerdote sin que todavía él hubiera obtenido ese permiso. Inmediatamente después de mi ordenación, hice la fundación de la pequeña comunidad de Solentiname.
Fui a visitar a Merton a la Trapa para que me diera las instrucciones finales. También para que nos hiciera una Regla. Y él me dijo: la primera regla es que no haya Regla y entonces salen sobrando todas las reglas. Me dio una carta para el papa, para que yo fuera a Roma para que lo autorizaran a él a estar una larga temporada en nuestra comunidad como director espiritual, aunque después me dijo que todavía no era tiempo de que yo llevara esa carta. El iba a llegar a Solentiname cuando supimos que había muerto electrocutado por un abanico en Bangkok, en una reunión de contemplativos de Oriente. Acababa de dictar una charla sobre vida monástica y marxismo cuando murió electrocutado.
Merton me había dicho muchas veces que la vida contemplativa tenía que ser politizada. Él temía una fundación trapense oficial, de la Orden, en América Latina. Porque decía que los monjes norteamericanos tenían ideas muy conservadoras…. Nuestra comunidad de Solentiname, inspirada en el espíritu de Merton, fue desde el principio una comunidad politizada, comprometida con nuestro pueblo y con la liberación de nuestro pueblo”.

sábado, 25 de agosto de 2007

Noche oscura de Teresa de Calcuta.


Libro revela la crisis espiritual de la Madre Teresa de Calcuta
EFE
WASHINGTON
La madre Teresa de Calcuta pasó la mayor parte de sus últimos 50 años de vida en medio de una profunda crisis espiritual que la llevó a dudar incluso de la existencia de Dios, según un nuevo libro que se publicará en septiembre.
Mother Teresa: Come Be My Light (Madre Teresa: ven y sé mi luz), de la editorial Doubleday, se basa en la correspondencia que la monja albanesa mantuvo con sus confesores y superiores durante 66 años, según un artículo que aparece en el último número de la revista Time, en el que se recogen extractos de las misivas.
''El silencio y el vacío son tan grandes que miro pero no veo, escucho pero no oigo, la lengua se mueve [durante la oración] pero no habla'', dijo en una carta dirigida a su entonces asesor espiritual, el reverendo Michael van der Peet, a principios de 1980.
Esas palabras llegaban, según recuerda Time, menos de tres meses después de otras bien diferentes, las que pronunció durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz, que le fue concedido en 1979.
El 11 de diciembre de ese año, en una ceremonia en Oslo, la misionera habló de un Cristo que está en todas partes: ''Cristo está en nuestros corazones, en los pobres a los que encontramos, en la sonrisa que ofrecemos y en la que recibimos'', dijo entonces.
Pero ese Cristo tan cercano estaba lejos de ella, según relata un libro que promete desatar un profundo debate sobre quién era realmente Teresa (1910-1997), nacida en lo que hoy es Macedonia y entonces era Albania y llamada antes de ser monja Inés Gonxha Bojaxhiu.
Mother Teresa: Come Be My Light no es obra de un ateo o un crítico de la Iglesia, sino del reverendo Brian Kolodiejchuk, miembro de las Misioneras de la Caridad, la orden a que pertenecía Teresa.
Kolodiejchuk es, además, el responsable de solicitar la canonización de la misionera y acopiar los materiales de apoyo.
Según Time, para el religioso las dudas de Teresa, lejos de cuestionar su santidad, son una muestra de su perseverancia al decidir no abandonar su trabajo en favor de ''los más pobres de los pobres'' pese al vacío espiritual y la lejanía de Cristo que torturó gran parte de su existencia.
Para Kolodiejchuk, la declaración más conmovedora es una en la que Teresa asegura estar dispuesta a ``sufrir [...] toda la eternidad, si eso es posible''.
La ausencia de Dios en la vida de Teresa parece haber comenzado casi en el mismo momento en que empezó a ayudar a los desheredados de Calcuta en 1948 y, con la excepción de un breve período de cinco semanas en 1959, ese vacío estuvo siempre presente.
''Aunque siempre alegre en público, la Teresa de las cartas vivió en un profundo y duradero estado de dolor espiritual'', señala Time.
''Dígame, padre, por qué hay tanto dolor y oscuridad en mi alma'', preguntaba la monja en una carta enviada al reverendo Lawrence Picachy en agosto de 1959.
Dos católicos muy distintos adelantaron a Time que la obra se convertirá en un hito.
El reverendo Matthew Lamb, presidente del departamento de Teología de la Universidad Ave María de Florida, indicó que el libro alcanzará la talla de las Confesiones, de San Agustín, o La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton.
Martin of America, una institución mucho más liberal, definió la obra como ``un nuevo ministerio para la madre Teresa, un ministerio escrito sobre su vida interior''.
La organización declaró que ``será un servicio a la gente que ha experimentado dudas, alguna ausencia de Dios en sus vidas. ¿Y sabe quiénes son esos? Todo el mundo. Los ateos, los que dudan, los que buscan, los creyentes, todo el mundo''.
Por el contrario, el ateo Christopher Hitchens, autor del libro God Is Not Great (Dios no es maravilloso), opina que la obra demuestra que Teresa se dio cuenta de que ``la religión es una fabricación humana''.
Teresa percibió la ausencia de Dios de su vida como su secreto más humillante, pero las cartas revelan que con el tiempo aprendió a vivir con esa carencia y a considerarla incluso un regalo.

Cómo hablar hoy de la salvación (Domingo 21)


¿Serán pocos los que se salven?. Esta pregunta, hecha a Jesús y recogida por los evangelios, sigue cuestionando hoy a muchos, creyentes y no creyentes, y puede ser la motivación para nuestra reflexión en este domingo 21 del año litúrgico. Para todos es obvio que los hombres de hoy siguen experimentando la necesidad de ser liberados de cualquier opresión para alcanzar una vida desarrollada y plena, fundamentada en el binomio verdad-libertad. El Evangelio es un mensaje de liberación frente al pecado y frente a todo aquello que esclaviza al hombre y le impide actuar según su dignidad humana y su condición de hijo de Dios. Es una liberación espiritual, pero lleva consigo implicaciones temporales, que no pueden ignorarse o pasarse por alto sin peligro grave de tergiversar el mensaje de Jesús. De ahí que la Iglesia hoy, al proclamar el mensaje de salvación deba insistir siempre en que esa salvación incluye al hombre entero: el que sufre a causa de estructuras sociales injustas, el pobre y enfermo, el perseguido y el preso, el indigente político, el que anda en busca de verdad, etc, etc. Toda clase de indigencia constituye un reto al mensaje evangélico de liberación.
Echemos una mirada a los textos bíblicos propuestos para hoy:
1- Isaías: Desde una perspectiva universalista y audaz el profeta comprende que la acción redentora de Dios no termina con Israel, sino que llega a todas las naciones de la tierra. La unidad y solidaridad serán signos, “señal”, del tiempo nuevo que se anuncia. En el posexilio los israelitas comprenden algunos errores causados por su estrechez de mente a la hora de entender el plan de Dios. La salvación no está restringida a Israel. Y en medio de la tribulación nace la esperanza.
2- Lucas: Según la doctrina rabínica de la elección, todo Israel se salva, porque la , salvación no depende de la cualidad moral del individuo, sino de la pertenencia al pueblo elegido. Jesús no responde directamente a la pregunta que se le hace, pero da una orientación práctica sobre el valor del esfuerzo para entrar a la vida: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Y apunta que los gentiles vendrán desde lejos y entrarán. Serán primeros, y los primeros, últimos. Este pasaje sigue la línea escatológica del domingo anterior, y a la curiosidad por el fin, realidad especulativa que no interesa demasiado, Jesús nos dice: obren de tal modo que puedan contarse entre los elegidos. La salvación está abierta a todo aquel que quiera ser parte y trabaje por ella. Todos están llamados.
3- Hebreos: Habla acerca de la pedagogía de Dios. En los combates de la fe, en el combate de la vida, debemos descubrir la mano paternal del Dios de la vida, del que somos hijos, y por el cual trabajamos en este mundo, para el Reino. Es importante perseverar hasta el fin, pues la vida y la vida cristiana en particular, es una lucha, pero en la cual el Hijo de Dios nos da la posibilidad con sus lágrimas de que las nuestras se conviertan un día en sonrisas.

Resumiendo: Dios sale al encuentro del hombre y se presenta como un Dios que salva de toda clase de esclavitud. Otros dioses acechan el camino del hombre, dioses pequeños y falsos que esclavizan al hombre: el poder político, el dinero, la violencia, el odio, la mentira, etc; ellos absorben la libertad humana y tiranizan. Para liberarnos vino Cristo: “el hombre para los demás”, y a través de Él, el cristiano ha de ser también un libertador. Ha de luchar contra toda clase de esclavitud e indigencia, indigencias materiales, morales y espirituales, y no hacerlo desde lejos, desde fuera, sino “derramando su sangre”, es decir trabajando en el mundo por la salvación. El creyente no puede evadirse de la tierra, es hijo de la tierra y del cielo, y ha de luchar por la salvación de toda realidad humana: hombres, instituciones y estructuras. Jesucristo resucitado es anticipo de que solo la fuerza de Dios es capaz de salvar enteramente al hombre.

jueves, 23 de agosto de 2007

El final es la luz para todos.


El final es la luz para todos
No importa que la mayoría camine a ciegas
Sin lazarillo y sin linterna.
El regalo es mayor que nosotros
Como una puesta de sol o un amanecer
Como una mariposa sobre una flor
Como dos que se aman
Así se hizo la luz.

De luz a luz caminan los humanos
Y es bueno decir que la vida es terrible
Llena de sorpresas
Terriblemente bella porque estamos
Como el Amigo Mayor que lo dio todo
Que perdonó
Que partió el pan
Que tuvo sed
Que prometió cuidar de nuestros sueños.

Aquí está toda la verdad:
El amor nos salva.
Descubrirlo me ayudó a nacer
Porque nos mira desde cada batalla
Con los brazos abiertos y sangrantes
Y una sonrisa tan libre como el cielo.


Manuel Enrique Valls. 1991

El amor y el dolor de partir.


“Cada vez que tomamos la decisión de amar a alguien, nos abrimos a un gran sufrimiento, porque los que más amamos nos ocasionan no solamente grandes gozos sino también grandes tristezas. El sufrimiento más grande es el de la partida. Cuando el hijo o la hija se van de casa, cuando el esposo o la esposa parte por un tiempo largo o definitivamente, cuando el amigo amado se va a otro país o muere, el dolor de la partida puede destrozarnos.
Sin embargo, si queremos evitar el dolor de la partida, nunca experimentaremos el gozo de amar. Y el amor es más fuerte que el temor, la vida más fuerte que la muerte, la esperanza más fuerte que la desesperación. Debemos confiar en que siempre vale la pena asumir el riesgo de amar”. (Henri Nouwen)

Estemos contentos.


“Señor, una vez más, no dudo de mi llamada a la santidad, aunque no soy fiel. No dudo de que Tu voluntad cumplirá Tu voluntad en mí a pesar de mi cobardía y mi falta de esfuerzo, a pesar de todas mis prevaricaciones inconscientes e incluso conscientes. Tú eres Dios y Tú has destruido mis pecados en la Cruz antes de que fueran cometidos. Apártame del pecado una vez más, apártame incluso del pecado material, hazme evitar incluso las imperfecciones, aunque con mucha frecuencia ni siquiera las percibo.
Nuestra gloria y nuestra esperanza es que somos el cuerpo de Cristo. Cristo nos ama y nos desposa como Su propia carne. ¿No nos basta? Pero no lo creemos realmente. ¡No! Estemos contentos, estemos contentos. Somos el Cuerpo de Cristo. Le hemos encontrado, Él nos ha encontrado. Estamos en Él, Él está en nosotros. No hay más que buscar excepto la profundización de esta vida que ya poseemos. Estemos Contentos”.
(Thomas Merton, Diarios)

martes, 21 de agosto de 2007

Amistad.


El azar no es la razón de mis amigos”.

“La amistad no es para mí una bagatela”
R.Rolland.



Sobre todas las cosas de este mundo yo pongo la amistad.
Gracias a ella respiro, defiendo mi verdad, espero y crezco.
Gracias a los que araron estos años por surcos paralelos,
Ligados por la magia tierna y poderosa
Que se esconde detrás de una palabra tan pequeña.

Creo absolutamente en mis amigos,
En la fe con que persiguen sus estrellas,
En la pureza tímida de un gesto,
En las cartas que me deben todavía,
Y en sus poemas, padres o hermanos de los míos.
Creo más allá de falsos juramentos,
Más allá de la duda y las traiciones,
Más allá de la mudez de algunos y las sombras,
Más allá de mí mismo.
¡Cómo no creer en las piedras de mi templo,
en las ramas de mi árbol y en mi ángel,
en los cuerpos y abrigos que cubrieron
la soledad y el frío de este hombre!

Yo no tengo amigos por azar.
Todos ellos son hijos de mi instinto, de mis ganas de amar,
De mis aciertos, y de mi libertad para elegir.
Mis amigos llevaron fuego y temor en la mirada,
Fueron culpables de amar o de estar vivos,
Pero salieron a mi encuentro sin caretas,
Compartiendo su pan con mis desganas,
Dándome el corazón sin condiciones.
Yo nunca dije que no a quien me buscaba,
Nunca volví la espalda a la esperanza.

Porque mis manos nacieron vacías
Y ellos las llenaron de palomas,
Perdonaron mis culpas, creyeron en mis sueños,
Supieron aplaudirme las locuras si hizo falta,
Esperaron una y otra vez la noche en cada senda,
Con el aliento listo para el llanto.
En fin, porque citaron mi pena en las esquinas,
Y acabaron desnudándose ante mí
Para probar que no mentían.

Todos optaron libremente por mi historia,
Y supe que estaban hechos para mí
Desde el primer instante.
Vinieron a ocuparme el pecho con sus versos,
Jamás faltaron a los aniversarios,
Estaban llenos de palabras listas para abrir,
Para salvar mis ojos de las olas,
Para ofrecerme en cada momento esa verdad inexplicable
Con que tejieron las redes en mi orilla
Y se quedaron para siempre.

Gracias por los que están, por los que fueron,
Por el Amigo Mayor que vela en mis caminos,
Por la luz y la sal para estos tiempos.
Gracias por declararse totalmente responsables
Y jurar que la casualidad es inocente,
Que no puede el azar ser la razón de tanta maravilla.

Diciembre de 1992.
Manuel Enrique Valls.

domingo, 19 de agosto de 2007

La oración contemplativa. (III y final) Thomas Merton.


Esto, y sólo esto, consigue el verdadero "vacío", en el que ya nada queda de nosotros mismos.
Un vacío deliberadamente cultivado, para llenar una ambición espiritual no responde en absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la plenitud de uno mismo. Tan lleno que la Luz de Dios no tiene sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese duro corazón, fruto de la autoabsorción, que es nuestra opción de vivir centrados en nuestro propio ser. Y, en consecuencia, cualquiera que aspire a convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de convertirse en contemplativo seria desear con todo el corazón ser cualquier cosa menos contemplativo. ¿Quién sabe?
Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo es lo que cuenta, sino sólo aquel "deseo" que es una forma de "vacío", que asiente con lo desconocido y avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que parece un deseo de "la vaciedad", sólo porque nada puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad por si misma. Realmente no existe tal entidad como pura vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso contemplativo es una "cosa", no la "nada". La "cosa" que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los demás seres están excluidos deliberadamente y por todos los medios.Pero la verdadera vaciedad es la que trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es puro ser. O al menos un filósofo podría describirla así. Pero para el contemplativo es otra cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que digáis de ella es diferente a lo que se decía. Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que está libre de todo, no determinado por nada, o visto en alguna clase de relación. Es un compartir, a través del Espíritu Santo, en la infinita caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a sus discípulos que amaran, se refería a una forma de amar tan universal como la del Padre, que envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre pecadores. "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto." Esta pureza, libertad e indeterminación del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A esto aspira sobre todo la vida monástica

Nuevos libros de TM.


Bueno, gracias a mi buen amigo Alexis, en Barcelona, España,y a quienes me lo hicieron llegar, ya tengo en mis manos dos libros recientes de Thomas Merton. De uno de ellos hablamos recientemente acá: se trata de“Un año con Thomas Merton”, publicado por Sal Terrae, que contiene meditaciones de los diarios de Merton para todo un año. Es una sencilla, pero hermosa edición, que promete mucho gozo espiritual. Dice la nota de la contraportada del libro:


“Únete a Thomas Merton en su trayectoria espiritual leyendo estos extractos de sus diarios. Este compañero en el día a día ofrece su sabiduría y su guía espiritual con extractos acordes con las estaciones del año y los acontecimientos de su vida, desde su ordenación sacerdotal hasta su retiro a su solitaria ermita, e incluso su prematura muerte en 1968.
Cada mes va precedido de una emotiva fotografía en blanco y negro realizada por Merton o uno de sus elegantes dibujos a plumilla de estilo zen. Cada día del año es una lectura breve y provocadora destinada a animar y profundizar la reflexión y la meditación del lector”.

Seguramente que este nuevo libro publicado en español acerca de Merton y su obra, y editado originalmente en inglés por Jonathan Montaldo, que fuera director del Centro Thomas Merton de la Bellarmine University, será de inspiración para quienes conocemos a Merton y para los que se acercan a él por vez primera.

El otro libro que también acabo de recibir lleva por título “Las páginas más bellas de Thomas Merton”, de la editorial Monte Carmelo, y es una selección de pasajes de la obra de Merton, útiles para la meditación personal y la oración. Tiene unas 250 páginas y me place que sea de una editora carmelitana, de la Provincia de Burgos, la que haya publicado esta selección.

Es muy bueno que sigan apareciendo nuevas ediciones de la obra de Thomas Merton, y aun quedan muchas más por traducir y publicar en español, como la Enciclopedia, la biografía oficial de Merton y sus diarios íntegros.

viernes, 17 de agosto de 2007

Nueva biografía de Félix Varela.


Ha llegado a mis manos una nueva biografía del llamado “santo cubano”, el presbítero Felix Varela, publicado por Ediciones Universal, y cuyo autor, Fidel Rodríguez Cuza, fue hermano mío en este convento de Nuestra Señora del Carmen de la Habana. Me alegro que Fidel haya podido llegar a concretar una obra en la que llevaba trabajando desde hace años, y le felicito desde acá. Soy muy sincero al decir que todavía no ha logrado motivarme lo suficiente ninguno de los libros que sobre el tema tengo en mi librero como para leerlos íntegramente, pero estoy leyendo este último, cuyo título es “Félix Varela: profundidad manifiesta”, primera parte de una trilogía que revisará toda la vida de este prócer cubano, y que desarrolla lo referido a los primeros años del P.Félix Varela y Morales, es decir, su infancia, adolescencia y juventud. Es importante que nuestros jóvenes y todos los que andan en busca de una NUEVA VISIÓN para nuestra tierra se acerquen a figuras como el padre Varela, y por ello es siempre bienvenida una obra como esta, que nos permite ahondar aun más en el camino que este hombre cristiano recorriera para así vivir plenamente su llamada a la santidad.
En cuanto termine la lectura del libro intentaré comentarlo brevemente acá, pero les invito a buscarlo y comprarlo, para acercarse a la vida y la obra de un cubano ejemplar.

jueves, 16 de agosto de 2007

Nuevo libro de Henri Nouwen.


Una nueva biografía de Henri Nouwen apareció publicada en español y por lo que hemos leído en internet parece ofrecernos nuevas luces sobre la vida y la obra de este importante maestro espiritual católico. Este es un resumen acerca del libro que encontramos en internet:

Michael O'LAUGHLIN es el autor del libro.

Resumen:
“El pan y el vino, los dos elementos de la eucaristía, tienen una cosa en común: ambos contienen levadura y ello es lo que les hace crecer y transformarse. El evangelio también contiene dentro de sí su propia modalidad de levadura, y esta levadura cobra vida, crece y cambia cuando cae en las manos de personas como Henri. El mensaje de Nouwen ha penetrado en el mundo, pero está destinado a ir todavía más lejos. Debe llegar a más gente y también debe penetrar más profundamente en los corazones de cada uno de los que ya hemos sido tocados por el mismo. Para ello hará falta tiempo y oración, y también hablar de ello. Tal vez este libro pueda ayudar a algunos de nosotros a avanzar un paso más en esta dirección. “Es difícil pensar en otra figura que combinara tan perfectamente la inspiración divina y la humanidad variopinta y enloquecida. Era un tesoro en un recipiente de barro. Que la bendición de Dios descienda sobre él”. Estos párrafos extraídos de la Conclusión podrían resumir el propósito de este libro, escrito por otro profesor de espiritualidad y amigo personal de Nouwen, que pone el énfasis en la dimensión profética y la esencia del legado espiritual de “uno de los mayores líderes espirituales del siglo XX”. Un hombre que siempre dio la impresión de desear mucho más la intimidad que la adulación y para el que la espiritualidad se convirtió en su teología y en su psicoterapia.

Michael O´Laughlin fue profesor de teología y ayudante de Nouwen en la Divinity School [facultad de teología] de la universidad de Harvard. Actualmente es director espiritual del Healing Centre [Centro de Sanación] de Arlington (Massachusetts).

La oración contemplativa. (II) Thomas Merton.


El quietismo absoluto no es un peligro omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos están más allá del poder de la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta a los que han leído libros sobre el misticismo sin entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida espiritual deliberadamente negativa, que no es más que una dejación de la oración, por ninguna otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en realidad a la persona a estar vacía, sin una vida espiritual, interior, en la que las distracciones y los impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el corazón. Persistir en esta situación de paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial espiritual, moral y mentalmente.
El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.
La verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal. Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas espirituales. La lógica del quietismo es una lógica puramente humana, en la cual dos más dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la oración contemplativa es de un orden enteramente diferente. Está más allá del dominio estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la verdadera contemplación no hay "razón por la que" el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto espiritual. La única garantía contra el enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que podemos hablar realmente de algún tipo de garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios, nuestra confianza en su voz, en su misericordia.
Ha quedado claro que el camino de la contemplación no es de ninguna manera una "técnica" deliberada de vaciarse uno mismo, para conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible, lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su poder.
El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El "desierto" de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
"Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo".
Esto podría completarse con las palabras que siguen de John Tauler:
"Cuando hemos probado esto en la auténtica profundidad de nuestras almas, nos hace hundirnos y disolver-nos en nuestra nada y pequeñez. Cuanto más brillante y más pura es la luz que se derrama en nosotros por la grandeza de Dios, tanto más claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En realidad así es cómo podemos discernir la autenticidad de esta iluminación. Porque es el brillo divino de Dios en lo más profundo de nuestro ser, no por medio de imágenes, no por medio de nuestras facultades, sino en las auténticas profundidades de nuestras almas. Su efecto será hundirnos más y más en nuestra propia nada".
Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de todo esto. Primero, que la contemplación es la culminación de la vida cristiana de oración, porque el Señor no desea nada de nosotros más que convertirse él mismo en nuestro "camino", en nuestra "verdadera vida". Esta es la única finalidad de su venida a la tierra para buscarnos, para poder elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo en él y con él podemos alcanzar al Padre invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo. Muriendo a nosotros mismos, y a todas las "maneras", "lógicas" y "métodos" propios nuestros, podemos ser contados entre aquellos a los que la misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo. Pero la otra conclusión es igualmente importante. Ninguna lógica propia puede conseguir esta transformación de nuestra vida interior. No podemos argumentar que el "vacío" es igual a la "presencia de Dios", y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No es cuestión de lógica ni de causa y efecto. Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa proyectada, o de nuestra propia técnica espiritual.

Todo el misterio de la oración contemplativa simple es un misterio de amor divino, de vocación personal y de don gratuito.


(Cont....)

martes, 14 de agosto de 2007

La oración contemplativa. (I) Thomas Merton.



"La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de "dejar que salgan" todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.
Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:
Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo... Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma...
La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.
Pero no debemos aceptar una visión puramente quietista de la oración contemplativa. No es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo sencillamente por "oscurecer" las realidades sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad. En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a propósito, como conclusión de un razonamiento práctico sobre el tema, y sin una vocación interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial que se ha fabricado él mismo. No está solo con Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia del Único Trascendente, sino de un ídolo, el de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido en si mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e infantil. Su vida es "nada" no en el sentido misterioso, dinámico, en el que la nada del místico es paradójicamente el todo de Dios. Es sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a si mismo en su propia trivialidad.
Los místicos Rhenish del siglo catorce tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de contemplación y contra la pasividad de la voluntad propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista de oración de una manera sistemática, dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si ella fuera, por si misma, suficiente para resolver los problemas. De ésos dice Tauler:
Estas personas han entrado en un camino sin salida. Confían totalmente en su inteligencia natural y están totalmente orgullosos de ellos mismos al hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero amor. Confían exclusivamente en la luz de su razón y en su falsa pasividad espiritual.
El problema que entraña el racionalismo es que se engaña a sí mismo en su racionalización y manipulación de la realidad. Hace culto del "permanecer sin moverse", como si eso en si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una huida de Dios. Esto es realmente el "quietismo puro". Pero, ¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros días?"

lunes, 13 de agosto de 2007

Jean Guitton: Mi testamento filosófico.


Quiero recomendarles un libro; cayó en mis manos hace tiempo por casualidad, no recuerdo exactamente dónde, pero lo leí de un tirón, y ahora, organizando la biblioteca de espiritualidad lo vuelvo a encontrar y es inevitable repasarlo de nuevo, releer lo que subrayé en aquel entonces. No es un libro fácil, pero tampoco difícil; es un libro para reflexionar, y un libro para rezar. ES definitivamente un buen libro cuya lectura recomiendo. Se trata de: “Mi testamento filosófico”, de Jean Guitton, publicado en español por Editorial Sudamericana, 1999. Jean Guitton nació en 1901 en Francia; escritor y filósofo, fue elegido miembro de la Academia Francesa de Letras, y también integró la Academia de Ciencias Morales y políticas, y además, el único laico autorizado a sesionar en el Concilio Vaticano II. En este libro, su autor escenifica de modo magistral los últimos momentos de su vida, y en unos diálogos geniales con Pascal, Dante, Bergson, Pablo VI, Teresa de Lisieux y Francoise Mitterrand, entre otros, nos habla de sus razones para creer, para ser cristiano y para ser católico. No es un libro apologético ni mucho menos, nada de eso, es una reflexión acerca de la fe y las dudas, y de los interrogantes ancestrales a los que el ser humano se enfrenta.
Como estímulo les va este pasaje:

“San Pedro me interrogó primero.
- Jean Guitton, ¿Qué has hecho de tu vida?
- He filosofado.
- ¿Qué quiere decir eso?
- He aprendido a morir.
- ¿Cómo lo aprendiste?
- Mirando a Cristo.
- ¿Quién te enseñó a mirarlo?
- La que le dio la vida y lo vio morir en la cruz. Ella fue quien me enseñó.
- ¿Cómo te lo enseñó?
- Mientras escribía un libro acerca de ella.

San Juan tomó la palabra. Él es mi santo patrono. La víspera del día en que Jesús sufrió, él reposó su cabeza en el pecho del Señor. Tal fue el sacramento por el cual recibió el conocimiento de lo insondable. Yo lo amaba. Cien años que me hablaba de ta tou kuriou pneumatika. (“Todo lo que llenaba el espíritu del Señor”) Y ahora lo veía. Su voz era más firme de lo que yo hubiese creído. Su estatura más alta. Su rostro irradiaba la luz de la Verdad.
Jean – me preguntó- ¿Qué es morir?
- Es perderlo todo, abandonarlo todo y abandonarse en manos de Dios.
- ¿Por qué es importante morir?
- Porque es el único momento de la vida en que se puede dar absolutamente todo y sin retorno.
- ¿Y qué es vivir bien?
- Es vivir cada instante como se moriría si se muriera bien.
- ¿Qué es morir bien?

Miré a Santa Teresa y la respuesta me vino, fulgurante:
-Morir de Amor.
-Jean, ¿Qué es el amor?
-Amar es darlo todo y darse uno mismo.

San Juan se ensimismó. Ozanam preguntó:
- Jean, ¿Es triste morir?
- Es triste para los demás.
- ¿Y para uno mismo?
- Es triste, si pensamos en la tristeza de los otros.
- Jean, ¿Has muerto triste?
- Quise perseverar en la alegría.”

Les prometo más.

domingo, 12 de agosto de 2007

La esperanza es siempre un desafío.


El hombre espera, y Dios también.
La esperanza es un desafío.

En el domingo 19 del año litúrgico la Palabra de Dios quiere invitarnos a descubrir cómo hacer para que la esperanza en las promesas de Dios sea bendición, redención, y no eso que llamara Marx “opio del pueblo”, es decir, consuelo vano, pasividad y conformismo. Revisando las tres lecturas nos fijamos en la idea fundamental de cada una de ellas:
1- El pueblo está a la espera de una promesa: memoria de un momento grande en la historia del pueblo elegido.
2- Exhortación a la vigilancia, a estar despiertos: Es necesario dejar a un lado toda inquietud, puesto que el Padre se ha compadecido en dar el Reino a su pequeño rebaño. Así se nos invita a la espera mesiánica, porque desconocemos la hora de la venida de Cristo, “la parusía”. Es una invitación también para los discípulos a una espera activa y operante.
3- La fe como un esperar contra toda esperanza: Cuando muere la esperanza todo se apaga. Pero Abraham creyó contra toda esperanza, y el milagro maravilloso se cumplió. (Este pasaje de Hebreos 11 es hermoso y lleno de fuerza)

Aun cuando el hombre desconozca el verdadero contenido de sus esperanzas y expectativas, Dios está siempre, de un modo anónimo y abierto, al final de toda actitud de espera humana.
Pero Dios también espera, y sale a cada momento al encuentro del hombre. Recordamos la parábola del hijo pródigo, donde es el padre el que atisba todos los atardeceres el horizonte aguardando el regreso del hijo, y en cuanto lo descubre, corre para abrazarle y besarle efusivamente.
La creación se encuentra también en estado de superación y de espera.
La fe implica una actitud de espera y de expansión: el creyente, como el universo que le rodea, ha de asumir una actitud dinámica:
Esperando lo que aun no es,
Aguardando lo que debe ser,
Luchando por lo que tiene que ser
.

sábado, 11 de agosto de 2007

El teólogo en la Iglesia.

La misión del teólogo en la Iglesia II
11.08.07 @ 14:36:38. Archivado en Espiritualidad, Iglesia
José M. Castillo
Ejemplo de sufrimiento: el 10 de septiembre de 1956, el citado Congar le escribía a su madre: “Me han destruido prácticamente. En la medida de su capacidad, me han destruido. Se me ha desprovisto de todo aquello en lo que he creído y a lo que me he entregado: No han tocado mi cuerpo; en principio, no han tocado mi alma; nada se me ha pedido. Pero la persona de un hombre no se limita a su piel y a su alma. Sobre todo, cuando este hombre es un apóstol doctrinal, él es su actividad, es sus amigos, sus relaciones, es su irradiación normal. Todo esto me ha sido retirado; se ha pisoteado todo ello, y así me han herido profundamente. Se me ha reducido a nada y, consiguientemente, se me ha destruido. Cuando, en ciertos momentos, repaso lo que había acariciado ser y hacer, lo que había empezado a realizar, soy presa de un inmenso desconsuelo”.
En estas condiciones, ¿qué misión tienen hoy los teólogos en la Iglesia?Ante todo, recuperar la libertad. Libertad para responder a las preguntas que la gente se hace en lo que se refiere a Dios y al sentido de la vida. Libertad al servicio de la misericordia ante tanta violencia y tanto dolor como vemos cada día. Libertad para decir al Papa y a los obispos que no se puede amar a la Iglesia si no se respetan los derechos humanos en la Iglesia. Hoy no se puede ejercer el papado y el episcopado como se ejercía hace cincuenta años. Lo primero que hay que hacer para amar a una persona es respetar sus derechos. El Papa, los obispos, el clero, le faltan al respeto a mucha gente, mientras predican que tenemos que amarnos todos. ¿Qué credibilidad puede tener semejante predicación?
En segundo lugar, cuidar la sensibilidad. Es decir, pensar muy en serio a qué somos sensibles y a qué somos insensibles. Cuando somos más sensibles a lo sobrenatural, lo divino, lo sagrado y lo religioso que a lo natural, lo humano, lo profano y lo laico, es que nuestra sensibilidad, quizá sin darnos cuenta, se ha alejado demasiado del Dios de nuestra fe, que es el Dios encarnado, el Dios que se ha revelado de tal manera en lo natural, lo humano, lo profano y lo laico, que, si no somos sensibles a todo eso, es que nuestra sensibilidad anda tan desquiciada, que ni nos damos cuenta de que ya no creemos en el Dios de Jesús.
En tercer lugar, aumentar la fidelidad. La fidelidad a la Iglesia. Porque sabemos que la teología se hace en la Iglesia y desde la Iglesia. Pero también sabemos que la Iglesia no es sólo la jerarquía. Antes que la jerarquía, como nos dijo el Vaticano II, la Iglesia es “la congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio de unidad y de paz”. Es verdad que la Iglesia no es la verdadera Iglesia, si se desprende de la jerarquía y, menos aún, si se enfrenta a la jerarquía. Pero una cosa es enfrentarse a la jerarquía y otra cosa es decirle a la jerarquía, por fidelidad al Evangelio, que tiene que amar, ella también, a la Iglesia que preside en la caridad. Un teólogo mundialmente conocido nos ha recordado, en uno de sus mejores libros, lo que Nicetas de Nicomedia (siglo xii) le escribía a Anselmo de Havelberg: “Si el romano pontífice, sentado en el alto trono de su gloria, quiere tronar contra nosotros y desde su alto puesto dispararnos, por decirlo así, sus decretos y juzga no por nuestro consejo, sino por su beneplácito y su propio arbitrio, de nosotros y de nuestras Iglesias y hasta impera sobre ellas, ¿qué fraternidad y hasta qué paternidad puede ser esa?” (El nuevo pueblo de Dios, Herder, 2005). El teólogo que nos ha recordado este texto se llama Joseph Ratzinger.Con lo dicho no se agota la misión del teólogo en la Iglesia. A todo eso, por supuesto, ha de unir el rigor científico y la honradez profesional. Pero, en cualquier caso, sin las cosas que he dicho antes, difícilmente un teólogo puede hacer hoy en el mundo y en la Iglesia lo que de él se espera y lo que creo que podemos exigirle. De no ser así, enseñará teología sin decir nada, es decir, en el silencio. Y sabemos que el silencio, ente este momento sobre todo, es una de las formas más brutales de violencia

Thomas Merton en la isla brillante IV (final).


Thomas Merton en La Isla Brillante IV
Por: Jesús Lozada


El juego, el noble juego que regresa, para terminar la partida de este ajedrez sin fichas negras o blancas, compuesto sólo del entramado urbano de cuatro ciudades de la “isla brillante” frente a los ojos de un poeta que quiere visitar a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, él es Thomas Merton, ustedes lo saben, y durante cuatro artículos hemos rumiado sus andares. Se deslumbra, se equivoca, ve reinos, paraísos por todas partes, exulta en una ciudad, se recoge en otra, para al final salir decepcionado y mudo de la visita a la Virgen: una mujer de negro se interpone entre él y la mambisa y no lo deja hablar, y lo que es peor no lo deja escuchar. Pareció que todo el viaje hubiese perdido sentido y sustancia, que el peregrino cambió capa y cayado por la botella de agua “pura” del turista, que es la perversión contemporánea del viajero.
Si todo el viaje se reduce a comida abundante, ruidosos ómnibus, misas por doquier, un camarín de santuario y una gaseosa en el pueblo minero del Cobre, Merton fracasó. Pero el discípulo nunca es mayor que el maestro, y el joven poeta debió pasar, con amarga sorpresa, claro está, por la verdadera senda del peregrino que es el abandono y el fracaso. Sus armas, sus premios, su estandarte están ahí. Imaginemos por un instante la escena: A pesar de escuchar el Kyrie “en una de las chozas” del pueblo – aviso obvio, petición tranquila a morir- Thomas no resiste la sensación del derrumbe y a pesar de que dice “Regresé a Santiago”, una respira, intuye, que tras la lacónica frase lo que se lee es “Espantado regreso, frustrado retorno”. No fue suficiente que la Virgen de la Caridad se escondiera, no se dejara ver nunca tras los ceibos de la estrecha carretera central, no fueron suficientes los rosarios y las ganas enormes del encuentro, no bastó el esfuerzo y la elección – recuerden que Merton tuvo que decidir entre viajar a México o Cuba, y eligió la ínsula-, no bastó la exaltación ni el temblor, no fue suficiente que alterando todo realidad el peregrino transfigurara a Cuba y casi la convirtiera en la civitas dei agustiniana, no bastó el silencio. De pronto se ve almorzando en la terraza del Hotel Casagranda. Todo ha terminado. Pero…” la Caridad del Cobre tuvo algo que decirme”, exclama y regresa el tono alto el discurso, le entrega un poema, “el primer poema que jamás había escrito”, el que “señalaba el camino a otros muchos poemas”, el que “abría la puerta”, el que le “hacía tomar un rumbo cierto y directo que había de durar varios años”.
Santiago de Cuba, Cuba, un tema cubanísimo, es el manantial desde donde comienza a brotar la torrentera enorme de la obra de Thomas Merton, poeta norteamericano de los más importantes de su siglo, por muchos considerado además “un gran maestro espiritual”. Nudo que enlaza la historia de la cultura, que es la historia de un pueblo, de ese país con la nuestra. Sello pétreo. Marca indeleble. “ Canción para Nuestra Señora del Cobre” monumento alto, secuoya enorme plantada en la isla.Desde el primer día anunciamos que hablaríamos de contemplación, de experiencia mística, de alto vuelo del espíritu. Y eso hemos hecho. El recorrido por la Cuba de 1940, el acompañamiento a Thomas Merton en su aventura literaria nunca debe alejarse de la comprensión y la aceptación de que quien nos interpela es un místico cristiano, hijo de la tradición monacal occidental. Aún cuando su visita a Cuba y el poema cubano son anteriores a su entrada a la Abadía Trapense de Gehtsemaní (Kentucky, USA), no se olvide que es allí donde el poeta escribe su autobiografía, La Montaña de los Siete Círculos, que como dijimos es la fuente más confiable desde donde se puede ver una Cuba más cercana a la que realmente era y no a la de los Diarios, hijos del improntus y la emoción de un peregrino que le urge escuchar y ser escuchado. El de La Montaña… es un joven monje que ha empezado a pasar su vida por el filtro de la experiencia monacal, que es una de las más revolucionarias a las que puede aspirar un ser humano, una experiencia de profunda transformación en la que todo toma su lugar y en la que “el hombre interior” se expresa, desborda y contagia a la “carne”, es la experiencia de aproximación del Paraíso, donde el ser humano alcanza la plenitud y la hombría verdadera, que algunos Padres Apostólicos vislumbraban como realidad futura, posterior a la parusía.
Démosle la palabra al propio Thomas, así veía él a La Montaña… en 1963, cuando se publicó la edición japonesa:


"Es mi intención hacer de mi vida entera un rechazo y una protesta contra los crímenes y las injusticias de la guerra y de la tiranía política que amenazan con destruir a toda la raza humana y al mundo entero.A través de mi vida monástica y de mis votos digo NO a todos los campos de concentración, a los bombardeos aéreos, a los juicios políticos que son una pantomima, a los asesinatos judiciales,a las injusticias raciales, a las tiranías económicas, y a todo el aparato socioeconómico que no parece encaminarse sino a la destrucción global a pesar de su hermosa palabrería en favor de la paz.Hago de mi silencio monástico una protesta contra las mentiras de los políticos, de los propagandistas y de los agitadores, y cuando hablo es para negar que mi fe y mi iglesia puedan estar jamás seriamente alineadas junto a esas fuerzas de injusticia y destrucción.Pero es cierto, a pesar de ello, que la fe en la que creo también la invocan muchas personas que creen en la guerra, que creen en la injusticia racial, que justifican como legítimas muchas formas de tiranía. Mi vida debe, pues, ser una protesta, ante todo, contra ellas.Si digo que NO a todas esas fuerzas seculares, también digo SÍ a todo lo que es bueno en el mundo y en el hombre. Digo SÍ a todo lo que es hermoso en la naturaleza, y para que éste sea el sí de una libertad y no de sometimiento, debo negarme a poseer cosa alguna en el mundo puramente como mía propia. Digo SÏ a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos y hermanas en el mundo, pero para que este sí sea un asentimiento de liberación y no de subyugación, debo vivir de modo tal que ninguno de ellos me pertenezca ni yo pertenezca a alguno de ellos.Porque quiero ser más que un mero amigo de todos ellos me convierto, para todos, en un extraño".

Regresemos a la estancia cubana. Thomas Merton deja Santiago de Cuba con verdaderos tonos de exaltación, tranquila eso si, de gozosa sorpresa y entra en La Habana, una ciudad de puertas abiertas, al menos para él. Ya no sólo le parece que el cafetín, la vía pública y la casa se desbordan, se confunden, se mixturan, sino que también las iglesias entran en ese trasvase. Dice: “las puertas – de las iglesias claro está- permanecen abiertas mientras se celebra la misa y, por desgracia, los asistentes perciben también todo el ruido y la actividad que se está desarrollando fuera, en la calle: el sonido de las campanadillas de los trolebús, las bocinas de los autobuses y los gritos agudos de los chicos de los periódicos y de los vendedores de billetes de lotería”.
Ciertamente la nuestra es una ciudad con demasiado ruido por todas partes, pero veremos que es lo que le depara entre la bullanga y la confusión. Una broma, uno de esos chistes en los que el sentido del humor de lo divino se expresa. Ciertamente no hay carcajada, pero si fina ironía, delicadeza en la sorna.
Thomas Merton se va a misa a la Iglesia de San Francisco, que según Cintio Vitier, no es la que conocemos hoy, sino otra que ya no existe. Es domingo y “un vendedor de lotería se paseaba arriba y abajo fuera del templo anunciando su número con la voz más fuerte y aguda que escuché en toda Cuba, y Cuba es un país en que se habla en voz alta. Era un número que sonaba muy bien:Cuatro mil cuatrocientos CUA-TRO;Cuatro mil cuatrocientos CUA-TRO.
Lo repetía una y otra vez, añadiendo de vez en cuando un chillido casi ininteligible que tal vez tenía algo que ver con san Francisco: probablemente que a san Francisco también le gustaba este número.
Primero bromea Merton, quizás contagiado por el choteo cubano, sólo que la “broma colosal” está por llegar. Examinemos el número o los números. En Cuba el billete de lotería, la bolita, la charada, siempre ha sido visto en sentido cabalístico, la gente busca esos números en el sueño, el accidente, la insinuación, donde quiera que pueda ver o crea ver una señal; los vendedores de billetes siempre fueron vistos como agentes del misterio, de la sombra, dotados de una rara conexión con el “más allá”. Y por ahí comienza la broma, el poeta cree que la hace en alusión al santo y su posible disfrute del número, pero la broma no está fuera sino está en el número o la combinación. La broma se la hacen a Tom, aunque piense lo contrario.
No pretendo desviarme demasiado, pero si damos una revisión al cuatro como símbolo comprenderemos que broma y de que juego se habla hoy y en las pasadas semanas. Cuatro es el número de la totalidad, pariente del cuadrado y de la cruz, que es el cruce de un meridiano y un paralelo que divide la tierra en cuatro sectores, cuatro es plenitud y universalidad, cuatro letras tiene el nombre de Dios (YHVH), cuatro los evangelistas, cuatro letras tiene el nombre del primer hombre (ADÁN), cuatro simboliza la tierra…etc. No los abrumo: en un buen Diccionario de Símbolos, como el de Chevalier, que está en la Biblioteca Nacional, podrán encontrar su amplia significación.
Regresemos a los sucesos. Thomas Merton llega a la Iglesia de San Francisco y un vendedor de billetes no se cansa de repetir esa combinación de cuatros que es el número cuatro mil cuatrocientos cuatro. Comienza la misa, durante la epístola llegan unos niños que ocupan los primeros bancos acompañados de un fraile, y terminada la consagración los infantes proclaman el Credo, es decir el símbolo de su fe, era “una gran aclamación que salía de todos aquellos niños cubanos, una gozosa afirmación de fe”. “Luego, tan pronto como la aclamación, y tan definida, mil veces más brillante, se formó e mi espíritu una conciencia, una intelección, una comprensión de lo que acababa de celebrarse en el altar, en la consagración: de la consagración en una forma que Le hizo pertenecerme”.
En el diario hay descripciones de los objetos, de la ceremonia, en la autobiografía se centra más en la luz, en la calidad de la luz, en el deslumbramiento y termina afirmando:- El Cielo está aquí, enfrente de mí. ¡El Cielo, el Cielo!
En medio de situaciones y luces ordinarias, de sueños despierto, en La Habana, rodeado de una ciudad exaltada y rugiente, este muchacho tiene la sensación y la certeza de la posibilidad del Paraíso, se le ha acercado un reino que hasta entonces era sólo deseo, intuición o ejercicio intelectual.
En la autobiografía, tan útil para observar la escenografía cubana, no encontramos los datos del suceso o los vemos mediados por la crítica y el error de entender que la mística o la experiencia mística es un asunto directamente proporcional a un entrenamiento de oración, por eso habla de los diferentes tipos de ella, y no se centra en la experiencia esencialmente gratuita y generosa. Vayamos al diario: “ directamente ante mis ojos, o directamente presente a cierta aprehensión u otro yo que estaba por encima del de los sentidos, estaba al mismo tiempo Dios en toda su esencia, todo su poder, Dios en la carne y Dios en si mismo y Dios rodeado por los rostros radiantes de los miles, de millones, del incontable número de santos que contemplaban su Gloria y alababan su santo Nombre. La inquebrantable certeza, el conocimiento claro e inmediato de que el cielo estaba directamente frente a mí, me sacudió como un rayo, me recorrió como un fogonazo de luz y pareció despegarme limpiamente de la tierra.”
Este “fogonazo de luz” es la broma, la divina ironía. Un hombre viene a buscar a la Caridad del Cobre, tienes cosas que hablar con ella, cosas que escuchar de ella, y camina, más no la encuentra. Regresa frustrado, quizás dolido y hasta resignado, y es entonces cuando se le muestra el verdadero sentido de su peregrinación, de su juego. Dios es quien andaba en su búsqueda, Dios es quien le hace el juego, un Dios que a parir de allí Thomas Merton entenderá que el hombre se pierde sólo para ser encontrado por Él.
Final del viaje cubano. Quizás en otra ocasión volvamos a Thomas Merton. Este es apenas el inicio de su juego. Nunca más regresa a Cuba, sin embargo sus vínculos con la isla son múltiples y sustanciosos, a través de su discípulo nicaragüense, Ernesto Cardenal, mantendrá una extensa e intensa correspondencia con Cintio Vitier, Fina García Marrúz, Eliseo Diego, Octavio Smith y otros poetas cubanos; se mantuvo pendiente de la Cuba revolucionaria, él que sería más tarde precursor del dialogo católico-marxista. Escribió mucho y bueno, pero nunca olvidó aquella canción primera escrita en la “isla brillante”.
Por ahora basta, sólo nos queda… leer.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.