Seguidores

sábado, 25 de abril de 2009

La Iglesia.


En su libro "Pan para el viaje" encuentro algunas meditaciones de Henri Nouwen acerca de la Iglesia; me gustan y me parecen acertadas sus ideas, por eso les comparto algunas:


"Cuando pensamos en la Iglesia debemos hacerlo como un cuerpo de personas que llevan a cabo un mismo viaje. Hemos de contemplar entre ellas a mujeres, hombres y niños de toda edad, raza, y a sociedades que se brindan apoyo mutuo en su largo y a veces fatigoso camino hacia el hogar definitivo".


"Cuando decimos que la Iglesia es un cuerpo no nos referimos únicamente al cuerpo santo y sin tacha hecho a imagen y semejanza de Cristo mediante el bautismo y la eucaristía, sino también a los cuerpos martirizados de todas las personas que constituyen sus miembros. Sólo cuando mantenemos unidas estas dos formas de pensar y de hablar vivimos en la Iglesia como verdaderos seguidoresde Jesús".


"Frecuentemente nos parece más difícil creer en la Iglesia que creer en Dios. Pero cuando separamos nuestra fe en Dios de nuestra fe en la Iglesia, nos convertimos en unos incrédulos. Dios nos ha proporcionado la Iglesia como el lugar en el que Él se hace Dios con nosotros".



"A menudo oímos decir que debemos vivir en el mundo sin ser del mundo. Pero puede ser más difícil vivir en la Iglesia sin ser de la Iglesia. Ser de la Iglesia significa estar tan preocupado e involucrado en las numerosas cuestiones eclesiales y pormenores clericales que Jesús ya no sea nuestro centro. En ese momento, la Iglesia nos ciega a lo que hemos ido a ver y nos hace sordos a lo que hemos ido a oír. No obstante, es en la Iglesia donde Cristo mora, nos invita a su mesa y nos dice palabras de amor eterno.

Vivir en la Iglesia sin ser de ella es un gran desafío espiritual".


Henri Nouwen.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Puedo entender perfectamente las imágenes que Nouwen propone en estos textos: también yo amo y necesito esa Iglesia, que está más allá de lo institucional, aunque no lo niega. La Iglesia que está en la raíz, aunque luego le sobren pisos hacia arriba.

Alberto.

SAN dijo...

Manuel, me quedo con la frase que has puesto de colofón: “Vivir en la Iglesia sin ser de ella es un gran desafío espiritual”. Creo que es una de esas afirmaciones rotundas y ciertas que, en pocas palabras, contienen un universo de significados. Estupenda para presentarla en una reunión o mesa redonda y, mediante comentario y debate, realizar un enriquecedor y estimulante análisis de nuestra Iglesia, en la que habitamos los cristianos de aquí y ahora, hijos de un siglo y de una historia. Perfecto tema también para la controversia, que para mí no es negativa, siempre que haya respeto y tolerancia.
Tengo muy claro mi comunión con la Iglesia, mi vinculación a ella. Pero, con igual claridad opino que vivir en comunidad no es vivir en común, que la unión no es uniformidad, que el servicio no es servilismo, y que, sobre todo, el amor no impone resignación ni aceptación del fracaso ni consentimiento ciego. Precisamente porque habito libremente esta Casa, me asiste el derecho a defenderla cuando lo estime justo y necesario; e, igualmente, el derecho de crítica y denuncia de las situaciones, opiniones, posturas y acciones que dentro de mi Casa entren en contradicción con mis principios y conciencia. O con otras palabras, si veo a mi madre enferma, no la quiero más por negar o disimular la enfermedad o sus síntomas.
Chesterton decía “cuando entro a la Iglesia me quito el sombrero, pero no la cabeza”. Genuflexión, amor ciego y entrega total sólo a Dios, único Padre Santo.
Ánimo y paciencia, porque Dios es más grande que la institución eclesial y el Evangelio ofrece la fuerza necesaria. Además, iglesia también son todos aquellos que sirven a la vida de quienes padecen los distintos infiernos de este mundo, testimonio auténtico del mensaje de Cristo.

Anónimo dijo...

Suscribo el post y los comentarios. Y adjunto esta carta de Casaldáliga, publicada en Religión Digital:
El Cardenal Carlo M. Martini, jesuita, biblista, arzobispo que fue de Milán y colega mío de Parkinson, es un eclesiástico de diálogo, de acogida, de renovación a fondo, tanto de la Iglesia como de la Sociedad. En su libro de confidencias y confesiones Coloquios nocturnos en Jerusalén, declara: «Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, que no depende de los poderes de este mundo; en la cual se extirpara de raíz la desconfianza; que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud; que diera ánimos, en especial, a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños». Esta afirmación categórica de Martini no es, no puede ser, una declaración de fracaso, de decepción eclesial, de renuncia a la utopía.
Martini continúa soñando nada menos que con el Reino, que es la utopía de las utopías, un sueño del mismo Dios.
Él y millones de personas en la Iglesia soñamos con la «otra Iglesia posible», al servicio del «otro Mundo posible». Y el cardenal Martini es un buen testigo y un buen guía en ese camino alternativo; lo ha demostrado.
Tanto en la Iglesia (en la Iglesia de Jesús que son varias Iglesias) como en la Sociedad (que son varios pueblos, varias culturas, varios procesos históricos) hoy más que nunca debemos radicalizar en la búsqueda de la justicia y de la paz, de la dignidad humana y de la igualdad en la alteridad, del verdadero progreso dentro de la ecología profunda. Y como dice Bobbio «hay que instalar la libertad en el corazón mismo de la igualdad»; hoy con una visión y una acción estrictamente mundiales. Es la otra globalización, la que reivindican nuestros pensadores, nuestros militantes, nuestros mártires, nuestros hambrientos…
La gran crisis económica actual es una crisis global de Humanidad que no se resolverá con ningún tipo de capitalismo, porque no cabe un capitalismo humano; el capitalismo sigue siendo homicida, ecocida, suicida. No hay modo de servir simultáneamente al dios de los bancos y al Dios de la Vida, conjugar la prepotencia y la usura con la convivencia fraterna. La cuestión axial es: ¿Se trata de salvar el Sistema o se trata de salvar a la Humanidad? A grandes crisis, grandes oportunidades. En idio-ma chino la palabra crisis se desdobla en dos sentidos: crisis como peligro, crisis como oportunidad.
En la campaña electoral de EE UU se enarboló repetidamente «el sueño de Luther King», queriendo actualizar ese sueño; y, con ocasión de los 50 años de la convocatoria del Vaticano II, se ha recordado, con nostalgia, el Pacto de las Cata-cumbas de la Iglesia sierva y pobre. En el 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, 40 Padres Conciliares celebraron la Eucaristía en las catacumbas romanas de Domitila, y firmaron el Pacto de las Catacumbas. Dom Hélder Câmara, cuyo centenario de nacimiento estamos celebrando este año, era uno de los principales animadores del grupo profético. El Pacto en sus 13 puntos insiste en la pobreza evangélica de la Iglesia, sin títulos honoríficos, sin privilegios y sin ostentaciones mundanas; insiste en la colegialidad y en la corresponsabilidad de la Iglesia como Pueblo de Dios, y en la abertura al mundo y en la acogida fraterna.
Hoy, nosotros, en la convulsa coyuntura actual, profesamos la vigencia de muchos sueños, sociales, políticos, eclesiales, a los que de ningún modo podemos renunciar. Seguimos rechazando el capitalismo neoliberal, el neoimperialismo del dinero y de las armas, una economía de mercado y de consumismo que sepulta en la pobreza y en el hambre a una grande mayoría de la Humanidad. Y seguiremos re-chazando toda discriminación por motivos de género, de cultura, de raza. Exigimos la transformación sustancial de los organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OMC…). Nos comprometemos a vivir una «ecológica profunda e integral», propiciando una política agraria-agrícola alternativa a la política depredadora del latifundio, del monocultivo, del agrotóxico. Participaremos en las transformaciones sociales, políticas y económicas, para una democracia de «alta intensidad».
Como Iglesia queremos vivir, a la luz del Evangelio, la pasión obsesiva de Jesús, el Reino. Queremos ser Iglesia de la opción por los pobres, comunidad ecuménica y macroecuménica también. El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista. Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. «Mi Dios, ¿me deja ver a Dios?».
Con todo respeto por la opinión del Pa-pa Benedicto XVI, el diálogo interreligioso no sólo es posible, es necesario. Haremos de la corresponsabilidad eclesial la expresión legítima de una fe adulta. Exigiremos, corrigiendo siglos de discriminación, la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia. Estimularemos la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas. La Iglesia será una red de comunidades orantes, servidoras, proféticas, testigos de la Buena Nueva: una Buena Nueva de vida, de libertad, de comunión feliz. Una Buena Nueva de misericordia, de acogida, de perdón, de ternura, samaritana a la vera de todos los caminos de la Humanidad.
Seguiremos haciendo que se viva en la práctica eclesial la advertencia de Jesús: «No será así entre vosotros» (Mt 21,26). Sea la autoridad servicio. El Vaticano dejará de ser Estado y el Papa no será más Jefe de Estado. La Curia habrá de ser profundamente reformada y las Iglesias locales cultivarán la inculturación del Evangelio y la ministerialidad compartida. La Iglesia se comprometerá, sin miedo, sin evasiones, en las grandes causas de la justicia y de la paz, de los derechos humanos y de la igualdad reconocida de todos los pueblos. Será profecía de anuncio, de denuncia, de consola-ción. La política vivida por todos los cristianos y cristianas será aquella «expresión más alta del amor fraterno» (Pío XI).
Nos negamos a renunciar a estos sueños aunque puedan parecer quimera. «Todavía cantamos, todavía soñamos». Nos atenemos a la palabra de Jesús: «Fuego he venido a traer a la Tierra; y qué puedo querer sino que arda» (Lc 12,49). Con humildad y coraje, en el seguimiento de Jesús, miraremos de vivir estos sueños en el cada día de nuestras vidas. Seguirá habiendo crisis y la Humanidad, con sus religiones y sus iglesias, seguirá siendo santa y pecadora. Pero no faltarán las campañas universales de solidaridad, los Foros Sociales, las Vías Campesinas, los Movimientos populares, las conquistas de los Sin Tierra, los pactos ecológicos, los caminos alternativos de Nuestra América, las Comunidades Eclesiales de Base, los procesos de reconciliación entre el Shalom y el Salam, las victorias indígenas y afro y, en todo caso, una vez más y siempre «yo me atengo a lo dicho: la Esperanza».
Cada uno y cada una a quien pueda llegar esta circular fraterna, en comunión de fe religiosa o de pasión humana, reciba un abrazo del tamaño de estos sueños. Los viejos aún tenemos visiones, dice la Biblia (Jl 3,1). Leí hace unos días esta definición: «La vejez es una especie de posguerra»; no necesariamente de claudicación. El Parkinson es sólo un percance del camino y seguimos Reino adentro.

Analía dijo...

"Seguimos Reino adentro"

Gracias por esta entrada Manuel. Y gracias a los comentaristas, en especial al anónimo del comentario 3.

SEGUIMOS REINO ADENTRO.
(Cuánto dice esto.)

Lindo domingo para todos.

Maria dijo...

Me he quedado sin palabras al leer vuestros comentarios.
Doy gracias a Dios porque vosotros sois la Iglesia.

María

inés dijo...

Al leer esta entrada y los comentarios pensé en que la liturgia esta dada para recibir a Dios, lo cual me da mucha alegría. Y que esto es como un marco para ver con más "nitidez" y servir más a Cristo en los demás, y en la oración (T.M. lo explica en su libro "la senda de la contemplación")
Es siempre necesario que el pueblo peregrino avive su fe en este regalo, los sacramentos son de la Iglesia y los que los reciben son de Cristo para la Iglesia y el mundo.
Gracias, y me uno en la oración por la Iglesia de los pobres.

SAN dijo...

¡Fabuloso, como siempre, Casaldáliga! Una gozada leerle. Me encanta la conjunción que hay en él de acción, mística y crítica. En referencia a la necesidad de las tres, dejo en el blog este artículo:
“Falta mística y falta crítica”. Por Juan Masía, teólogo católico. Colaborador de Religión Digital.
Por qué resulta, a veces, más fácil sintonizar con la persona agnóstica sensible que con la persona creyente insensible?
¿Por qué es, a veces, más fácil, dialogar sobre religiosidad con la filosofía agnóstica que con la ortodoxia religiosa?
¿Por qué es más fácil el encuentro interreligioso que el intrarreligioso?
¿Por qué huelen a falta de fe y saben a falta de pensamiento algunas homilías cardenalicias y algunos documentos del magisterio episcopal?
Una persona agnóstica que no comparte nuestra fe religiosa puede sintonizar con nuestra sensibilidad hacia la naturaleza; pero ésta es tachada de panteísta por el fundamentalsimo creyente.
Una filosofía agnóstica muy crítica puede conectar con nuestros esfuerzos por depurar el lenguaje religioso y con nuestra mentalidad hermenéutica; pero éstas son vistas como heterodoxias por parte del fundamentalismo creyente.
Quienes viven la búsqueda práctica del camino interior en las diversas religiones coinciden en su receptividad hacia la trascendencia, percibida como sospechosa por parte de las mentes inquisitoriales de la propia religión.
Libros como los de Pagola o Vigil pueden ser iluminadores para creyentes y no creyentes; pero son vistos como sospechosos por instancias magisteriales que parecen hablar como si no tuvieran fe, por una parte, y como si no pensaran, por otra.
Un árbol necesita riego y poda. Regar con agua sus raíces y podar sus ramas. Sin agua, se queda sin nutrición. Sin poda, el crecimiento es desordenado y exagerado. Sin raíces místicas y poda crítica, las religiones se quedan vacías de contenido por falta de nutrición y ciegas frutos por exceso de proliferación en sus ramajes. La premisa mística y el acompañamiento crítico garantizan la autenticidad de las experiencias de lo sagrado. Pero cuando falta el antes y el después de dichas experiencias, es decir, la base mística y el acompañamiento crítico, la espiritualidad se convierte en ideología, de la que brotan diversas formas de violencia.
Un ejemplo: el lema ignaciano “ad maiorem Dei gloriam”, “por la mayor gloria de Dios”. En el marco de los Ejercicios espirituales de san Ignacio tiene una premisa mística: la experiencia de hallar a Dios en todas las cosas, tal como se expresa en la “Contemplación para alcanzar amor” (Ej.nn. 231-237). Conlleva también un acompañamiento crítico: el discernimiento para evitar engañarse a sí mismo bajo especie de bien (Ej. nn.313-336). Pero cuando se suprime dicha premisa mística y el acompañamiento crítico, el eslogan “por la mayor gloria de Dios” se convierte en justificar los medios por el fin con el que suele criticarse como “maquiavelismo jesuítico”.
Otro ejemplo: la espiritualidad de la indiferencia en el “Principio y fundamento” de los Ejercicios ignacianos. Presupone una mística: la experiencia de haber sido movido a elegir solamente lo que más conduce al fin (id. n. 169). Debe ir acompañada también de un discernimiento crítico, para evitar que se desoriente egoísticamente hacia el “propio amor, querer interés” (id. n. 189). Pero cuando desaparece la premisa mística y el acompañamiento crítico, la citada “indiferencia” se convierte, por ejemplo, en frialdad de relaciones humanas, en actitudes inmisericordes al dirigir o gobernar, o en insensibilidad para disfrutar de la belleza o el placer sensatamente.
He puesto dos ejemplos tomados de la espiritualidad ignaciana, que (como otras espiritualidades) puede ser un arma de dos filos. Lo he hecho así para comenzar con autocrítica. Pero podría haber tomado ejemplos ajenos. Por ejemplo, la justificación del militarismo nacionalsintoísta por parte de monjes del Zen durante la guerra del Pacífico o las bendiciones de la guerra como cruzada “por Dios, por la patria y el rey”, por parte de obispos españoles durante la época del nacionalcatolicismo. Podría también haber traído como ejemplo diversas interpretaciones cuestionables de la jihad islámica, etcétera.
Lo que me importa resaltar, al iluminar con tales ejemplos estas reflexiones, era la ambigüedad de las religiones (radicada, claro está en la ambigüedad originaria de todo lo humano). Si falta mística y crítica, las presuntas espiritualidades se convierten en ideologías y engendran violencias. Entonces se hacen barbaridades y se las justifica en nombre de lo sagrado.
Leyendo muchos documentos del llamado “magisterio eclesiástico” echamos de menos sabor y olor de religiosidad, es decir, falta de mística, a la vez que encontramos excesos de dogmatismo en la doctrina, moralismo en la práctica, formalismo en lo ritual y literalismo en la lectura de los textos fundacionales, en una palabra, falta de crítica y hermenéutica. No es extraño que engendren diversas violencias: hacia dentro de la propia comunidad, con actitudes inquisitoriales; hacia fuera, fomentando complejos de persecución y agresividad contra la laicidad y el pluralismo.
Este diagnóstico creo que se aplica, no sólo a una buena parte del funcionamiento de instancias directivas de la Curia romana de la iglesia católica, sino también de un modo especial a las actitudes, declaraciones y políticas de una parte del episcopado en el estado español, sobre todo en su cúpula dirigente actual. A la otra parte, la que permanece “callada por prudencia” (o la espera de “subir en el escalafón” y se deja llevar del miedo a la hora de las votaciones…) habría que recordarle que hay circunstancias en las que “callar es irresponsable” y animarles a romper alguna lanza en favor de la mística y la crítica, de la espiritualidad y la hermenéutica, de la capacidad para acoger la gracia y discernir la vulnerabilidad. De lo contrario, la fe se convierte en ideología y las comunidades creyentes, encerradas en sí mismas, se incapacitan para transformar la sociedad, apoyar la liberación humana y abrir horizontes de esperanza.

Adenda mía: El diagnóstico anterior, que hace Masiá, considero que también se podría aplicar a toda una serie de grupos y asociaciones católicas (opus dei, kikos, neocatecumenales, entre otros), comunidades laicas parroquiales, teólogos, sacerdotes y religiosos, cuyas actitudes, estética litúrgica y espiritual, y manifestaciones y enjuiciamientos morales, son fundamentalistas, creyentes poseedores de la verdad abosoluta. A todos ellos les supongo la mejor de las intenciones, pero constato que en la realidad del día a día toda esa intransigencia obstaculiza y dificulta la oportunidad de descubrir, a muchas personas, el AMOR que es Jesús.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.