
La Ascensión de Cristo se halla íntimamente ligada a su Resurrección, como lo hacen notar los evangelios de San Marcos y San Lucas. Ambos tienen interés en asociar, sin atenerse a la cronología de los hechos, el retorno de Jesús hacia su Padre con el acontecimiento pascual, presentando la Resurrección y la Ascensión como un único movimiento que conduce al Señor a su gloria. Pero lo que celebra la solemnidad de la Ascensión más que un hecho es un misterio: el del cumplimiento de la Pascua en el Cuerpo total de Cristo, cabeza y miembros. En este día, Cristo “habiendo tomado nuestra débil condición humana, la elevó a la derecha de la gloria de Dios”, y “fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad”. La liturgia no cesa de repetirlo en unos términos que expresan alternativamente alegría y acción de gracias, humildad y deseo del cielo.
La ascensión, como misterio de gloria, no supone para Cristo una evasión de nuestra condición humana: Jesús prometió a los suyos permanecer con ellos hasta la consumación del mundo. De igual suerte, la contemplación del cielo no entraña una evasión para los cristianos: si los ángeles recuerdan a los apóstoles que el Señor volverá es para que regresen a sus tareas, a la misión que han recibido de dar testimonio de cuanto han visto.
1 comentario:
Esta es una festividad bonita, con un mensaje muy alentador. Sigue siendo la Buena Nueva de Jesús, y nos habla de esperanza y futuro escatologico.
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