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miércoles, 2 de mayo de 2007

Santidad y relación con el mundo.

Nota introductoria: La lectura de los Diarios y otros textos de Thomas Merton suscitan siempre mi reflexión, anotando a menudo las ideas que más llaman mi atención, comentándolas además. En este caso se trata de un tema prioritario para mí, el de la santidad y su relación con el mundo en que vivimos. Merton es un monje contemplativo, pero descubre la santidad del mundo también, la necesidad de no olvidar al otro, al prójimo, revelándonos un hondo humanismo e invitando a todos sus lectores a revisar el sentido de la propia consagración. En estos apuntes encontraremos algunas ideas muy sugerentes que valen como punto de partida para nuestra personal reflexión.

Santidad y relación con el mundo en Thomas Merton. (Diarios I, 122-125)

1- Razón de nuestra consagración: “Yo he venido al monasterio para encontrar mi lugar en el mundo, y si no logro encontrar esto, estaré perdiendo mi tiempo en el monasterio”. (Pág. 123). Invitación a reflexionar sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y con sus guerras: vivimos al margen, a salvo de los problemas de la mayoría. La falsa solución (123): vivimos en un mundo malo, y debemos ignorarlo, ridiculizarlo, escupir sobre él y maldecirlo. ¿Es válido o suficiente vivir de espaldas a la realidad todo el tiempo?
2- No hemos venido al convento para resaltar nuestra diferencia, sino nuestra común pertenencia a la humanidad. (Pág.124) Dos niveles de inmovilidad: alienación en la vida consagrada (“Un hombre que vive o pretender ser un ángel o una estatua tiene que morir”) o dejarse arrastrar por lo superficial y mediocre de la vida del mundo.

“La entrada en el monasterio me ha enseñado a vivir. Ahora yo les debo a todos y cada uno de los seres humanos una participación en esta vida. Mi primera obligación es empezar a vivir, por primera vez, como miembro de una raza humana… Y mi primer acto humano es el reconocimiento de lo mucho que debo a todos los demás”.

Por lo anterior Merton descubre que su santidad es don que proviene en gran parte de los otros, además de ser regalo de Dios:

“Tal vez la única manera que yo tenga de llegar a ser santo es en virtud de los deseos que manifiestan muchas personas buenas de que realmente yo sea santo”.

Si lo consigo –como es mi deber- será en virtud de las oraciones de otras personas que, aunque mejores que yo, desean sin embargo que yo rece por ellas”.
(Pág. 125)

La entrada a un monasterio, a un convento, a una vida dedicada a lo espiritual, consagrada a Dios, permite un “tipo adecuado de retraimiento”, una nueva perspectiva para mirarlo todo. Merton dice: me ha enseñado a vivir. Pero eso recibido no es para el mero disfrute personal, sino que debe ser comprendido y vivido en relación con los otros.
¿Cómo darles participación en lo que uno aprende, vive, recibe?:

1- Mi pertenencia a esta humanidad que vive a comienzos del siglo XXI, a esta Cuba, a esta Iglesia, a esta familia religiosa; también a esa muchedumbre que camina en la oscuridad a causa de su falta de libertad, de sus dependencias, de sus vicios y sufrimientos.
2- Mi reconocimiento de lo mucho que debo a los demás, conocidos y desconocidos.

El mundo fue creado por Dios y es bueno, y a menos que ese mundo sea nuestra madre, nosotros no podemos ser santos, porque no podemos ser santos si no empezamos siendo por encima de todo humanos”.

Importante: Esa “maternidad” del mundo para con nosotros y nuestra santidad; esa necesidad de ser hombres y mujeres de este mundo para alcanzar la santidad. Maneras concretas de manifestarse en nosotros esta realidad, como expresión del misterio de la Encarnación:

“La nacionalidad de cada uno de nosotros debería llegar a tener un sentido a la luz de la eternidad”.

Descubrir y amar el lugar concreto y preciso que Dios ha escogido para mi santificación (“Revisar todos mis planes absurdos y aceptarme como soy, y dar mi visto bueno a Getsemaní y a América como son…”). (Sobre el lugar de una persona, y cómo ello influye en su vida espiritual: Diarios I, Pág. 70 y 189)
Según TM, Dios nos ha colocado en un lugar físico, histórico, determinado; ese lugar es importante pero nunca definitivo ni absoluto.

“Importa poco en que ciudad te haya tocado vivir. En ella puedes trabajar por tu salvación y encontrar paz, si ese es tu deseo, porque para la paz que necesitamos hemos de mirar dentro de nosotros mismos”. (70)

“A menudo no existe ninguna razón para preferir un lugar a otro”.

“Psicológicamente hay grandes diferencias entre unos lugares y otros”.

“Los límites que tales diferencias imponen a tu propia espiritualidad son a menudo muy significativos”.

Pero un lugar puede tener una influencia positiva en nosotros temporalmente, y luego sumergirnos en la inercia. La providencia de Dios nos brinda la oportunidad de estar en lugares determinados durante cierto tiempo, porque ello ayudará a nuestro crecimiento personal. ¿Para qué? “Posibilitan el que tú busques y encuentres determinadas cosas en tu propia alma”. (70) No es tan importante si el lugar es agradable y hermoso; lo que importa es “el valor de un sacrificio”; y “lo único que se puede hacer con el lugar, el tipo de vida, es abandonarlo”.

Lo anterior lo escribió Merton en 1941; luego, en 1958 (17 años más tarde) vuelve a escribir sobre el tema:

“Lo verdaderamente decisivo es que no importa mucho donde te encuentres si te sientes en paz contigo mismo y vives tu vida. El lugar no vivirá ciertamente mi vida por mí. Esto es lo que yo he averiguado”. (189)

Así, vale aquí pensar en ese interrogante tan frecuente: ¿Dónde Dios me quiere?. Para Merton el camino es interior, y el lugar también lo es, sino absolutamente por lo menos en gran parte. Un lugar es una ciudad, una casa, una persona… tal vez un proyecto. ¿Y un carisma, una vocación particular?

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-Thomas Merton-

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