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miércoles, 28 de noviembre de 2007

Celebrar nos une a nuestras raíces.


Con la fiesta, el hombre rompe con toda intención su cotidianidad para superarla de una forma diferente. En la fiesta, bebe de la fuente de la vida. Se sumerge en el misterio propiamente dicho de su vida, que se representa con motivo de la festividad: por ejemplo, en el nacimiento de una persona, en el casamiento o en acontecimientos importantes de la historia de un pueblo…
La fiesta une a la persona con sus raíces de las cuales se nutre. Para la persona es sana la “unión del presente con el pasado histórico y mítico”, tal como lo concretan las festividades del calendario litúrgico. El celebrar unifica y permite ser partícipe de la corriente de la vida. Cuando una persona se aparta de su propio pasado, cuando reprime sus recuerdos y vive sin su rostro, se enferma y muchas veces se deprime. Si bien el recuerdo mira hacia el pasado, nos abre, también, un nuevo horizonte para el futuro. Nos muestra de qué somos capaces.
Por eso, celebrar las festividades es necesario para la vida, nos infunde la fuerza que necesitamos para poder llevar adelante nuestra vida. Pero no podemos celebrar sólo las fiestas que nos plazcan. Una fiesta es posible solamente cuando podemos vivir de ella, cuando se expresa algo que nos ofrece una nueva visión de nosotros mismos y de nuestra vida, un nuevo sentimiento existencial. Para los antiguos, solamente había una auténtica festividad cuando se celebraba a Dios y sus hechos. No podían concebir una fiesta puramente profana.
Al celebrar los hechos de Dios ellos buscaban convertirse en auténticas personas, en personas conscientes de su dignidad, de sus raíces, de sus posibilidades, en personas que no viven en el olvido ni disecan su interior con la actividad cotidiana.
(Anselm Grün)

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Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

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