
“Para el hombre iniciático, el campo de ejercicios más fecundo es el del sufrimiento, frente al cual su actitud difiere fundamentalmente de la del hombre pre-iniciático. Para éste, es un fin evidente rechazar y combatir el dolor, buscar, restablecer y garantizar una vida sin sufrimiento. El hombre iniciático ve en el sufrimiento un medio de alcanzar su fin: la unión con el Ser esencial.
El hombre que se identifica con su yo profano, porque todavía no ha despertado en su esencia, siente naturalmente el dolor como un mal que hay que hacer desaparecer. Ya se trate de un sufrimiento físico o psíquico, hace todo lo que le sea posible para evitarlo, o si ya existe, para quitárselo de encima. El enfermo encontrará quien le libere del mal físico o psíquico, es decir, un médico, un psicoterapeuta o un curandero.
Bien entendido que a nivel pre-iniciático, también hay hombres cuyo fin no es simplemente vivir sin sufrir y que no buscan, más o menos miserablemente, el medio más rápido de apartar cualquier dolor. Algunos ven en el sufrimiento una ocasión para probar la fuerza de su carácter. Y una ética del sufrimiento lleva a algunos a sufrir grandes tormentos sin quejarse, con un valor ejemplar. El heroísmo y la resignación son, pues, dos formas de las que se sirve el hombre identificado con su yo existencial para probar su firmeza ante el sufrimiento.
También existe la humilde resistencia del hombre religioso, que con todo forma parte de una actitud de personalidad pre-iniciática. Y se da igualmente el caso de una falsa humildad que se somete al sufrimiento con una especie de avidez. Y se encuentra también el masoquista, “sediento de tormentos”, que cree agradar a Dios y acumular méritos mediante una docilidad total al dolor.
No obstante, a nivel pre-iniciático, hay una forma justa y fecunda de soportar el sufrimiento que en un principio puede ser una prueba de firmeza, pero sobre todo, si se deja a un lado la actividad de rendimiento, orienta la reflexión hacia la interioridad. Y entonces la enfermedad no se sufre como un simple mal, sino como una ocasión de progreso hacia la madurez. Estos son momentos favorables en el propio plano iniciático.
El enfermo “condenado” a la inactividad, metido en sí mismo por su sufrimiento, puede sentir que se establece un contacto imprevisto con las raíces de su existencia y con el origen de una vida humana en camino hacia la plenitud”.
Karlfried Graf Dürckheim.
“Hacia la vida iniciática. Meditar: por qué y cómo”.
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