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sábado, 22 de marzo de 2008

La muerte de Jesús no fue casual.


La muerte no constituyó una catástrofe inopinada en la vida de Cristo. Su mensaje, su vida y muerte forman una unidad radical. La muerte violenta está, de algún modo, implicada en las exigencias de su predicación. En un texto célebre, ya Platón sentenciaba en su República: “El justo será flagelado, desollado, amarrado y cegado con fuego. Cuando hubiere soportado todos los dolores, será clavado en la cruz”. Jesús nunca leyó a Platón. Pero, mejor que el gran filósofo, sabía de lo que son capaces el hombre y su sistema de convicciones religiosas y sociales. Sabe que quien quiera modificar la situación humana para mejorarla y liberar al hombre para Dios, para los otros y para consigo mismo debe pagar con la muerte. Sabe que todos los profetas fueron violentamente asesinados. Conoce también el fin trágico del último y mayor de todos los profetas: Juan Bautista.
Con su predicación, Jesús hace la siguiente reivindicación, soberana y que ninguna instancia del mundo de entonces puede legitimar: Dios y su reino vienen. Dios está ahí para todos los que se convierten y esperan, especialmente para los que se juzgan excluidos de su salvación y misericordia: el pobre, por el hecho de ser pobre, no es pecador, como se decía; ni el ciego lo es a causa de su pecado o del de sus padres. En su predicación Cristo choca inevitablemente con el orden religioso establecido. El bien y el mal para el sistema religioso y social no coinciden necesariamente con el bien y el mal en sí.
Cristo viene a anunciar que ni Dios ni el hombre pueden ser aprisionados dentro de estructuras prefijadas, sociales o religiosas. El hombre no puede encerrarse en sí mismo, sino que debe estar continuamente abierto a las imprevistas intervenciones de Dios. El mundo puede usar y abusar de la religión para atar al hombre en nombre de Dios. Pero Dios no quiere atar, sino liberar.
La religión puede liberar al hombre cuando es verdadera, pero puede esclavizarlo aún más cuando se abusa de ella. Es capaz de hacer mejor el bien, pero también puede hacer peor el mal. Y si el profeta continúa predicando su mensaje, deberá contar con la violencia del orden establecido.
Por eso, con Cristo, todo queda trastocado. Con él, un viejo mundo se acaba y reaparece otro, donde los hombres tienen la posibilidad de ser juzgados, no por lo que las convenciones morales, religiosas o culturales determinan, sino por lo que, el sentido común, el amor y la total apertura a Dios y a los otros, descubren como la voluntad concreta de Dios”.

Leonardo Boff.
“Jesucristo Liberador”.

2 comentarios:

Analía dijo...

Que buen texto. Genial el último párrafo.

Que tengas una lindisima Pascua!
Mi saludo tambien para tu comunidad de hermanos.

M. Jose dijo...

FELIZ PASCUA!!!!!

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.