En alguna ocasión hemos recomendado la lectura del libro de James Finley, "El Palacio del Vacío de Thomas Merton", que según su autor consiste en "una serie de incursiones meditativas en la espiritualidad de Thomas Merton". Para animarles una vez más a su lectura les comparto aquí algunos fragmentos de su prólogo:
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"Acudimos a Merton con la esperanza de que nos pueda ayudar en la vida de oración. Esa esperanza puede llegar a cumplirse solo si aceptamos de antemano la sutil y delicada naturaleza de la oración. La oración brota de, y nos lleva a, cierta forma de conocer que es muy difícil de comunicar en palabras. La inmediatez de la experiencia hace la comunicación de la misma del todo imposible. Es como si tratásemos de describir el sabor de la sal a alguien que jamás la hubiera probado.
En el caso de la oración, esta dificultad se hace todavía mayor, pues el encuentro con Dios en la oración es siempre, como el amor y la muerte, un acontecimiento del todo inesperado y sin precedentes. Aquí debemos respetar la cualidad inefable de la realidad que queremos explorar. En otras palabras, no debemos buscar una clase de certidumbre equívoca al aproximarnos a Merton como un guía en los caminos de la oración. Como él mismo nos dice:
«La contemplación no “encuentra” simplemente una idea clara de Dios, Lo encierra dentro de los límites de esa idea y Lo mantiene allí como un prisionero al que siempre puede volver. Todo lo contrario: la contemplación es llevada por Dios a Su reino, Su misterio y Su libertad. Es un conocimiento puro y virginal, pobre en conceptos, más pobre todavía en razonamientos, pero capaz, por su misma pobreza y pureza, de seguir a la Palabra “dondequiera que vaya”»
-2-
Merton nunca nos proporciona técnicas a prueba de fuego como solución al arte de orar. No hay ningún método Merton para la oración. Deja muy claro que la cuestión de encontrar a Dios no reside tanto en preguntarle a Dios como en tener una disposición lo suficientemente abierta y humilde como para abandonarnos a la cuestión de vida y muerte que Dios pone ante nosotros. Merton escribe acerca de su propia experiencia de Dios:
«Oh, Dios, mi Dios, a Quien descubro en la oscuridad, ¡contigo siempre es lo mismo! ¡Siempre la misma pregunta que nadie sabe cómo responder! Yo te he orado durante el día con pensamientos y razonamientos, y por la noche Tú te has encarado conmigo desvaneciendo pensamiento y razonamiento. He acudido a Ti al amanecer con luz y con deseo, y Tú has descendido hasta mí con enorme gentileza, con el más paciente de los silencios, en esta inexplicable noche, dispersando la luz, frustrando todo deseo. Te he explicado centenares de veces mis motivos para entrar en el monasterio, y Tú has escuchado sin decirme nada, y yo me he retirado llorando de vergüenza»5 . No se podría prestar más flaco servicio que el de privar a alguien de esa necesaria y a menudo dolorosa dimensión de la oración. Merton escribe: «Que nadie conciba la contemplación como una evasión del conflicto, de la angustia o de la duda. Todo lo contrario: la profunda e inexpresable certeza de la experiencia contemplativa despierta una angustia trágica y abre en lo profundo del corazón muchas preguntas que son como heridas que no pueden dejar de sangrar» .
Merton no nos quiere librar de esa oscuridad purificadora, pues en su seno se esconde la luz que buscamos. En ella descubrimos que la pregunta que formulamos «es, ella misma, la respuesta. Y nosotros somos ambas cosas (la pregunta y la respuesta)». En esta oscuridad nos desangramos como Cristo, quien, vaciándose en la cruz, transformó el vacío en plenitud y la muerte en vida.
Merton nos diría que las técnicas y espiritualidades son apropiadas y necesarias en sí mismas, pero que no debemos pedirles lo que solo podemos recibir de Dios. Cantar OM con entusiasmo durante horas puede ser un ejercicio meditativo muy eficaz. Sin embargo, también podría constituir un indicio de ser una persona rara. O, peor todavía, podría ser una forma de autoengaño al hacernos creer que algún recurso de nuestra propia hechura puede, de por sí, llevarnos a Dios.
Merton nos aseguraría que el progreso en la oración siempre es un regalo. Dios siempre supera nuestros planes más sofisticados. No provocaremos la irrupción de Dios en nuestra vida haciendo cábalas, por muy bien fraguadas que estén. Empero, cuando simplemente nos abandonamos a Su voluntad, nos percatamos de que, como nuestra siguiente respiración, Él está sobre nosotros, nos envuelve y nos sostiene"..
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