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viernes, 23 de junio de 2023

CARNE Y ESPÍRITU

Puede ser sugerente para comprender la visión de la santidad de TM su explicación acerca de los términos “carne” y “espíritu
”[1]. 

La carne es un término genérico no solo para referirse a la vida corporal (pues de hecho, el Espíritu santifica alma y cuerpo), sino sobre todo para la vida “mundana”. La “carne” incluye no sólo la sensualidad y el libertinaje, sino también el conformismo, las acciones fundadas en el mero respeto humano, o en el convencionalismo social. Obedecemos a la “carne” cuando seguimos las normas del prejuicio, la complacencia, el fanatismo, el orgullo de casta, la superstición, la ambición o la codicia. También la santidad aparente, basada en la hipocresía y no en la sinceridad del corazón. Cuando incluso, acciones heroicas, van más a conseguir la admiración de otros que a alabar a Dios y buscar el bien. 

 Actuar según las leyes del “espíritu” es otra cosa: es ir por los caminos de la paz y la vida; por los caminos de la humildad y del amor. El espíritu habla desde un recóndito lugar interior, inaccesible a la “carne”. La “carne” es nuestro falso yo, lo más externo; el “espíritu”, nuestro yo verdadero, nuestro ser más íntimo, que está unido a Dios en Cristo. En ese santuario interior coinciden nuestra voz interior, la voz de la conciencia y la voz del Espíritu. 

Así, nuestra vida cristiana es vida de unión con el Espíritu Santo y de fidelidad a la voluntad divina en las profundidades de nuestro ser. Aceptar lo que somos, porque es lo que Cristo ha querido asumir, para transformar y santificar según su propia imagen y semejanza[2].


[1] Terminología paulina. El apóstol nos pide que “caminemos no según la carne, sino según el espíritu”.


[2] “Resistir a la carne” significa por tanto: entender la presencia del mal dentro de nosotros, y estar tranquilos, afrontándolo con objetividad y paciencia, confiados en la gracia de Cristo. Cuando estamos unidos a Cristo, aunque pueda haber tendencias perversas en acción (semillas y raíces de muerte de nuestra vida pasada) el Espíritu Santo nos concede la gracia de resistir, y nuestra voluntad de amar y servir a Dios, a pesar de esas tendencias, ratifica su acción vivificadora.

(Tesina sobre la santidad en Thomas Merton)
Fray Manuel de Jesús, ocd

jueves, 6 de febrero de 2020

THOMAS MERTON: CONTADO POR ÉL Y POR OTROS

Merton contado por Merton: La vocación cristiana y monástica de Thomas Merton está íntimamente vinculada con su vocación como escritor. Disponemos de un amplio material autobiográfico, conformado por el relato que hizo de su vida y conversión, y que termina con su entrada y primeras experiencias  en Getsemaní; sus diarios, que abarcan prácticamente toda su vida[1], y luego, su correspondencia con interlocutores de lugares y posturas muy diversas. A través de estos escritos podemos seguir el itinerario espiritual de Merton, incluso de los momentos menos felices de su vida y de sus tropiezos en su proyecto de alcanzar la perfección cristiana. Estos pueden ser completados con pasajes del resto de sus obras en la que intenta sistematizar su experiencia de fe, la de su familia religiosa y la de la Iglesia, en lo que refiere a la vida interior. El relato más conocido de Thomas Merton es, sin lugar a dudas, su autobiografía, titulada La montaña de los siete círculos[2]. 

Es importante conocer que no se trata de un mero ensayo biográfico, sino que es una autobiografía novelada, que recrea su vida, a partir de un modelo particular de relato centrado en la conversión del protagonista. La autobiografía de Merton se suma a otros textos cristianos del mismo estilo y que comparten un mismo propósito: comunicar una experiencia de fe y tocar así el corazón del lector. No todo lo que Merton va narrando ha de recibirse como “exactamente” histórico; los acontecimientos sí, pero su lectura de ellos es una lectura de fe, en un momento de su vida, en un lenguaje y con una perspectiva peculiar, propia también de la etapa espiritual que está viviendo cuando escribe. Es desde esta perspectiva que revisa toda su vida pasada, y la vuelca dentro de una estructura literaria particular. Esto es importante para poder entender el alcance de sus afirmaciones, y luego la transformación que tiene lugar en Merton, en la medida en que va madurando como consagrado, como escritor y como contemplativo. 

Merton contado por otros: La biografía oficial de Thomas Merton fue escrita por Michael Mott en la década del 80 del pasado siglo[3]; también otros han intentado una comprensión de su itinerario existencial, como es el caso de Mónica Furlong[4], J.E. Bamberger[5], R.E. Daggy, Jim Forest y Henri Nouwen. Si en el mundo anglosajón se mantuvo el interés por Thomas Merton después de su muerte, en el mundo hispano fue decayendo progresivamente; en la década del 90 del pasado siglo apenas había alguna que otra reedición de sus obras o estudios sobre ellas. Fue pionero en España el trabajo que realizaron Fernando Beltrán Llavador y Francisco R. de Pascual, en la recuperación del legado de Merton. De 1996, es el estudio La contemplación en la acción. Thomas Merton, de Fernando Beltrán, que supone un conocimiento amplio del tema y una profundización en la espiritualidad del monje trapense[6]. Presenta una semblanza de la vida y la obra de Merton, calificándolas, la primera como “testimonio de un monje del siglo XX”; y la segunda, como “una inmensa carta de amor al mundo”. Luego, en la segunda parte, que titula “El vuelo monástico”, intenta sistematizar ya el paradójico pensamiento de Merton que oscila entre dos polos: soledad y sociedad. 


Francisco R.de Pascual ha preparado la edición de "Escritos Esenciales. Thomas Merton", publicada por Sal Terrae, en el año 2006. A la selección esmerada de los textos de Merton precede una cronología de su vida y obra, y una introducción en la que pretende también presentar una especie de guía biográfico-doctrinal sobre la que luego desplegará una selección de textos de la obra de Merton[7]. Así, todo el libro gira sobre unas coordenadas que recogen de modo esencial las ideas fundamentales desarrolladas por Merton a lo largo de su vida y de su obra. Los títulos de estas son: Entrar en el mundo es gracia; Libre por naturaleza; Intuiciones difíciles; Un submarino en el fondo del mar; Mi lugar en el mundo; De la soledad a la compasión; y La visión unificada y la integración final. Como se puede constatar estas aluden a una comprensión concreta de la vida de Merton, que apuntan a su vez a la manera que este tuvo de buscar la santidad cristiana en su vocación personal, como bautizado y como consagrado también. 

Una religiosa española, que ha trabajado durante muchos años en Asia ha dedicado también parte de su tiempo a estudiar la vida y la obra de Thomas Merton, y como resultado ha editado dos libros, breves, pero sugerentes sobre la vida y la obra del monje trapense, y en especial sobre su vínculo con lo español; me refiero a María Luisa López-laguna, y sus libros Thomas Merton: una vida con horizonte, y Ni ángel ni estatua. El sacerdocio en los escritos de Thomas Merton, en Ediciones San Pio X[8]. 

Otra obra, clásica, traducida a nuestro idioma, es la de Jim Forest[9], que fuera amigo de Thomas Merton, y vinculado al movimiento social de la década del 60 en los Estados Unidos. Lo que esta aporta fundamentalmente a la biografía de Merton es su acercamiento de primera mano al compromiso que el monje tuvo con los movimientos por la paz y el desarme, además de leer la vida del monje desde una comprensión laica, que permite participar de las dudas que muchos manifestaron a Merton acerca de su permanencia en el monasterio en la década del 60, en medio de un fuerte movimiento contestatario, tanto social como religioso. 

Mención aparte merece el estudio realizado por Henri Nouwen, en el año 1981[10], y que también está vertido al español[11]. Los títulos de los acápites que Nouwen desarrolla resultan también clarificadores para comprender las intuiciones que este tuvo sobre TM: del sarcasmo a la contemplación, el camino hacia el silencio, conquistando la soledad, desenmascarando la ilusión y el descubrimiento de Oriente. 

Por último, en la biografía de Ramón Cao Martínez, que nos presenta el itinerario vital de TM en 5 etapas fundamentales, los títulos son también importantes para comprender de modo general el proceso de maduración humana y espiritual del biografiado: Hogares cambiantes (infancia), De la furia al silencio (juventud y conversión), En el vientre de una paradoja (maduración espiritual), Desierto y comunión (Soledad y compromiso), y El viaje de un sin hogar (El final del camino). Esta es una biografía breve, pero muy completa, que recoge los momentos básicos de la vida de TM. 

Finalmente, quiero mencionar en este sentido la tesis de licenciatura presentada en la Universidad de Comillas (Madrid) por Elvira Rodena, titulada “Thomas Merton, una propuesta de vida interior”, año 2005. 

Notas:

[1] La edición completa de los Diarios de Thomas Merton, en siete volúmenes, ha sido publicada por la editorial Harper-San Francisco, con los siguientes títulos: Run to the Mountain; Entering the silence; The search for Solitude; Turning Toward the World; Dancing in the Water of Life; Learning to Love, y The other Side of the Mountain. En español se ha publicado un resumen de estos 7 diarios en dos volúmenes: La vida íntima de un gran maestro espiritual: vol. I Diarios (1939-1960), y Vol. II Diarios (1960-1968), edición a cargo de P. Hart y J. Montaldo, Barcelona, Ed. Oniro, 2000 y 2001. 


[2] Este libro ha sido traducido a más de 28 lenguas. En español conozco tres ediciones recientes: Porrúa (México, 1999), Sudamericana (Buenos Aires, 2005), y Edhasa (Barcelona, 2008). En inglés, Harvest Books (Anv. Editión, 1999); en alemán, Der mönch der sieben stufen, Patmos (2000); la edición británica, abreviada, se tituló Elected Silence. Aquí utilizamos: T. Merton, La montaña de los siete círculos, Barcelona, EDHASA, 2008, que citaremos siempre como M7C. 


[3] M. Mott, The seven mountain of Thomas Merton, Boston, Houghton Mifflin, 1984, 690 p. Biografía amplia, con muchos detalles sobre la vida, las amistades y vínculos de TM más allá del monasterio; incluye una lista de sus obras y un excelente índice temático. No ha sido todavía publicada en español. 


[4] M. Furlong, Merton: A Biography, San Francisco, Harper & Row, 1980 (La edición revisada es la de Liguori, 1995, 327 p). Libro bien escrito y documentado, aunque no trata en profundidad el interés de TM por Oriente, ni alcanza a comprender del todo su vocación monástica. Interesantes intuiciones acerca de la humanidad de Merton, tal y como apunta F. Beltrán, en LCA, 41-42. 


[5] J. E. Bamberger fue discípulo de TM en Getsemaní; en la bibliografía se recogen varios artículos suyos sobre TM. 


[6] F. Beltrán Llavador, La contemplación en la acción. Thomas Merton, Madrid, San Pablo, 1996. Hay que añadir aquí una publicación más reciente de este mismo autor en la misma cuerda, titulada La memoria encendida, Biblioteca Javier Coy d´estudios nordamericans. 2005, 212 p. 


[7] F.R. De Pascual (Ed), “Introducción: Teología prometeica: solo y unido a todos”, en: Thomas Merton. Escritos Esenciales, Santander, Sal Terrae, 2006, 33-75. 


[8] M.L. López laguna, Thomas Merton, una vida con horizonte, Madrid, San Pio X, 1998, 222 p. y Ni ángel ni estatua. El sacerdocio en los escritos de Thomas Merton, Madrid, San Pio X, 1999, 107 p. 


[9] J. Forest, Thomas Merton. Vivir con sabiduría, Madrid, PPC, 1997, 240 p. Lectura agradable, que contribuye indudablemente a ofrecer una imagen menos idealizada y más encarnada del monje trapense. 


[10] H. Nouwen, Encounters with Thomas Merton; spiritual reflections, The crossroad Publishing Company, 2004. En español: H. J. Nouwen, Encuentros con Merton. Reflexiones espirituales, Buenos Aires, EDIBESA, 2005, 107 p. 


[11] Para comprender el valor de las afirmaciones que sobre Merton aparecen en esas páginas citamos a quien fuera discípulo de Merton, y es hace años abad del Monasterio de Genesee, John Eude Bamberger: “Henri Nouwen estuvo con Merton sólo una vez; sin embargo, a causa de una afinidad de sentimientos y percepción logró comprender la principal fuerza motivadora de la vida de Merton: meditación y oración. Pudo reconocer esta fuerza con mayor certeza y profundidad que algunos que, aseverando haber sido amigos íntimos de Merton, pasaron por alto el hilo conductor de su trabajo y de su vida por falta de afinidad con su visión de Dios, de la humanidad y del cosmos”. 

viernes, 31 de enero de 2020

THOMAS MERTON: RESUMEN BIOGRÁFICO


Thomas Merton vivió entre 1915 y 1968, una época compleja y convulsa, época de guerras y de cambios, de transformaciones sociales, que marcaron inevitablemente sus propios desafíos personales. Durante ese período tuvieron lugar dos grandes Guerras Mundiales, la humanidad padeció el ascenso al poder de los totalitarismos, y también el período de la llamada “guerra fría” y la amenaza nuclear[1]. 

Merton es el típico hombre del siglo XX, que conoció tiempos de gran dinamismo, social y eclesial, y que afrontó desde su condición humana, “itinerante y vulnerable”; tal vez por ello su testimonio alcanzó un eco inusitado en un momento de desconcierto y crisis, al combinar tradición y novedad y proponiendo un camino antiguo desde perspectivas nuevas. De sus casi 54 años de vida, vivió 27 como monje trapense, en una abadía norteamericana, en el estado de Kentucky, pero siempre, aun en los años de mayor “ilusión” monástica, se sintió parte de su tiempo y de su mundo. 

Sus primeros 16 años de vida fueron el sustrato donde arraigó la fuerza dinámica de su proceso de conversión, que transcurrió en los momentos álgidos de un conflicto bélico que marcaría definitivamente al mundo, y que desembocó, primero en su bautismo católico, en 1938, y luego, en su entrada en Getsemaní, en 1941. Describió sus primeros años como monje como un viaje en el vientre de una paradoja, pues fueron años de luchas interiores, de purificación espiritual, y de recomposición de una imagen idealizada de su proyecto como consagrado y contemplativo. 

La publicación de su autobiografía le hizo muy conocido, y le convirtió en el representante de la vida monástica más conocido de su tiempo, y sus libros se leían en los refectorios de muchos conventos y monasterios, y por el público en general; mientras, él luchaba por conciliar su labor de escritor con su ideal contemplativo. Estudió con tenacidad acerca de la tradición monástica y espiritual católica, y ejerció como maestro en su monasterio. 

Poco a poco se fue abriendo a una comprensión más amplia de su lugar, como monje, en el mundo contemporáneo, y una experiencia que tuvo en el centro de Louisville, ciudad cercana al monasterio donde acudía para exámenes médicos, le hizo renovar decididamente su compromiso con su entorno social. Así, la voz del monje contemplativo adquirió tonos proféticos al denunciar la ambigüedad de los cristianos frente a la guerra, el armamentismo, el racismo o la amenaza nuclear. Padeció la censura de sus superiores, las tensiones inevitables consigo mismo y con los que le pedían asumir determinada postura, e inclusive se vio implicado en una extraña relación afectiva con una joven enfermera que le cuidó mientras convalecía de una intervención quirúrgica. Pero su vocación salió incólume de cada prueba, porque siempre tuvo claro cuál era la voluntad de Dios para él, y que esta se manifestaba indudablemente a través de sus superiores. 

Abierto al mundo oriental, e intentando ayudar en el acercamiento de tradiciones contemplativas en Oriente y Occidente, viajó por Asia antes de asistir a un Congreso de Abades benedictinos; estando allí le llega la muerte, un 10 de diciembre, aniversario de su llegada al monasterio, a causa al parecer de un choque eléctrico. Pero la vida del monje continuó en sus escritos, y en el testimonio vivo de una obra que cada vez encuentra mayor acogida, dentro y fuera de la Iglesia.



[1] R. Cao Martínez, Thomas Merton, Salamanca,  SINERGIA, 2008,  13. Es la más reciente biografía de TM publicada en español.

martes, 5 de febrero de 2019

SANTOS EN CRISTO


Para TM en el centro del ideal cristiano de santidad está Cristo, el Santo, que vivo en nosotros, nos hace santos. Su santidad es nuestra santidad[1]. “La santidad no la constituyen, en primer lugar,  las buenas obras, ni siquiera el heroísmo moral, sino sobre todo la unión ontológica con Dios en Cristo”[2]:  
“La perfección no es un embellecimiento moral que adquirimos al margen de Cristo, con el fin de hacer méritos para llegar a la unión con Él. La perfección es la obra de Cristo en persona que vive en nosotros por la fe”[3].

Merton sigue a San Pablo y a San Juan para hablar de un “nuevo ser”, un nuevo nacimiento, una nueva vida; estos tienen su origen en la unión con Cristo, en  nuestra integración a su cuerpo místico, según la parábola de la Vid y los sarmientos. De nuestra transformación en hombres nuevos nacen las buenas  y nuevas obras, según el actuar del Espíritu en nosotros[4]. No es que sean insignificantes las virtudes y las buenas obras, pero permanecen siempre, dice, como algo secundario, respecto a ese nuevo ser.  Nuestros esfuerzos han de ir dirigidos a eliminar los obstáculos del egoísmo, la desobediencia y cualquier clase de apego a todo aquello que contradiga el amor de Cristo; de eso se trata cuando hablamos de vida cristiana: “Estando unidos a Cristo, buscamos con todo el fervor posible que Él manifieste su virtud y su santidad en nuestras vidas”[5]. La santidad es de Cristo, y todo lo que es santo lo es en Cristo: “La santidad de Dios se comunica y se revela al mundo a través de Cristo. Si hemos de ser santos, Cristo debe ser santo en nosotros. Si hemos de ser santos, Él debe ser nuestra santidad”[6]. Por Cristo se conoce, y de Él se recibe, la oculta santidad del Padre Eterno, de ahí que la “perfección cristiana” no sea meramente una aventura ética o un logro del que podamos gloriarnos. Es siempre un don de Dios, que lleva al alma a conocer de algún modo su misterio, un abismo de amor, a través del Hijo, por  medio del Espíritu. La santidad es Trinitaria.



[1] No creo sea casualidad  el hecho de que el capítulo sobre Cristo, camino,  ocupara el centro de  “Vida y santidad”, libro que tomamos aquí como referencia. Además, a lo largo de todos sus diarios Merton expresa un profundo amor por la persona de Jesús, que tiene como punto de partida su experiencia romana, narrada en M7C, 168-169: “Fue en Roma donde mi comprensión de Cristo se formó. Allí fue donde vi por primera vez a Quien ahora sirvo como a mi Dios y a mi Rey y que posee y gobierna mi vida”. Y luego añade: “Es el Cristo del Apocalipsis, el Cristo de los Mártires, el Cristo de los Padres. Es el Cristo de san Juan y de san Pablo, de san Agustín y san Jerónimo y de todos los Padres… y de los Padres del Desierto además. Es Cristo Dios, Cristo Rey, Él es imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. Él es también la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que él sea el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas. El Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama, nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Toda una profesión de fe y de discipulado.
[2] VS,  71.
[3] VS, 67.
[4] CEC, 158: “La conversión a Cristo no es simplemente la conversión desde las malas costumbres a las buenas costumbres, sino nova creatura, convertirse en un hombre totalmente nuevo en Cristo y en el Espíritu. Evidentemente, las obras y hábitos de hombre nuevo han de corresponder a su nuevo ser”. VS, 72. “Hemos de transformarnos primero interiormente en hombres nuevos, y luego actuar de acuerdo con el Espíritu que nos ha sido dado por Dios... Nuestra santidad ontológica es nuestra unión vital con el Espíritu Santo. Nuestro esfuerzo por obedecer al Espíritu Santo constituye nuestra bondad moral”.
[5] VS,  72.
[6] VS,  73.

martes, 29 de enero de 2019

NATALICIO DE THOMAS MERTON

Este 31 de enero celebramos una vez más el natalicio de TM; comparto este resumen biográfico como recordatorio de esta fecha y acción de gracias...

Thomas Merton vivió entre 1915 y 1968, una época compleja y convulsa, época de guerras y de cambios, de transformaciones sociales, que marcaron inevitablemente sus propios desafíos personales. Durante ese período tuvieron lugar dos grandes Guerras Mundiales, la humanidad padeció el ascenso al poder de los totalitarismos, y también el período de la llamada “guerra fría” y la amenaza nuclear[1]. Merton es el típico hombre del siglo XX, que conoció tiempos de gran dinamismo, social y eclesial, y que afrontó desde su condición humana, “itinerante y vulnerable”; tal vez por ello su testimonio alcanzó un eco inusitado en un momento de desconcierto y crisis, al combinar tradición y novedad y proponiendo un camino antiguo desde perspectivas nuevas. De sus casi 54 años de vida, vivió 27 como monje trapense, en una abadía norteamericana, en el estado de Kentucky, pero siempre, aun en los años de mayor “ilusión” monástica, se sintió parte de su tiempo y de su mundo. 

Sus primeros 16 años de vida fueron el sustrato donde arraigó la fuerza dinámica de su proceso de conversión, que transcurrió en los momentos álgidos de un conflicto bélico que marcaría definitivamente al mundo, y que desembocaría, primero en su bautismo católico, en 1938, y luego, en su entrada en Getsemaní, en 1941. Describió sus primeros años como monje como un viaje en el vientre de una paradoja, pues fueron años de luchas interiores, de purificación espiritual, y de recomposición de una imagen idealizada de su proyecto como consagrado y contemplativo. La publicación de su autobiografía le hizo muy conocido, y le convirtió en el representante de la vida monástica más conocido de su tiempo, y sus libros se leían en los refectorios de muchos conventos y monasterios, y por el público en general; mientras, él luchaba por conciliar su labor de escritor con su ideal contemplativo. Estudió con tenacidad acerca de la tradición monástica y espiritual católica, y ejerció como maestro en su monasterio. 

Poco a poco se fue abriendo a una comprensión más amplia de su lugar, como monje, en el mundo contemporáneo, y una experiencia que tuvo en el centro de Louisville, ciudad cercana al monasterio donde acudía para exámenes médicos, le hizo renovar decididamente su compromiso con su entorno social. Así, la voz del monje contemplativo adquirió tonos proféticos al denunciar la ambigüedad de los cristianos frente a la guerra, el armamentismo, el racismo o la amenaza nuclear. Padeció la censura de sus superiores, las tensiones inevitables consigo mismo y con los que le pedían asumir determinada postura, e inclusive se vio implicado en una extraña relación afectiva con una joven enfermera que le cuidó mientras convalecía de una intervención quirúrgica. Pero su vocación salió incólume de cada prueba, porque siempre tuvo claro cuál era la voluntad de Dios para él, y que esta se manifestaba indudablemente a través de sus superiores. Abierto al mundo oriental, e intentando ayudar en el acercamiento de tradiciones contemplativas en Oriente y Occidente, viajó por Asia antes de asistir a un Congreso de Abades benedictinos; estando allí le llega la muerte, un 10 de diciembre, aniversario de su llegada al monasterio, a causa al parecer de un choque eléctrico. Pero la vida del monje continuó en sus escritos, y en el testimonio vivo de una obra que cada vez encuentra mayor acogida, dentro y fuera de la Iglesia. 




[1] R. Cao Martínez, Thomas Merton, Salamanca, SINERGIA, 2008, 13. Es la más reciente biografía de TM publicada en español.

jueves, 1 de noviembre de 2018

SANTIDAD CRISTIANA


Al tema de la Santidad volvemos siempre, porque nos apasiona y desafía, y forma parte del gen espiritual de todos los seres humanos. Cuando hablamos de santidad, nos referimos básicamente a una vida en la que se despliegue el potencial espiritual recibido como don en el sacramento del bautismo[1], pero que ya está en nuestra esencia humana por el hecho de ser creaturas, es decir, tener nuestro origen en Dios; y esto implica,  en clave cristiana,  hablar de una vida plenamente realizada, según el proyecto de Dios Padre para todos sus hijos. 
El término “santidad” aparece generalmente vinculado  a otros términos afines:   discipulado, seguimiento, imitación,  filiación, unión, vida espiritual, vida que tiene su fuente en Cristo, o a  lo que el tratado de la gracia denomina “participación”. Así, podemos afirmar que el concepto de santidad implica, por tanto, en lo concreto, vitalidad y dinamismo en la práctica de la fe.
El  sinónimo más frecuentemente   utilizado en el campo de la teología espiritual para referirse a  la santidad es “perfección”[2]. Aunque personalmente prefiero utilizar la palabra  “santidad”, y soy  partidario de recuperar el sentido del término en toda su amplitud, y de modo especial a nivel pastoral, no hay que rechazar de plano el valor que el término “perfección”, y  otros conceptos afines, han tenido en la Iglesia durante muchos siglos. Como imperativo evangélico transformaron  la vida de muchas personas, y marcaron épocas, grupos humanos, fecundando la historia, ya sea que se utilizara una u otra expresión[3]. No obstante, siempre hay que resaltar que la condición humana es de por sí imperfecta, e insistir de manera inadecuada en el término perfección puede ayudar en el desarrollo de prácticas espirituales inadecuadas e incluso patológicas. Santidad, dijo alguien, más ser perfecto es estar completo, y creo que se entiende mejor desde esa perspectiva: caminar hacia una plenitud  de vida en Dios, que también considera nuestros límites y valora nuestros propósito de crecimiento, dentro de un progresivo proceso de maduración humana y espiritual. 

Me parece que ilumina el tema las distinciones que hace Luis Aróstegui, carmelita descalzo, para entender de lo que hablamos cuando tratamos acerca de la santidad: 

Primero, para la fe Bíblica y cristiana,  el Santo es ante todo Dios, que merece adoración;  es decir,  el reconocimiento de lo santo como santo, de Dios como Dios. 

Luego, en segundo lugar,  lo Santo santifica o reserva especialmente para sí realidades terrenas, lugares, personas tiempos, acciones, relacionadas especialmente con el Santo, que funcionan como mediaciones para entrar en comunicación con los humanos. Son realidades “santas” por participación, que resultan accesibles y que pueden ser profanadas, pero el Santo no, en el sentido de que por ello sufra detrimento su santidad. 

Y en tercer lugar estarían las personas llamadas “santas” en el devenir histórico cristiano, distinguibles de las que anteriormente señalábamos porque en ellas la presencia de Dios (del Santo) se realiza a través de lo ético.

Así también, dice el mismo autor, en  la aplicación del calificativo “santo”, se pueden distinguir varios niveles:

a. los santos en el sentido del Nuevo Testamento, es decir, los cristianos que viven cristianamente, que han recibido la fe en el bautismo, y con ella la filiación, el Espíritu Santo. Son santos, no sólo consagrados al culto divino, sino consagrados interiormente, en su propio ser.

b. Luego, en un sentido más restringido, santos son los cristianos que viven plenamente la vida cristiana, los que han alcanzado su madurez en Cristo, y lo viven con sencillez y libertad, con naturalidad. Casi nunca empleamos con ellos la palabra “santa”, por parecernos demasiado grandes; les llamamos “buenos”.

c. Y finalmente, están los santos  canonizados o canonizables, una santidad con signos “extraordinarios”, que funcionan como “modelos” eclesiales e incluso humanos.

 Estas distinciones ayudan en la comprensión de la santidad cristiana, pero por supuesto que no agotan el ámbito del que tratamos, que permite siempre nuevas maneras de vida y relaciones humanas, como expresión del actuar de Dios en el mundo.
  
Son muchos los  frutos  que la llamada a la santidad   ha dejado en la Iglesia y en el mundo, y muchos los hombres y mujeres santos de los que la Iglesia guarda memoria viva,  aunque no es menos cierto también que en algunos ambientes  aparecen testimonios de una comprensión negativa de esta realidad, tal vez por cierta ambigüedad que acompaña al concepto, o porque no deja de ser la santidad algo que nos supera y los que se empeñan en alcanzarla entran en una corriente de curso  impredecible[4]. Los mismos creyentes en las comunidades cristianas no están imbuidos de lo que implica, en todo su sentido, la llamada a la santidad que hemos recibido todos los que nos llamamos cristianos. Aunque a partir del Concilio Vaticano II  se ha hecho común hablar de la “llamada a la santidad de todos los bautizados”,  todavía falta mucho para que la santidad se convierta en un aspecto central en la vida de los cristianos[5], y mueva a nuestras comunidades de fe a dar un testimonio más vivo y encarnado del amor de Dios. 



[1]  C. A. Bernard, Teología Espiritual, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2007, P.23
[2] Cierta ambigüedad y discusión en el uso de ambos términos. Parece que “perfección” referiría más al sentido de algo completo, acabado, realidad que contrasta con la experiencia humana, siempre inacabada. Hoy algunos autores prefieren utilizar otros conceptos, como “madurez” o “maduración”...
[3] S. Arzubialde, “Theologia Spiritualis. El camino espiritual del seguimiento a Jesús”, Madrid, Publicaciones de la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, 1989, 65-82.
[4] En este sentido resultan curiosas las palabras de Dorothy Day: “Cuando te llaman santa, significa, básicamente, que no deben tomarte en serio”; lo veía como una manera de quitar valor a sus propuestas radicales. R. Ellsberg, Todos los santos, Buenos Aires-México, Lumen, 2001, 564.
[5] S. Gamarra, Ob. Cit.,  180: “El que sea para todos no quiere decir sin más que la tengan todos. Es muy fácil quedarse en la mera complacencia de una vocación compartida a la santidad sin ninguna urgencia personal concreta. Se necesita marcar el camino y seguirlo”.

viernes, 20 de abril de 2018

MERTON: SANTOS COMO EL ÁRBOL.

En estos días, un documento del Papa Francisco, la exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate” resalta un tema fundamental para nosotros en este blog: la santidad. Fue también primordial para Merton y lo abordó mucho en su obra con intuiciones cada vez más precisas, más humanizadoras, siempre en desarrollo creciente. Hoy traemos algunas ideas que aparecen en uno de sus primeros libros (1949)  
SEMILLAS DE CONTEMPLACIÓN.


“Un árbol da gloria a Dios, ante todo, siendo un árbol. Porque al ser lo que Dios quiere que sea, está imitando una idea que está en Dios y que no es distinta de la esencia de Dios, y por lo tanto un árbol imita a Dios siendo un árbol. Cuanto más un árbol es como un árbol, tanto más es como Dios”.

“Para mí, ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto el problema de la santidad y la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi yo verdadero… Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca. Podemos ser nosotros mismos o no, según nos plazca. Pero el problema es este: puesto que sólo Dios posee el secreto de mi identidad, únicamente él puede hacerme quien soy o, mejor, únicamente él puede hacerse quien yo querré ser cuando por fin empiece plenamente a ser”.
  
“Por muchas absurdas razones, (algunos) están convencidos de que están obligados a convertirse en alguien que murió doscientos años antes y vivió en circunstancias completamente ajenas a las suyas”
  
“El santo es distinto de todos los demás hombres precisamente porque es humilde"

 “Uno de los primeros signos del santo es el hecho de que los otros no saben que pensar de él”

"Conténtate de no ser todavía santo, aunque te percates de que la única cosa por la cual vale la pena vivir es la santidad. Así estarás satisfecho dejando que Dios te guíe hacia la santidad por caminos que no puedes comprender. Pasarás por una oscuridad en que ya no te preocuparás por ti mismo ni te compararás con los demás. Los que han seguido este camino hallaron finalmente que la santidad está en todo y que Dios los rodea por todas partes. Después de abandonar todo deseo de competir con los demás, se despiertan de pronto y descubren que el gozo de Dios está en todas partes y pueden regocijarse por las virtudes y bondad de su prójimo más que como habrían podido hacerlo por las suyas propias. Están tan deslumbrados por el reflejo de Dios en las almas de los hombres con quienes viven, que ya  son incapaces de condenar lo que ven en el otro. Aun en los mayores pecados pueden ellos ver bondad y virtudes que nadie más puede ver. En cuanto a sí mismos, si todavía se consideran, ya no se atreven a compararse con otros. Esa idea se hizo ya impensable. Pero ya no es fuente de gran sufrimiento y lamentación: han alcanzado finalmente un punto en que dan su propia insignificancia por supuesta y ya no se interesan
 en sí mismos”.

martes, 1 de noviembre de 2016

NOSOTROS LOS SANTOS.

"Así pues, ya no son extranjeros, ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos;  ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas y cuya piedra angular es Cristo Jesús. En Él se ajustan los diversos elementos y la construcción se eleva hasta formar un templo santo en el Señor. En Él, ustedes se van unificando hasta ser un santuario espiritual de Dios. "
(San Pablo, Efesios 2, 19-22)



 La llamada a la santidad fue un tema permanente, creciente y en evolución, en la búsqueda personal de Merton.  Buscó en su persona, en el mundo, en los signos de su tiempo.  Traemos hoy algunas de sus ideas: 


Diferentes pero iguales.

“No hay dos santos iguales, pero todos son como Dios, como Él, de un modo diferente y especial.”
(Vida y Santidad).

Ser yo, sé tú.

“Para mí la santidad consiste en ser yo mismo y para ti la santidad consiste en ser tú mismo y que, en último término, tu santidad nunca será la mía y la mía nunca será la tuya, salvo en el comunismo de la caridad y la gracia. Para mí, ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto, el problema de la santidad y de la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi yo verdadero….Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca…Pero el problema es éste: puesto que sólo Dios posee el secreto de mi identidad, únicamente Él puede hacerme quién soy, o mejor, únicamente Él puede hacerme quien yo querré ser cuando por fin empiece plenamente a ser. Las semillas plantadas en mi libertad en cada momento, por la voluntad de Dios son las semillas de mi propia identidad, mi propia realidad, mi propia felicidad, mi propia santidad.” (Semillas de Contemplación.)

Santidad que no se enajena.

"No podemos hacernos santos solamente tratando de huír de las cosas materiales. Poseer vida espiritual consiste en poseer una vida que sea espiritual en toda su plenitud; una vida en la que los actos del cuerpo sean santos por el alma, y en la que el alma sea santa por Dios que mora y actúa en ella.  Cuando vivimos una vida semejante, los actos del cuerpo van dirigidos a Dios por Dios mismo y le dan gloria, y al mismo tiempo ayudan a santificar el alma. El santo no es, pues, santificado sólo por el ayuno cuando debe ayunar, sino por la comida cuando debe comer.  No es santificado sólo por las oraciones en la oscuridad de la noche, sino por el sueño tomado en obediencia a Dios, que nos hizo lo que somos. No sólo la soledad contribuye a la unión con Dios, sino también el amor sobrenatural a los amigos y familiares, y a los que viven y obran junto a él." ( Los hombres no son islas.)
  
Santidad humanista y  social.

"Un cristianismo que menosprecie las necesidades fundamentales del ser humano, no es realmente digno de ese nombre. Y sin duda, nadie pretenderá que la Iglesia no se preocupe por tales cosas. ...Es muy importante caer en la cuenta de que el humanismo cristiano no es un lujo que la Iglesia conceda de mala gana a unos cuantos estetas y reformistas sociales, sino una necesidad en la vida de todo cristiano.
No existe auténtica santidad sin esta preocupación humana y social. No basta con entregar donativos deducibles de los impuestos a distintas "entidades caritativas". Estamos obligados a tomar parte activa en la solución de problemas urgentes que afectan globalmente a nuestra sociedad y a nuestro mundo." (Vida y Santidad.)

THOMAS MERTON

jueves, 1 de enero de 2015

2015: CENTENARIO DE MERTON

En el año que estamos comenzando celebramos el centenario del nacimiento de Thomas Merton. 
Yo he seguido una lectura y un estudio sistemático de su  vida y su obra, ante todo, porque se fue convirtiendo en un maestro espiritual para mí y porque creo que su experiencia, su propuesta, su testimonio espiritual, siguen siendo actuales, importantes y necesarios.

 Para todo creyente la llamada a la santidad sigue siendo un desafío. ¿Cómo seguir viviendo y proponiendo hoy esa llamada desde modelos concretos, atractivos, convincentes? Merton, como figura relevante dentro del horizonte de la espiritualidad, no solo dentro del marco cristiano, nos ayuda a redescubrir algunas claves importantes.

Este monje contemplativo católico, que nació el 31 de enero de 1915 en Prades, Francia, vivió los primeros años de su vida en Europa. Su juventud estuvo marcada por una necesidad de plenitud que le condujo, como a otros grandes conversos, por caminos complejos y oscuros, hasta que el encuentro con la fe católica produjo en él una verdadera transformación.  Luego de recibir el bautismo y de descubrir su vocación sacerdotal, entró en un monasterio de la orden contemplativa de los trapenses en los Estados Unidos y allí vivió el resto de su vida;  convertido en un notable escritor, sus libros ayudaron a mucha gente a redescubrir el camino de Dios. Sus búsquedas espirituales lo llevaron al compromiso con los grandes problemas sociales de su tiempo, y luego hasta Asia, para confrontar y enriquecer su propia tradición y saber con los de otras religiones.

Merton es prototipo del hombre de su tiempo, que abraza la fe sin renunciar a la razón, cuya inteligencia y sensibilidad artística le permitieron ver más allá de lo tradicional y lo devocional sin renunciar a esto, que intenta combinar en su persona lo paradójico del ser humano, que ama la soledad y a la vez la comunidad, el silencio y la palabra, la fe y la vida, lo personal y lo universal.



lunes, 5 de mayo de 2014

VIDA Y SANTIDAD

La llamada a la santidad es llamada a la unión con Cristo, guardando los mandamientos de Dios y rechazando el pecado. Esa llamada a la santidad tiene en algunos una obligación más solemne, como es el caso de los religiosos o los clérigos, pero no por eso los laicos son menos cristianos o miembros de Cristo en un sentido menos pleno. Los Padres de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo, o Clemente de Alejandría, insistieron ya en su tiempo en que “todos los miembros de Cristo son llamados a la santidad por el mero hecho de ser sus miembros. Sólo hay una moral, una santidad para los cristianos, y es la que se propone a todos en los Evangelios”.
Siguiendo a los Padres, Merton advierte: No es suficiente a los laicos mantener una tipo de santidad formal, estática, que se limite a “evitar el pecado”, cumpliendo con el mínimo de lo que está mandado. Es falsa esa idea frecuente entre el pueblo de Dios que afirma que mientras religiosos y clérigos están obligados a crecer en perfección, los laicos pueden conformarse con vivir debajo de la sotana o del habito de estos, especialistas en la salvación y la santidad. También rechaza la idea de que santidad y dificultad son sinónimos, pensando en las imágenes de austeridad y penitencia que han acompañado siempre a la vida religiosa. Eso llevaría a concluir que como la vida laical parece menos ardua, también su santidad o salvación son menores.

(Comentarios a "Vida y santidad")

martes, 1 de octubre de 2013

THOMAS MERTON Y LOS SANTOS DEL CARMELO.


La afinidad de Thomas Merton por la espiritualidad del Carmelo, sobre todo en determinada etapa de su vida, es indiscutible. Por poner un ejemplo, en uno de sus libros más conocidos , El signo de Jonás, las citas de santos del Carmelo alcanzan un elevado número; el primer lugar lo ocupa San Juan de la Cruz, citado en el libro unas 40 veces; también aparecen Santa Teresa (10), Santa Teresa de Lisieux, Isabel de la Trinidad, además de otras citas y referencias vinculadas con la espiritualidad carmelitana.  San Juan de la Cruz ejerció una influencia particular en Thomas Merton, en sus concepciones espirituales, sobre todo en la primera etapa de su vida monástica, y  su conocimiento de la obra del santo era amplia; en sus libros aparecen también abundantes referencias a este santo, en artículos, y de modo especial en una obra de 1951, “Ascenso a la verdad”[1]. Es lógico por tanto que en la comprensión de la santidad cristiana tuvieran mucho peso los conceptos austeros del  maestro de la “nada”.
Teresa de Lisieux, que  aparece siempre como The Little Flower, es decir, la pequeña flor, merece una especial consideración.  Constituyó para Merton un verdadero hallazgo espiritual;  ella fue una compañía especial en su época de búsqueda y discernimiento, y le sirvió  para alcanzar un entendimiento más profundo del ideal cristiano. Así, Merton dice asombrarse ante el surgimiento de una santa como ella, de tanta altura espiritual, en un medio poco  estimulante como era el ambiente religioso-espiritual de su tiempo, “en medio de la fealdad y de la mediocridad hinchada, aterciopelada, superdecorada y cómoda de la burguesía”; de ahí  el asombro al ver la obra que la gracia ha hecho en la santa carmelita, que aun no desertando de su realidad, de sus mediaciones, conservando lo que de burgués, nostálgico o almibarado podía haber en sus devociones, gustos o poemas, llegó a ser no sólo santa, sino “la mayor santa que ha tenido la Iglesia en los últimos trescientos años”. Reconoce Merton que esto constituyó una importante enseñanza para él, al comprender que, tanto la fealdad exterior como los males físicos del mundo, pueden servir perfectamente como mediación de un gran bien espiritual[2].




[1] Un resumen de la doctrina del santo carmelita se puede hallar en “Luz en la oscuridad. La doctrina ascética de San Juan de la Cruz”, en T. Merton, Humanismo Cristiano. Cuestiones discutidas, Barcelona, Kairós, 2001, 145-153. El P. Matías del Niño Jesús, ocd, en “San Juan de la Cruz en Merton”, Revista de Espiritualidad, 57 (1998), 691-702, recoge, con algunas inexactitudes, la influencia del santo carmelita en el monje trapense.
[2] M7C, 535-539. Como señal de confianza, TM encomendó el cuidado de su único  hermano, John Paul, a Teresita.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Santidad es descubrir quién soy...

“Es cierto decir que para mí la santidad consiste en ser yo mismo y para ti la santidad consiste en ser tú mismo y que, en último término, tu santidad nunca será la mía, y la mía nunca será la tuya, salvo en el comunismo de la caridad y la gracia. Para mí ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto el problema de la santidad y la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi yo verdadero… Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca. Podemos ser nosotros mismos o no, según nos plazca. Pero el problema es este: puesto que Dios solo posee el secreto de mi identidad, únicamente él puede hacerme quien soy o, mejor, únicamente Él puede hacerme quien yo querré ser cuando por fin empiece plenamente a ser. Las semillas plantadas en mi libertad en cada momento, por la voluntad de Dios son las semillas de mi propia identidad, mi propia realidad, mi propia felicidad, mi propia santidad” (Semillas de contemplación).

LA DANZA GENERAL.

"Lo que es serio para los hombres a menudo no tiene importancia a los ojos de Dios.Lo que en Dios puede parecernos un juego es quizás lo que El toma más seriamente.Dios juega en el jardin de la creación, y, si dejamos de lado nuestras obsesionessobre lo que consideramos el significado de todo, podemos escuchar el llamado de Diosy seguirlo en su misteriosa Danza Cósmica.No tenemos que ir muy lejos para escuchar los ecos de esa danza.Cuando estamos solos en una noche estrellada; cuando por casualidad vemos a los pajaros que en otoño bajan sobre un bosque de nísperos para descansar y comer; cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños; cuando conocemos al amor en nuestros corazones; o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos a una vieja ranachapotear en una solitaria laguna; en esas ocasiones, el despertar, la inversiónde todos los valores, la "novedad", el vacío y la pureza de visión que los hace tan evidentes nos dan un eco de la danza cosmica.Porque el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío. El silencio de las esferas es la música de un festín de bodas. Mientras más insistimos en entender mal los fenómenos de la vida, más nos envolvemos en tristeza, absurdo y desesperación. Pero eso no importa, porque ninguna desesperación nuestra puede alterar la realidad de las cosas, o manchar la alegría de la danza cósmica que está siempre allí. Es más, estamos en medio de ella, y ella está en medio de nosotros, latiendo en nuestra propia sangre, lo queramos o no".
Thomas Merton.

ORACIÓN DE CONFIANZA...

“Señor Dios mío, no tengo idea de hacia dónde voy. No conozco el camino que hay ante mí. No tengo seguridad de dónde termina. No me conozco realmente, y el hecho de que piense que cumplo tu voluntad, no significa que realmente lo haga. Pero creo que el deseo de agradarte te agrada realmente. Y espero tener este deseo en todo lo que estoy haciendo. Espero no hacer nunca nada aparte de tal deseo. Y sé que si hago esto, tú me llevarás por el camino recto, aunque yo no lo conozca. Por lo tanto, siempre confiaré en ti aunque parezca perdido y a la sombra de la muerte. No temeré, pues tú estás siempre conmigo y no me dejarás que haga frente solo a mis peligros

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.