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viernes, 31 de agosto de 2007

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 3

Tercera parte:En la sexta parte del Gita, se dice al yogui que debe integrarse, permaneciendo aparte, solo y en completa renunciación, “exento de esperanza terrenal, de posesión alguna”. Después viene una descripción de la meditación.Me gustaría referirme brevemente a tres puntos. Primero, el énfasis en el lugar. Este debería ser limpio y ordenado, ni muy alto ni muy bajo. También en el Zen el lugar es de la mayor importancia. Cuán maravillosamente eligió Dogen el lugar de su monasterio, alejado en una región campestre y sumergido en un profundo silencio. El templo Zen otorga gran importancia a la proximidad de la naturaleza, al sonido del río o la cascada, a los jardines japoneses y todo eso. La meditación, después de todo, no es realizada por un espíritu inmaterial sino por un hombre con un cuerpo humano.Hoy en día, no obstante las interminables conversaciones acerca de ecología y medio ambiente, el cristianismo occidental ha dado una escasa muestra de ecología en recintos religiosos. Quiero decir que nuestras iglesias cristianas, y especialmente aquellas recientemente construidas, son verdaderamente malos lugares para la meditación. Las antiguas iglesias católicas tenían más que decir al respecto porque al menos tenían un centro - un tabernáculo ante el cual pendía una lámpara roja - y éste proveía un foco de atención para los ojos, y había atmósfera y calidez. Cualquiera que sepa algo de meditación reconoce que se necesita un lugar para enfocar los ojos; si sus ojos empiezan a vagar están perdidos. El viejo tabernáculo era útil a este propósito y nada ha tomado su lugar. Creo que mucha de esa gente analfabeta que se arrodillaba por horas ante el tabernáculo, caía rápidamente en samadhi. Aquellos eran místicos, tan iluminados como cualquier roshi, y ha habido miles de ellos en el mundo. Pero me pregunto si serán capaces de meditar así de bien en las iglesias actualmente disponibles para ellos. Me pregunto si la gente que construyó estas nuevas iglesias pensó alguna vez en la meditación o si tuvo alguna experiencia de ella. Y lo mismo es verdad para los monasterios y conventos. Me gustaría saber cuánta preocupación es dedicada actualmente a la ecología de este asunto: la relación entre edificios y oración, entre galerías, capillas y oración. El segundo asunto que me gustaría destacar de esta cita del Gita es la magnífica postura. La espalda está derecha, los ojos están fijos en la punta de la nariz o entre las cejas; no hay miradas en torno. Más adelante en el Gita, el sosiego de la mente es comparado con una llama en un sitio sin viento. Este es un delicado símil, porque esta meditación tiene todo el poder y toda la quietud de la llama que se yergue en un lugar donde no hay brisa. Y todo esto conduce al regocijo y a la total ausencia de temor. Es sostenido por el voto de castidad, el voto del brahmachari que es celibato y castidad.Aquí me gustaría acotar que la oración cristiana no necesita la postura de loto o, por lo menos, no está limitada a ella. Hay otras posiciones como de pie, arrodillado, postrado, sentado e incluso caminando. A menudo estas posturas son determinadas por el carácter de la persona o la cultura a la cual pertenece. Pero la postura, cualquiera que sea, es de la mayor importancia. Una posición vagamente cabizbaja en un cómodo sillón no conduce a una meditación profunda.El tercer punto es el que hace que Zaehner insista en que el Gita puede ser un puente entre oriente y occidente, y se refiere al carácter geocéntrico del pasaje comentado. “La mirada se fija en Mi”, es decir, en Dios. La personalidad es unificada en sí misma con el propósito de que todas las facultades puedan ser fijadas en Dios, que está presente en lo más profundo del alma o, más correctamente, que es la parte más profunda del alma, ya que en el hombre hay una chispa divina. A este respecto el Gita está mucho más cerca del cristianismo de lo que está el Zen.El yogui instalado en magnífica meditación tiene toda la belleza corporal de la que hablábamos anteriormente. Esta belleza es común a los contemplativos de todas las tradiciones religiosas, y es una belleza que busca inconscientemente el mundo moderno.

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 4 y final.


Cuatro días más tarde volví a visitar el museo. En aquella sesión me ocurrió algo divertido, algo que no puedo dejar de contar. Debido al ángulo desde el que el sol de la mañana iluminaba el cuadro, el barniz emitía una luz confusa. Así pues, cogí una de las sillas de terciopelo rojo y la llevé a un lugar desde el que aquella luz tenía una intensidad menor y podía ver así con claridad las figuras del cuadro. En cuanto el vigilante —un hombre joven y muy serio vestido con gorra y uniforme militar— vio lo que hacía, se enfadó mucho por mi atrevimiento de coger la silla y ponerla en otro sitio. Se acercó y, soltando una parrafada en ruso y haciendo una serie de gestos universales, me ordenó que devolviera la silla a su sitio. Como respuesta, yo señalé primero hacia el sol y luego hacia el lienzo para tratar de explicar por qué había cambiado la silla de sitio. Mis esfuerzos no tuvieron ningún éxito, de forma que dejé la silla en su sitio y me senté en el suelo. El vigilante se enfadó aún más. Tras nuevos y animados intentos por ganarme su simpatía, me dijo que me sentara encima del radiador que estaba bajo la ventana; desde allí podría ver bien. Pero la primera guía que pasó con su grupo de turistas vino hacia mí y me dijo en tono severo que me levantara de encima del radiador y que me sentara en una de las sillas de terciopelo. Pero entonces, el vigilante se enfadó con la guía y con múltiples palabras y gestos le dijo que había sido él guien me había dejado que me sentara en el radiador. La guía no pareció quedarse conforme pero decidió volver con los turistas que estaban mirando el Rembrandt y preguntándose por el tamaño de las figuras. Minutos más tarde, Alexei vino a ver gué hacía. El vigilante se le acercó de inmediato y empezaron una larga conversación. Evidentemente, el vigilante estaba tratando de explicar lo gue había pasado, pero la discusión duraba tanto que pensé que todo aquello desembocaría en algo raro. Entonces, de repente, Alexei se marchó. Por un momento me sentí algo culpable por haber provocado tal revuelo y pensé que había conseguido que Alexei se enfadara conmigo. Sin embargo, diez minutos más tarde, Alexei volvía cargado con un enorme y confortable sillón de terciopelo rojo y patas pintadas de color dorado. ¡Todo para mí! Con una gran sonrisa, colocó la silla frente al cuadro invitándome a tomar asiento. Alexei, el vigilante y yo sonreímos. Tenía mi propia silla, y ya nadie me pondría objeción alguna. De repente, aquello me pareció de lo más cómico. Tres sillas vacías que no podían tocarse y me ofrecían un lujoso sillón traído de algún lugar de aquel palacio de invierno que podía mover cuanto guisiera. ¡Elegante burocracia! Me pregunté si alguna de las figuras del cuadro, que habían sido testigo de toda la escena, estaría sonriendo. Nunca lo sabré.
Pasé más de cuatro horas con El Hijo Pródigo, tomando notas de lo que decían los guías y los turistas, de lo gue veía mientras el sol iluminaba con aguella intensidad el cuadro, y de lo gue yo mismo experimentaba en lo más profundo de mi ser a la vez que me convertía más y más en parte de la historia que Jesús contó una vez y Rembrandt pintó más tarde. Me pregunté si aquel precioso tiempo pasado en el Hermitage daría su fruto alguna vez y cómo lo haría.
Cuando me alejé del cuadro, me acerqué al joven vigilante y traté de expresarle mi gratitud por haberme aguantado tanto tiempo. Cuando le miré a los ojos, bajo aquella gorra rusa vi a un hombre como yo: temeroso y con grandes deseos de ser perdonado. De aquella cara surgió una hermosa sonrisa. Yo también sonreí, y los dos nos sentimos salvados

jueves, 30 de agosto de 2007

El signo de Jonás 1.


Una alegre sorpresa ha sido encontrar la información de una nueva edición de “El signo de Jonás” de Thomas Merton, también de Desclee de Brower, editora que al parecer ha asumido la tarea de publicar buena parte de la obra mertoniana. Este libro ha sido el que más he leído de Merton, repasándolo una y otra vez, pues tiene un efecto muy positivo sobre mi vida interior. Aun cuando he escuchado criterios negativos acerca de este libro, sobre todo de parte de cierta generación que priorizó la acción a la contemplación, tratando de encarnar la fe, creo que para el que busca está lleno de semillas de luz, muy necesarias para la vida espiritual. Les comparto, en dos partes, el texto de la presentación del libro, aparecida en internet.


EL SIGNO DE JONÁS: P R E S E N TA C I Ó N

(Autor: Francisco R. de Pascual)
La publicación de una nueva versión completa de El signo de
Jonás
debe ser acogida con gran alegría. Desde hace muchos
años esta obra era difícil de encontrar, y sólo unos pocos disponían
del privilegio de hacerse con una copia del original. Y
llegada la hora de la confesión, he de decir que son muchos los
ejemplares distribuidos mano a mano a amigos y conocidos.
Poco a poco vamos acercándonos a la esencia del mensaje
mertoniano y podemos establecer mejor los contornos de la
personalidad de un autor que se hace cada vez más actual.
¿Por qué ha de ser actual el diario monástico de un monje
que relata su vida en el interior de un monasterio en un periodo
que va desde diciembre de 1946 hasta julio de 1952?
En este libro introduce Merton una nueva dimensión en la
literatura espiritual autobiográfica: la fusión del discurso religioso
o metafórico con un lenguaje experiencial, psicológico,
en una visión simbólica holística que demuestra cuán lejos
se hallan todos los patrones o sistemas de la singularidad misteriosa
de la persona. Página tras página el lector encontrará
una luz, y no teorías, que se proyecta sobre la batalla del crecimiento
desde el sentido pequeño y egoísta del ser hasta la
auténtica personalidad, no como la simple fidelidad a un modelo
abstracto o concepto religioso preconcebido del propio ser,
sino como un intento no prefijado de fidelidad a la vida concreta,
individual e histórica, tanto en sentido personal como
comunitario.
La expresión teórica y vivencial de la experiencia contemporánea
de la personalidad como particularidad tangible goza
de un sentido de modernidad plenamente actual en su carácter
histórico, evolutivo y proteiforme.

Al seguir el camino de Merton en el interior de un monasterio
(en su dimensión más profunda), uno se siente conducido
desde la idea del descubrimiento del yo oculto, prefigurado por
Dios, hacia el planteamiento del ser como una creación continua
y correspondiente, o recreación del sí mismo, a través del
cambio de los contextos personales e históricos.
El mismo título que el autor dio a su libro significa, creemos
nosotros, un cambio con respecto a otros escritos de su primera
época monástica (antes de concluir El signo de Jonás en
1952, Merton había publicado La montaña de los siete círculos,
algunos libros de poemas, ¿Qué es la contemplación?, Semillas
de contemplación, Las aguas de Siloé y otros libros de temas
monásticos). Así pues, parece que a partir de esa fecha, 1952,
se produce también un cambio de contexto teológico, a medida
que evoluciona desde la dicotomía de lo natural/sobrenatural
de sus primeros escritos, hasta alcanzar la sabia intuición
de que el verdadero equilibrio personal no se logra sino a través
de la depuración en el crisol de la noche oscura –o experiencia
de la angustia existencial o temor monástico–, por
medio de una dura lucha espiritual. Esta pugna exige como
condición previa una sana autonomía psicológica que, a su vez,
es también requisito imprescindible para la entrega definitiva a
Dios y a los demás.
En este libro comienza Merton a intuir y exponer algo que
le seguirá durante toda la vida: el problema del yo nunca estará
completamente resuelto para quien permanece vivo, abierto
a la experiencia, y dando testimonio escrito de esta experiencia.
La calidad de su trabajo es tan radicalmente temporal, que convierte
en imposible la siempre tentadora simplificación de considerar
que una sola identidad o un solo texto pueden englobar
el sentido de su vida, o sugerir el más mínimo carácter de
«completo» o «acabado» en su pensamiento acerca de la esencia
del yo.
Es precisamente esta conciencia de ser inacabado y consciente
de la experiencia histórica del propio yo –única, irrepetible
y siempre cambiante, manifiesta en sus escritos– lo que
confiere a Merton el citado carácter de actualidad y lo convierte
en un clásico de la historia religiosa contemporánea. En este
libro, por primera vez en la historia de las autobiografías o diarios
de monjes, penetra Merton el sentido profundo del lenguaje
religioso, el símbolo central del yo en el cambiante
entorno de la búsqueda religiosa de nuestro tiempo, por lo que
su atípica vida de monje y escritor del siglo XX descubre una
nota de universalidad.
En el universo espiritual y simbólico de Merton se dan tanto
la continuidad como el cambio. La continuidad puede ser
apreciada en su íntima inmersión tanto en los escritos de los
Padres de la Iglesia y de los padres monásticos, como en la tradición
mística de su propia formación cristiana y en sus sucesivas
reinterpretaciones de los grandes temas de estos clásicos a
la luz de su propia experiencia cambiante. Así, en sus escritos
más tempranos –por ejemplo en Semillas de Contemplación– es
su dramática conversión al cristianismo la lente a través de la
cual mira la vida cristiana y su recién aceptado objetivo monástico:
la realización de la experiencia del encuentro con Dios y, a
través de éste, el encuentro consigo mismo. El yo falso y el yo
verdadero son los símbolos apropiados para expresar su experiencia
en esos momentos iniciales, en perfecta correspondencia
con el duro contraste que él expresa entre el mundo y el
monasterio, entre la ciudad profana y violenta y la sagrada
comunidad campestre. (Cont.....)

Alguien semejante. (Para Pepe Armas)


Tenía apenas 18 años cuando alguien puso en mis manos un libro pequeño y casi prohibido que me deslumbró. Convertí a su protagonista en el ideal de mis búsquedas, y empecé a vivir teniendo como principal propósito el hallar un amigo, único y especial: esas búsquedas me llevarían muchos años después al hallazgo de la fe. Pero antes, por mucho tiempo, fue la poesía testigo de encuentros y desencuentros. Esta que les quiero regalar hoy tiene ya casi 20 años, y es la carta que guarda la luz de un amigo que llevo siempre en mi corazón. Ya hoy apenas si sabemos el uno del otro, aunque cada cierto tiempo nos cruzamos en la calle e intercambiamos un saludo, un par de palabras. Pero aquella “huella azul” que un día dejó en mí no ha desaparecido, y es parte inevitable de lo que soy hoy.


Para alguien semejante.

Hallarte no fue ver el unicornio
Conocerte entre palabras y golpes de teléfono
Llenó de grietas todas las paredes de mi mundo.
¡Ah la inocencia de los que aman y sueñan!
Las calles conocieron de caminos lúdicos
Y toda la ciudad fue el cascarón del que nació esta historia.

Tenemos una edad para cada fracaso
Tú inventaste un nombre por disfraz
Un lugar donde ocultar el tiempo
Un final que sacaste no sé de qué novela.
Todavía guardo tu nostalgia
Nunca dijiste que estaba hecha para mí
Pero calmó la sed cuando faltó la lluvia
Y yo corrí a escribir aquel pésimo poema.

Ya vez lo pienso ahora y me divierto
Los finales a veces pueden ser el comienzo
Porque la vida es siempre un evento imprevisible.
Entre estas dos montañas solitarias
La vida tendió un puente
La moda de estos años no pudo con nosotros
Cartas escritas como estrellas fueron el antídoto
Ni los amores ni los fracasos ni la duda
La palabra amigo se fue multiplicando
Hasta encarnarse en su mágica unidad.

No conozco a nadie que calle como tú
Mi buen maestro de silencios
Nadie que mueva mi piel con sólo una palabra
Que haga estallar mi paz y me dibuje
Piel simple sueño proyecto como soy
Te pertenezco.
Ya no tenemos nada que esperar
La fe sostiene al loco que baila sobre la suerte
Saber que no hay vacío
Que una carta acecha la tristeza
Una sonrisa es el regalo de los miércoles.

Ya vez yo tampoco he encontrado las palabras
Tenemos que inventar signos que nos sirvan
Para contar vivencias y entendernos sin hablar.
Hoy entiendo esa música distinta que golpeaba mis venas
Melodía terrible incierta tierna y melancólica
Que buscaba salir y repetirse en el viento
En las olas en alguien semejante.

Ahora estás aquí no hace falta tu cuerpo
Tus cartas no hacen falta
No hace falta más que saber que somos uno
Que hay una fuente para beber en los desiertos
Una respuesta en este sinsentido que es la vida.
No somos ya dueños de esta historia.
La amistad es eterna bienvenida
Eterna luz que alumbra otros caminos.

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 2


Segunda parte:Es un hecho que la oración occidental no es suficientemente visceral, que está más preocupada con el cerebro que con las capas más profundas del cuerpo, que es donde se general el poder para acercarse a lo espiritual. Pero ahora podemos estudiar los aspectos físicos de la meditación incluso científicamente, gracias a los experimentos realizados en lugares como la Universidad Budista Komazawa. Ahí tienen instrumentos para detectar las condiciones físicas de las personas dedicadas al Zen. Los estudiantes miden la respiración, el ritmo cardíaco, los movimientos oculares, el metabolismo, el equilibrio, las ondas cerebrales, y todos los demás aspectos. En los Estados Unidos están siendo llevados a cabo experimentos similares, y eventualmente estos estudios pueden generar algunas sugerencias acerca de las condiciones ideales para la meditación en relación con la dieta, postura corporal, entorno físico, etc. Sobra decir que estos estudios se vuelven un poco ridículos cuando uno se encuentra con personas con pequeños artefactos para medir la onda alfa. Pero los absurdos se encuentran en todas partes y no pueden ser impedidos. Además, estos estudios científicos no deben conducir al burdo materialismo. Una vez, mientras visitaba la Universidad Komazawa, pregunté al profesor encargado si él podía apreciar la profundidad del Zen de la gente. “No, no podemos medir el Zen -respondió porque la mente es un misterio. Todo lo que podemos medir son sus repercusiones físicas”. Me interesó oírle hacer esa distinción. Aquí yo podría agregar entre paréntesis que el Zen no pretende ese minucioso control del cuerpo que ha hecho tan famoso al Yoga. En general, el Zen rechaza de plano cualquier cosa que huela a mágico o extraordinario. Desprecian estos fenómenos y los miran como distracciones peligrosas en la senda de la experiencia sin imágenes que es el satori. Los fenómenos extraños se engloban en el nombre genérico de makyo, que literalmente significa “el mundo del demonio”, pero que se aplica a todas las formas de ilusión en el Zen. A este respecto, es bastante saludable y está liberado de los abusos encontrados en otras formas de misticismo. La doctrina de rechazo a los fenómenos extraños es muy similar a la de San Juan de la Cruz. Nuevamente es la “nada, nada, nada”. Uno no debe ser distraído de la meta por fenómenos físicos o espirituales de cualquier tipo.Volviendo al cristianismo, encontramos que la tradición en occidente dice más acerca del cuerpo de lo que es generalmente reconocido hoy en día. Solía ser axiomático - y en mi opinión aún lo es - que si ustedes querían llevar una vida de meditación debían controlar sus ojos, oídos, lengua, manos y manera de caminar. A todo esto se le solía dar el nombre general de modestia, una virtud de la cual no se oye hablar mucho hoy. Se le da mucha importancia en el Zen, aunque se describe en forma diferente. Se puede agregar, sin embargo, que la tradición cristiana dice que la meditación transforma el cuerpo haciéndolo hermoso. Esto se debe a que la gloria interna proveniente de la oración contemplativa no puede sino traspasar y penetrar el cuerpo.Uno se acuerda de Moisés descendiendo de la montaña. Tan luminoso y glorioso era el regocijo que inundaba su semblante, que quienes lo esperaban no pudieron mirarlo y le rogaron que usara un velo, porque la real gloria de Dios irradiaba de la faz del gran israelita.Probablemente la mayoría de nosotros, una que otra vez, hemos encontrado personas que participaban de esa belleza corporal transfigurada. Para las exigencias televisivas pueden ser más bien feos - ningún auspiciador soñaría con usar sus caras para vender pasta de dientes o jabón - pero la gloria de la oración penetra sus cuerpos como penetró el cuerpo de Moisés. También supongo que este es el tipo de belleza a la que curas y monjas deberían aspirar, ahora que la cambiante cultura los hace modificar su forma exterior de vida y vestuario. Podría ser una buena idea el que, en vez de mirar hacia París y Londres, miráramos hacia Moisés y el Exodo en busca de un ideal de belleza que podría ayudar al hombre moderno en su búsqueda de la verdad.Como sea, mientras la tradición cristiana ha confirmado la belleza conferida al cuerpo a través de la meditación, ha sido más bien lenta en el uso del cuerpo como forma de lograr el samadhi. De nuevo podemos aquí aprender del oriente; y para ilustrar el rol del cuerpo me gustaría referirme a un pasaje del Bhagavad Gita. Este clásico texto no es, por supuesto, ni Zen ni Budista, aunque parece tener una considerable influencia Budista. Pero me atrae mucho. Estoy muy estimulado a usarlo luego de la lectura de un libro del Profesor R.C. Zaehner, quien insiste en que cualquiera que intente establecer un puente sobre la brecha entre Zen y Cristianismo no puede permitirse ignorar el Gita, que es uno de los grandes eslabones entre el oriente y el occidente.

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 3.


Y allí estaba yo, delante del cuadro que había estado en mi mente y en mi corazón desde hacía casi tres años. Estaba maravillado por su majestuosa belleza. Su tamaño, mayor que el tamaño natural; sus abundantes rojos, marrones y amarillos; sus huecos sombreados y sus brillantes primeros planos, pero sobre todo, el abrazo de padre e hijo envuelto de luz y rodeado de cuatro misteriosos mirones. Todo esto me impactó con una intensidad mayor de lo que nunca hubiera podido imaginar. Hubo momentos en los que me pregunté si el original no me desilusionaría. Todo lo contrario. Su grandeza y esplendor hacían que todas las demás cosas pasaran a un segundo plano. Me dejó completamente cautivado. Realmente, estar aquí era volver a casa.
Mientras muchos grupos de turistas pasaban rápidamente con sus guías, yo permanecía sentado en una de las sillas forradas de terciopelo rojo que están frente a los cuadros. Sólo miraba. ¡Ahora estaba viendo el original! No sólo veía al padre abrazando a su hijo recién llegado a casa, sino también al hermano mayor y a las otras tres figuras. Es un óleo sobre lienzo de dos metros y medio de alto por casi dos de ancho. Me llevó un rato darme cuenta de que efectivamente estaba allí, asimilar que estaba verdaderamente en presencia de lo que durante tanto tiempo había querido ver, disfrutar del hecho de que estaba sólo, sentado en el Hermitage de San Petersburgo, pudiendo contemplar El Regreo del Hijo Pródigo todo el tiempo que quisiera.
El cuadro estaba expuesto de la forma más adecuada, en una pared que recibía la luz natural de pleno a través de una gran ventana cercana situada formando ángulo de ochenta grados. Sentado allí, me di cuenta de que a medida que se acercaba la tarde, la luz se hacía más intensa. A las cuatro, el sol cubrió el cuadro con una intensidad diferente, y las figuras de atrás —que durante las primeras horas parecían algo borrosas— parecieron salir de sus rincones oscuros. A medida que transcurría la tarde, la luz del sol se hizo más directa y estremecedora. El abrazo del padre y el hijo se hizo más fuerte, más profundo, y los mirones participaban más directamente de aquel misterioso acontecimiento de reconciliación, perdón y cura interior. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había tantos cuadros del Hijo Pródigo como cambios de luz, y me quedé durante largo rato fascinado por aquel gracioso baile de naturaleza y arte.
Alexei regresó. Sin darme cuenta habían pasado más de dos horas desde que se había marchado dejándome a solas con el cuadro. Con sonrisa compasiva y gesto de apoyo, me sugirió que necesitaba un descanso y me invitó a un café. Me condujo por los majestuosos vestíbulos del museo —la mayor parte del cual fue la residencia de invierno de los zares— hacia la zona de trabajo en la que habíamos estado antes. Alexei y su colega habían preparado una enorme bandeja llena de pan, quesos y dulces y me animaron a que lo probara todo. Tomar el café de la tarde con los restauradores del Hermitage no estuvo nunca en mis planes cuando soñaba con pasar un rato a solas con El Regreo del Hjo Pródigo. Tanto Alexei como su compañero me explicaron todo lo que sabían acerca del cuadro de Rembrandt y se quedaron intrigados por saber por qué estaba yo tan interesado en él. Parecían sorprendidos y algo perplejos con mis reflexiones y observaciones espirituales. Me escucharon muy atentamente pidiéndome que les contara mas.
Después del café volví al cuadro durante otra hora hasta que el vigilante y la mujer de la limpieza me hicieron saber, muy claramente por cierto, que el museo se iba a cerrar y que ya había estado bastante tiempo. (Cont....)

miércoles, 29 de agosto de 2007

El cuerpo en la meditación: William Johnston. 1

Nota: Acerca del vínculo entre espiritualidad y corporalidad ya hemos compartido algunas entradas. Como es un tema que me interesa y apasiona les propongo un escrito de otro de mis autores favoritos, jesuita, residente en Japón, que encontré en internet.
Cualquiera que esté interesado en la meditación debe pensar en el cuerpo, porque el Hermano Asno no permitirá que lo ignoren. Pocas son las áreas de la experiencia humana donde la interacción de mente y cuerpo sea tan importante y tan delicada como aquí.Al acercarnos a las religiones orientales, la atención que se pone en el cuerpo llama mucho la atención. Es con el cuerpo que todas las cosas comienzan, y la meditación es un arte que enseña el uso de los ojos, pulmones, abdomen, espina dorsal, etc. Además es importante el lugar de la meditación, que esté impecable, que sea una habitación tenuemente iluminada o un espacio ampliamente abierto. Y por supuesto, la meditación es buena para la salud física y mental. Puede ser que en un templo Zen les digan que el sazen los hará más resistentes al resfrío y la gripe, y que, mediante una práctica constante, tendrán una mayor oportunidad de supervivencia frente a la amenaza de la contaminación ambiental. Una vez asistí a una convención sobre meditación en un templo Zen cerca de Kyoto. Unos expertos hablaron de Yoga, de Budismo Esotérico y de Zen. Nos sentamos silenciosamente en el gran salón de meditación y también hicimos ejercicios de yoga, esmerándonos según nuestras habilidades. Estos fueron una preparación para una posterior entrada en samadhi, y realmente creo que pueden ser sólo eso. Oímos charlas acerca de la técnica de la meditación, como tensar y relajar, como sentarse y todo eso. Uno de los expositores hizo un gran diagrama del cuerpo humano en el que explicaba los chakras, - esos centros de energía psíquica de que habla el yoga - la circulación de la respiración a través del cuerpo, y todo lo demás. Al final de cada meditación cantábamos al unísono: “¡ Om, shantih, shantih !Lo más sorprendente del encuentro fue la carencia de una fe común. Nadie parecía siquiera levemente interesado en lo que cualquier otro creyera o no creyera, y nadie, hasta donde yo recuerdo, mencionó tampoco el nombre de Dios. Era sólo meditación, y sólo fueron tratados los aspectos físicos. Sin embargo, éstos se discutieron con gran detalle, incluyendo hasta el impacto de la meditación en la vida sexual.Yo era el único conferencista cristiano, y, francamente, estaba un poco perplejo. Sentía que cualquier cosa que pudiera decir sería irrelevante. No podía decirle a nadie cómo pararse sobre la cabeza o cómo tensar sus bíceps, y era difícil hablar de Dios en esa reunión. Porque ¿ puede uno hablar de meditación cristiana sin referirse a Dios ? Finalmente me conecté con uno de los conferencistas que insistía en que la meditación, lejos de detenerse en el cuerpo, debía irradiarse hacia el mundo del espíritu y hacia las dimensiones cósmicas de la realidad. Este fue el mayor acercamiento a Dios en toda la reunión. En conjunto aprendí un montón de cosas en este encuentro. Fue un agradable y provechoso fin de semana, estropeado sólo por el hecho de que un compañero roncó toda la noche en nuestro dormitorio comunitario, no dejándome pegar un ojo. A los otros no parecía importarle mucho. No hay duda que eran mejores yoguis que yo. O quizás tenían mejores nervios.Los cristianos deberían pensar más acerca del rol del cuerpo en la oración. Después de todo, hay mucho que decir en los comienzos de la meditación, que es donde ustedes están. Esta es una verdad dirigida a la gente moderna. Muchos pondrán en duda la existencia de Dios y la existencia de la vida después de la muerte, pero sólo los extremistas cuestionarían la existencia de sus propios cuerpos. Entonces ¿por qué no empezamos con algo en lo que ellos crean, y a través del cuerpo salimos hacia el Cosmos y hacia Dios ? De esta manera la meditación puede ser enseñada a gente que tenga poca fe, a aquellos que están perturbados por su conciencia o por el temor de que Dios esté muerto. Este tipo de gente siempre puede sentarse y respirar. Para ellos la meditación se convierte en una búsqueda, y yo he encontrado, en mi escasa experiencia en nuestra sede en Tokio, que la gente que comienza a explorar de esta manera eventualmente encuentra a Dios. No el Dios antropomórfico que ellos han rechazado, sino el gran Ser en quien vivimos, nos movemos y somos. Pero el cuerpo es lo primero, Dios viene al final. (Cont.....)

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 2.

El cuadro
Justo antes de dejar Trosly, recibí una invitación de mis amigos Bobby Massie y su mujer, Dana Robert, para que fuera con ellos a la Unión Soviética. Mi reacción inmediata fue: Antes de haber sentido interés por esta obra, ya sabía que el original había sido adquirido en 1766 por Catalina la Grande para el Hermitage en San Petersburgo (que tras la revolución recibió el nombre de Leningrado y que recientemente ha reclamado su antiguo nombre de San Petersburgo) y que continuaba allí. Nunca pensé que tendría la oportunidad de verlo tan pronto. Aunque estaba ansioso por contemplar con mis propios ojos un país que había influido tan fuertemente en mis pensamientos, emociones y sentimientos durante la mayor parte de mi vida, esto se convertía en algo trivial frente a la oportunidad de sentarme ante el cuadro que me había revelado los anhelos más profundos de mi corazón.
Desde el momento de mi partida, supe que mi decisión de unirme a El Arca y mi visita a la Unión Soviética estaban estrechamente unidas. El vínculo cstaba seguro —era El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt. De alguna manera, tuve la sensación de que ver este cuadro me permitiría entrar en el misterio del regreso al hogar de una forma hasta entonces desconocida para mí.
La vuelta de un viaje agotador a un lugar seguro había significado un volver a casa; dejar el mundo de los profesores y estudiantes para vivir en una comunidad dedicada a cuidar hombres y mujeres con enfermedades mentales me hizo sentir de nuevo en casa; conocer a gente de un país que se había separado del resto del mundo mediante muros y fronteras fuertemente vigiladas, era también una forma de volver a casa. Sin embargo, más allá de todo aquello, significaba para mí, caminar paso a paso hacia el Unico que me espera con los brazos abiertos y desea tenerme en un abrazo eterno. Sabía que Rembrandt entendió profundamente este regreso espiritual. Sabía que cuando Rembrandt pintó su Regreso del Hijo Pródigo, había llevado una vida tal que no tenía ninguna duda sobre su verdadero y último hogar. Sentí que si hubiera conocido a Rembrandt en el lugar donde pintó a aquel padre con su hijo, Dios y humanidad, compasión y miseria, en un círculo de amor, lo habría conocido todo acerca de la vida y la muerte. También tuve la esperanza de que, a través de la obra maestra de Rembrandt, un día sería capaz de expresar todo lo que quería decir acerca del amor.
Estar en San Petersburgo es una cosa. Tener la oportunidad de reflexionar tranquilamente sobre El Regreso del Hijo Pródigo en el Hermitage, es otra. Cuando vi la enorme cola de gente esperando para entrar en el museo, me pregunté cómo y durante cuánto tiempo podría ver lo que más deseaba.
Mi inquietud, sin embargo, desapareció. Nuestro viaje oficial terminaba en San Petersburgo y la mayor parte del grupo volvió a casa. Pero la madre de Bobby, Suzanne Massie, que entonces se encontraba en la Unión Soviética, nos invitó a pasar unos días con ella. Suzanne es una experta en la cultura y arte rusos y su libro The land of the Firebird me fue muy útil a la hora de preparar nuestro viaje. Le pregunté a Suzanne: Ella contestó: .
Durante nuestro segundo día en San Petersburgo, Suzanne me dio un número de teléfono y me dijo: Marqué el número al instante y me sorprendió oir a Alexei, con su amable acento inglés, prometiéndome encontrarse conmigo en una de las puertas laterales, lejos de la entrada reservada a los turistas.
El sábado 26 de julio de 1986 a las dos y media de la tarde fui al Hermitage, caminé junto al río Neva y llegué hasta la puerta que Alexei me había indicado. Entré y alguien sentado tras una gran mesa de despacho me permitió utilizar el teléfono de la casa para llamar a Alexei. A los pocos minutos apareció haciéndome un caluroso recibimiento. Me llevó por una serie de pasillos espléndidos y escaleras elegantes hasta llegar a un lugar inaccesible para los turistas. Era una habitación larga de techos altos: parecía el estudio de un artista de cierta edad. Había cuadros por todas partes. En la mitad, había unas mesas enormes y sillas cubiertas de papeles y objetos de todo tipo. Enseguida me di cuenta de que Alexei era el director del departamento de restauración del Hermitage. Con gran amabilidad y muy interesado por mi deseo de ver el cuadro de Rembrandt con tiempo, me ofreció toda la ayuda que quisiera. Me llevó directamente al Hijo Pródigo, ordenó al vigilante que no me molestara y me dejó allí.

lunes, 27 de agosto de 2007

PASAPORTE A LA ETERNIDAD


"La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna".

Benedicto XVI

El tesoro más grande...


Cuando la noche llegue con prisa
Y no esté lista tu alma
Para la oscuridad,
Pídele al sol que te vista de risa
Y derrame a tu paso
Toda su claridad.

Cuando el amor se te rompa en las manos
Y no sepas qué hacer con tu sed,
Adivina los sueños
Y acaricia el pasado,
Hasta que hagas llover.

Cuando el silencio forzado
Te abra al secreto más hondo de ti,
Corre al desierto que guarda
El tesoro más grande que podrás descubrir.

Cuando la vida te duela
Y la gente te hiera, no temas seguir,
Piensa que pueden los golpes
Despertar las ganas
De amar y vivir.

Cuanto más hondo cave el dolor,
Más libertad la alegría tendrá
Para hacer su canción
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13 de febrero de 2002.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Santidad es descubrir quién soy...

“Es cierto decir que para mí la santidad consiste en ser yo mismo y para ti la santidad consiste en ser tú mismo y que, en último término, tu santidad nunca será la mía, y la mía nunca será la tuya, salvo en el comunismo de la caridad y la gracia. Para mí ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto el problema de la santidad y la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi yo verdadero… Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca. Podemos ser nosotros mismos o no, según nos plazca. Pero el problema es este: puesto que Dios solo posee el secreto de mi identidad, únicamente él puede hacerme quien soy o, mejor, únicamente Él puede hacerme quien yo querré ser cuando por fin empiece plenamente a ser. Las semillas plantadas en mi libertad en cada momento, por la voluntad de Dios son las semillas de mi propia identidad, mi propia realidad, mi propia felicidad, mi propia santidad” (Semillas de contemplación).

LA DANZA GENERAL.

"Lo que es serio para los hombres a menudo no tiene importancia a los ojos de Dios.Lo que en Dios puede parecernos un juego es quizás lo que El toma más seriamente.Dios juega en el jardin de la creación, y, si dejamos de lado nuestras obsesionessobre lo que consideramos el significado de todo, podemos escuchar el llamado de Diosy seguirlo en su misteriosa Danza Cósmica.No tenemos que ir muy lejos para escuchar los ecos de esa danza.Cuando estamos solos en una noche estrellada; cuando por casualidad vemos a los pajaros que en otoño bajan sobre un bosque de nísperos para descansar y comer; cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños; cuando conocemos al amor en nuestros corazones; o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos a una vieja ranachapotear en una solitaria laguna; en esas ocasiones, el despertar, la inversiónde todos los valores, la "novedad", el vacío y la pureza de visión que los hace tan evidentes nos dan un eco de la danza cosmica.Porque el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío. El silencio de las esferas es la música de un festín de bodas. Mientras más insistimos en entender mal los fenómenos de la vida, más nos envolvemos en tristeza, absurdo y desesperación. Pero eso no importa, porque ninguna desesperación nuestra puede alterar la realidad de las cosas, o manchar la alegría de la danza cósmica que está siempre allí. Es más, estamos en medio de ella, y ella está en medio de nosotros, latiendo en nuestra propia sangre, lo queramos o no".
Thomas Merton.

ORACIÓN DE CONFIANZA...

“Señor Dios mío, no tengo idea de hacia dónde voy. No conozco el camino que hay ante mí. No tengo seguridad de dónde termina. No me conozco realmente, y el hecho de que piense que cumplo tu voluntad, no significa que realmente lo haga. Pero creo que el deseo de agradarte te agrada realmente. Y espero tener este deseo en todo lo que estoy haciendo. Espero no hacer nunca nada aparte de tal deseo. Y sé que si hago esto, tú me llevarás por el camino recto, aunque yo no lo conozca. Por lo tanto, siempre confiaré en ti aunque parezca perdido y a la sombra de la muerte. No temeré, pues tú estás siempre conmigo y no me dejarás que haga frente solo a mis peligros

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.