Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.
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viernes, 31 de agosto de 2007
El cuerpo en la meditación: William Johnston. 3
Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 4 y final.

Pasé más de cuatro horas con El Hijo Pródigo, tomando notas de lo que decían los guías y los turistas, de lo gue veía mientras el sol iluminaba con aguella intensidad el cuadro, y de lo gue yo mismo experimentaba en lo más profundo de mi ser a la vez que me convertía más y más en parte de la historia que Jesús contó una vez y Rembrandt pintó más tarde. Me pregunté si aquel precioso tiempo pasado en el Hermitage daría su fruto alguna vez y cómo lo haría.
Cuando me alejé del cuadro, me acerqué al joven vigilante y traté de expresarle mi gratitud por haberme aguantado tanto tiempo. Cuando le miré a los ojos, bajo aquella gorra rusa vi a un hombre como yo: temeroso y con grandes deseos de ser perdonado. De aquella cara surgió una hermosa sonrisa. Yo también sonreí, y los dos nos sentimos salvados
jueves, 30 de agosto de 2007
El signo de Jonás 1.

La publicación de una nueva versión completa de El signo de
Jonás debe ser acogida con gran alegría. Desde hace muchos
años esta obra era difícil de encontrar, y sólo unos pocos disponían
del privilegio de hacerse con una copia del original. Y
llegada la hora de la confesión, he de decir que son muchos los
ejemplares distribuidos mano a mano a amigos y conocidos.
Poco a poco vamos acercándonos a la esencia del mensaje
mertoniano y podemos establecer mejor los contornos de la
personalidad de un autor que se hace cada vez más actual.
¿Por qué ha de ser actual el diario monástico de un monje
que relata su vida en el interior de un monasterio en un periodo
que va desde diciembre de 1946 hasta julio de 1952?
En este libro introduce Merton una nueva dimensión en la
literatura espiritual autobiográfica: la fusión del discurso religioso
o metafórico con un lenguaje experiencial, psicológico,
en una visión simbólica holística que demuestra cuán lejos
se hallan todos los patrones o sistemas de la singularidad misteriosa
de la persona. Página tras página el lector encontrará
una luz, y no teorías, que se proyecta sobre la batalla del crecimiento
desde el sentido pequeño y egoísta del ser hasta la
auténtica personalidad, no como la simple fidelidad a un modelo
abstracto o concepto religioso preconcebido del propio ser,
sino como un intento no prefijado de fidelidad a la vida concreta,
individual e histórica, tanto en sentido personal como
comunitario.
La expresión teórica y vivencial de la experiencia contemporánea
de la personalidad como particularidad tangible goza
de un sentido de modernidad plenamente actual en su carácter
histórico, evolutivo y proteiforme.
Al seguir el camino de Merton en el interior de un monasterio
(en su dimensión más profunda), uno se siente conducido
desde la idea del descubrimiento del yo oculto, prefigurado por
Dios, hacia el planteamiento del ser como una creación continua
y correspondiente, o recreación del sí mismo, a través del
cambio de los contextos personales e históricos.
El mismo título que el autor dio a su libro significa, creemos
nosotros, un cambio con respecto a otros escritos de su primera
época monástica (antes de concluir El signo de Jonás en
1952, Merton había publicado La montaña de los siete círculos,
algunos libros de poemas, ¿Qué es la contemplación?, Semillas
de contemplación, Las aguas de Siloé y otros libros de temas
monásticos). Así pues, parece que a partir de esa fecha, 1952,
se produce también un cambio de contexto teológico, a medida
que evoluciona desde la dicotomía de lo natural/sobrenatural
de sus primeros escritos, hasta alcanzar la sabia intuición
de que el verdadero equilibrio personal no se logra sino a través
de la depuración en el crisol de la noche oscura –o experiencia
de la angustia existencial o temor monástico–, por
medio de una dura lucha espiritual. Esta pugna exige como
condición previa una sana autonomía psicológica que, a su vez,
es también requisito imprescindible para la entrega definitiva a
Dios y a los demás.
En este libro comienza Merton a intuir y exponer algo que
le seguirá durante toda la vida: el problema del yo nunca estará
completamente resuelto para quien permanece vivo, abierto
a la experiencia, y dando testimonio escrito de esta experiencia.
La calidad de su trabajo es tan radicalmente temporal, que convierte
en imposible la siempre tentadora simplificación de considerar
que una sola identidad o un solo texto pueden englobar
el sentido de su vida, o sugerir el más mínimo carácter de
«completo» o «acabado» en su pensamiento acerca de la esencia
del yo.
Es precisamente esta conciencia de ser inacabado y consciente
de la experiencia histórica del propio yo –única, irrepetible
y siempre cambiante, manifiesta en sus escritos– lo que
confiere a Merton el citado carácter de actualidad y lo convierte
en un clásico de la historia religiosa contemporánea. En este
libro, por primera vez en la historia de las autobiografías o diarios
de monjes, penetra Merton el sentido profundo del lenguaje
religioso, el símbolo central del yo en el cambiante
entorno de la búsqueda religiosa de nuestro tiempo, por lo que
su atípica vida de monje y escritor del siglo XX descubre una
nota de universalidad.
En el universo espiritual y simbólico de Merton se dan tanto
la continuidad como el cambio. La continuidad puede ser
apreciada en su íntima inmersión tanto en los escritos de los
Padres de la Iglesia y de los padres monásticos, como en la tradición
mística de su propia formación cristiana y en sus sucesivas
reinterpretaciones de los grandes temas de estos clásicos a
la luz de su propia experiencia cambiante. Así, en sus escritos
más tempranos –por ejemplo en Semillas de Contemplación– es
su dramática conversión al cristianismo la lente a través de la
cual mira la vida cristiana y su recién aceptado objetivo monástico:
la realización de la experiencia del encuentro con Dios y, a
través de éste, el encuentro consigo mismo. El yo falso y el yo
verdadero son los símbolos apropiados para expresar su experiencia
en esos momentos iniciales, en perfecta correspondencia
con el duro contraste que él expresa entre el mundo y el
monasterio, entre la ciudad profana y violenta y la sagrada
comunidad campestre. (Cont.....)
Alguien semejante. (Para Pepe Armas)

Para alguien semejante.
Hallarte no fue ver el unicornio
Conocerte entre palabras y golpes de teléfono
Llenó de grietas todas las paredes de mi mundo.
¡Ah la inocencia de los que aman y sueñan!
Las calles conocieron de caminos lúdicos
Y toda la ciudad fue el cascarón del que nació esta historia.
Tenemos una edad para cada fracaso
Tú inventaste un nombre por disfraz
Un lugar donde ocultar el tiempo
Un final que sacaste no sé de qué novela.
Todavía guardo tu nostalgia
Nunca dijiste que estaba hecha para mí
Pero calmó la sed cuando faltó la lluvia
Y yo corrí a escribir aquel pésimo poema.
Ya vez lo pienso ahora y me divierto
Los finales a veces pueden ser el comienzo
Porque la vida es siempre un evento imprevisible.
Entre estas dos montañas solitarias
La vida tendió un puente
La moda de estos años no pudo con nosotros
Cartas escritas como estrellas fueron el antídoto
Ni los amores ni los fracasos ni la duda
La palabra amigo se fue multiplicando
Hasta encarnarse en su mágica unidad.
No conozco a nadie que calle como tú
Mi buen maestro de silencios
Nadie que mueva mi piel con sólo una palabra
Que haga estallar mi paz y me dibuje
Piel simple sueño proyecto como soy
Te pertenezco.
Ya no tenemos nada que esperar
La fe sostiene al loco que baila sobre la suerte
Saber que no hay vacío
Que una carta acecha la tristeza
Una sonrisa es el regalo de los miércoles.
Ya vez yo tampoco he encontrado las palabras
Tenemos que inventar signos que nos sirvan
Para contar vivencias y entendernos sin hablar.
Hoy entiendo esa música distinta que golpeaba mis venas
Melodía terrible incierta tierna y melancólica
Que buscaba salir y repetirse en el viento
En las olas en alguien semejante.
Ahora estás aquí no hace falta tu cuerpo
Tus cartas no hacen falta
No hace falta más que saber que somos uno
Que hay una fuente para beber en los desiertos
Una respuesta en este sinsentido que es la vida.
No somos ya dueños de esta historia.
La amistad es eterna bienvenida
Eterna luz que alumbra otros caminos.
El cuerpo en la meditación: William Johnston. 2

Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 3.

Mientras muchos grupos de turistas pasaban rápidamente con sus guías, yo permanecía sentado en una de las sillas forradas de terciopelo rojo que están frente a los cuadros. Sólo miraba. ¡Ahora estaba viendo el original! No sólo veía al padre abrazando a su hijo recién llegado a casa, sino también al hermano mayor y a las otras tres figuras. Es un óleo sobre lienzo de dos metros y medio de alto por casi dos de ancho. Me llevó un rato darme cuenta de que efectivamente estaba allí, asimilar que estaba verdaderamente en presencia de lo que durante tanto tiempo había querido ver, disfrutar del hecho de que estaba sólo, sentado en el Hermitage de San Petersburgo, pudiendo contemplar El Regreo del Hijo Pródigo todo el tiempo que quisiera.
El cuadro estaba expuesto de la forma más adecuada, en una pared que recibía la luz natural de pleno a través de una gran ventana cercana situada formando ángulo de ochenta grados. Sentado allí, me di cuenta de que a medida que se acercaba la tarde, la luz se hacía más intensa. A las cuatro, el sol cubrió el cuadro con una intensidad diferente, y las figuras de atrás —que durante las primeras horas parecían algo borrosas— parecieron salir de sus rincones oscuros. A medida que transcurría la tarde, la luz del sol se hizo más directa y estremecedora. El abrazo del padre y el hijo se hizo más fuerte, más profundo, y los mirones participaban más directamente de aquel misterioso acontecimiento de reconciliación, perdón y cura interior. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había tantos cuadros del Hijo Pródigo como cambios de luz, y me quedé durante largo rato fascinado por aquel gracioso baile de naturaleza y arte.
Alexei regresó. Sin darme cuenta habían pasado más de dos horas desde que se había marchado dejándome a solas con el cuadro. Con sonrisa compasiva y gesto de apoyo, me sugirió que necesitaba un descanso y me invitó a un café. Me condujo por los majestuosos vestíbulos del museo —la mayor parte del cual fue la residencia de invierno de los zares— hacia la zona de trabajo en la que habíamos estado antes. Alexei y su colega habían preparado una enorme bandeja llena de pan, quesos y dulces y me animaron a que lo probara todo. Tomar el café de la tarde con los restauradores del Hermitage no estuvo nunca en mis planes cuando soñaba con pasar un rato a solas con El Regreo del Hjo Pródigo. Tanto Alexei como su compañero me explicaron todo lo que sabían acerca del cuadro de Rembrandt y se quedaron intrigados por saber por qué estaba yo tan interesado en él. Parecían sorprendidos y algo perplejos con mis reflexiones y observaciones espirituales. Me escucharon muy atentamente pidiéndome que les contara mas.
Después del café volví al cuadro durante otra hora hasta que el vigilante y la mujer de la limpieza me hicieron saber, muy claramente por cierto, que el museo se iba a cerrar y que ya había estado bastante tiempo. (Cont....)
miércoles, 29 de agosto de 2007
El cuerpo en la meditación: William Johnston. 1
Nota: Acerca del vínculo entre espiritualidad y corporalidad ya hemos compartido algunas entradas. Como es un tema que me interesa y apasiona les propongo un escrito de otro de mis autores favoritos, jesuita, residente en Japón, que encontré en internet.Henri Nouwen: Encuentro con un cuadro 2.
Justo antes de dejar Trosly, recibí una invitación de mis amigos Bobby Massie y su mujer, Dana Robert, para que fuera con ellos a la Unión Soviética. Mi reacción inmediata fue: Antes de haber sentido interés por esta obra, ya sabía que el original había sido adquirido en 1766 por Catalina la Grande para el Hermitage en San Petersburgo (que tras la revolución recibió el nombre de Leningrado y que recientemente ha reclamado su antiguo nombre de San Petersburgo) y que continuaba allí. Nunca pensé que tendría la oportunidad de verlo tan pronto. Aunque estaba ansioso por contemplar con mis propios ojos un país que había influido tan fuertemente en mis pensamientos, emociones y sentimientos durante la mayor parte de mi vida, esto se convertía en algo trivial frente a la oportunidad de sentarme ante el cuadro que me había revelado los anhelos más profundos de mi corazón.
Desde el momento de mi partida, supe que mi decisión de unirme a El Arca y mi visita a la Unión Soviética estaban estrechamente unidas. El vínculo cstaba seguro —era El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt. De alguna manera, tuve la sensación de que ver este cuadro me permitiría entrar en el misterio del regreso al hogar de una forma hasta entonces desconocida para mí.
La vuelta de un viaje agotador a un lugar seguro había significado un volver a casa; dejar el mundo de los profesores y estudiantes para vivir en una comunidad dedicada a cuidar hombres y mujeres con enfermedades mentales me hizo sentir de nuevo en casa; conocer a gente de un país que se había separado del resto del mundo mediante muros y fronteras fuertemente vigiladas, era también una forma de volver a casa. Sin embargo, más allá de todo aquello, significaba para mí, caminar paso a paso hacia el Unico que me espera con los brazos abiertos y desea tenerme en un abrazo eterno. Sabía que Rembrandt entendió profundamente este regreso espiritual. Sabía que cuando Rembrandt pintó su Regreso del Hijo Pródigo, había llevado una vida tal que no tenía ninguna duda sobre su verdadero y último hogar. Sentí que si hubiera conocido a Rembrandt en el lugar donde pintó a aquel padre con su hijo, Dios y humanidad, compasión y miseria, en un círculo de amor, lo habría conocido todo acerca de la vida y la muerte. También tuve la esperanza de que, a través de la obra maestra de Rembrandt, un día sería capaz de expresar todo lo que quería decir acerca del amor.
Estar en San Petersburgo es una cosa. Tener la oportunidad de reflexionar tranquilamente sobre El Regreso del Hijo Pródigo en el Hermitage, es otra. Cuando vi la enorme cola de gente esperando para entrar en el museo, me pregunté cómo y durante cuánto tiempo podría ver lo que más deseaba.
Mi inquietud, sin embargo, desapareció. Nuestro viaje oficial terminaba en San Petersburgo y la mayor parte del grupo volvió a casa. Pero la madre de Bobby, Suzanne Massie, que entonces se encontraba en la Unión Soviética, nos invitó a pasar unos días con ella. Suzanne es una experta en la cultura y arte rusos y su libro The land of the Firebird me fue muy útil a la hora de preparar nuestro viaje. Le pregunté a Suzanne: Ella contestó: .
Durante nuestro segundo día en San Petersburgo, Suzanne me dio un número de teléfono y me dijo: Marqué el número al instante y me sorprendió oir a Alexei, con su amable acento inglés, prometiéndome encontrarse conmigo en una de las puertas laterales, lejos de la entrada reservada a los turistas.
El sábado 26 de julio de 1986 a las dos y media de la tarde fui al Hermitage, caminé junto al río Neva y llegué hasta la puerta que Alexei me había indicado. Entré y alguien sentado tras una gran mesa de despacho me permitió utilizar el teléfono de la casa para llamar a Alexei. A los pocos minutos apareció haciéndome un caluroso recibimiento. Me llevó por una serie de pasillos espléndidos y escaleras elegantes hasta llegar a un lugar inaccesible para los turistas. Era una habitación larga de techos altos: parecía el estudio de un artista de cierta edad. Había cuadros por todas partes. En la mitad, había unas mesas enormes y sillas cubiertas de papeles y objetos de todo tipo. Enseguida me di cuenta de que Alexei era el director del departamento de restauración del Hermitage. Con gran amabilidad y muy interesado por mi deseo de ver el cuadro de Rembrandt con tiempo, me ofreció toda la ayuda que quisiera. Me llevó directamente al Hijo Pródigo, ordenó al vigilante que no me molestara y me dejó allí.
lunes, 27 de agosto de 2007
PASAPORTE A LA ETERNIDAD

El tesoro más grande...

Y no esté lista tu alma
Para la oscuridad,
Pídele al sol que te vista de risa
Y derrame a tu paso
Toda su claridad.
Cuando el amor se te rompa en las manos
Y no sepas qué hacer con tu sed,
Adivina los sueños
Y acaricia el pasado,
Hasta que hagas llover.
Cuando el silencio forzado
Te abra al secreto más hondo de ti,
Corre al desierto que guarda
El tesoro más grande que podrás descubrir.
Cuando la vida te duela
Y la gente te hiera, no temas seguir,
Piensa que pueden los golpes
Despertar las ganas
De amar y vivir.
Cuanto más hondo cave el dolor,
Más libertad la alegría tendrá
Para hacer su canción.
13 de febrero de 2002.
Ser parte de todo...
-Thomas Merton-
Santidad es descubrir quién soy...
“Es cierto decir que para mí la santidad consiste en ser yo mismo y para ti la santidad consiste en ser tú mismo y que, en último término, tu santidad nunca será la mía, y la mía nunca será la tuya, salvo en el comunismo de la caridad y la gracia. Para mí ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto el problema de la santidad y la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi yo verdadero… Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca. Podemos ser nosotros mismos o no, según nos plazca. Pero el problema es este: puesto que Dios solo posee el secreto de mi identidad, únicamente él puede hacerme quien soy o, mejor, únicamente Él puede hacerme quien yo querré ser cuando por fin empiece plenamente a ser. Las semillas plantadas en mi libertad en cada momento, por la voluntad de Dios son las semillas de mi propia identidad, mi propia realidad, mi propia felicidad, mi propia santidad” (Semillas de contemplación).
LA DANZA GENERAL.
Thomas Merton.
ORACIÓN DE CONFIANZA...
“Señor Dios mío, no tengo idea de hacia dónde voy. No conozco el camino que hay ante mí. No tengo seguridad de dónde termina. No me conozco realmente, y el hecho de que piense que cumplo tu voluntad, no significa que realmente lo haga. Pero creo que el deseo de agradarte te agrada realmente. Y espero tener este deseo en todo lo que estoy haciendo. Espero no hacer nunca nada aparte de tal deseo. Y sé que si hago esto, tú me llevarás por el camino recto, aunque yo no lo conozca. Por lo tanto, siempre confiaré en ti aunque parezca perdido y a la sombra de la muerte. No temeré, pues tú estás siempre conmigo y no me dejarás que haga frente solo a mis peligros
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